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Relatos Ardientes

El deseo que solo aparece cuando apago la luz

Las once de la noche.

Otra vez sola en casa. La sala se queda en silencio cuando se va la última luz del pasillo, y entonces todo parece más grande y más vacío de lo que debería. Vivo en un departamento pequeño, pero a esta hora se siente como un sitio enorme que nadie habita.

Siento el frío colarse por las ventanas mal selladas. Es un frío fino, que se mete por debajo de la puerta del balcón y repta por el piso de madera hasta encontrarme los pies descalzos. Me cubro los hombros con una manta y me quedo quieta, escuchando el zumbido de la heladera y el rumor lejano de un auto que pasa por la avenida.

Un sonido corta la quietud. La pantalla del teléfono se enciende sobre la mesa y la ilumina con una luz azul. Lo tomo antes de pensarlo, como si llevara toda la tarde esperando ese instante. Es un mensaje tuyo.

Te conozco desde hace meses y, sin que me diera cuenta, te fuiste instalando en un lugar muy concreto de mi cabeza. No fue de golpe. Fue palabra por palabra, noche tras noche, un mensaje detrás de otro hasta que un día me descubrí sonriéndole al teléfono como una tonta en medio del trabajo.

Vives lejos. Tan lejos que entre tu ciudad y la mía hay un país entero, husos horarios distintos y un montón de kilómetros que ningún mensaje alcanza a borrar del todo. Hablamos cada día. Nos contamos lo que comimos, lo que nos hizo reír, lo que nos dio rabia. Y, cada tanto, nos contamos otras cosas. Cosas que después me dejan despierta con la mano metida entre los muslos.

Leo lo que me escribiste y me muerdo el labio sin darme cuenta. Me contás, con esa manera tuya tan directa, que estás duro pensando en mí, que te la estás agarrando despacio, que te imaginás mi boca alrededor de tu polla. Se me contrae el coño al leerlo, con un latido sordo que me obliga a apretar las piernas.

—Mateo… —digo en voz baja, como si pudieras oírme.

Respondo algo tranquilo, algo seguro, algo que no delate cuánto me revolvió por dentro esa frase tuya tan simple. Le miento diciéndole que estoy cansada, cuando en realidad ya tengo los pezones tiesos contra la tela. Charlamos un rato más. Tu manera de escribir tiene un ritmo que reconozco a ciegas, una forma de poner las pausas que me hace imaginar tu voz, aunque solo la haya escuchado en un puñado de audios que guardo y que repito más de lo que admitiría, casi siempre con los dedos en el coño.

Después de un rato, te despides con un «Buenas noches, hermosa», y un corazón al final. Sonrío con una ternura que me ablanda entera. Dejo el teléfono boca abajo y me levanto del sillón.

Apago las luces una por una. El living, la cocina, la lámpara del pasillo. Cada interruptor apaga un poco más la casa hasta que solo queda la oscuridad y yo, caminando de memoria hacia la habitación.

Me cambio sin encender la luz. Me pongo la franela vieja con la que duermo, esa que me queda grande y me llega a la mitad del muslo, suave de tantos lavados. No me pongo bragas. Nunca me las pongo cuando sé que voy a terminar así. Me meto en la cama y me tapo hasta el pecho. Las sábanas están frías al principio; tardan en tomar el calor de mi cuerpo.

Me quedo mirando el techo.

No voy a poder dormir. Otra vez no.

Lo sé desde el primer minuto. Cierro los ojos y ahí estás. No tu cara exacta, porque hay detalles tuyos que la distancia me roba, sino la idea de ti. La sensación de cómo sería tenerte de frente, en esta misma cama, en este mismo silencio. Sentir tu piel contra la mía. Rozar mi lengua con la tuya y descubrir por fin a qué sabes. Sentir tu verga durísima empujándome el vientre, dejando un rastro caliente y húmedo contra la piel.

Me doy vuelta de costado y abrazo la almohada. No alcanza. Me pongo boca arriba de nuevo y respiro hondo, como si el aire pudiera apagar lo que empieza a encenderse entre mis piernas.

No lo apaga.

***

Mi mente empieza a cobrar vida propia y dejo de pelear con ella. Imagino que estás aquí, sentado al borde de la cama, mirándome en la penumbra con esa calma tuya que tanto me desarma. Imagino que extiendes la mano y me acaricias la mejilla con el dorso de los dedos, despacio, como si tuvieras todo el tiempo del mundo para hacerme cosas peores.

El deseo aparece sin pedir permiso.

Mi mano se mueve sola. Sube hasta mi rostro y repite el camino que imagino que harían los tuyos. Acaricio mis labios pensando que son los tuyos los que los rozan, que te inclinas y me besas despacio, sin prisa, dejándome con ganas de más antes de darme nada. Meto dos dedos en mi boca, los chupo hondo, imagino que es tu polla la que empuja contra mi lengua, que me la clavás hasta la garganta y me sostenés ahí un segundo de más para que aprenda a tragarte entera.

Bésame el cuello. Sé que sabrías exactamente dónde.

Mis dedos, mojados de mi propia saliva, bajan por el borde de la mandíbula y siguen por el costado del cuello, justo en ese punto donde la piel se vuelve más fina. Se me eriza todo. Imagino tu boca ahí, tu respiración tibia contra mi oído, tus dientes marcándome la piel, y se me acelera el pulso de una manera que ningún mensaje logra provocarme. Se me escapa el primer flujo, tibio, entre los muslos.

La mano sigue bajando. Llega al primer botón de la franela y lo suelta. Después el segundo. Después los otros, uno a uno, hasta que la tela se abre entera y el aire frío de la habitación me lame los pezones. Se ponen duros al instante, chiquitos y tensos, y me duelen de ganas. Cierro los ojos con más fuerza, imaginando que eres tú quien abre la tela, que me arrancás la franela de un tirón y descubres mi cuerpo con la mirada oscura de alguien que llevaba mucho tiempo esperando comerme.

Llego a mis tetas y las cubro con la palma. Pienso que son tus manos las que las sostienen, que las apretás, que las agarrás con fuerza como si te pertenecieran desde siempre. Me pellizco un pezón entre el pulgar y el índice y tiro un poco, tal como me pediste que te dejara hacer una noche, en un audio que todavía tengo guardado. Un gemido bajo se me escapa de los labios. El sonido de mi propia voz en el silencio me sorprende y me enciende todavía más. Me lamo dos dedos y me los paso alrededor del pezón, en círculos, dejándolo brilloso y frío cuando el aire lo toca. Después el otro. La piel se me pone de gallina hasta el ombligo.

—Mateo… —susurro otra vez, y esta vez no es un nombre, es una súplica.

Una mano sigue en mi teta, tironeando, apretando, jugando con el pezón hasta que me quema. La otra emprende el descenso. Baja por el centro del abdomen, despacio, dibujando una línea que me hace contener el aliento. Imagino que es tu boca la que recorre ese camino, que besás mi vientre y te detenés a la altura de la cadera para morderla apenas, con una delicadeza que es casi una promesa de algo más brusco. Imagino que seguís bajando, que te acomodás entre mis piernas, que me abrís los muslos con las manos grandes y te quedás mirándome el coño de cerca antes de tocarme.

Cuando mis dedos llegan a la mata de vello, ya estoy empapada. Lo noto al primer roce y se me corta la respiración. Los dedos me quedan pegajosos apenas los apoyo. Tan poco hizo falta. Solo pensar en ti.

Deslizo la mano entre los labios del coño y me abro despacio, con dos dedos, exponiéndome al aire. El clítoris está hinchado, latiendo. Me lo rozo con la yema del dedo del medio y todo el cuerpo me pega un latigazo. Me lo trabajo en círculos lentos, apretando cada tanto, sintiendo cómo se me pone más duro, más sensible, hasta que apenas puedo soportar el contacto directo.

Casi puedo sentir tu cuerpo desnudo sobre el mío, tu peso hundiendo el colchón, tu calor cubriéndome de la cabeza a los pies. Casi puedo sentir tu lengua reemplazando a mis dedos, tu boca cerrándose en el clítoris, chupándolo con ganas, torturándome con un ritmo lento que conoce justo lo que necesito. Imagino que me cogés con la lengua, que me hundís los dedos mientras me chupás, que me tenés agarrada de los muslos para que no me escape.

Me llevo los dedos empapados a la boca y los chupo. Me gusta el sabor. Pienso en darte a probar, en meterte los dedos en la boca después de sacarlos de mí, en mirarte chuparlos con la misma calma con la que hacés todo.

Mi otra mano vuelve a la teta y me estruja fuerte, sin pudor. Imagino que me besás de nuevo, profundo, ensuciándome la boca con el sabor de mi propio coño, mientras te acomodás entre mis piernas y me pasás la punta de la verga por la raja, arriba y abajo, empapándotela antes de meterla.

Vuelvo a bajar la mano. Meto un dedo despacio, hasta el fondo, sintiendo cómo el coño se cierra alrededor y me chupa hacia adentro. Imagino que sos vos entrando, midiendo cada centímetro, atento a cada gesto de mi cara para saber cuándo seguir. Curvo el dedo hacia arriba y busco ese punto adentro que se me hincha cuando estoy así, y cuando lo encuentro dejo escapar un gemido más largo, agudo, que rompe el silencio del cuarto.

Imagino tus susurros contra mi oído, esa voz grave que me derrite:

—Mi niña preciosa… No sabés cuánto soñé con esto. Con meterte la verga hasta el fondo. Con abrirte entera para mí.

Otro dedo. Dos ahora, hasta los nudillos, empujando con un ritmo firme mientras el pulgar me trabaja el clítoris. Escucho el ruido húmedo de mis dedos entrando y saliendo, el chapoteo que hace mi coño de tan mojado, y ese sonido me da más vergüenza y más placer al mismo tiempo. El ritmo aumenta solo, sin que yo lo decida, como si mi cuerpo respondiera a una voz que en realidad no está. Mis gemidos se vuelven más seguidos, más necesitados, más de perra. En mi cabeza te pido más, más fuerte, más hondo, y en mi cabeza me lo das.

—Quiero llegar hasta lo más hondo de vos —imagino que me decís, con la frente apoyada en la mía y la verga clavándome contra el colchón—. Adonde nadie llegó. Adonde nadie va a llegar nunca. Voy a partirte en dos, princesa.

Sus palabras inventadas me prenden fuego. Dejo entrar un tercer dedo y me abro entera, apretándome contra mi propia mano, cogiéndome con una furia que no reconozco. Con la otra me suelto la teta y bajo a acompañar; me llevo los dedos empapados hasta el culo y me lo rozo, ahí, en el aro cerrado, imaginando que también me querés meter un dedo ahí mientras me cogés, que me querés llenar entera, que no te vas a conformar con un solo hueco. Empujo la yema apenas y siento cómo se me tensa todo el cuerpo. Me lamo el labio, me muerdo, me arqueo.

Mi ritmo ya es frenético, descontrolado, sordo a todo lo que no sea la espiral que crece en el centro de mi cuerpo. Los tres dedos entran y salen del coño con un ruido obsceno que rebota en las paredes. El pulgar no deja el clítoris. Siento el orgasmo acercarse, todavía lejano pero ya inevitable, como una ola que se ve venir desde la orilla y que se sabe que va a romper.

Demasiado deseo. Demasiado anhelo guardado durante semanas. Demasiada pasión que no tiene a dónde ir más que hacia adentro, contra mis propios dedos.

—Sos mía —imagino que repetís contra mi oído, sin dejar de cogerme—. Solo mía. Este coño es mío. Nadie más va a tener el privilegio de entrar en vos. Solo yo, mi princesa. Corréte para mí. Corréte en mi verga.

Tus palabras imaginarias y tus embestidas inventadas son demasiado para mi cuerpo real. Arqueo la espalda contra el colchón, levanto la cadera contra mi propia mano, los pies se me clavan en las sábanas. Mis dedos no se detienen. La ola por fin rompe y me parte por la mitad. El coño se me contrae en oleadas alrededor de los dedos, apretándome con una fuerza que casi me duele, y siento el chorro tibio bajarme por la mano, por la muñeca, mojarme el muslo y la sábana debajo. Me corro largo, sacudida, con la boca abierta en un gemido que se me atraganta, con tu nombre saliéndome roto entre los dientes, hasta el último estremecimiento, hasta el último espasmo que me deja los muslos temblando.

Me quedo quieta, con los dedos todavía adentro, con la respiración entrecortada y el corazón golpeando contra las costillas como si quisiera salirse. Los saco despacio y me miro la mano en la penumbra, brillosa, hilada. Me la llevo a la boca y me limpio con la lengua, chupándome los dedos uno por uno, imaginando que es tu semen lo que trago.

***

Poco a poco, el cuarto vuelve a ser solo el cuarto.

El techo en penumbra. El zumbido de la heladera. El frío que ya casi no siento porque mi cuerpo arde. La mancha húmeda debajo de la cadera. Me quedo mirando la nada con una expresión que imagino deseosa, convenciéndome por un segundo de que son tus ojos los que tengo enfrente, que estás ahí, mirándome con esa media sonrisa después de lo que acabamos de hacer, con la boca todavía brillosa de mí.

Pero no estás. Nunca estás. Y la distancia, que el deseo había logrado borrar por unos minutos, vuelve a aparecer entera, pesada, ocupando el lado vacío de la cama.

Me abrocho la franela sobre la piel todavía sudada. Me doy vuelta y tomo la almohada, la abrazo con fuerza, la acomodo contra mi pecho hasta convencerme de que es tu espalda la que abrazo, de que mi brazo descansa sobre tu cintura y mi cara queda escondida en tu cuello.

Siento mi corazón todavía latiendo fuerte y el coño palpitando bajo. Cierro los ojos.

—Buenas noches, mi amor —te susurro con un hilo de voz, mezcla de cansancio, de ternura y de una tristeza pequeña que siempre llega después.

El teléfono brilla un instante sobre la mesa de luz, como si supiera. No lo tomo. Mañana volveremos a escribirnos, volveremos a contarnos el día, volveremos a rozar esos temas que me dejan así, con el coño mojado en medio del trabajo. Y mañana de noche, otra vez sola, volveré a hacer lo mismo: cerrar los ojos, inventarte entero y dejarte entrar, aunque sea solo aquí dentro, aunque sea solo con mis dedos.

Algún día va a ser de verdad. Algún día vas a ser vos el que me parta en dos.

Me lo prometo a mí misma sin creérmelo del todo, y me dejo caer en el sueño con tu nombre dándome vueltas, para seguir cogiéndote cada noche, pero solo en mis sueños más salvajes.

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Comentarios(9)

SoleDelSur

Dios mio que buenisimo!! Me encanto como lo contaste, se siente muy real. Sigan subiendo cosas asi

Mati_lect

tremendo relato!!

NocheEnRosario

Eso de apagar la luz y dejar que la mente haga lo suyo... me sentí muy identificada la verdad. Muy bien escrito, se nota que sale del corazon

Vale_Noche

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas!!

Lectorcito_BA

que descripcion tan intima, sin pasarse de la raya. Justo lo que buscaba leer esta noche jaja

VeroM_baires

pocas veces lei algo tan bien descripto en esta categoria, de verdad. Sigan escribiendo asi

CuriosaFiel

¿hay continuacion? porque quede con muchisimas ganas de saber que paso despues jaja

DanielaBaires

Excelente!! me recordo a una noche parecida que tuve hace un tiempo... uno se sorprende de lo que la imaginacion es capaz cuando esta solo

noche_sin_nombre

increible como con tan poco se dice tanto. muy buen relato

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