Me toco en la oficina y no pienso parar
Voy a empezar confesando algo que nunca le he contado a nadie, ni siquiera a las amigas con las que cuento todo lo demás. Llevaba semanas con el cuerpo a punto, esa clase de calentura sorda que no se quita con nada y que aparece cuando hace demasiado tiempo que nadie te toca como necesitas. Tengo veintinueve años, la piel del color de la miel oscura, el pelo largo y rizado, y unas curvas que dejaron de pasar desapercibidas más o menos cuando cumplí los quince. No soy delgada ni gorda: estoy en ese punto medio que a mí me gusta y, por lo visto, a más de uno también. Y soy caliente desde que tengo memoria.
Trabajo de secretaria en una agencia de seguros del centro, uno de esos sitios donde el teléfono suena tres veces al día y el resto del tiempo lo paso fingiendo que estoy ocupada. Mi jefe sale a comer a la una y no vuelve hasta pasadas las cuatro. Los dos comerciales se van de visitas por la mañana y casi nunca regresan. Así que, durante horas, la oficina es mía: mía y de un silencio que invita a hacer cualquier cosa menos trabajar.
Aquella tarde de martes era peor que de costumbre. Había terminado lo poco que tenía y me había puesto a ver series en el ordenador con el volumen bajito. De ahí pasé a leer relatos, de esos que se cuentan en primera persona y que una jura que son reales. Y mientras leía, estaba escribiéndome con un chico al que conocí hace poco, un coqueteo que no había llegado a nada todavía pero que prometía.
Al principio nos mandábamos tonterías, stickers, memes. Pero los graciosos se acabaron pronto y, casi sin darnos cuenta, los mensajes empezaron a subir de temperatura. Una foto suya saliendo de la ducha, con la toalla floja en las caderas. Una pregunta mía que no debí escribir. Su respuesta, que fue mucho más directa de lo que yo esperaba.
Como sigamos así no voy a aguantar hasta la hora de salir.
Y ya estaba. Notaba el latido entre las piernas, ese pulso terco que me conozco de memoria, el que avisa de que se acabó la concentración por hoy. Cerré la conversación, abrí otra pestaña con un vídeo y dejé que la imagen hablara por mí. La oficina seguía vacía. La puerta de la calle, cerrada. El reloj marcaba las dos y diez.
Entonces me acordé de lo que llevaba en el bolso.
***
Unos días antes me había comprado un capricho: un vibrador pequeño, de silicona suave, con una forma pensada para apoyarse justo donde una quiere y conectarse al móvil por bluetooth. Lo había metido en el bolso por pura precaución, porque mis sobrinas habían venido a pasar el fin de semana a casa y no quería ni imaginar la escena de una de ellas encontrándolo en el cajón de la mesita. Llevaba allí desde el domingo, olvidado entre el neceser y las llaves. Hasta ese martes.
Lo saqué con el corazón ya acelerado. No por miedo a usarlo, sino por todo lo contrario: por lo bien que sabía que me iba a sentir y por el añadido de hacerlo allí, en mi escritorio, donde cualquiera podía entrar con la llave y encontrarme. Esa última parte fue la que me terminó de encender. La idea del riesgo, la posibilidad real de que la puerta se abriera, me ponía más que el propio juguete.
Me levanté y fui al baño del fondo, el que casi nadie usa. Me bajé el pantalón y las bragas, me coloqué el vibrador con cuidado para que quedara pegado justo donde debía, y volví a subirme todo. Caminé un par de pasos para comprobar que aguantaba en su sitio. Aguantaba. Y solo con eso, solo con sentir su forma apretada contra mí mientras volvía por el pasillo, ya estaba húmeda. Ni siquiera lo había encendido.
Me senté de nuevo frente al ordenador, abrí la aplicación en el móvil y lo dejé bocabajo sobre la mesa, como si fuera lo más normal del mundo. Respiré hondo. Y le di al primer nivel.
***
La vibración arrancó suave, apenas un cosquilleo constante, y aun así tuve que morderme el labio para no soltar un sonido. Estaba sola, sí, pero el oído se me había afinado de golpe: cualquier ruido en la escalera, cualquier crujido de la persiana, me hacía contener la respiración. Esa tensión, lejos de cortarme, me hacía hervir.
Dejé que la sensación me recorriera despacio. Fingí teclear algo por si entraba alguien, las manos sobre el teclado y la cabeza en otra parte. Volví al vídeo, bajé todavía más el volumen, y subí un punto la intensidad. El segundo nivel ya era otra cosa: un pulso firme que me obligaba a apretar los muslos bajo la mesa y a clavar los pies en el suelo.
Pensé en el chico de los mensajes. En la toalla floja, en lo que había escrito, en lo que haría si entrara ahora mismo por esa puerta y me encontrara así. Imaginé su cara al darse cuenta de lo que estaba pasando bajo mi escritorio impecable, con la pantalla del ordenador llena de hojas de cálculo abiertas para disimular. La imagen me arrancó un suspiro largo que tuve que tragarme a medias.
Empecé a moverme sobre la silla. Despacio al principio, adelante y atrás, buscando la fricción justa, ese ángulo en el que el juguete me presionaba donde más lo necesitaba. Adelante, atrás. Cada vaivén me subía un escalón. La silla crujió y me quedé quieta de golpe, con el corazón en la garganta, escuchando. Nada. Solo el zumbido del aire acondicionado y mi propia respiración entrecortada.
Subí al tercer nivel.
Ahí ya no había vuelta atrás. Me agarré al borde del escritorio con las dos manos, los nudillos blancos, mientras el placer se concentraba en un punto y empezaba a expandirse. Cerré los ojos un segundo, los abrí de golpe, vigilante. Tenía la frente perlada de sudor y la blusa pegada a la espalda. Apreté los dientes. Las piernas me temblaban sin que pudiera evitarlo y, por mucho que intentara controlarlo, los muslos se me cerraban solos alrededor del juguete.
El orgasmo me alcanzó así, en silencio, con la boca apretada para no gritar y todo el cuerpo rígido sobre la silla. Fue intenso, casi doloroso de lo contenido que estuvo, una descarga que me dejó sin aire y con los oídos zumbando. Tuve que apagar el vibrador de inmediato, con dedos torpes, porque sentía que si seguía un segundo más iba a perder el control del todo y a empapar la silla allí mismo.
***
Me quedé un momento desplomada, recuperando el aliento, con una sonrisa estúpida que no me podía quitar. Miré la puerta. Seguía cerrada. Nadie había entrado. Nadie sabía nada. Y eso, lejos de tranquilizarme, me dejó con ganas de más.
Esperé a que las piernas me respondieran y me levanté para ir al baño. Allí, con la puerta echada esta vez, me quité el juguete con cuidado. Estaba empapado, brillante, con un olor que me reconocí mío y que me gustó más de lo que debería admitir. Lo limpié sin prisa, mirándome al espejo, las mejillas todavía encendidas y los ojos brillantes.
Debí guardarlo y volver al trabajo como una persona normal. Pero la calentura no se había ido del todo; al contrario, el primer orgasmo solo había despertado el hambre. Así que lo encendí otra vez, allí mismo, apoyada contra la pared del baño con una pierna sobre la taza, y me lo coloqué directamente donde lo quería.
Esta vez fui más rápida. No tenía que disimular, no tenía que fingir que trabajaba, no tenía que vigilar la puerta de la calle. Podía concentrarme solo en la sensación, y lo hice. Subí la intensidad al máximo de golpe, sin paciencia, y dejé que el placer me arrastrara. Me mordí el dorso de la mano para callarme y me corrí por segunda vez en menos de cinco minutos, con un temblor que me recorrió de los muslos a la nuca y me dejó las rodillas flojas.
Esa vez sí: por fin sentí el alivio que llevaba semanas persiguiendo. El pulso terco entre las piernas se calmó. La presión que arrastraba desde hacía días se soltó de un tirón. Me quedé apoyada en la pared, jadeando, escuchando mi propia respiración rebotar en los azulejos.
***
Me limpié, me arreglé la ropa, me retoqué frente al espejo hasta que nadie habría dicho lo que acababa de pasar. Volví a mi escritorio justo a tiempo: cinco minutos después oí la llave en la cerradura y entró uno de los comerciales, cargado de carpetas, quejándose del tráfico. Le sonreí, le dije que la tarde había estado tranquila, y le ofrecí un café. Él no notó nada. Cómo iba a notarlo.
Pero yo sí lo sabía. Sabía lo que había pasado en esa silla en la que él se sentó a revisar sus papeles, lo que había pasado en ese baño al que entró tan tranquilo a lavarse las manos. Y la sola idea de guardar ese secreto, de mirarlo a la cara sabiendo lo que sabía, me dejó un cosquilleo nuevo en el estómago.
Desde aquel martes, el vibrador no ha vuelto a salir de mi bolso. Lo llevo a la oficina todos los días, escondido entre las llaves y el neceser, esperando. No siempre lo uso. A veces basta con saber que está ahí, a un movimiento de distancia, mientras atiendo el teléfono y archivo pólizas con cara de empleada ejemplar.
Porque ahora he descubierto que la mejor parte no es el juguete, ni siquiera el orgasmo. Es el riesgo. Es la posibilidad de que alguien entre por esa puerta en el momento menos pensado y me sorprenda. Esa fantasía me enciende más que cualquier vídeo, más que cualquier mensaje, más que nada que haya probado antes.
Y por eso, aunque sé que debería parar, no pienso dejar de tocarme en la oficina.