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Relatos Ardientes

Por primera vez nadie podía detenerme

Me llamo Abril, tengo veinte años y, por primera vez en mi vida, soy completamente libre.

Para que se entienda lo que voy a contar, necesito darles un poco de contexto. Crecí en un pueblo de Chiapas, en una casa demasiado pequeña para la cantidad de gente que vivía dentro. Padres, hermanos, hermanas: siempre alguien respirando del otro lado de la pared. Nunca tuve un cuarto para mí. Compartí cama, compartí ropa, compartí hasta el silencio. Y eso, aunque suene inofensivo, te marca de una forma que cuesta explicar.

Porque mi adolescencia entera fue un ejercicio de contención. Aprendí a desear en voz baja, a esconder lo que sentía, a buscar los pocos rincones donde podía estar a solas conmigo misma aunque fuera cinco minutos. El baño con la regadera abierta para tapar cualquier ruido, metiendo dos dedos en mi coño mientras mordía una toalla para no gemir. El cuarto de lavado cuando todos dormían, frotándome el clítoris contra el borde de la lavadora en ciclo de centrifugado. Una bodega al fondo del patio donde me bajaba los calzones y me chupaba mis propios dedos mojados en flujo. Lugares robados, siempre con el corazón acelerado por el miedo a que alguien abriera la puerta. Algún día contaré esos años con más detalle. Por ahora basta con decir que acumulé mucha, muchísima calentura sin descargar.

Todo cambió cuando me aceptaron en una universidad de la capital. Apliqué a una que quedara lejos, y no voy a mentir: la mitad de la decisión fue estudiar una buena carrera, y la otra mitad, vivir sola por fin. Creo que me lo merecía después de aguantar tanto tiempo. Conseguí un cuarto rentado en una colonia tranquila, a cientos de kilómetros de mi familia, y la primera noche que dormí ahí, con la puerta cerrada y nadie del otro lado, lloré un poco. No de tristeza. De alivio. Y después me masturbé tres veces seguidas, gimiendo tan fuerte como quise, gritando "más" al techo vacío, metiéndome los dedos hasta el fondo del coño mientras me pellizcaba los pezones, y me corrí como nunca en la vida, con las piernas abiertas de par en par y las sábanas empapadas debajo de mi culo.

Antes de seguir, me describo, como manda la costumbre. Soy morena, mido un metro sesenta y dos, delgada, de pechos chicos con pezones oscuros y sensibles que se me endurecen a la mínima. Nada que llame la atención de lejos. No me considero fea, pero tampoco soy de las que hacen voltear cabezas al entrar a un lugar. Lo único que de verdad me gusta de mi cuerpo es mi trasero, redondo, firme, que parece tener vida propia: he perdido la cuenta de los hombres que se quedan mirándolo cuando paso, y con los años aprendí a disfrutar esa atención en silencio, sintiendo cómo se me humedece el calzón nomás de saber que alguien está imaginándose cogerme por detrás.

Esta historia es sobre mi primera aventura de verdad en la ciudad nueva, sin vigilancia, sin culpa heredada, sin nadie a quien rendir cuentas.

***

Mis primeras semanas las pasé aprendiendo a moverme. El metro, los camiones, las calles que se repetían y de pronto no. Me gustaba salir sin rumbo los fines de semana, caminar hasta cansarme y descubrir plazas, mercados, cafés diminutos. Era una forma de marcar territorio. Cada esquina nueva era una pequeña conquista, una prueba de que ese lugar era mío y de nadie más.

Un sábado terminé en una feria que se anunciaba en un centro de convenciones enorme. Resultó aburridísima: puestos repetidos, gente apretada, demasiado calor. Salí antes de lo previsto y decidí caminar por los alrededores para no desperdiciar la tarde. Unas cuadras después di con un jardín tranquilo junto a un museo pequeño, de esos que casi nadie visita. Había bancos de piedra a la sombra, un sendero estrecho bordeado de árboles y un silencio raro para una ciudad tan ruidosa.

Me senté en uno de los bancos a descansar. Y entonces, sin previo aviso, empecé a sentir esa cosquilla familiar entre las piernas, un latido húmedo en el coño que me subió por el vientre. No venía de ningún pensamiento en particular. Llegó sola, como me pasa cuando estoy relajada y nadie me observa.

El sendero estaba vacío. Miré a un lado, al otro, hacia el museo: ni un alma. Llevaba una falda ligera, perfecta para el calor, y la idea se formó antes de que pudiera discutirla conmigo misma. Deslicé una mano por debajo de la tela, despacio, casi sin moverme, vigilando el camino con la respiración apenas contenida. Mis dedos encontraron la ropa interior ya húmeda. Era un calzón de algodón, sencillo, y estaba empapado de una forma que me hizo sonreír. Aparté la tela a un lado y toqué directamente los labios de mi coño, hinchados, resbalosos, y solté un suspiro cuando la yema del dedo se me hundió sin ninguna resistencia. Me llevé el dedo a la boca y me chupé mi propio flujo, espeso y salado, saboreando lo caliente que estaba.

Y ahí, sentada en un banco público a plena luz del día, con el dedo todavía brillando en mi boca, se me ocurrió algo que nunca me habría atrevido a hacer en mi vieja casa.

Volví a revisar el sendero. Nada. Levanté apenas las caderas, enganché los pulgares en los costados de la prenda y la fui bajando por mis muslos, por las rodillas, hasta que cayó sobre mis pies. La recogí del suelo. Estaba tibia, pesada de humedad, con una mancha oscura en la entrepierna, y tenía un olor intenso, mío, a coño mojado, que me golpeó de lleno y me puso más caliente todavía. La apreté en el puño como si fuera un secreto.

Sentir el aire fresco directamente entre las piernas, ahí afuera, donde cualquiera podía aparecer, fue una descarga que no esperaba. El corazón me latía contra las costillas. Debajo de la falda podía sentir cómo mi coño desnudo latía, cómo un hilito de flujo bajaba por la cara interna de mi muslo. Pensé en mis años de regadera abierta, de bodega al fondo del patio, y casi me dio risa. Mira hasta dónde llegaste, Abril.

Fue justo entonces cuando un muchacho dobló por el sendero y empezó a caminar en mi dirección. Alto, de unos veintitantos, con audífonos colgando del cuello y una playera pegada que le marcaba el pecho. No tuve más que un par de segundos para decidir. Y en lugar de bajarme la falda y hacerme la digna, hice algo que todavía no sé bien de dónde salió: me levanté y caminé hacia él, con el coño empapado y el calzón apretado en el puño.

Se detuvo al verme venir tan decidida. Me miró con esa cara de alguien que no entiende qué está pasando pero presiente que algo está pasando.

—¿Necesitas algo? —preguntó.

No contesté. Le extendí la mano cerrada, y cuando la abrí, dejé caer la prenda tibia sobre su palma. Él bajó la vista, tardó un segundo en procesar qué era lo que tenía entre los dedos, y cuando lo entendió levantó la cabeza con una sonrisa lenta, incrédula, encantada. Vi cómo, sin darse cuenta, se llevaba la tela cerca de la cara y aspiraba. Vi cómo se le marcaba de golpe un bulto duro contra el pantalón.

—Espera, ¿esto es…? Están mojados, carajo… —alcanzó a decir, con la voz ronca—. ¿Andas sin nada debajo?

—Húelelos bien —le dije, sorprendida de mi propia voz, y le agarré la muñeca para acercarle mi calzón a la nariz—. Así de mojada me tienes.

Le solté la mano y me di la media vuelta. Pero yo ya me estaba alejando a paso rápido, sin mirar atrás, con la cara ardiendo y una risa nerviosa atorada en la garganta. Escuché que decía algo más, algo como "espera, oye, ven acá", pero las palabras se las llevó el viento. No importaba. Lo que importaba era la corriente eléctrica que me recorría entera, la mezcla de vergüenza y poder que nunca había sentido así de pura, y el hecho de que a cada paso mis muslos resbalaban uno contra el otro, embarrados de mi propio flujo.

***

El problema fue que después de eso ya no podía pensar en otra cosa. Caminaba apretando los muslos, sintiéndome desnuda bajo la falda, con cada paso recordándome lo que acababa de hacer. Me imaginaba al muchacho parado ahí en el sendero, con mi calzón en la mano, sacándose la verga y jalándosela oliendo la tela empapada, corriéndose sobre el algodón manchado con mi flujo. La imagen me dobló las rodillas. Estaba tan excitada, tan al borde, con el clítoris tan hinchado que rozaba contra la costura de la falda a cada zancada, que dudaba poder aguantar hasta mi cuarto, que quedaba a una eternidad en metro.

Aceleré buscando cualquier baño público, una plaza, un café, lo que fuera. Las cuadras se me hacían interminables. Sentía el flujo escurriéndome hasta casi la rodilla. Por fin vi un restaurante con un letrero grande junto a la entrada que anunciaba el precio del baño. Entré casi corriendo. Una empleada acomodaba servilletas cerca de la barra.

—Disculpe, necesito pasar al baño —dije, y mientras hablaba hurgaba torpemente en mi bolsa buscando monedas para pagar.

—Pague a la salida, no hay problema —me dijo con amabilidad, y me señaló el fondo—. Por allá, al final.

Le agradecí casi sin voz y caminé tan rápido como pude sin que se notara la urgencia. El baño estaba vacío. Me metí en el último cubículo, el del rincón, eché el seguro y me dejé caer sentada sobre la taza. Me levanté la falda de un tirón hasta la cintura y abrí las piernas de par en par. Mi coño estaba brillante, hinchado, con los labios abiertos y una gota de flujo colgando del clítoris. Me llevé la mano derecha entre las piernas y con la izquierda me subí la playera y el sostén para agarrarme una teta y pellizcarme el pezón sin piedad.

Estaba tan al borde que bastaron unos segundos. Con el dedo medio me froté el clítoris en círculos rápidos y con el índice y el anular me metí los dos hasta el fondo del coño, curvándolos hacia adelante para tocarme ese punto que me hacía ver estrellas. Me follé con los dedos con una ansiedad que rozaba la desesperación, sintiendo cómo las paredes de mi coño se apretaban alrededor, cómo el ruido húmedo, obsceno, de mi flujo chapoteando llenaba el cubículo. Recordé la cara del muchacho, el peso de la prenda en su palma, cómo aspiró la tela, el bulto duro que se le marcó en el pantalón, la sensación del aire libre contra mi piel expuesta. Me imaginé de rodillas frente a él, sacándole esa verga que había visto endurecerse, metiéndomela en la boca hasta la garganta, saboreándolo, dejándome coger contra un árbol con la falda subida.

El orgasmo me golpeó rápido y fuerte, una contracción brutal que me dobló sobre mí misma. Sentí un chorro de flujo escapárseme entre los dedos y salpicar el suelo del cubículo. Apreté los labios para no gritar, pero por más que lo intenté no pude evitar un gemido ahogado, largo y grave, mientras me seguía frotando y los espasmos me sacudían las caderas. Mi respiración quedó tan pesada y descontrolada, tan de perra en celo, que tuve miedo de que se oyera hasta la cocina.

Me quedé un par de minutos quieta, con los dedos todavía enterrados en mi coño, recuperándome, sintiendo cómo el corazón volvía despacio a su ritmo. Después saqué los dedos, resbalosos y con hilos de flujo colgando, y me los chupé uno por uno, saboreándome como si fuera un premio. Me limpié con papel, me acomodé la ropa, respiré hondo. Cuando salí del cubículo, una mujer se lavaba las manos frente al espejo. Me miró a través del reflejo con una expresión rara, las cejas un poco levantadas, los ojos bajando un segundo a mis piernas desnudas bajo la falda corta. Estoy segura de que me había escuchado gemir, y también estoy segura de que olió el aire cargado del cubículo cuando salí. En otro momento de mi vida me habría muerto de vergüenza. Esa tarde le sostuve la mirada un segundo y luego me arreglé el pelo con toda calma, como si nada, con los dedos todavía oliendo a coño recién corrido.

Me eché agua en la cara, me acomodé la falda y salí. La empleada que me había dejado pasar ya no estaba por ningún lado, así que crucé el restaurante y me fui sin pagar. De todas formas no usé el baño para lo que se supone que pagas. Solo necesitaba el lugar.

***

Sé que suena absurdo, hasta infantil. Una amiga a la que se lo conté años después me lo dijo con esas palabras: «Eso es de adolescente, Abril». Y tiene razón, quizás lo sea. Pero para mí no fue un juego tonto. Fue una revelación. Esa tarde, caminando de regreso al metro con las piernas todavía temblorosas, el coño palpitando y sin calzón bajo la falda, entendí por primera vez de verdad que era libre. Que podía hacer absolutamente cualquier cosa que se me antojara, sin esconderme, sin pedir permiso, sin un oído pegado a la pared.

Pasé años conteniéndome, deseando en voz baja, robando minutos en rincones prestados, corriéndome en silencio con una toalla mordida entre los dientes. Y de pronto la ciudad entera era mi rincón, y el mundo entero no tenía idea de lo que yo era capaz de hacer cuando nadie miraba. O cuando alguien sí miraba.

Vaya que iba a sacarle provecho a esa libertad.

Espero que esta primera confesión les haya gustado. Tengo muchas más guardadas, de esos años de represión y de los que vinieron después, de las vergas que probé, de los coños que también probé, de las veces que me dejé follar en lugares donde no debía. Prometo seguir contándolas conforme tenga tiempo. No duden en dejarme sus comentarios. Me encanta saber que alguien me lee del otro lado, con la mano metida en el pantalón o entre las piernas.

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Comentarios(8)

Mishi_lectora

excelente relato!!! me tuvo enganchada de principio a fin

ElenaRoja

me encanto como transmitis esa sensacion de libertad total. muy bien escrito, se siente autentico

DiegoMF

tremendo!!! me recordo a esa primera vez que uno tiene espacio para hacer lo que quiere sin dar explicaciones jaja. muy bueno

SofiaMar_22

por favor seguí con mas historias asi, quede con ganas de leer la continuacion

Lautaro_Baires

eso que describis al principio, lo de nunca tener privacidad, es demasiado real. te identifica de entrada y eso engancha

RelatadorDM

la escena del banco es simple pero muy poderosa. lo que lográs transmitir con tan poco es lo que diferencia un buen relato de uno del monton

Rosi_44

increible!!!

Juli_Lectura

muy bien narrado, natural sin ser burdo. Sigue asi que tenes talento

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