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Relatos Ardientes

Creí que se había olvidado de mí hasta esa noche

Pasó un mes entero sin una sola palabra suya. Treinta días en los que el trabajo seguía su curso, las reuniones se encadenaban y yo respondía correos en piloto automático, pero una parte de mí siempre estaba en otro lado. En las conversaciones que habíamos tenido. En la forma en que sus mensajes me cambiaban el cuerpo aunque estuviéramos a miles de kilómetros.

Intentaba mantenerme ocupada. Me anotaba en clases de yoga, salía a caminar después de cenar, llenaba la agenda de cosas que no me importaban. Nada alcanzaba. Las tardes se hacían eternas y las noches, frías de una manera que el invierno no explicaba. Me preguntaba si estaría bien, si habría conocido a alguien, por qué había desaparecido así, de un día para el otro, sin un aviso ni una excusa.

Lo conocí como Bruno. No era su nombre real, supongo, igual que el mío tampoco lo era para él. Esa era parte de la regla silenciosa entre nosotros: la discreción lo cubría todo, y dentro de esa discreción habíamos construido algo extrañamente íntimo. Él me pagaba por fotos. Esa era la verdad cruda de cómo empezó. Lo que no estaba en el trato era todo lo demás.

Porque al principio fue solo eso, una transacción. Yo mandaba una imagen, él agradecía, transfería, y cada uno seguía con su vida. Pero en algún momento entre la foto número diez y la veinte empezamos a hablar. De verdad. De cómo había sido nuestro día, de lo que nos quitaba el sueño, de las cosas que nunca le habíamos contado a nadie. Y sin darme cuenta, esperar sus mensajes se volvió la mejor parte de mi semana. Cuando dejaron de llegar, el silencio dolió de una manera que no tenía derecho a doler.

Y entonces, un martes cualquiera, vibró el teléfono sobre el escritorio.

«Te transferí cincuenta. Pensé en vos todo este tiempo», decía, con un emoji de guiño al final.

Sentí una oleada subirme desde el estómago. No era el dinero. Era la señal. La prueba de que había vuelto a pensar en mí, de que ese mes de silencio no había borrado lo que fuera que teníamos. Releí el mensaje cuatro o cinco veces, como si las letras pudieran gastarse, como si tuviera miedo de que desapareciera de nuevo.

Volvió. De verdad volvió.

—¿Todo bien? —me preguntó una compañera al verme sonreír sola frente a la pantalla.

—Todo perfecto —dije, y por primera vez en semanas no estaba mintiendo.

***

Esa noche, apenas crucé la puerta de mi departamento, supe lo que iba a hacer. Algo distinto. Algo que hasta entonces no me había animado a darle. Me metí en la ducha y dejé que el agua caliente me corriera por la espalda largo rato, como si pudiera arrastrar con ella la ansiedad de todo el mes. El vapor llenó el baño y empañó el espejo. Mientras me secaba el pelo con la toalla, ya tenía la idea formándose, tibia y peligrosa.

Hasta ese momento le había mandado fotos cuidadas, sugerentes pero seguras. Ropa interior, escotes, sombras estratégicas. Nada que me dejara del todo expuesta. Esa noche decidí abrir la puerta entera.

Despejé la cómoda, acomodé la lámpara para que tirara una luz cálida y lateral, y me planté frente al espejo del dormitorio con el corazón golpeándome las costillas. La primera foto fue de mis pechos, cubiertos apenas por mis propias manos, con los dedos abiertos lo justo para que se adivinara más de lo que se veía. Me temblaba el pulso. Saqué tres o cuatro hasta que una me gustó: la piel todavía húmeda, la luz dibujando el contorno, la promesa exacta sin entregar nada del todo.

La segunda la pensé de espaldas. Me giré, dejé que la curva de la cintura hiciera su trabajo y que el reflejo del espejo me devolviera el costado del pecho, una línea de piel que aparecía como por accidente. No era accidente. Cada centímetro estaba calculado, y esa idea —la de estar fabricando deseo con tanta precisión— me prendía tanto como las fotos en sí.

La tercera fue de frente, el cuerpo entero, la cara incluida. Esa fue la más difícil. Clavé los ojos en el lente como si fuera él quien estuviera del otro lado, no una cámara. Quería que viera el deseo, sí, pero también algo más frágil, esa cosa sin nombre que me había tenido pensando en él durante un mes. Bajé los brazos, solté los hombros y dejé que el cuerpo dijera lo que yo no sabía escribir.

Y faltaba el video.

***

Apoyé el teléfono contra una pila de libros, ajusté el ángulo dos o tres veces y me senté en el borde de la cama, todavía con el pelo mojado goteándome sobre los hombros. El nerviosismo y la excitación se me mezclaban en el pecho hasta volverse casi la misma cosa. Apreté grabar.

Empecé despacio, las manos sobre los pechos, los dedos rozando la piel todavía tibia de la ducha. Cerré los ojos un segundo, no para la cámara, sino porque el contacto me arrancó un escalofrío real. Los pezones reaccionaron al primer roce, y respiré hondo, dejando que el aire se me escapara entre los labios entreabiertos. Sabía que él iba a ver cada detalle, y esa certeza —la de ser mirada— me encendía más que mis propias manos.

Una mano bajó lento por el vientre. Me toqué entre las piernas con movimientos suaves, círculos pacientes, sin apuro, pensando en él, en su cara cuando abriera el archivo, en lo que diría. El video duró poco, apenas unos segundos, pero cada instante estaba cargado de todo lo que había estado guardando durante el mes de silencio. Cuando corté la grabación, me quedé quieta, con el cuerpo encendido y la respiración corta, mirando la pantalla sin animarme todavía a enviar nada.

Lo mandé. Las fotos primero, el video después. Y esperé.

***

La respuesta llegó rápido, como si hubiera estado del otro lado con el teléfono en la mano.

«Dios. Me dejaste sin palabras», escribió. Y enseguida: «No puedo dejar de mirarte».

Sentí cada elogio como una caricia directa sobre la piel. Mi mano, que no había terminado de detenerse, volvió a moverse sola, despacio, recordando las sensaciones del video.

—Me alegra que te guste —respondí, con un corazón al final, porque no me salían más palabras.

«Te deseo. Cada vez que veo tus fotos no puedo pensar en otra cosa».

—Yo también —escribí, y era verdad, una verdad que me crecía por dentro con cada mensaje.

No quería que terminara ahí. Después de exponerme de esa manera, después de entregarle algo que no le había dado a nadie, sentí un impulso de querer más, de empujar un poco más lejos. La habitación a oscuras se sentía cómplice. Apreté el botón del micrófono y grabé un mensaje de voz, dejando que mi voz saliera baja y temblorosa, diciendo en voz alta lo que nunca me animaba a escribir. Dije su nombre. Dije lo que quería que me hiciera.

Su audio volvió casi al instante.

«No tenés idea de lo que haría si estuviera ahí», dijo, y la voz le salía ronca, contenida. «Te besaría centímetro a centímetro. Te haría temblar hasta que me pidieras que pare, y aun así no pararía».

Las palabras me llenaron el espacio entre los oídos, cargadas de una urgencia que casi podía tocar. Cada frase era una mano imaginaria recorriéndome, y un escalofrío me bajó por la espalda. Sentirme deseada de esa forma, a través de un cable y una pantalla, me hacía sentir más viva que cualquier encuentro real de los últimos meses.

***

Volví a tocarme mientras escuchaba su audio una y otra vez. Mis dedos encontraron el ritmo que su voz me marcaba, ese compás que él dictaba sin saberlo desde el otro lado del mundo. Cada palabra era una chispa. La tensión se me acumulaba en cada músculo, un nudo de placer que apretaba y apretaba sin soltar.

Cerré los ojos y dejé que las imágenes que él había pintado con la voz se volvieran casi reales. «Te besaría centímetro a centímetro». La frase flotaba en el aire denso de la habitación, mezclándose con el latido que me golpeaba en el pecho y en otros lugares. El tiempo se estiró hasta deformarse, como si solo existieran su voz grabada, mi mano y la necesidad cada vez más insoportable de llegar.

El final llegó como un derrumbe. Un torbellino que me arrastró hasta arriba y me sostuvo ahí un segundo eterno antes de soltarme. Un gemido se me escapó sin permiso, llenando el silencio del cuarto. Sentí el cuerpo entero sacudirse, cada fibra vibrando con una intensidad que rozaba lo insoportable, y me quedé tendida sobre las sábanas revueltas, el pecho subiendo y bajando, mientras el placer se iba retirando despacio y me dejaba en una calma extraña, limpia.

En el silencio que siguió, la cabeza se me fue despejando de a poco. Las palabras todavía me resonaban, pero ahora teñidas de algo distinto, el eco de una intimidad que habíamos armado sin tocarnos jamás. Recordé el audio que le había mandado, mi propia voz preguntándole qué haría si estuviera ahí. Su respuesta había sido más que palabras: había sido una promesa que terminé cumpliendo yo misma, con mis manos, en mi cama, a kilómetros de él.

—Eso fue increíble —escribí al fin, todavía con la respiración irregular—. Gracias por hacerme sentir así.

«Gracias a vos», respondió. «Sos otra cosa».

Dejé el teléfono sobre la mesa de luz con una sonrisa cansada. Sabía que esto, fuera lo que fuera, iba a seguir dándonos noches como esta. Tiré de la sábana, me acomodé de costado y cerré los ojos, todavía con el cuerpo tibio y la certeza nueva de que un mes de silencio no había roto nada. Solo había estirado las ganas hasta volverlas insoportables.

Me dormí pensando en la próxima vez. En lo que le daría entonces, ahora que había descubierto cuánto me gustaba ser mirada por alguien que no podía tocarme.

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Comentarios (6)

Romi_23

increible!! me quede queriendo mas, que tension tan bien manejada

SolLectora

Por favor seguí con esto, el final me dejó con ganas de saber qué pasó después. Muy bueno!

fernandito_88

Buenisimo, me recordó a una situacion similar que viví. Esas esperas que parecen eternas y de golpe todo cambia...

ElCordobes99

genial!!!

MarcelaRo

Se nota que escribís con ganas, se siente real. Siguiendo de cerca tus relatos

LuisF_1988

Ese mes de silencio lo describiste muy bien, se siente la angustia. Ojalá haya segunda parte con lo que pasó esa noche

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