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Relatos Ardientes

Me toco en la oficina y no pienso parar

Voy a empezar confesando algo que nunca le he contado a nadie, ni siquiera a las amigas con las que cuento todo lo demás. Llevaba semanas con el coño a punto, esa clase de calentura sorda que no se quita con nada y que aparece cuando hace demasiado tiempo que nadie te folla como necesitas. Tengo veintinueve años, la piel del color de la miel oscura, el pelo largo y rizado, y unas curvas que dejaron de pasar desapercibidas más o menos cuando cumplí los quince. No soy delgada ni gorda: estoy en ese punto medio que a mí me gusta y, por lo visto, a más de uno también. Tetas grandes, culo respingón, cintura marcada. Y soy caliente desde que tengo memoria: de esas que se corren pensando en el chico del ascensor, de esas que se meten los dedos en la ducha casi todos los días.

Trabajo de secretaria en una agencia de seguros del centro, uno de esos sitios donde el teléfono suena tres veces al día y el resto del tiempo lo paso fingiendo que estoy ocupada. Mi jefe sale a comer a la una y no vuelve hasta pasadas las cuatro. Los dos comerciales se van de visitas por la mañana y casi nunca regresan. Así que, durante horas, la oficina es mía: mía y de un silencio que invita a hacer cualquier cosa menos trabajar.

Aquella tarde de martes era peor que de costumbre. Había terminado lo poco que tenía y me había puesto a ver series en el ordenador con el volumen bajito. De ahí pasé a leer relatos, de esos que se cuentan en primera persona y que una jura que son reales. Historias de mujeres que se dejaban follar por dos a la vez, de secretarias a las que el jefe se las cogía sobre la mesa, de coños empapados y de pollas que no cabían. Y mientras leía, estaba escribiéndome con un chico al que conocí hace poco, un coqueteo que no había llegado a nada todavía pero que prometía.

Al principio nos mandábamos tonterías, stickers, memes. Pero los graciosos se acabaron pronto y, casi sin darnos cuenta, los mensajes empezaron a subir de temperatura. Una foto suya saliendo de la ducha, con la toalla floja en las caderas y el bulto marcándose por debajo de la tela. Una pregunta mía que no debí escribir: ¿la tienes grande? Su respuesta, que fue mucho más directa de lo que yo esperaba: una foto de su polla dura en la mano, gruesa, con la punta brillante, y un mensaje escueto: mírala, se me pone así de pensarte de rodillas.

Me quedé mirando la pantalla con la boca entreabierta. Sentí cómo se me apretaban los pezones dentro del sujetador y cómo las bragas empezaban a mojarse solas. Le contesté sin pensarlo: se me hace la boca agua, quiero mamártela entera.

Como sigamos así no voy a aguantar hasta la hora de salir, me escribió él. Estoy a punto de encerrarme en el baño de la oficina a hacerme una paja pensando en tu boca.

Y ya estaba. Notaba el latido entre las piernas, ese pulso terco que me conozco de memoria, el que avisa de que se acabó la concentración por hoy. El coño me pedía a gritos que le metiera algo, lo que fuera. Cerré la conversación, abrí otra pestaña con un vídeo —una tía a cuatro patas mientras un tío la embestía por detrás agarrándola del pelo— y dejé que la imagen hablara por mí. La oficina seguía vacía. La puerta de la calle, cerrada. El reloj marcaba las dos y diez.

Entonces me acordé de lo que llevaba en el bolso.

***

Unos días antes me había comprado un capricho: un vibrador pequeño, de silicona suave, con una forma pensada para apoyarse justo sobre el clítoris y conectarse al móvil por bluetooth. Lo había metido en el bolso por pura precaución, porque mis sobrinas habían venido a pasar el fin de semana a casa y no quería ni imaginar la escena de una de ellas encontrándolo en el cajón de la mesita. Llevaba allí desde el domingo, olvidado entre el neceser y las llaves. Hasta ese martes.

Lo saqué con el corazón ya acelerado. No por miedo a usarlo, sino por todo lo contrario: por lo bien que sabía que me iba a sentir y por el añadido de hacerlo allí, en mi escritorio, donde cualquiera podía entrar con la llave y encontrarme con el coño abierto y el juguete zumbándome entre los muslos. Esa última parte fue la que me terminó de encender. La idea del riesgo, la posibilidad real de que la puerta se abriera y alguien me pillara masturbándome en horario de oficina, me ponía más que el propio juguete.

Me levanté y fui al baño del fondo, el que casi nadie usa. Me bajé el pantalón y las bragas hasta las rodillas y me quedé un momento mirándome en el espejo: el coño depilado, brillante ya de lo mojada que estaba, los labios hinchados asomando entre los muslos. Pasé un dedo por la raja y lo saqué empapado, con un hilo de flujo que se estiró antes de romperse. Me lo chupé sin pensarlo. Sabía a hembra caliente, a esas semanas acumuladas sin follar.

Me coloqué el vibrador con cuidado, apretándolo bien contra el clítoris para que quedara pegado justo donde debía, y volví a subirme las bragas y el pantalón para sujetarlo en su sitio. Caminé un par de pasos para comprobar que aguantaba. Aguantaba. Y solo con eso, solo con sentir su forma apretada contra el clítoris mientras volvía por el pasillo, ya estaba chorreando. Ni siquiera lo había encendido y ya notaba las bragas empapadas.

Me senté de nuevo frente al ordenador, abrí la aplicación en el móvil y lo dejé bocabajo sobre la mesa, como si fuera lo más normal del mundo. Respiré hondo. Y le di al primer nivel.

***

La vibración arrancó suave, apenas un cosquilleo constante sobre el clítoris, y aun así tuve que morderme el labio para no soltar un gemido. Estaba sola, sí, pero el oído se me había afinado de golpe: cualquier ruido en la escalera, cualquier crujido de la persiana, me hacía contener la respiración. Esa tensión, lejos de cortarme, me hacía hervir. El coño se me abría solo, palpitando alrededor del vacío, pidiendo que le metiera algo.

Dejé que la sensación me recorriera despacio. Fingí teclear algo por si entraba alguien, las manos sobre el teclado y la cabeza en otra parte. Volví al vídeo: ahora la tía tenía la polla en la boca y se la tragaba hasta la garganta, con hilos de saliva cayéndole por la barbilla. Bajé todavía más el volumen y subí un punto la intensidad del juguete. El segundo nivel ya era otra cosa: un pulso firme que me obligaba a apretar los muslos bajo la mesa y a clavar los pies en el suelo. Sentía cómo la humedad se extendía por las bragas, cómo el clítoris se me ponía duro contra la silicona, cómo los pezones se marcaban por debajo de la blusa hasta clavarse en la tela.

Me metí una mano por el escote, casi sin darme cuenta, y me pellizqué un pezón por encima del sujetador. Solté un jadeo bajito. Pensé en el chico de los mensajes. En su polla dura en la foto, en lo grueso que se le veía el tronco, en cómo me follaría si entrara ahora mismo por esa puerta y me encontrara así. Me lo imaginé apartándome de la silla de un tirón, tumbándome sobre el escritorio, bajándome los pantalones de golpe y metiéndomela entera de una embestida, sin preguntar, sin preliminares, solo la polla dura clavándose hasta el fondo. Imaginé su cara al darse cuenta del vibrador pegado al clítoris, al ver lo empapada que estaba, al escucharme suplicarle que me follara más fuerte. La imagen me arrancó un suspiro largo que tuve que tragarme a medias.

Me bajé la cremallera del pantalón sin pensarlo, metí la mano por dentro y encontré el juguete zumbando y todo un charco a su alrededor. Deslicé dos dedos por debajo, hacia la entrada del coño, y me los metí sin resistencia. Estaba tan mojada que entraron hasta los nudillos con un ruido húmedo que sonó demasiado fuerte en el silencio de la oficina. Empecé a bombear despacio, follándome con los dedos mientras el vibrador seguía apretado contra el clítoris. Adentro, afuera. El coño se me cerraba alrededor de los dedos, chupándolos, pidiendo más.

Empecé a moverme sobre la silla. Despacio al principio, adelante y atrás, buscando la fricción justa, ese ángulo en el que el juguete me presionaba donde más lo necesitaba y los dedos me llegaban al punto de dentro que me hacía ver las estrellas. Adelante, atrás. Cada vaivén me subía un escalón. La silla crujió y me quedé quieta de golpe, con el corazón en la garganta y los dedos hundidos hasta el fondo, escuchando. Nada. Solo el zumbido del aire acondicionado, el murmullo del vibrador y mi propia respiración entrecortada. Saqué los dedos, brillantes y pegajosos, y me los llevé a la boca. Me chupé mi propio flujo mientras miraba fijamente la puerta de la calle.

Subí al tercer nivel.

Ahí ya no había vuelta atrás. Volví a meter la mano por dentro del pantalón, esta vez con tres dedos, y me clavé todo el puño hasta el nacimiento contra el coño. Me agarré al borde del escritorio con la mano libre, los nudillos blancos, mientras el placer se concentraba en un punto y empezaba a expandirse. Cerré los ojos un segundo, los abrí de golpe, vigilante. Tenía la frente perlada de sudor y la blusa pegada a la espalda, los pezones tan duros que dolían. Apreté los dientes. Las piernas me temblaban sin que pudiera evitarlo y, por mucho que intentara controlarlo, los muslos se me cerraban solos alrededor del juguete y de la mano, aplastando todo contra el pubis.

El orgasmo me alcanzó así, en silencio, con la boca apretada para no gritar y todo el cuerpo rígido sobre la silla. Sentí cómo el coño se me contraía a espasmos alrededor de los dedos, apretándolos con una fuerza brutal, y cómo un chorro caliente me empapaba el interior del pantalón hasta traspasarlo. Fue intenso, casi doloroso de lo contenido que estuvo, una descarga que me dejó sin aire y con los oídos zumbando. Tuve que apagar el vibrador de inmediato, con dedos torpes y resbaladizos, porque sentía que si seguía un segundo más iba a perder el control del todo y a mear el flujo sobre la silla allí mismo.

***

Me quedé un momento desplomada, recuperando el aliento, con una sonrisa estúpida que no me podía quitar y los dedos todavía dentro del coño. Los saqué despacio, viscosos, y me miré la mano: brillaba de flujo hasta la muñeca. Miré la puerta. Seguía cerrada. Nadie había entrado. Nadie sabía nada. Y eso, lejos de tranquilizarme, me dejó con ganas de más. El coño seguía palpitando, hinchado, pidiendo otra ronda.

Esperé a que las piernas me respondieran y me levanté para ir al baño. Notaba el pantalón mojado por dentro, pegajoso contra los muslos a cada paso. Allí, con la puerta echada esta vez, me bajé la ropa hasta los tobillos y me quité el juguete con cuidado. Estaba empapado, brillante, con hilos de flujo colgando y un olor intenso que me reconocí mío y que me gustó más de lo que debería admitir. Lo limpié sin prisa, chupando yo misma la silicona antes de pasarla por agua, mirándome al espejo, las mejillas todavía encendidas, los pezones marcados y los ojos brillantes de puta feliz.

Debí guardarlo y volver al trabajo como una persona normal. Pero la calentura no se había ido del todo; al contrario, el primer orgasmo solo había despertado el hambre. Así que lo encendí otra vez, allí mismo, apoyada contra la pared del baño con una pierna sobre la taza y el coño abierto de par en par. Antes de colocármelo, me metí dos dedos hasta el fondo y los saqué llenos de flujo. Me los chupé despacio, saboreándome, y luego pasé la punta del vibrador por la raja entera, de abajo arriba, deteniéndome un segundo en la entrada del culo para hacerme temblar antes de subir de nuevo al clítoris.

Esta vez no lo dejé fuera. Me lo metí por el coño, primero solo la punta, después entero, empujando hasta que la base me quedó apretada contra los labios y el motor zumbándome dentro. Solté un gemido largo que rebotó en los azulejos y ya no me importó nada. No tenía que disimular, no tenía que fingir que trabajaba, no tenía que vigilar la puerta de la calle. Podía concentrarme solo en la sensación de tener el juguete dentro vibrando contra las paredes del coño, y lo hice. Subí la intensidad al máximo de golpe, sin paciencia, y empecé a follarme yo misma con él, sacándolo hasta la punta y volviéndolo a clavar entero, una y otra vez, mientras con la otra mano me apretaba el clítoris con dos dedos en círculos rápidos.

—Joder, joder, joder —susurré contra la palma de la mano que me había puesto en la boca para callarme.

Me solté una teta del sujetador con un tirón y me pellizqué el pezón con fuerza, retorciéndolo hasta que el dolor se mezcló con el placer y me disparó una descarga directa al coño. Sentía el chorro caliente resbalándome por dentro de los muslos, goteando hasta el suelo del baño. Aceleré. El culo se me apretaba solo, el coño chupaba el juguete cada vez que intentaba sacarlo, los muslos me temblaban.

Me mordí el dorso de la mano hasta hacerme marca y me corrí por segunda vez en menos de cinco minutos, con un temblor que me recorrió de los muslos a la nuca y me dejó las rodillas flojas. Sentí cómo el coño se me contraía a espasmos brutales alrededor del vibrador, expulsándolo casi entero antes de tragárselo otra vez de un latigazo. Un chorro de flujo me salió disparado y me manchó el interior del muslo hasta la rodilla.

Esa vez sí: por fin sentí el alivio que llevaba semanas persiguiendo. El pulso terco entre las piernas se calmó. La presión que arrastraba desde hacía días se soltó de un tirón. Me quedé apoyada en la pared, jadeando, con el juguete todavía asomando entre las piernas, escuchando mi propia respiración rebotar en los azulejos y el goteo lento de mi flujo cayendo sobre las baldosas.

***

Me limpié con papel, arreglándome el coño con cuidado porque seguía hipersensible, me subí la ropa, me retoqué frente al espejo hasta que nadie habría dicho lo que acababa de pasar. Volví a mi escritorio justo a tiempo: cinco minutos después oí la llave en la cerradura y entró uno de los comerciales, cargado de carpetas, quejándose del tráfico. Le sonreí, le dije que la tarde había estado tranquila, y le ofrecí un café. Él no notó nada. Cómo iba a notarlo, si yo llevaba las bragas todavía húmedas y el olor a coño recién corrido escondido bajo el perfume que me había echado a toda prisa.

Pero yo sí lo sabía. Sabía lo que había pasado en esa silla en la que él se sentó a revisar sus papeles, cómo me había clavado los dedos hasta los nudillos justo donde él apoyaba ahora los codos. Sabía lo que había pasado en ese baño al que entró tan tranquilo a lavarse las manos, cómo me había follado a mí misma con el vibrador contra los mismos azulejos que él estaba mirando. Y la sola idea de guardar ese secreto, de mirarlo a la cara sabiendo lo que sabía, me dejó un cosquilleo nuevo entre las piernas y las bragas volviendo a humedecerse.

Desde aquel martes, el vibrador no ha vuelto a salir de mi bolso. Lo llevo a la oficina todos los días, escondido entre las llaves y el neceser, esperando. No siempre lo uso. A veces basta con saber que está ahí, a un movimiento de distancia, mientras atiendo el teléfono y archivo pólizas con cara de empleada ejemplar y el coño mojándome las bragas por debajo de la falda.

Porque ahora he descubierto que la mejor parte no es el juguete, ni siquiera el orgasmo. Es el riesgo. Es la posibilidad de que alguien entre por esa puerta en el momento menos pensado y me sorprenda con el coño abierto, los dedos dentro y el vibrador zumbando contra el clítoris. Esa fantasía me enciende más que cualquier vídeo, más que cualquier mensaje, más que cualquier polla que haya probado antes.

Y por eso, aunque sé que debería parar, no pienso dejar de follarme en la oficina.

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Comentarios(7)

NataliaBsAs

jajaja me senti tan identificada con esto!! excelente

Erotikman

Que buen relato, corto pero intenso. Quede con ganas de mas, espero que haya continuacion!

LectorFurtivo

Muy bien narrado, se siente real. Sigue escribiendo asi de seguido

Caro_Mdq

increible!!! me encanto

MelancolicaLuna

Me gusto mucho el tono que le diste, cercano y sin vueltas. Ese detalle del bolso al principio engancha de entrada. Espero leer mas de esto pronto

MatiCordoba

re bueno, mas de esto por favor!!

FerSurenos

Me recordo algo que me paso hace tiempo jaja. Muy bien escrito, felicitaciones

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