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Relatos Ardientes

Por primera vez nadie podía detenerme

Me llamo Abril, tengo veinte años y, por primera vez en mi vida, soy completamente libre.

Para que se entienda lo que voy a contar, necesito darles un poco de contexto. Crecí en un pueblo de Chiapas, en una casa demasiado pequeña para la cantidad de gente que vivía dentro. Padres, hermanos, hermanas: siempre alguien respirando del otro lado de la pared. Nunca tuve un cuarto para mí. Compartí cama, compartí ropa, compartí hasta el silencio. Y eso, aunque suene inofensivo, te marca de una forma que cuesta explicar.

Porque mi adolescencia entera fue un ejercicio de contención. Aprendí a desear en voz baja, a esconder lo que sentía, a buscar los pocos rincones donde podía estar a solas conmigo misma aunque fuera cinco minutos. El baño con la regadera abierta para tapar cualquier ruido. El cuarto de lavado cuando todos dormían. Una bodega al fondo del patio. Lugares robados, siempre con el corazón acelerado por el miedo a que alguien abriera la puerta. Algún día contaré esos años con más detalle. Por ahora basta con decir que acumulé mucha, muchísima calentura sin descargar.

Todo cambió cuando me aceptaron en una universidad de la capital. Apliqué a una que quedara lejos, y no voy a mentir: la mitad de la decisión fue estudiar una buena carrera, y la otra mitad, vivir sola por fin. Creo que me lo merecía después de aguantar tanto tiempo. Conseguí un cuarto rentado en una colonia tranquila, a cientos de kilómetros de mi familia, y la primera noche que dormí ahí, con la puerta cerrada y nadie del otro lado, lloré un poco. No de tristeza. De alivio.

Antes de seguir, me describo, como manda la costumbre. Soy morena, mido un metro sesenta y dos, delgada, de pechos chicos. Nada que llame la atención de lejos. No me considero fea, pero tampoco soy de las que hacen voltear cabezas al entrar a un lugar. Lo único que de verdad me gusta de mi cuerpo es mi trasero, que parece tener vida propia: he perdido la cuenta de los hombres que se quedan mirándolo cuando paso, y con los años aprendí a disfrutar esa atención en silencio.

Esta historia es sobre mi primera aventura de verdad en la ciudad nueva, sin vigilancia, sin culpa heredada, sin nadie a quien rendir cuentas.

***

Mis primeras semanas las pasé aprendiendo a moverme. El metro, los camiones, las calles que se repetían y de pronto no. Me gustaba salir sin rumbo los fines de semana, caminar hasta cansarme y descubrir plazas, mercados, cafés diminutos. Era una forma de marcar territorio. Cada esquina nueva era una pequeña conquista, una prueba de que ese lugar era mío y de nadie más.

Un sábado terminé en una feria que se anunciaba en un centro de convenciones enorme. Resultó aburridísima: puestos repetidos, gente apretada, demasiado calor. Salí antes de lo previsto y decidí caminar por los alrededores para no desperdiciar la tarde. Unas cuadras después di con un jardín tranquilo junto a un museo pequeño, de esos que casi nadie visita. Había bancos de piedra a la sombra, un sendero estrecho bordeado de árboles y un silencio raro para una ciudad tan ruidosa.

Me senté en uno de los bancos a descansar. Y entonces, sin previo aviso, empecé a sentir esa cosquilla familiar entre las piernas. No venía de ningún pensamiento en particular. Llegó sola, como me pasa cuando estoy relajada y nadie me observa.

El sendero estaba vacío. Miré a un lado, al otro, hacia el museo: ni un alma. Llevaba una falda ligera, perfecta para el calor, y la idea se formó antes de que pudiera discutirla conmigo misma. Deslicé una mano por debajo de la tela, despacio, casi sin moverme, vigilando el camino con la respiración apenas contenida. Mis dedos encontraron la ropa interior ya húmeda. Era un calzón de algodón, sencillo, y estaba empapado de una forma que me hizo sonreír.

Y ahí, sentada en un banco público a plena luz del día, se me ocurrió algo que nunca me habría atrevido a hacer en mi vieja casa.

Volví a revisar el sendero. Nada. Levanté apenas las caderas, enganché los pulgares en los costados de la prenda y la fui bajando por mis muslos, por las rodillas, hasta que cayó sobre mis pies. La recogí del suelo. Estaba tibia, pesada de humedad, y tenía un olor intenso, mío, que me golpeó de lleno y me puso más caliente todavía. La apreté en el puño como si fuera un secreto.

Sentir el aire fresco directamente entre las piernas, ahí afuera, donde cualquiera podía aparecer, fue una descarga que no esperaba. El corazón me latía contra las costillas. Pensé en mis años de regadera abierta, de bodega al fondo del patio, y casi me dio risa. Mira hasta dónde llegaste, Abril.

Fue justo entonces cuando un muchacho dobló por el sendero y empezó a caminar en mi dirección. Alto, de unos veintitantos, con audífonos colgando del cuello. No tuve más que un par de segundos para decidir. Y en lugar de bajarme la falda y hacerme la digna, hice algo que todavía no sé bien de dónde salió: me levanté y caminé hacia él.

Se detuvo al verme venir tan decidida. Me miró con esa cara de alguien que no entiende qué está pasando pero presiente que algo está pasando.

—¿Necesitas algo? —preguntó.

No contesté. Le extendí la mano cerrada, y cuando la abrí, dejé caer la prenda tibia sobre su palma. Él bajó la vista, tardó un segundo en procesar qué era lo que tenía entre los dedos, y cuando lo entendió levantó la cabeza con una sonrisa lenta, incrédula, encantada.

—Espera, ¿esto es…? —alcanzó a decir.

Pero yo ya me estaba alejando a paso rápido, sin mirar atrás, con la cara ardiendo y una risa nerviosa atorada en la garganta. Escuché que decía algo más, no sé qué, las palabras se las llevó el viento. No importaba. Lo que importaba era la corriente eléctrica que me recorría entera, la mezcla de vergüenza y poder que nunca había sentido así de pura.

***

El problema fue que después de eso ya no podía pensar en otra cosa. Caminaba apretando los muslos, sintiéndome desnuda bajo la falda, con cada paso recordándome lo que acababa de hacer. Estaba tan excitada que dudaba poder aguantar hasta mi cuarto, que quedaba a una eternidad en metro.

Aceleré buscando cualquier baño público, una plaza, un café, lo que fuera. Las cuadras se me hacían interminables. Por fin vi un restaurante con un letrero grande junto a la entrada que anunciaba el precio del baño. Entré casi corriendo. Una empleada acomodaba servilletas cerca de la barra.

—Disculpe, necesito pasar al baño —dije, y mientras hablaba hurgaba torpemente en mi bolsa buscando monedas para pagar.

—Pague a la salida, no hay problema —me dijo con amabilidad, y me señaló el fondo—. Por allá, al final.

Le agradecí casi sin voz y caminé tan rápido como pude sin que se notara la urgencia. El baño estaba vacío. Me metí en el último cubículo, el del rincón, eché el seguro y me dejé caer sentada. No necesité más que llevarme la mano entre las piernas.

Estaba tan al borde que bastaron unos segundos. Me froté con una ansiedad que rozaba la desesperación, recordando la cara del muchacho, el peso de la prenda en su palma, la sensación del aire libre contra mi piel expuesta. El orgasmo me golpeó rápido y fuerte, una contracción que me dobló sobre mí misma. Apreté los labios para no gritar, pero por más que lo intenté no pude evitar un gemido ahogado, y mi respiración quedó tan pesada y descontrolada que tuve miedo de que se oyera afuera.

Me quedé un par de minutos quieta, recuperándome, sintiendo cómo el corazón volvía despacio a su ritmo. Después me limpié, me acomodé la ropa, respiré hondo. Cuando salí del cubículo, una mujer se lavaba las manos frente al espejo. Me miró a través del reflejo con una expresión rara, las cejas un poco levantadas. Estoy segura de que me había escuchado. En otro momento de mi vida me habría muerto de vergüenza. Esa tarde le sostuve la mirada un segundo y luego me arreglé el pelo con toda calma, como si nada.

Me eché agua en la cara, me acomodé la falda y salí. La empleada que me había dejado pasar ya no estaba por ningún lado, así que crucé el restaurante y me fui sin pagar. De todas formas no usé el baño para lo que se supone que pagas. Solo necesitaba el lugar.

***

Sé que suena absurdo, hasta infantil. Una amiga a la que se lo conté años después me lo dijo con esas palabras: «Eso es de adolescente, Abril». Y tiene razón, quizás lo sea. Pero para mí no fue un juego tonto. Fue una revelación. Esa tarde, caminando de regreso al metro con las piernas todavía temblorosas, entendí por primera vez de verdad que era libre. Que podía hacer absolutamente cualquier cosa que se me antojara, sin esconderme, sin pedir permiso, sin un oído pegado a la pared.

Pasé años conteniéndome, deseando en voz baja, robando minutos en rincones prestados. Y de pronto la ciudad entera era mi rincón, y el mundo entero no tenía idea de lo que yo era capaz de hacer cuando nadie miraba. O cuando alguien sí miraba.

Vaya que iba a sacarle provecho a esa libertad.

Espero que esta primera confesión les haya gustado. Tengo muchas más guardadas, de esos años de represión y de los que vinieron después, y prometo seguir contándolas conforme tenga tiempo. No duden en dejarme sus comentarios. Me encanta saber que alguien me lee del otro lado.

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Comentarios (5)

Mishi_lectora

excelente relato!!! me tuvo enganchada de principio a fin

ElenaRoja

me encanto como transmitis esa sensacion de libertad total. muy bien escrito, se siente autentico

DiegoMF

tremendo!!! me recordo a esa primera vez que uno tiene espacio para hacer lo que quiere sin dar explicaciones jaja. muy bueno

SofiaMar_22

por favor seguí con mas historias asi, quede con ganas de leer la continuacion

Lautaro_Baires

eso que describis al principio, lo de nunca tener privacidad, es demasiado real. te identifica de entrada y eso engancha

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