Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que imagino cada noche antes de dormir

Me llamo Renata y tengo una costumbre que no le confesaría a nadie. Cada noche, cuando el departamento queda en silencio y la única luz es la del celular, abro un relato y dejo que mi mano baje despacio por debajo de la sábana. No puedo dormir de otra forma. Es como rezar, pero al revés.

Busco siempre la misma clase de historia. No quiero romanticismo ni velas ni un hombre que pida permiso. Quiero leer cómo tratan a una mujer como a una cualquiera, cómo le hablan sucio, cómo la usan aunque diga que no. Y mientras leo, dejo de ser yo. Me convierto en ella, en la protagonista, en la que recibe todo eso y lo pide a gritos.

Soy una puerca y lo sé. Por eso me gusta.

De día nadie lo diría. Trabajo en una oficina, atiendo el teléfono, llevo blusas abrochadas hasta el cuello y digo «buenos días» con una sonrisa medida. Mis compañeras me ven como la chica tranquila, la que nunca cuenta nada de su vida. Y tienen razón a medias: no cuento nada porque lo que tengo para contar no se cuenta. Vive acá, en la cama, entre la sábana y el celular, en estas horas en que el resto del mundo duerme y yo me transformo.

No tengo pareja desde hace casi dos años. Tuve algo con un chico que era dulce, atento, de esos que preguntan tres veces si una está bien. Y me aburrí hasta los huesos. No supe cómo decirle que necesitaba lo contrario, que quería que me agarrara del pelo y me callara, que no me preguntara nada. No se lo dije nunca. Lo dejé y volví a mi costumbre, que al menos no me decepciona.

Esa noche en particular el calor era pesado. Había dejado la ventana entreabierta y el ventilador giraba sin servir de mucho. Estaba boca arriba, las piernas abiertas, una mano sosteniendo el teléfono y la otra entre mis muslos. Llevaba puesta apenas una camiseta vieja que se me subía hasta el ombligo.

El relato que leía contaba la historia de una mujer sola en su casa, espiada por alguien desde la oscuridad. Y ahí, casi sin darme cuenta, empecé a construir mi propia versión encima de las palabras.

***

En mi cabeza, hay un hombre parado en la esquina de mi cuarto. No le veo la cara. La penumbra se la come, y eso lo hace mejor. Solo distingo la silueta, los hombros anchos, el brillo de sus ojos siguiendo cada movimiento de mi mano.

Lleva un rato ahí, sin que yo lo notara, mirándome meterme dos dedos despacio mientras muerdo el cuello de la camiseta para no hacer ruido. Porque en mi fantasía las paredes son finas y los vecinos escuchan, y eso me importa y no me importa a la vez.

Cuando por fin lo veo, no grito. No me tapo. Lo miro y sigo, porque que él esté ahí es justo lo que necesitaba. Mis pechos caen pesados hacia los costados cada vez que arqueo la espalda. Él no se mueve. Apenas baja una mano y se acaricia por encima del pantalón, lento, como si tuviéramos toda la noche.

—Seguí —dice. Es lo único que dice—. No te detengas por mí.

Y obedezco. Acelero el roce de mi pulgar y él acelera la mano, los dos al mismo ritmo, separados por tres metros de oscuridad que se sienten como nada. Acabo así, mirándolo, mordiéndome el labio para no gemir fuerte. Las piernas me tiemblan y se me caen abiertas sobre el colchón.

Pero no le alcanza. A él nunca le alcanza, porque lo invento para eso.

***

Se acerca por fin. Lo oigo más que verlo: el roce de la ropa, el peso de un pie y después el otro. Estoy todavía recuperándome, boca abajo ahora, la cara hundida en la almohada. Siento el colchón ceder con su rodilla.

Sus manos me toman de las caderas y me levantan apenas, ponen mi cuerpo donde él quiere. No pregunta. Una mano me empuja la nuca contra la almohada y la otra me abre. Cuando entra, mi boca se abre en busca de aire y un sonido ronco se me escapa de la garganta sin que pueda frenarlo.

Giro la cabeza para mirarlo y de nuevo no encuentro su rostro, solo la línea de su mandíbula y sus manos clavadas en mi piel. Me sostiene firme, presionando, sin apuro, midiéndome.

Al principio aprieto los dientes. Después mi cuerpo cede, se acostumbra, deja de defenderse. Y entonces empiezo a disfrutarlo de verdad, ese disfrute sucio que no admitiría en voz alta. No me importa que me escuchen. Quiero que me escuchen. Quiero que todo el edificio sepa que por fin alguien me está tratando como pido en silencio cada noche.

El se mueve sin prisa, marcando un ritmo que me obliga a esperarlo. Cada vez que creo que va a acelerar, frena. Cada vez que me relajo, empuja más hondo y me arranca un sonido nuevo. Aprendí a fabricarlo así, paciente y cruel a partes iguales, porque un hombre apurado no sirve para esto. La fantasía buena es la que se toma su tiempo conmigo.

Me habla pegado a la nuca, palabras que no repetiría de día, que me harían sonrojar en cualquier otro contexto y que acá me empujan más cerca del borde. Me dice lo que soy, me lo describe con detalle, y yo asiento contra la almohada porque cada palabra es verdad mientras él la pronuncia.

Él junta mi pelo en un puño y tira hacia atrás hasta que arqueo el cuello. La otra mano sube y se cierra apenas sobre mi garganta, sin lastimar, solo lo justo para que sienta el límite. La cabeza se me nubla. No puedo pensar con claridad, no quiero pensar, solo existir para esto.

Esto es lo que soy cuando nadie me ve.

Acabo otra vez, más fuerte, mojando las sábanas, los muslos temblando descontrolados. Él lo nota y se ríe bajo, satisfecho, como si hubiera ganado algo.

***

Me da vuelta de un tirón y me deja sentada en el borde de la cama, las rodillas en el piso, la cara a la altura de su cintura.

—Abrí la boca —ordena. La voz le sale ronca, agitada.

Y obedezco, porque en mi fantasía no existe otra opción. Lo tomo con las dos manos. Primero la punta, despacio, después recorro todo el tronco con la lengua, mirándolo desde abajo. No le alcanza. Nunca le alcanza.

—¿Te gusta hacerte la difícil? —dice, y me cierra la mano en el pelo otra vez—. Vos querías esto o no.

—Sí —contesto. Es lo único verdadero que digo en toda la noche.

Me empuja la cabeza hacia él y mueve las caderas. Me cuesta, me dan arcadas, los ojos se me llenan de agua y la saliva me cae por el mentón. A él no le importa y a mí, en este lugar de mi cabeza donde todo está permitido, tampoco. Puede hacer conmigo lo que quiera. Para eso lo inventé.

—¿Viste cómo entra entera cuando dejás de resistirte? —murmura sin frenar el ritmo—. Eso es lo que necesitabas. Que alguien te lo recuerde.

Le sostengo la mirada que no veo del todo. Asiento como puedo. Él aprieta más fuerte el puño en mi pelo, las caderas se vuelven erráticas, y entonces lo siento llegar. Me llena la boca y me sostiene la cabeza para que no escape ni una gota. Me trago todo. Las rodillas se me aflojan contra el piso y un último temblor me recorre, ese que no necesita que nadie me toque.

***

Y entonces abro los ojos.

El cuarto está vacío. El ventilador sigue girando inútil. La pantalla del celular se apagó hace rato y mi mano sigue entre mis piernas, quieta, todavía húmeda. No hay nadie en la esquina. Nunca hubo nadie.

Pero las sábanas sí están mojadas, y mis muslos también, y mi respiración tarda en volver a la normalidad. Me quedo así un momento, mirando el techo, con esa mezcla rara de paz y hambre que me deja siempre la fantasía. Satisfecha y vacía a la vez.

Me levanto, voy al baño, me lavo la cara con agua fría. La mujer del espejo no parece la misma que hace cinco minutos pedía que la usaran sin piedad. Tiene cara de oficinista cansada, de chica que mañana va a contestar correos y sonreírle al portero. Nadie que me cruce en el ascensor sospecharía lo que pasa en mi cabeza apenas se apaga la luz.

Vuelvo a la cama, doy vuelta la sábana del lado seco y me acuesto. Pienso, como pienso casi todas las noches, que ojalá algún día encuentre a alguien que entienda esta parte de mí sin asustarse. Alguien a quien no tenga que explicarle nada. Alguien que entre en la esquina del cuarto sin pedir permiso y se quede a mirar hasta que llegue el momento.

A veces me da miedo desear eso. Me pregunto qué clase de hombre sería capaz de darme exactamente lo que invento, y si reconocería en la vida real la frontera que en mi cabeza no existe. Pero el miedo dura poco. Lo aplasta enseguida el otro deseo, el más fuerte, el que me hace abrir un relato cada noche sabiendo de antemano cómo voy a terminar.

Quizá sea mejor así. Quizá lo que tengo solo funciona porque nunca sale de esta habitación, porque el desconocido de la esquina no tiene cara ni voz propia, sino la que yo le presto. Si fuera real, tal vez me decepcionaría como me decepcionó el chico dulce. Acá, en cambio, es perfecto. Hace siempre lo correcto, que es justo lo que no debería.

Por ahora me alcanza con inventarlo. Cierro los ojos y ya empiezo a dibujar la fantasía de mañana: distinta, peor, mejor. Siempre con alguien esperando en la oscuridad. Siempre conmigo entregándome a ese alguien sin condiciones.

Mañana otra vez. Y la noche que viene también.

Porque hay deseos que no se gastan de tanto usarlos. Se afilan. Y yo aprendí hace tiempo a dormir con el mío al lado, como quien duerme abrazada a un secreto que jamás va a contar en voz alta.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (5)

NocheSilenciosa

increible... me dejaste sin palabras.

SofiLectora

Justo lo que necesitaba leer esta noche. Porfavor no pares con este tipo de relatos!

CarlaM77

Me encanto como describiste esa tension, la oscuridad, la espera... se siente muy real. Sigue escribiendo asi, tienes un estilo muy propio.

LectorPNoc

jaja cada noche dices? bueno, ya somos dos entonces...

FlordelSur

Lo agregue a favoritos enseguida, de los mejores que lei este mes.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.