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Relatos Ardientes

La noche que Mariana se imaginó su primera vez

Las luces apagadas. Un hilo delgado de claridad se colaba entre las cortinas mal cerradas y dibujaba una línea pálida sobre la pared. Afuera llovía, una de esas lluvias finas y constantes que terminan por borrar el ruido de la ciudad. Los autos pasaban lejos, amortiguados por el cristal y por el agua, como si todo el mundo se hubiera retirado a respirar en silencio.

Mariana estaba acostada de lado, con las sábanas hasta la cintura y los ojos abiertos en la penumbra. Había sido un día largo, de esos que se arrastran. Pero no era el cansancio lo que la mantenía despierta. Era él.

Llevaba pensando en él desde la mañana, desde que lo vio en la cafetería y él la miró un segundo de más antes de sonreír. Un segundo. Eso bastó para que toda la jornada se le fuera en repasarlo: la forma en que se había quedado mirándola, el modo en que pronunció su nombre cuando se despidió, la curva de sus manos alrededor de la taza.

Se llamaba Tomás. Lo había sabido por casualidad, porque la chica del mostrador lo saludó por el nombre mientras le preparaba el café. Desde entonces la palabra se le había quedado pegada, repitiéndose sola en los momentos muertos del día: en el colectivo, frente a la pantalla del trabajo, en la cola del supermercado bajo la lluvia que empezaba a caer.

Lo había visto otras mañanas, siempre a la misma hora, siempre en la misma mesa junto a la ventana. Nunca habían hablado de verdad. Apenas un «buenos días», una vez que coincidieron en la puerta, y esa sonrisa suya que parecía guardar un secreto. Pero esa mañana había sido distinta. Esa mañana él la había mirado como se mira a alguien que uno ya se imaginó antes.

Y ella le había sostenido la mirada. Eso era lo que no la dejaba dormir. No la sonrisa de él, sino su propio atrevimiento, el calor que le subió por el cuello cuando entendió que no quería apartar los ojos.

Ahora, en la oscuridad, lo dejó entrar.

¿Y si esa noche hubiera dicho algo más?

Cerró los ojos y lo imaginó allí, en el lado vacío de la cama. No de golpe, sino despacio, como se construyen las cosas que de verdad se desean. Primero el peso del colchón hundiéndose con él. Después el calor de su cuerpo acercándose al suyo, ese contraste entre la tibieza de la piel ajena y el frío leve del aire de la habitación.

Lo imaginó posando los labios sobre los suyos. Un beso lento, sin prisa, de esos que no buscan llegar a ningún lado porque ya están exactamente donde quieren estar. Sintió, casi de verdad, cómo la respiración de él se mezclaba con la suya, entrecortada, contenida.

El aroma de su piel se formó en su mente con una nitidez que la sorprendió. No sabía cómo olía en realidad, nunca había estado tan cerca, pero su imaginación lo inventó por ella: algo limpio, cálido, con un fondo a madera. Y con ese olor llegaron las manos.

Las manos de él recorriéndole el costado, bajando por la cadera, subiendo otra vez por la espalda. Mariana sintió un escalofrío real cruzarle la columna y se mordió el labio. Estaba sola. Lo sabía. Pero su cuerpo no parecía enterarse, y eso era justo lo que la encendía.

Movió su propia mano hacia el pecho, casi sin pensarlo. Los dedos rozaron la tela fina del camisón y, debajo, la piel respondió. Que sean los suyos, se dijo. Que sean sus dedos. Y la fantasía obedeció.

Imaginó la boca de él descendiendo por su cuello hasta el pecho. Su lengua trazando círculos lentos, primero alrededor, después justo encima. Sus pezones se irguieron contra la tela, endurecidos, sensibles de un modo que la hizo arquear apenas la espalda. Cada roce mandaba una corriente directa al vientre, donde algo empezaba a despertar y a tensarse.

Dejó escapar un suspiro. Bajo en la garganta, casi inaudible sobre el rumor de la lluvia.

En su cabeza, Tomás no tenía prisa. Esa era la parte que más la encendía: la lentitud. Lo imaginó tomándose su tiempo, descubriéndola de a poco, como si cada centímetro de su piel mereciera una pausa. Le apartaba el pelo de la cara, le besaba la sien, el ángulo de la mandíbula, le murmuraba algo que ella no alcanzaba a oír pero que igual la hacía estremecer.

Pensó en cómo serían sus manos de verdad. Las había visto alrededor de la taza, firmes, de dedos largos. Se imaginó esos dedos abriéndole los botones del camisón uno por uno, sin apuro, mientras él la miraba a los ojos para no perderse ni un gesto de los suyos.

La mano izquierda se quedó allí, masajeando el pecho inflamado, presionando y soltando al ritmo de una respiración que ya no era tranquila. La derecha, en cambio, empezó a bajar. Por el esternón, por el estómago, despacio, demorándose en cada centímetro como si tuviera todo el tiempo del mundo. Como si él tuviera todo el tiempo del mundo.

Llegó al borde de la tela y se detuvo un instante. No por duda. Por el placer de la espera, por estirar la anticipación hasta el límite. Afuera, un trueno lejano rodó por encima de los tejados y la lluvia arreció contra el vidrio.

Entonces la mano se deslizó por debajo de la tela.

El primer contacto la hizo contener el aliento. Estaba húmeda, lo había estado desde el primer pensamiento, desde aquella mirada de la cafetería que ahora regresaba a su mente convertida en otra cosa. Movió los dedos despacio, explorando, y la fantasía siguió alimentándola: no era ella quien se tocaba, era él. Eran sus dedos los que la recorrían, su mano la que aprendía cómo reaccionaba.

Así. Justo así.

Lo imaginó observándola en la oscuridad, atento a cada gesto, leyendo en su cara lo que funcionaba y lo que la hacía temblar. Pensó en cómo sería de verdad, la primera vez, tenerlo encima y dejar que él tomara el control. Nunca había estado con nadie de esa manera, y la idea, lejos de asustarla, la empujaba más adentro de la fantasía.

Por un momento abrió los ojos y miró el lado vacío de la cama, esa sombra alargada donde lo había puesto a él. La almohada intacta, las sábanas frías. Y aun así lo sentía tan cerca que casi podía oír su respiración mezclándose con la lluvia. Volvió a cerrar los ojos. No quería que la realidad le arruinara nada.

El ritmo de su mano se aceleró. Más rápido, más firme. Introdujo lentamente uno de sus dedos y soltó un gemido apagado contra la almohada. Sus pechos estaban más sensibles que nunca, cada roce de la tela una descarga. La cadera empezó a moverse sola, adelantándose a lo que venía, buscando.

La lluvia parecía marcar el compás. Goteo constante, intenso, igual que el latido que sentía crecer entre las piernas.

Pensó en su boca. En sus manos. En el peso de su cuerpo. En el modo en que diría su nombre, bajo, al oído, mientras ella se deshacía debajo de él. Apretó los muslos alrededor de su propia mano y siguió, sin pausa ya, con la respiración convertida en jadeos cortos que se le escapaban entre los dientes.

Y de pronto lo sintió llegar.

Un calor que nacía en lo más profundo del vientre y se expandía hacia afuera, ganando terreno con cada segundo. Los latidos del corazón se confundieron con el palpitar de su entrepierna hasta volverse una sola cosa, un solo pulso acelerado. Una contracción de los músculos. Después otra. Y otra más, encadenándose, subiendo.

En el instante exacto del límite, su nombre cruzó la mente de ella como un relámpago.

De su boca salió un grito ahogado contra la almohada, a medio camino entre el gemido y el suspiro, pero tan intenso que la sacudió entera. Terminó por fin, con la espalda arqueada y los dedos todavía sintiendo cómo su sexo se contraía contra ellos, una y otra vez, en oleadas que se fueron espaciando despacio.

Se quedó quieta. Exhausta. Satisfecha. Con la piel cubierta de una capa fina de sudor a pesar del frescor de la noche.

Tardó en recobrar el aliento. La respiración volvía de a poco, profunda primero, después más tranquila, hasta acompasarse otra vez con el sonido del agua. Sacó la mano despacio y la dejó descansar sobre el vientre, sintiendo cómo el corazón iba bajando de revoluciones.

Afuera, la lluvia había empezado a calmarse. Ya no golpeaba: solo goteaba, mansa, desde los bordes del balcón. El mundo seguía suspendido en ese silencio húmedo y oscuro, y por un momento Mariana tuvo la sensación de que la noche entera había contenido la respiración con ella.

Abrió los ojos y miró hacia la ventana. La línea pálida de luz seguía allí, sobre la pared, temblando apenas. Mañana, pensó. Mañana voy a volver a la cafetería.

La idea la hizo sonreír en la oscuridad. Tal vez esta vez fuera ella la que se quedara mirándolo un segundo de más. Tal vez esta vez dijera algo. Y tal vez lo que esta noche solo existió bajo las sábanas dejara de ser una fantasía.

Se giró hacia el lado vacío de la cama, el mismo que había llenado con su imaginación, y cerró los ojos. El sonido de la lluvia mansa la arrullaba. Se dejó llevar por el sueño todavía con la sonrisa en los labios y algunas gotas de sudor secándose lentamente en la espalda.

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Comentarios (5)

LunaEscarlata

Que belleza de relato, me atrapó desde el principio!!!

fede_lector

Excelente como describís la tensión de ese momento. Se siente muy real, sin ser burdo. Sigue subiendo mas!

Nocturna_33

Me recordó mucho a esa mezcla de nervios y curiosidad que una siente a ciertas edades... uff. Muy bien escrito.

ValentinaOk

Por favor una segunda parte! Quede con ganas de saber como termina todo esto

Martu_baires

y al final se quedo solo en la imaginacion o hubo algo mas?? jaja me dejaste en suspenso

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