El ritual que cumplo cuando duermo sola
Hay noches en las que la cama se vuelve demasiado grande. Martín lleva tres días fuera por trabajo, y aunque hablamos cada noche por teléfono, su voz al otro lado de la línea no me sirve de nada cuando lo único que quiero es que alguien me sostenga las muñecas contra el colchón. Apago la lámpara, me quedo mirando el techo y siento ese cosquilleo que conozco demasiado bien.
No voy a poder dormir así.
Me levanto, descalza sobre el piso frío, y camino hasta el armario del rincón. El cajón de abajo es el que nadie revisa, el que tiene mi pequeño secreto guardado entre dos suéteres que jamás uso. Hundo la mano hasta el fondo y lo saco: un consolador de cristal, transparente, con una espiral rosa que recorre toda su longitud. Tengo varios escondidos para estas noches en que la casa se queda en silencio.
Ninguno se compara con un hombre de verdad, pero esta noche tendrá que bastar.
Admito sin vergüenza lo que me gusta. Me gusta obedecer, me gusta sentirme usada, me gusta que me traten como si lo único que importara de mí fuera lo que tengo entre las piernas. Es algo que tardé años en aceptar y que ahora abrazo cada vez que estoy sola, sin nadie que me juzgue, sin más reglas que las que yo misma me invento.
Vuelvo a la cama y me quito la camiseta con la que duermo. Me deshago del sostén y lo dejo caer al suelo sin mirar dónde aterriza. Me quedo solo con una tanga rosa, fina, que ya empieza a estorbarme. El aire de la habitación me eriza la piel de los pechos y eso, por algún motivo, me enciende todavía más.
Me tomo un momento para mirarme. La luz de la calle se cuela por una rendija de la cortina y dibuja una línea pálida sobre mi vientre. Me paso las manos por los muslos, por las caderas, reconociéndome como si fuera la primera vez. Hay algo en estar así, desnuda y sola, que me hace sentir poderosa y vulnerable al mismo tiempo. Nadie me espera, nadie me apura. Toda la noche es mía y voy a tomármela entera.
Tomo el cristal y lo paso por mis labios. Está frío al principio, casi me hace temblar, pero el frío contra mi boca tiene algo delicioso. Lo bajo despacio por el cuello, entre los pechos, por el vientre. No tengo prisa. Sé que cuanto más espere, más fuerte será lo que venga después.
Lo apoyo sobre la tela de la tanga, justo encima de donde palpito, y empiezo a moverlo en círculos lentos. La presión a través del algodón es una tortura medida. Me muerdo el labio. Necesito más.
Hago la tanga a un lado con dos dedos y descubro lo que ya sospechaba: estoy completamente mojada. Encenderme rápido siempre fue lo mío. Apenas rozo la entrada con la punta de cristal y el cuerpo entero me responde con un escalofrío que sube por la espalda.
Lo introduzco despacio. Centímetro a centímetro, sintiendo cómo se abre paso. Los relieves de la espiral me arrancan una sensación que ningún juguete liso me dio jamás. Suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Por fin —susurro a la oscuridad, como si alguien estuviera escuchándome.
Lo dejo dentro, quieto, llenándome, y con la mano libre busco mi clítoris. Lo acaricio en círculos, primero suave, después con más insistencia. Con la otra mano me aprieto un pecho, lo pellizco, tiro del pezón hasta que el pequeño dolor se mezcla con el placer y ya no sé distinguir uno del otro.
Así me gusta. Que duela un poquito.
Vuelvo al cristal y empiezo a moverlo, afuera y adentro, con un ritmo perezoso que no engaña a nadie. Sé hacia dónde va esto. Cada embestida lenta es una promesa de las rápidas que vendrán. Cierro los ojos e imagino que no es mi mano la que sostiene el juguete, sino la de alguien que me ordena quedarme quieta y recibir.
Quédate así. No te muevas. Aguanta.
La fantasía me vuelve loca. Aprieto los muslos y empiezo a embestirme más fuerte, metiendo y sacando tan rápido como mi propio cuerpo me lo permite. Los espasmos me obligan a parar de golpe, a respirar, a empezar de nuevo. Tengo la frente cubierta de sudor y la respiración hecha pedazos.
Saco el cristal unos segundos y me lo llevo a la boca. Lo chupo despacio, saboreándome, hasta que el sabor se desvanece y entonces vuelvo a hundirlo donde estaba. Es un gesto sucio y me encanta serlo cuando nadie me ve. Aquí, en esta cama, puedo ser exactamente la mujer que el mundo no me deja ser de día.
***
Me incorporo y me siento sobre el juguete, dejando que mi propio peso lo empuje más adentro. Doy pequeños saltos, las rodillas hundidas en el colchón, y con cada uno siento cómo gano un poco más de profundidad. Un gemido se me escapa sin permiso, después otro, y dejo de intentar controlarlos. No hay vecinos pegados a esta pared. Puedo ser todo lo escandalosa que quiera.
—Mmm… más… —gimo, y la voz me sale ronca, irreconocible.
Amo esta sensación. La de estar llena, la de no poder pensar en nada que no sea el siguiente movimiento. Mi cuerpo entero se ha reducido a un solo punto de placer y todo lo demás —el viaje de Martín, el silencio de la casa, el día agotador que tuve— se borra como si nunca hubiera existido.
Y entonces se me ocurre.
Estiro el brazo hacia la mesa de noche y tomo el teléfono. Lo enciendo y la pantalla me ilumina la cara con una luz azul. Quiero verme después. Quiero saber qué aspecto tengo cuando me dejo ir, cuando ya no queda nada de la mujer compuesta que todos creen conocer.
Pongo la cámara en horizontal y la apoyo contra la almohada, calculando el ángulo. Me doy la vuelta y me acomodo en cuatro, con el trasero hacia el lente, la espalda arqueada. La pose por sí sola me enciende todavía más. Saberme mirada, aunque sea por un ojo de vidrio que no juzga, me convierte en otra cosa.
Vuelvo a tomar mi «acompañante» —así lo llamo en mi cabeza, con un cariño absurdo— y lo introduzco de nuevo. En esta posición entra distinto, más profundo, y el primer empujón me arranca un quejido que me sorprende a mí misma. Empiezo otra vez con el vaivén, primero suave, después sin piedad, mirando de reojo cómo la luz de la pantalla recorta mi silueta.
Esta noche quiero todo.
Saco el cristal, resbaladizo por mi propia humedad, y lo llevo más atrás. Conozco el camino. Lo apoyo contra mi otra entrada y empujo con cuidado. Al principio siempre arde, siempre hay ese instante de resistencia en que mi cuerpo duda. Aprieto los dientes, respiro hondo y sigo.
—Aaah… —el sonido se me escapa entre el dolor y otra cosa que no es dolor en absoluto.
Después de ese primer ardor llega lo que vine a buscar. Bajo la cabeza hasta pegar la mejilla al colchón y dejo el trasero en alto. La mano izquierda vuelve a mi clítoris, que no he dejado abandonado ni un segundo, y empiezo a frotar mientras el cristal se mueve despacio donde más prohibido se siente.
No sé cómo lo disfruto. No tendría que gustarme tanto y sin embargo me encanta. Cada nervio de mi cuerpo parece haberse mudado a esos dos puntos de placer, y yo no soy más que la mujer que los atiende, de rodillas, gimiendo en una cama vacía.
Pierdo la cuenta del tiempo. Podrían ser cinco minutos o veinte, no lo sé ni me importa. La almohada amortigua mis gemidos cada vez que la cara se me hunde en ella, y el teléfono sigue grabándolo todo, paciente, sin parpadear. Por un instante imagino que es Martín quien sostiene la cámara, mirándome desde algún hotel lejano, y la idea me empuja a un nuevo escalofrío que me recorre de la nuca a los talones.
***
Cuando siento que estoy cerca, saco el juguete y me dejo caer de nuevo boca arriba. Abro las piernas todo lo que puedo. Lo introduzco una última vez donde empecé y combino el vaivén con la mano sobre el clítoris, los dos ritmos persiguiéndose, acercándose, tropezando.
Entra. Sale. No suelto mi clítoris. Entra de nuevo.
El orgasmo me golpea como una ola que llevaba minutos formándose. Arqueo la espalda hasta que solo los hombros y los talones tocan la cama. Abro las piernas todavía más, como si pidiera más de algo que ya no necesito, y me quedo así, temblando, durante unos segundos que se sienten eternos.
Es el placer más grande y más limpio que conozco. Uno que nadie me da. Uno que me doy yo.
Poco a poco vuelvo a mi cuerpo. La respiración se calma, el temblor cede, los músculos se aflojan uno por uno. Saco el cristal con delicadeza y lo dejo sobre la mesa de noche, ya me ocuparé de él por la mañana. Tomo el teléfono, miro un instante el video que acabo de grabar y sonrío sin mirarlo del todo. Es mío. Solo mío.
No pienso vestirme. Me arrastro hasta el centro de la cama, tiro de la manta hasta cubrirme y me hago un ovillo debajo. El cuerpo me pesa de la mejor manera, esa pesadez deliciosa que solo deja un buen orgasmo.
Mañana llamaré a Martín y no le contaré nada. O quizás sí.
Cierro los ojos. La cama ya no me parece tan grande. Y mientras el sueño empieza a ganarme, pienso que la soledad, bien aprovechada, también tiene sus recompensas.