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Relatos Ardientes

La puerta entreabierta del cuarto de mi primo

Me llamo Mariana y crecí en una de esas casas donde la palabra «deseo» no existía. Mi familia era profundamente católica y conservadora: hablar de sexo era impensable, lo mismo que tener novio, salir con amigas o usar una falda por encima de la rodilla. Cada cosa que el cuerpo pedía estaba clasificada de antemano como pecado, y yo había aprendido a callar antes incluso de entender qué era lo que callaba.

Vivía con mi abuela, viuda y de carácter de hierro, dos tías y un tío. Mi madre me había tenido soltera y había muerto cuando yo era muy chica, así que crecí entre rezos ajenos y advertencias. A mis diecinueve años seguía yendo de casa a la universidad y de la universidad a casa, con misa obligatoria los domingos. Yo no me consideraba fea: era de estatura mediana, con el pecho generoso y las caderas anchas, pero vestía siempre holgada y oscura. Mi abuela no quería, según sus propias palabras, «una nieta exhibida».

En esa casa también vivía Adrián, mi primo, dos años mayor que yo. A él nadie lo obligaba a nada. Podía salir, llegar tarde, tener novia. Y precisamente esa diferencia de trato fue la grieta por la que se me coló todo lo que vino después.

Aquel domingo amanecí resfriada. Me dolía la garganta y tenía el cuerpo pesado, así que mi abuela, a regañadientes, aceptó que me quedara en casa mientras el resto se iba a misa y después a una kermés que organizaba la parroquia. Sabía que no volverían hasta el atardecer. Adrián había salido temprano, antes de que nadie reparara en que yo me quedaba; iba a ver a su novia, una chica de curvas rotundas llamada Renata.

Pensé en dormir toda la tarde. Y eso hice durante un rato, hasta que un ruido me sacó del sueño.

Al principio creí que lo imaginaba, que era la fiebre jugándome una mala pasada. Me tapé hasta la cabeza y volví a cerrar los ojos. Pero el ruido regresó, más nítido: un golpe seco, rítmico, contra la pared. Y entre golpe y golpe, algo que tardé en reconocer porque nunca lo había oído así de cerca. Gemidos.

No puede ser. Están todos fuera.

El miedo me hizo sentarme en la cama. La curiosidad me hizo levantarme. Salí de mi cuarto descalza, conteniendo la respiración, y avancé por el pasillo siguiendo aquel sonido que se volvía más alto a cada paso. Venía de la habitación de Adrián. La puerta no estaba cerrada del todo: una franja de luz se escapaba por la rendija, lo suficiente para mirar sin que me vieran.

Me acerqué. Y lo que vi me clavó al suelo.

Adrián la tenía en cuatro sobre la cama y la embestía sin tregua. Cada golpe de sus caderas arrancaba aquel ruido contra la pared que me había despertado. Le sujetaba el pelo recogido en una coleta y tiraba de él hacia atrás, obligándola a arquear la espalda. Con la otra mano le marcaba las nalgas, y la piel de ella se encendía con cada palmada.

—Más fuerte —le pedía Renata entre jadeos—. No pares.

—Claro que no voy a parar —respondió él con una calma que me erizó la nuca—. Eres una perra y las perras merecen que las castiguen.

Sentí calor. Un calor que empezó en la cara y bajó por el pecho hasta instalarse, espeso, entre mis piernas. No entendía qué me pasaba. Llevaba diecinueve años convencida de que aquello era sucio, prohibido, condenable. Y sin embargo no podía apartar los ojos.

La habitación olía a sudor y a algo dulzón que no supe identificar. La ropa de Adrián estaba tirada en el suelo, mezclada con la de ella, como si los dos se hubieran arrancado todo a la carrera. Cada detalle se me grababa: el modo en que las sábanas se enredaban en sus piernas, el reflejo de la lámpara sobre la piel húmeda, el sonido mojado de los cuerpos al chocar. Yo no sabía que el sexo pudiera tener tantos ruidos, tantas texturas, tanta hambre.

***

Renata llevaba una lencería de encaje color fucsia que no escondía nada, unos tacones negros altísimos y, alrededor del cuello, un collar de cuero del que colgaba una cadena fina. Adrián la sostenía de esa cadena como quien sostiene una rienda. Cada vez que tiraba, ella gemía más alto, y cada gemido suyo me apretaba algo por dentro.

Sentí cómo me humedecía. Lo noté contra la tela de la ropa interior, una humedad nueva, urgente, que me daba vergüenza y a la vez me empujaba a quedarme. Apreté los muslos sin pensarlo y la sensación se multiplicó.

Él la giró sobre la cama hasta dejarla de espaldas al colchón. Entonces vi lo que antes me ocultaba su cuerpo: unas pinzas plateadas le mordían los pezones. Adrián las rozó primero con los dedos, despacio, y después tiró de ellas. Renata soltó un grito largo que no era de dolor, o no solo de dolor. Era otra cosa. Algo que yo no tenía palabras para nombrar y que mi cuerpo, en cambio, parecía entender perfectamente.

Sin darme cuenta, mi mano se había deslizado por encima de mi ropa interior. La descubrí ahí, presionando, cuando ya era tarde para fingir que no había sido yo quien la puso. Estaba empapada. Me asusté de mí misma, retiré la mano un segundo, y al segundo siguiente la devolví a donde estaba.

Adrián se estiró hacia la mesilla y tomó un objeto que brillaba, alargado, con la base cubierta de pequeñas piedras. Se lo acercó a la boca a Renata.

—Chúpalo —ordenó.

Ella obedeció sin dudar, con los ojos entornados, mientras él seguía moviéndose dentro de ella sin piedad. La escena tenía algo hipnótico: la entrega absoluta de Renata, el control frío de mi primo, esa coreografía de orden y obediencia que yo nunca había imaginado que existiera. Y yo, del otro lado de la puerta, descubría que la idea de estar a merced de alguien así no me repugnaba. Me encendía.

***

No supe cuánto tiempo llevaba mirando. El tiempo se había vuelto espeso, igual que el calor entre mis piernas. Mis dedos se movían solos por encima de la tela, dibujando círculos torpes, aprendiendo en tiempo real algo que nadie me había enseñado jamás.

—Abre la boca —dijo Adrián de pronto, con la voz quebrada.

Renata abrió. Y entonces lo vi terminar, sosteniéndola todavía de la cadena, mientras ella se retorcía sobre el colchón y se tocaba a sí misma con una desesperación que reconocí porque era la misma que empezaba a sentir yo. Los dos se desplomaron sobre la cama, jadeando, enredados, ajenos a que a unos metros una sombra los espiaba con el corazón a punto de salírsele del pecho.

Ese fue el momento en que reaccioné. Entendí de golpe dónde estaba, lo que estaba haciendo, lo que pasaría si Adrián giraba la cabeza hacia la rendija. El pánico me devolvió el cuerpo. Me aparté de la puerta tan despacio como pude y volví a mi cuarto pisando como si el suelo fuera de cristal.

Cerré la puerta. Me apoyé en ella con la espalda y dejé que la respiración se me ordenara. Pero el calor no se iba. Al contrario: ahora que estaba a salvo, crecía, pedía, exigía. Mi cuerpo había visto algo que no podía olvidar y no pensaba dejarme dormir hasta darle una respuesta.

Me tendí en la cama. El corazón me golpeaba en las sienes y tenía la piel erizada bajo el camisón, como si todo mi cuerpo se hubiera despertado de un sueño largo. Por primera vez en mi vida me metí la mano bajo la ropa, sin tela de por medio, y me toqué directamente. El contacto fue tan intenso que tuve que morder la sábana para no hacer ruido. No tenía ni idea de lo que hacía; solo repetía, de memoria, lo que acababa de ver. Los círculos. La presión. La cadencia.

Al principio fui torpe. Me detenía, dudaba, volvía a empezar. Pero el cuerpo iba por delante de mi cabeza y, poco a poco, encontró su propio ritmo. Descubrí qué punto responder, cuánta fuerza, cuándo aflojar para que la tensión creciera todavía más. Cada acierto me arrancaba un escalofrío que me obligaba a apretar los dientes contra la tela.

Pensaba en Renata de rodillas, en la cadena, en la voz de mi primo dando órdenes. Pensaba en lo que sería estar yo en ese lugar, entregada, obedeciendo, dejando que alguien decidiera por mi cuerpo lo que yo nunca me había atrevido a decidir. Cada imagen apretaba un poco más esa cuerda invisible que tenía tensándose dentro.

Y entonces la cuerda se rompió.

Fue como un cosquilleo que estalló desde lo más bajo del vientre y me recorrió entera, una ola que me dobló sobre mí misma y me dejó temblando, con la cara hundida en la sábana mojada de saliva. Me quedé muy quieta, sintiendo cómo el corazón bajaba poco a poco de su carrera, asombrada de que mi propio cuerpo guardara algo tan grande sin que yo lo supiera.

Diecinueve años de culpa y de silencio, y había bastado una puerta mal cerrada para derrumbarlo todo. No sentí vergüenza. Esa fue la parte que más me sorprendió. Por primera vez no me sentía sucia ni pecadora, sino, simplemente, viva.

Esa tarde no descubrí solo lo que era un orgasmo. Descubrí que dentro de aquella chica callada que iba de la casa a misa y de misa a la casa había un deseo entero esperando, paciente, a que alguien por fin le abriera la puerta. Y ya nunca pude volver a cerrarla.

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Comentarios (5)

NocheEnVela

que bueno!! me engancho desde el primer parrafo, no pude parar

vane_mtz

Dios mio necesito continuacion ya!! me quede con muchas ganas de saber qué pasó despues

Miriam_L23

increible como transmitiste esa tension interna, me gusto muchísimo

Tomas_BsAs

Me recordó a algo parecido que viví hace tiempo. Esa sensacion de darte cuenta de algo que ya sabias pero no te animabas a admitir. Muy bien logrado.

RubenCBA22

No es solo morbo, hay algo mas profundo acá. El autoconocimiento de la protagonista esta muy bien escrito. Seguí subiendo relatos!

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