Estrené mis juguetes nuevos sola en mi cama
Llevaba meses dándole vueltas a la idea sin atreverme del todo. Quería saber qué se sentía de verdad, explorarme con calma, tocar exactamente donde me apetecía tocar y cuánto me apetecía. Me imaginaba a mí misma tendida en la cama, empapada, corriéndome una vez tras otra sin nadie que marcara el ritmo más que yo.
La fantasía me acompañaba en los momentos más tontos: lavando los platos, esperando el autobús, justo antes de dormir. Y un día, sin pensarlo demasiado, dejé de fantasear y empecé a actuar.
Abrí la página de una tienda erótica una noche, en pijama, con la luz apagada y solo la pantalla iluminándome la cara. Fui pasando categorías sin prisa, leyendo descripciones, mordiéndome el labio cada vez que algo me llamaba la atención. Tardé más de una hora en decidirme, no porque dudara, sino porque me gustaba el morbo de elegir.
Al final me decidí por un realista con ventosa, dos vibradores de distinto tamaño, un succionador de clítoris del que había leído maravillas y, lo que más curiosidad me daba, un juguete pensado para la parte de atrás. Le di a comprar con el corazón acelerado, como si alguien pudiera verme.
Los días de espera fueron una tortura deliciosa. Cada vez que sonaba el timbre del edificio pegaba un salto.
***
Llegaron, claro, la mañana en que tenía turno de tarde. La caja apareció en el buzón de paquetería justo cuando salía con el tiempo justo para fichar. La subí a casa, la dejé sobre la cama sin abrir y me quedé mirándola unos segundos, sabiendo que tendría que aguantarme horas antes de poder tocarla.
Trabajo en un salón de peluquería, de pie casi toda la jornada, con las manos ocupadas y la cabeza en otro sitio. Ese día fue eterno. Sonreía a las clientas, comentaba el clima, recomendaba mascarillas, y por dentro solo pensaba en la caja cerrada esperándome.
Os podéis imaginar cómo tenía la ropa interior a media tarde. Cada vez que me agachaba a recoger algo, cada roce de la tela, me recordaba dónde quería estar. Conté las horas, después los minutos. Cuando por fin colgué el delantal y salí a la calle, casi corro hasta casa.
Por fin es mía esta tarde, pensé mientras subía las escaleras de dos en dos.
***
No quise lanzarme de golpe. Llevaba demasiado tiempo esperando como para arruinarlo con prisas. Me di una ducha larga, dejé que el agua caliente me relajara los hombros cargados del trabajo, y me sequé despacio frente al espejo, mirándome de un modo en que casi nunca me miro.
Abrí la caja por fin. Saqué cada juguete y los fui colocando en fila sobre la sábana, como quien ordena un pequeño tesoro. Apagué la luz grande y dejé solo la lamparita de la mesilla, esa luz cálida que lo vuelve todo más íntimo. Me tumbé desnuda, con los juguetes a un lado, y respiré hondo.
Empecé por lo que conocía: yo misma. Pasé los dedos por el vientre, bajé sin prisa y, al primer roce sobre el clítoris, me recorrió un escalofrío que no esperaba tan pronto. Ya estaba mojada. Llevaba todo el día así, encendida por dentro, y mi cuerpo había decidido no esperar más.
Con la otra mano alcancé el vibrador más pequeño. Lo encendí en la potencia mínima y lo acerqué despacio, prolongando el momento, hasta apoyarlo apenas sobre el clítoris. Tiemblé entera cuando lo noté vibrar ahí, justo ahí. Solté un suspiro que sonó más alto de lo que pretendía en el silencio del piso.
Mi propia mano empezó a estorbarme. La aparté, me abrí bien de piernas y dejé el vibrador apoyado, sin sujetarlo casi, sintiendo cómo trabajaba solo. Subí la potencia un punto y los temblores se volvieron oleadas. En uno de esos espasmos el juguete resbaló y la punta quedó justo a la entrada.
Apreté un poco con la mano y dejé que entrara solo la puntita. Cerré los ojos. Estaba siendo mucho mejor de lo que había imaginado en todas esas noches de espera, y eso que mi imaginación había sido generosa.
Giré la cabeza hacia el lado y vi a los demás esperando su turno. Los quería probar todos. Tenía toda la tarde y toda la cama para mí.
***
Cuando fui a sacarme el vibrador, rocé sin querer la entrada de atrás con un dedo y la noté resbaladiza por el flujo que había ido cayendo. No lo pensé. Llevé el dedo ahí y empecé a moverlo despacio, en círculos, acostumbrándome a una sensación nueva. Estaba clarísimo cuál sería el siguiente juguete.
Me coloqué a cuatro patas, con la espalda arqueada y el culo en pompa. Agarré el juguete anal con una mano mientras con la otra seguía entrando y saliendo con el dedo. Lo acerqué frío, recién sacado de la caja, y justo cuando retiré el dedo lo fui empujando en su lugar. Entró sin esfuerzo, casi pidiéndolo.
El contraste de la temperatura me volvió loca. Ese frío inesperado contra el calor de mi cuerpo me arrancó un gemido largo contra la almohada. Me quedé quieta un momento, solo sintiendo, dejando que el cuerpo se hiciera a la presencia nueva.
Después empecé a moverlo. Pasé la mano por debajo, recorriendo desde el clítoris hasta atrás, marcando yo misma el ritmo de entrada y salida. Y entonces descubrí que, al mover el brazo, el antebrazo me rozaba el clítoris en cada vaivén. Dos placeres a la vez, sincronizados por mi propio movimiento.
No me bastó. Quería más, quería sentirme desbordada. Estiré la mano libre, agarré el realista de la ventosa y me lo llevé a la boca. Me estaba volviendo completamente loca yo sola, en mi cama, sin nadie, y eso me encantaba más de lo que esperaba.
Estuve así un buen rato: el brazo rozándome el clítoris en cada movimiento de atrás, la boca ocupada, el cuerpo entero temblando. La sensación se acumulaba en oleadas cada vez más altas, hasta que dejó de subir y simplemente estalló. No pude aguantar más.
Me corrí con tanta fuerza que noté el chorro salir disparado mientras me retorcía. Acabé tumbada boca arriba, sin respiración, con las piernas colgando hacia el suelo y una sonrisa estúpida que no me cabía en la cara.
***
No podía terminar ahí. Me quedaban juguetes por estrenar y todavía me quedaba cuerpo para darlo todo. Esperé a que la respiración se calmara un poco, miré al techo unos segundos y volví a la carga.
Pegué la ventosa del realista al cabecero de la cama, presioné hasta asegurarme de que quedaba bien sujeto y aparté la almohada para que no estorbara. Me coloqué de nuevo a cuatro patas, de espaldas al cabecero, y me empalé despacio para hacerme a él. La postura me daba un control total, podía decidir cada milímetro.
Con una mano agarré el succionador y me lo apoyé en el clítoris. La combinación me cortó la respiración: por delante la succión rítmica, por detrás el realista, y el juguete anal que seguía en su sitio recordándome que estaba completamente llena.
Empecé a empujar contra el cabecero, primero suave, luego cada vez más fuerte. La madera golpeaba la pared con un ritmo que llenaba la habitación, y a mí ese ruido me calentaba todavía más. Cada embestida movía el juguete de atrás y me hacía ver las estrellas.
Apenas tardé un par de minutos. El segundo orgasmo me llegó de golpe, otro chorro, otro temblor que me sacudió de la cabeza a los pies. Me derrumbé hacia adelante y quedé boca abajo, exhausta, agarrada a la sábana como si fuera a salir volando.
Y aun así, no quería parar.
***
Saqué con cuidado el juguete de atrás y lo dejé a un lado. Me quedé tumbada en la misma postura, boca abajo, y deslicé la mano debajo de mí. Con el brazo aplastado por mi propio peso apenas llegaba al clítoris, pero ese gesto torpe e incómodo tenía algo morboso que me gustaba. Estaba empapada, tendida sobre mi propio flujo, sin ninguna vergüenza.
Entonces miré al lado y vi la almohada que había apartado antes. Sonreí. La agarré, la metí entre las piernas en la misma posición y empecé a frotarme contra ella apretando los muslos. Esa la conocía bien. Hasta que compré los juguetes, esa había sido siempre mi forma favorita de hacerlo. Esa pobre almohada había acabado empapada demasiadas veces para llevar la cuenta.
Me froté así un rato, recuperando fuerzas, dejando que el deseo volviera a subir desde abajo sin prisa. Cuando noté que el cuerpo respondía otra vez, me incorporé sobre las rodillas con la almohada bien sujeta entre las piernas y empecé a cabalgarla adelante y atrás.
Cada vez más rápido. Cada vez más fuerte. Me agarré al cabecero con una mano para no perder el equilibrio y seguí moviéndome contra la tela, persiguiendo el último orgasmo de la tarde con todo lo que me quedaba.
Llegó. Esta tercera vez no hubo chorro, pero fue el que de verdad me dejó hecha pedazos. Un placer más hondo, más lento, que me recorrió entera y me vació por completo.
Me dejé caer sobre la cama deshecha, entre juguetes y sábanas revueltas, sin fuerzas ni para taparme. Cumplí cada una de las fantasías que había imaginado durante semanas y descubrí unas cuantas nuevas por el camino.
Terminé tan reventada que me quedé dormida ahí mismo, desnuda y satisfecha, sin poner el despertador y sin ninguna intención de moverme.
Mañana repito, alcancé a pensar antes de cerrar los ojos.