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Relatos Ardientes

Dejé la puerta entreabierta para que mi prima me oyera

Dejo la puerta de mi habitación entreabierta a propósito. No es un descuido. Conozco de memoria los horarios de esta casa, y sé que cuando mi prima Noelia vuelva de la calle y suba a su cuarto, tendrá que pasar justo por delante de la mía. Lo he calculado todo.

Apago la luz grande y dejo solo la lamparita de la mesa, esa que apenas alcanza para dibujar sombras. Me tumbo sobre la cama, encima de la sábana, y me bajo el pantalón hasta las rodillas. Empiezo despacio, con la polla ya dura en la mano, apretándomela desde la base hasta la punta con una lentitud calculada. No tengo prisa. La prisa es de quien quiere terminar; yo quiero que dure justo lo necesario.

Pienso en ella sin ningún pudor. En ese cuerpo que se ha pasado el verano enseñándome sin enseñarme nada, en sus caderas, en la forma en que un vaquero ajustado le marca el coño y le parte el culo en dos. Me imagino las cosas que no debería imaginar de una prima —su boca abierta bajándome por la verga, sus tetas rebotándome en la cara, sus muslos abriéndose para que yo me hunda hasta los huevos— y precisamente por eso se me pone dura como una piedra. Me escupo en la palma y empiezo a masturbarme más despacio, oyendo el ruido húmedo de la mano subiendo y bajando.

Entonces lo oigo. El ruido amortiguado de sus zapatos sobre el parqué, los pasos de puntillas de quien vuelve tarde y no quiere despertar a nadie. Viene del fondo del pasillo. Se acerca.

Justo a tiempo.

Yo sigo, sin acelerar, midiendo cada movimiento. Cuando calculo que está casi a la altura de mi puerta, suelto un suspiro largo, hondo, perfectamente audible. No tan exagerado como para parecer falso, pero suficiente para que no quede ninguna duda de lo que estoy haciendo ahí dentro, a oscuras, con la polla en la mano.

Los pasos se detienen en seco.

Hay un silencio que lo dice todo. Ese silencio de quien contiene la respiración detrás de una puerta, inmóvil, intentando confirmar una sospecha sin atreverse a mirar. La imagino quieta en el pasillo, con la espalda pegada a la pared, escuchando. Y esa idea, la de saberla a un metro de mí mientras me hago una paja pensando en ella, casi me hace correrme antes de tiempo. Me aprieto la base de la verga con dos dedos, cortando el impulso, obligándome a aguantar.

Me obligo a frenar.

—Noelia... —susurro, lo bastante bajo para que parezca involuntario y lo bastante claro para que llegue al otro lado de la madera—. Qué buena estás, prima. Qué coño tienes que tener.

El silencio se hace más denso. Ni un crujido, ni una respiración. Sé que sigue ahí porque no he oído alejarse sus pasos, y ese saberlo me enciende de una manera que no había sentido nunca. Acelero un poco, lo justo para que el sonido húmedo de la mano sobre la polla también la alcance a través de la puerta.

—Qué ganas tengo de follarte... —murmuro entre dientes—. Si supieras lo que te haría. Te partiría en dos. Te metería la polla hasta el fondo hasta hacerte gritar. Te correrías en mi boca, joder, te comería el coño hasta dejarte seca.

Hablo para ella aunque finja que hablo para mí. Le digo cosas que jamás me atrevería a decirle a la cara, cosas sucias y precisas —cómo le chuparía los pezones hasta ponérselos duros, cómo le lamería el culo mientras la penetro con los dedos, cómo la pondría a cuatro patas para follármela como se folla a una perra— y cada palabra que pronuncio en voz baja es una flecha lanzada hacia el pasillo. La imagino mordiéndose el labio, apretando los muslos, quizá metiéndose la mano por dentro del vaquero mientras me escucha. Y se queda. Eso es lo que más me gusta: que se quede.

La mano se me mueve cada vez más rápido. Siento la polla hinchada, los huevos apretados, el semen subiendo por dentro. Me muerdo los labios para no gemir demasiado, pero dejo escapar los quejidos justos para que ella los oiga.

—Ya... ya casi... voy a correrme, prima, voy a correrme pensando en tu coño... —digo, y me dejo ir por fin. Siento el latigazo desde la base de la verga, la corrida saliendo a chorros calientes que me caen sobre el vientre, sobre la mano, mientras aprieto los dientes para contener el gemido. Termino con la certeza de que ella ha sido testigo de todo, de cada palabra y de cada gota.

Me quedo tumbado, agitado, con la mano pringada y la polla todavía palpitando, escuchando. Pasan unos segundos eternos en los que dudo de si de verdad ha estado ahí o si llevo un rato hablándole a un pasillo vacío. Pero entonces oigo el crujido de una baldosa floja que hay frente a su cuarto, ese que conozco de toda la vida, y después el clic apenas perceptible de su puerta al cerrarse.

Sonrío en la oscuridad. No había ninguna duda. Mi prima Noelia lo ha oído absolutamente todo.

***

A la mañana siguiente todo finge ser normal, y ese fingimiento es lo más excitante de la casa.

Noelia baja a desayunar con un vaquero que le sienta de escándalo y una camiseta que no enseña nada y lo sugiere todo. Es la última semana de vacaciones de Navidad y nadie sospecha nada. Saluda a mis tíos, se sirve café, comenta el frío que hace. La vida sigue su curso plácido alrededor de la mesa.

Pero a mí casi no me mira.

No me dirige la palabra ni una sola vez, y sin embargo en ese silencio hay más conversación que en cualquier charla. Cuando se despide para salir de compras con una amiga, reparte besos por toda la familia. El que me da a mí dura una décima de segundo más de lo necesario, y su perfume se me queda pegado a la cara durante un buen rato. Se me pone la polla dura debajo de la mesa como un tonto.

—Voy a tardar —avisa desde la puerta—. Tengo que comprar medio mundo todavía.

A media mañana me suena el móvil. Es ella.

—Oye, ¿me echas una mano? —me dice, con una voz demasiado tranquila—. Estoy en el centro comercial buscando un regalo para tu madre y no me decido. Tú la conoces mejor.

No hace falta que me lo pida dos veces. Veinte minutos después estoy cruzando las puertas de los grandes almacenes, y allí está, esperándome junto a su amiga Marina, una chica de melena oscura y sonrisa fácil que me mide de arriba abajo en cuanto me ve llegar, deteniéndose sin disimulo a la altura de mi bragueta.

—Así que tú eres el primo —dice Marina, alargando la palabra con una intención que no se me escapa.

Noelia le da un codazo, pero las dos se ríen como si compartieran un chiste que yo no termino de entender. O que entiendo demasiado bien.

Damos vueltas por la sección de perfumes. Tardamos lo nuestro hasta que escojo uno que sé que a mi madre le gusta, y entonces, en lugar de ir a pagar, Noelia me arrastra hacia otra zona.

—Espera, que quiero ver una cosa.

La cosa resulta ser la sección de lencería.

Es la última semana del año y las estanterías están llenas de prendas rojas, de conjuntos diminutos pensados para Nochevieja, de sujetadores que son casi un susurro de tela, de tangas que no tapan nada. Las dos se meten entre los percheros como dos crías en una juguetería, y yo me quedo atrás, con las manos en los bolsillos, intentando aparentar una naturalidad que no tengo y disimulando el bulto que se me empieza a marcar en el pantalón.

—¿Este te gusta? —me pregunta Marina, levantando un conjunto de encaje rojo que apenas le cabe en una mano—. ¿Crees que le quedaría bien a tu prima? Imagínatela con esto puesto, solo con esto, y las tetas medio saliéndosele por el encaje.

Noto cómo me sube el calor por el cuello y cómo la polla me da un tirón dentro del calzoncillo.

—No... no sé —balbuceo, y las dos se parten de risa.

Saben de sobra que soy tímido, y precisamente por eso se ceban. Me van enseñando modelos, uno tras otro, braguitas transparentes que dejarían ver el coño a contraluz, tangas que se pierden entre las nalgas, ligueros negros, conjuntos que se atan con lazos imposibles pensados para que un hombre los desate con los dientes, y cada vez me preguntan mi opinión observando con descaro cómo reacciono y cómo se me marca cada vez más el paquete. Y yo no puedo evitar imaginarme cada una de esas prendas sobre el cuerpo de Noelia: sus pezones duros asomando por el encaje, la humedad del coño empapando la tela transparente, el culo enmarcado por dos tiras de raso rojo. La cabeza se me llena de imágenes que no debería tener, y la entrepierna me traiciona sin disimulo.

—Mira cómo se ha puesto —murmura Marina al oído de mi prima, pero lo bastante alto para que yo lo oiga—. La tiene como una piedra. Se le nota todo.

Quiero que me trague la tierra. Y a la vez no quiero que esto termine nunca.

Llevan un rato jugando conmigo cuando Noelia se acerca, se pega a mi costado con una excusa cualquiera y, en un movimiento rápido, me mete algo en el bolsillo de la chaqueta. Al hacerlo aprovecha para rozarme la verga por encima del pantalón, apenas un segundo, un roce que ella disimula como accidental pero que me hace jadear por dentro.

—Guárdame esto —me dice al oído, con el aliento caliente pegado a mi cuello—. Y no lo saques.

Meto la mano con disimulo y tardo un segundo en entender qué es. Es una prenda de tela suave, todavía tibia, con la entrepierna húmeda y pegajosa. Son sus braguitas. Las que llevaba puestas hasta hace un momento, las que acaba de cambiar por unas nuevas de la tienda que pretende llevarse sin pasar por caja. Y están mojadas. Mi prima estaba mojada mientras jugaba conmigo entre los percheros.

La miro sin dar crédito. Ella me sostiene la mirada con una chispa de malicia que no le había visto nunca, mientras Marina se muerde el labio aguantándose la risa. Las dos están coloradas, con los pezones marcándoseles bajo la camiseta, electrizadas por la idea de estar sin bragas en medio de unos grandes almacenes, por el riesgo de que alguien las pille.

—Hazlo tú también —me reta Marina en voz baja, deslizando la punta de la lengua por el labio superior—. Llévate unos calzoncillos. Cámbiate los que llevas por unos de marca. Si nosotras nos atrevemos, tú también. Y así los estrenas pensando en nosotras.

Me resisto. De verdad que me resisto. Pero entre las dos me empujan, me ponen un par de calzoncillos en la mano y me señalan los probadores con una sonrisa que no admite negativa. Al final cedo, más por seguirles el juego que por otra cosa, y me meto en uno de los cubículos del fondo.

***

Cierro la cortina, o eso creo, y me siento un momento en el banquito para recuperar el aliento. Y entonces me doy cuenta de que la prenda de mi prima sigue ardiéndome en el bolsillo.

La saco. La sostengo entre las manos como si fuera algo frágil. Es un tanga negro pequeñísimo, con la entrepierna todavía tibia y visiblemente húmeda del coño que la ha llevado puesta toda la mañana. No puedo evitarlo: me la acerco a la cara y respiro hondo, pegando la nariz al tejido empapado, llenándome de su olor íntimo, ese perfume ácido y dulce que llevo toda la mañana persiguiendo. Se me marea la cabeza. La lamo, la chupo, paso la lengua por la parte que ha estado en contacto con su coño y saboreo el rastro salado que ha dejado ahí. El corazón me golpea las costillas y la polla me martillea contra la bragueta.

Sé que no debería. Sé exactamente lo que estoy a punto de hacer y sé que está mal en todos los sentidos posibles. Pero la cabeza se me ha quedado atascada en la imagen de Noelia detrás de mi puerta anoche, escuchándome, y en cómo me ha mirado hace un momento al darme la prenda. Ya no hay marcha atrás.

Me bajo el pantalón y los calzoncillos de un tirón. La polla me salta hacia arriba dura y palpitando, con la punta ya brillante de líquido. Envuelvo la verga con el tanga tibio de mi prima, apretando la tela contra la cabeza, y empiezo a masturbarme rápido, sin disimulo, dejándome llevar por completo. La seda húmeda me resbala arriba y abajo por el glande, mezclando su humedad con la mía. Me imagino que es su coño el que me está apretando, que son sus labios los que me chupan, que es su lengua la que me recorre por debajo.

Es entonces cuando lo noto. La cortina del probador no está bien echada. Hay una rendija, un dedo de hueco, y a través de él distingo dos pares de ojos. Noelia y Marina están ahí fuera, pegadas la una a la otra, siguiendo cada uno de mis movimientos con un morbo que no se molestan en esconder. Veo cómo Noelia se muerde el labio, cómo Marina traga saliva, cómo las dos tienen los ojos clavados en mi polla envuelta en el tanga que hasta hace nada estaba pegado al coño de mi prima.

Y yo, en lugar de parar, hago lo contrario.

Finjo que no las veo. Disimulo, miro al techo, sigo a lo mío como si estuviera completamente solo. Pero por dentro estoy ardiendo, porque ahora ya no es una fantasía a través de una puerta: ahora me están mirando de verdad, a un palmo de distancia, las dos a la vez. Acelero. Aprieto más fuerte, me pajeo con toda la mano, dejo que la punta asome y se esconda del tanga con cada golpe. Quiero que vean, quiero enseñarles bien la polla, quiero darles exactamente el espectáculo que han venido a buscar. Abro un poco más las piernas, me quito la mano un segundo para que la vean entera, dura, hinchada, con las venas marcadas, antes de volver a envolverla en la prenda de mi prima.

Oigo una respiración entrecortada al otro lado de la cortina. Un susurro. «Joder, mira cómo la tiene». Otro susurro, más bajo. «Se está pajeando con mis bragas, tía». Una risa nerviosa que alguien ahoga enseguida. Y eso me termina de rematar.

Siento el clímax subiendo desde los huevos, ese cosquilleo que ya no se puede parar. Aprieto los dientes, echo la cabeza hacia atrás y me corro a chorros dentro del tanga de mi prima. Siento cómo la primera oleada empapa la tela y se desborda, cómo la segunda le sigue caliente, cómo la tercera se me escapa entre los dedos. Recojo cada gota de semen en la misma tela que ella tan generosamente se ha dejado «olvidada» en mi bolsillo, dejándola completamente empapada de mi corrida. Me quedo unos segundos sin aire, con la polla todavía palpitando en la mano y la frente apoyada en el espejo, sintiendo cómo los pasos al otro lado se alejan a toda prisa, fingiendo que nunca han estado ahí.

Cuando salgo del probador, con el tanga cargado guardado otra vez en el bolsillo, las dos están de espaldas, mirando un perchero con una concentración exagerada y completamente falsa. Tengo la cara de quien acaba de hacer la mejor de las pajas, y no hay forma humana de disimularlo.

—No me gustan estos calzoncillos —digo, con toda la dignidad que soy capaz de reunir—. Buscadme otros.

Noelia se gira despacio. Me mira de arriba abajo, se detiene en el bulto que todavía se me marca en el pantalón, lee mi cara, entiende cada detalle. Y entonces intercambia con Marina una de esas sonrisas cargadas de complicidad y de malicia, esas que dicen mucho más que cualquier palabra.

—Anda, vámonos —decide mi prima, cogiéndome del brazo y apretándose contra mí lo justo para notar mi polla todavía medio dura contra su cadera—. Y sin pagar.

Cruzamos los detectores de la salida con el corazón en la garganta, las dos con prendas robadas puestas y sin nada debajo, y yo con una braga llena de pruebas —las suyas y las mías mezcladas— en el bolsillo. La alarma no suena. El subidón de salir impunes nos persigue hasta la calle, donde las dos estallan en una carcajada.

Pero la verdad, mientras camino entre ellas bajo el sol frío de diciembre, es que el robo no es nada. Nada comparado con lo de haberme corrido delante de mi prima y su amiga, sabiéndome mirado, deseado, descubierto, con el coño de Noelia todavía perfumándome la mano. Esa, y no otra, es la fantasía que llevaré conmigo el resto de las vacaciones.

Y por la cara que pone Noelia cada vez que me cruza la mirada el resto del día, deteniéndose siempre un segundo de más en mi bragueta, sé que esto no ha hecho más que empezar.

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Comentarios(8)

Pablin77

Increible!! de los mejores que lei en mucho tiempo

VeronikaR_Sur

me dejo con ganas de saber que paso despues. Por favor hace una segunda parte!

SebasCordoba

me recordo mucho a algo parecido que me paso de joven jajaja, esas cosas que uno recuerda para siempre

NachoCba87

corto pero efectivo. muy bueno

ElFanLector

Lo que me gusta de este tipo de relatos es cuando se nota que hay tension antes de que pase algo. El autor sabe crear expectativa sin apurarse. Bien logrado.

LolitaRosario

jajaja la idea de la puerta entreabierta... clasico. Apuesto a que mas de uno hizo algo similar alguna vez aunque nunca lo admita

Marga_playa

Y despues que paso? la prima nunca dijo nada? eso es lo que mas intriga del relato

CarlosH88

me engancho desde el primer parrafo. buena narrativa, se siente muy autentico

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