Dejé la puerta entreabierta para que mi prima me oyera
Dejo la puerta de mi habitación entreabierta a propósito. No es un descuido. Conozco de memoria los horarios de esta casa, y sé que cuando mi prima Noelia vuelva de la calle y suba a su cuarto, tendrá que pasar justo por delante de la mía. Lo he calculado todo.
Apago la luz grande y dejo solo la lamparita de la mesa, esa que apenas alcanza para dibujar sombras. Me tumbo sobre la cama, encima de la sábana, y empiezo despacio. No tengo prisa. La prisa es de quien quiere terminar; yo quiero que dure justo lo necesario.
Pienso en ella sin ningún pudor. En ese cuerpo que se ha pasado el verano enseñándome sin enseñarme nada, en sus caderas, en la forma en que un vaquero ajustado la convierte en una tortura andante. Me imagino las cosas que no debería imaginar de una prima, y precisamente por eso me ponen a mil.
Entonces lo oigo. El ruido amortiguado de sus zapatos sobre el parqué, los pasos de puntillas de quien vuelve tarde y no quiere despertar a nadie. Viene del fondo del pasillo. Se acerca.
Justo a tiempo.
Yo sigo, sin acelerar, midiendo cada movimiento. Cuando calculo que está casi a la altura de mi puerta, suelto un suspiro largo, hondo, perfectamente audible. No tan exagerado como para parecer falso, pero suficiente para que no quede ninguna duda de lo que estoy haciendo ahí dentro, a oscuras.
Los pasos se detienen en seco.
Hay un silencio que lo dice todo. Ese silencio de quien contiene la respiración detrás de una puerta, inmóvil, intentando confirmar una sospecha sin atreverse a mirar. La imagino quieta en el pasillo, con la espalda pegada a la pared, escuchando. Y esa idea, la de saberla a un metro de mí, espiándome sin verme, casi me hace terminar antes de tiempo.
Me obligo a frenar.
—Noelia... —susurro, lo bastante bajo para que parezca involuntario y lo bastante claro para que llegue al otro lado de la madera—. Qué buena estás.
El silencio se hace más denso. Ni un crujido, ni una respiración. Sé que sigue ahí porque no he oído alejarse sus pasos, y ese saberlo me enciende de una manera que no había sentido nunca. Acelero un poco, lo justo para que el sonido del movimiento también la alcance.
—Qué ganas tengo de ti... —murmuro entre dientes—. Si supieras lo que haría contigo.
Hablo para ella aunque finja que hablo para mí. Le digo cosas que jamás me atrevería a decirle a la cara, cosas sucias y precisas, y cada palabra que pronuncio en voz baja es una flecha lanzada hacia el pasillo. La imagino mordiéndose el labio, decidiendo si huir o quedarse. Y se queda. Eso es lo que más me gusta: que se quede.
—Ya... ya casi... —digo, y me dejo ir por fin, conteniendo el quejido para que no se rompa la tensión del momento, terminando con la certeza de que ella ha sido testigo de todo.
Me quedo tumbado, agitado, escuchando. Pasan unos segundos eternos en los que dudo de si de verdad ha estado ahí o si llevo un rato hablándole a un pasillo vacío. Pero entonces oigo el crujido de una baldosa floja que hay frente a su cuarto, ese que conozco de toda la vida, y después el clic apenas perceptible de su puerta al cerrarse.
Sonrío en la oscuridad. No había ninguna duda. Mi prima Noelia lo ha oído absolutamente todo.
***
A la mañana siguiente todo finge ser normal, y ese fingimiento es lo más excitante de la casa.
Noelia baja a desayunar con un vaquero que le sienta de escándalo y una camiseta que no enseña nada y lo sugiere todo. Es la última semana de vacaciones de Navidad y nadie sospecha nada. Saluda a mis tíos, se sirve café, comenta el frío que hace. La vida sigue su curso plácido alrededor de la mesa.
Pero a mí casi no me mira.
No me dirige la palabra ni una sola vez, y sin embargo en ese silencio hay más conversación que en cualquier charla. Cuando se despide para salir de compras con una amiga, reparte besos por toda la familia. El que me da a mí dura una décima de segundo más de lo necesario, y su perfume se me queda pegado a la cara durante un buen rato. El corazón se me dispara como un tonto.
—Voy a tardar —avisa desde la puerta—. Tengo que comprar medio mundo todavía.
A media mañana me suena el móvil. Es ella.
—Oye, ¿me echas una mano? —me dice, con una voz demasiado tranquila—. Estoy en el centro comercial buscando un regalo para tu madre y no me decido. Tú la conoces mejor.
No hace falta que me lo pida dos veces. Veinte minutos después estoy cruzando las puertas de los grandes almacenes, y allí está, esperándome junto a su amiga Marina, una chica de melena oscura y sonrisa fácil que me mide de arriba abajo en cuanto me ve llegar.
—Así que tú eres el primo —dice Marina, alargando la palabra con una intención que no se me escapa.
Noelia le da un codazo, pero las dos se ríen como si compartieran un chiste que yo no termino de entender. O que entiendo demasiado bien.
Damos vueltas por la sección de perfumes. Tardamos lo nuestro hasta que escojo uno que sé que a mi madre le gusta, y entonces, en lugar de ir a pagar, Noelia me arrastra hacia otra zona.
—Espera, que quiero ver una cosa.
La cosa resulta ser la sección de lencería.
Es la última semana del año y las estanterías están llenas de prendas rojas, de conjuntos diminutos pensados para Nochevieja, de sujetadores que son casi un susurro de tela. Las dos se meten entre los percheros como dos crías en una juguetería, y yo me quedo atrás, con las manos en los bolsillos, intentando aparentar una naturalidad que no tengo.
—¿Este te gusta? —me pregunta Marina, levantando un conjunto de encaje rojo que apenas le cabe en una mano—. ¿Crees que le quedaría bien a tu prima?
Noto cómo me sube el calor por el cuello.
—No... no sé —balbuceo, y las dos se parten de risa.
Saben de sobra que soy tímido, y precisamente por eso se ceban. Me van enseñando modelos, uno tras otro, braguitas transparentes, ligueros, conjuntos que se atan con lazos imposibles, y cada vez me preguntan mi opinión observando con descaro cómo reacciono. Y yo no puedo evitar imaginarme cada una de esas prendas sobre el cuerpo de Noelia. La cabeza se me llena de imágenes que no debería tener, y la entrepierna me traiciona sin disimulo.
—Mira cómo se ha puesto —murmura Marina al oído de mi prima, pero lo bastante alto para que yo lo oiga.
Quiero que me trague la tierra. Y a la vez no quiero que esto termine nunca.
Llevan un rato jugando conmigo cuando Noelia se acerca, se pega a mi costado con una excusa cualquiera y, en un movimiento rápido, me mete algo en el bolsillo de la chaqueta.
—Guárdame esto —me dice al oído—. Y no lo saques.
Meto la mano con disimulo y tardo un segundo en entender qué es. Es una prenda de tela suave, todavía tibia. Son sus braguitas. Las que llevaba puestas hasta hace un momento, las que acaba de cambiar por unas nuevas de la tienda que pretende llevarse sin pasar por caja.
La miro sin dar crédito. Ella me sostiene la mirada con una chispa de malicia que no le había visto nunca, mientras Marina se muerde el labio aguantándose la risa. Las dos están coloradas, electrizadas por la idea de llevar puestas prendas robadas, por el riesgo de que alguien las pille.
—Hazlo tú también —me reta Marina en voz baja—. Llévate unos calzoncillos. Cámbiate los que llevas por unos de marca. Si nosotras nos atrevemos, tú también.
Me resisto. De verdad que me resisto. Pero entre las dos me empujan, me ponen un par de calzoncillos en la mano y me señalan los probadores con una sonrisa que no admite negativa. Al final cedo, más por seguirles el juego que por otra cosa, y me meto en uno de los cubículos del fondo.
***
Cierro la cortina, o eso creo, y me siento un momento en el banquito para recuperar el aliento. Y entonces me doy cuenta de que la prenda de mi prima sigue ardiéndome en el bolsillo.
La saco. La sostengo entre las manos como si fuera algo frágil. No puedo evitarlo: me la acerco a la cara y respiro hondo, llenándome de su olor íntimo, ese perfume que llevo toda la mañana persiguiendo. El corazón me golpea las costillas.
Sé que no debería. Sé exactamente lo que estoy a punto de hacer y sé que está mal en todos los sentidos posibles. Pero la cabeza se me ha quedado atascada en la imagen de Noelia detrás de mi puerta anoche, escuchándome, y en cómo me ha mirado hace un momento al darme la prenda. Ya no hay marcha atrás.
Me bajo el pantalón y empiezo, envolviéndome con la tela tibia, rápido, sin disimulo, dejándome llevar por completo.
Es entonces cuando lo noto. La cortina del probador no está bien echada. Hay una rendija, un dedo de hueco, y a través de él distingo dos pares de ojos. Noelia y Marina están ahí fuera, pegadas la una a la otra, siguiendo cada uno de mis movimientos con un morbo que no se molestan en esconder.
Y yo, en lugar de parar, hago lo contrario.
Finjo que no las veo. Disimulo, miro al techo, sigo a lo mío como si estuviera completamente solo. Pero por dentro estoy ardiendo, porque ahora ya no es una fantasía a través de una puerta: ahora me están mirando de verdad, a un palmo de distancia, las dos a la vez. Acelero. Quiero que vean, quiero darles exactamente el espectáculo que han venido a buscar.
Oigo una respiración entrecortada al otro lado de la cortina. Un susurro. Una risa nerviosa que alguien ahoga enseguida. Y eso me termina de rematar.
Me corro con la prenda de mi prima entre las manos, recogiéndolo todo en la misma tela que ella tan generosamente se ha dejado «olvidada» en mi bolsillo. Me quedo unos segundos sin aire, con la frente apoyada en el espejo, sintiendo cómo los pasos al otro lado se alejan a toda prisa, fingiendo que nunca han estado ahí.
Cuando salgo del probador, las dos están de espaldas, mirando un perchero con una concentración exagerada y completamente falsa. Tengo la cara de quien acaba de hacer la mejor de las pajas, y no hay forma humana de disimularlo.
—No me gustan estos calzoncillos —digo, con toda la dignidad que soy capaz de reunir—. Buscadme otros.
Noelia se gira despacio. Me mira de arriba abajo, lee mi cara, entiende cada detalle. Y entonces intercambia con Marina una de esas sonrisas cargadas de complicidad y de malicia, esas que dicen mucho más que cualquier palabra.
—Anda, vámonos —decide mi prima, cogiéndome del brazo—. Y sin pagar.
Cruzamos los detectores de la salida con el corazón en la garganta, las dos con prendas robadas puestas y yo con una braga llena de pruebas en el bolsillo. La alarma no suena. El subidón de salir impunes nos persigue hasta la calle, donde las dos estallan en una carcajada.
Pero la verdad, mientras camino entre ellas bajo el sol frío de diciembre, es que el robo no es nada. Nada comparado con lo de haberme corrido delante de mi prima y su amiga, sabiéndome mirado, deseado, descubierto. Esa, y no otra, es la fantasía que llevaré conmigo el resto de las vacaciones.
Y por la cara que pone Noelia cada vez que me cruza la mirada el resto del día, sé que esto no ha hecho más que empezar.