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Relatos Ardientes

Lo que imagino cada noche antes de dormir

Me llamo Renata y tengo una costumbre que no le confesaría a nadie. Cada noche, cuando el departamento queda en silencio y la única luz es la del celular, abro un relato y dejo que mi mano baje despacio por debajo de la sábana. No puedo dormir de otra forma. Es como rezar, pero al revés.

Busco siempre la misma clase de historia. No quiero romanticismo ni velas ni un hombre que pida permiso. Quiero leer cómo tratan a una mujer como a una cualquiera, cómo le hablan sucio, cómo la usan aunque diga que no. Quiero leer pollas duras entrando hasta el fondo, coños chorreando, hombres que llenan la boca de una mujer y la obligan a tragar. Y mientras leo, dejo de ser yo. Me convierto en ella, en la protagonista, en la puta que recibe todo eso y lo pide a gritos con la baba cayéndole por el mentón.

Soy una puerca y lo sé. Por eso me gusta.

De día nadie lo diría. Trabajo en una oficina, atiendo el teléfono, llevo blusas abrochadas hasta el cuello y digo «buenos días» con una sonrisa medida. Mis compañeras me ven como la chica tranquila, la que nunca cuenta nada de su vida. Y tienen razón a medias: no cuento nada porque lo que tengo para contar no se cuenta. Vive acá, en la cama, entre la sábana y el celular, entre mis dedos metidos hasta los nudillos en un coño empapado, en estas horas en que el resto del mundo duerme y yo me transformo en la guarra que soy en el fondo.

No tengo pareja desde hace casi dos años. Tuve algo con un chico que era dulce, atento, de esos que preguntan tres veces si una está bien, que te lame la concha con miedo y te folla como pidiendo perdón. Y me aburrí hasta los huesos. No supe cómo decirle que necesitaba lo contrario, que quería que me agarrara del pelo y me callara la boca con la verga, que no me preguntara nada, que me abriera de piernas y me la clavara sin avisar. No se lo dije nunca. Lo dejé y volví a mi costumbre, que al menos no me decepciona.

Esa noche en particular el calor era pesado. Había dejado la ventana entreabierta y el ventilador giraba sin servir de mucho. Estaba boca arriba, las piernas abiertas, una mano sosteniendo el teléfono y la otra entre mis muslos, dos dedos ya adentro, moviéndolos despacio, sintiendo cómo el jugo me bajaba por la raja del culo hasta manchar la sábana. Llevaba puesta apenas una camiseta vieja que se me subía hasta el ombligo, los pezones tiesos marcándose contra la tela.

El relato que leía contaba la historia de una mujer sola en su casa, espiada por alguien desde la oscuridad. Y ahí, casi sin darme cuenta, empecé a construir mi propia versión encima de las palabras.

***

En mi cabeza, hay un hombre parado en la esquina de mi cuarto. No le veo la cara. La penumbra se la come, y eso lo hace mejor. Solo distingo la silueta, los hombros anchos, el brillo de sus ojos siguiendo cada movimiento de mi mano, y el bulto que le crece contra el pantalón.

Lleva un rato ahí, sin que yo lo notara, mirándome meterme dos dedos despacio en el coño mientras muerdo el cuello de la camiseta para no hacer ruido. Los saco brillando de flujo, me los llevo a la boca y los chupo uno por uno, mirando hacia la oscuridad donde sé que está él. Porque en mi fantasía las paredes son finas y los vecinos escuchan cada gemido, cada chapoteo, y eso me importa y no me importa a la vez. Que escuchen. Que sepan que la callada del sexto se está poniendo los dedos hasta el fondo.

Cuando por fin lo veo, no grito. No me tapo. Lo miro y sigo, porque que él esté ahí es justo lo que necesitaba. Me arranco la camiseta y quedo desnuda para él. Mis tetas caen pesadas hacia los costados cada vez que arqueo la espalda, los pezones duros como piedras. Me agarro una con la mano libre, me la aprieto, me la pellizco fuerte hasta que duele. Con la otra vuelvo abajo, tres dedos ahora, abriéndome, dejando que él vea bien cómo entran y salen brillantes.

Él no se mueve. Apenas baja una mano y se abre el pantalón. Le veo salir la polla, larga, gruesa, la punta ya mojada. Empieza a acariciársela lento, todo el tronco de arriba abajo, como si tuviéramos toda la noche.

—Seguí —dice. Es lo único que dice—. No te detengas por mí. Abrite bien de piernas. Quiero verte todo.

Y obedezco. Levanto las rodillas, las abro hasta los extremos del colchón, me expongo entera. Con dos dedos me abro los labios del coño para que se vea el clítoris hinchado, palpitando. Con los otros dedos me trabajo ahí, círculos rápidos, cada vez más rápidos. Acelero el roce del pulgar y él acelera la mano en la verga, los dos al mismo ritmo, separados por tres metros de oscuridad que se sienten como nada. Me escucho: los chapoteos húmedos de mis dedos entrando y saliendo, mi respiración ronca, el crujido de su puño masturbándose. Acabo así, mirándolo, mordiéndome el labio para no gritar, sintiendo cómo el orgasmo me sube desde el coño hasta los pezones. Las piernas me tiemblan y se me caen abiertas sobre el colchón, empapadas, brillando de flujo hasta los muslos.

Pero no le alcanza. A él nunca le alcanza, porque lo invento para eso.

***

Se acerca por fin. Lo oigo más que verlo: el roce de la ropa cayendo, el peso de un pie y después el otro. Estoy todavía recuperándome, boca abajo ahora, la cara hundida en la almohada, el culo levantado sin darme cuenta. Siento el colchón ceder con su rodilla entre mis piernas, obligándome a abrirlas más.

Sus manos me toman de las caderas y me levantan apenas, ponen mi cuerpo donde él quiere: en cuatro, la espalda hundida, el culo bien alto. No pregunta. Una mano me empuja la nuca contra la almohada y la otra me abre los cachetes. Siento su polla apoyarse en la raja, subir y bajar entre mis labios empapados, mojándose entera con mi flujo, jugando con la punta contra el clítoris. Me hace esperar. Sabe que lo estoy pidiendo en silencio.

Cuando por fin entra, entra de un solo empujón, hasta la base. Mi boca se abre en busca de aire y un aullido ronco se me escapa de la garganta sin que pueda frenarlo. Lo siento golpearme el fondo, tan adentro que duele y goza al mismo tiempo, esa mezcla que solo entiende una guarra como yo.

Giro la cabeza para mirarlo y de nuevo no encuentro su rostro, solo la línea de su mandíbula y sus manos clavadas en mi piel, dejándome los dedos marcados en las caderas. Me sostiene firme, presionando, midiéndome como quien mide una yegua antes de montarla.

Al principio aprieto los dientes. La verga es demasiado, el ritmo es demasiado, cada embestida me empuja hacia adelante y él me tira de vuelta hacia atrás para clavármela más hondo. Después mi cuerpo cede, se acostumbra, deja de defenderse. El coño se me abre para él, se lo traga, chapotea con cada estocada. Y entonces empiezo a disfrutarlo de verdad, ese disfrute sucio que no admitiría en voz alta. Me escucho decir «más», me escucho decir «más fuerte», me escucho decir «rompeme». No me importa que me escuchen los vecinos. Quiero que me escuchen. Quiero que todo el edificio sepa que por fin alguien está tratando a la puta del sexto como pide en silencio cada noche.

Él se mueve sin prisa, marcando un ritmo que me obliga a esperarlo. Cada vez que creo que va a acelerar, frena y me la deja adentro, latiendo, apenas moviendo las caderas en círculos. Cada vez que me relajo, empuja más hondo y me arranca un grito nuevo. Me suelta una mano y baja a buscarme el clítoris, lo frota con dos dedos mientras me sigue empalando por atrás. Aprendí a fabricarlo así, paciente y cruel a partes iguales, porque un hombre apurado no sirve para esto. La fantasía buena es la que se toma su tiempo cogiéndome.

Me habla pegado a la nuca, palabras que no repetiría de día, que me harían sonrojar en cualquier otro contexto y que acá me empujan más cerca del borde.

—Mirá cómo chupa este coño —me dice al oído, sin dejar de embestir—. Mirá cómo te la comés entera. Sos una puta. Decilo.

—Soy una puta —repito contra la almohada, y me lo creo, y me corro un poco solo de decirlo.

—Más fuerte. Que te escuchen.

—¡Soy una puta! —grito—. ¡Soy tu puta, seguí, no pares!

Él junta mi pelo en un puño y tira hacia atrás hasta que arqueo el cuello. La otra mano sube y se cierra apenas sobre mi garganta, sin lastimar, solo lo justo para que sienta el límite. La cabeza se me nubla. No puedo pensar con claridad, no quiero pensar, solo existir para esto, para la verga que me revienta el coño y las palabras que me revientan la cabeza.

Esto es lo que soy cuando nadie me ve.

Me saca la polla de golpe, brillando de mí, y me la mete en el culo apenas apoyada, un centímetro, dos, midiendo hasta dónde aguanto. Me arqueo, muerdo la almohada, y él se ríe bajo y vuelve al coño, más brutal ahora, castigándome por haber cedido. Acabo otra vez, más fuerte, chorreando la sábana entera, los muslos temblando descontrolados, apretándolo por dentro con espasmos que no puedo controlar. Él lo nota y se ríe bajo, satisfecho, como si hubiera ganado algo.

***

Me da vuelta de un tirón y me deja sentada en el borde de la cama, las rodillas en el piso, la cara a la altura de su cintura. Tiene la polla enorme frente a mí, empapada de mi flujo, palpitando, la vena gruesa marcándose de la base a la punta.

—Abrí la boca —ordena. La voz le sale ronca, agitada—. Chupátela toda. Limpiala. Es tuya.

Y obedezco, porque en mi fantasía no existe otra opción. La tomo con las dos manos y no me alcanzan a cerrarla. Primero la punta, la lamo despacio, saboreándome a mí misma, ese gusto salado y espeso que me sale de adentro. Después me la meto entera, todo lo que puedo, y recorro el tronco con la lengua de arriba abajo, mirándolo desde abajo con los ojos empañados. Le chupo los huevos uno por uno, se los meto en la boca, subo otra vez y le engullo la verga. No le alcanza. Nunca le alcanza.

—¿Te gusta hacerte la difícil? —dice, y me cierra la mano en el pelo otra vez—. Vos querías esto o no. Contestame, puta.

—Sí —contesto con la voz ronca, un hilo de saliva colgándome de los labios—. Sí, quiero. Follame la boca.

Es lo único verdadero que digo en toda la noche.

Me empuja la cabeza hacia él y mueve las caderas a su ritmo. La polla me entra hasta la garganta, la punta me golpea el fondo y me cuesta respirar. Me dan arcadas, los ojos se me llenan de agua y la saliva me cae por el mentón, gotea sobre mis tetas. Él no frena. Me la clava una y otra vez, con las dos manos en mi cabeza, obligándome a tragarla entera. A él no le importa y a mí, en este lugar de mi cabeza donde todo está permitido, tampoco. Puede hacer conmigo lo que quiera. Para eso lo inventé.

—¿Viste cómo entra entera cuando dejás de resistirte? —murmura sin frenar el ritmo—. Eso es lo que necesitabas. Que alguien te lo recuerde. Que sos una boca. Un coño. Un culo. Nada más.

Le sostengo la mirada que no veo del todo. Asiento como puedo con la verga metida hasta la campanilla. Él aprieta más fuerte el puño en mi pelo, las caderas se vuelven erráticas, y entonces lo siento hincharse en mi boca. Me la clava hasta el fondo y estalla. Me llena la boca de leche caliente y espesa, chorro tras chorro, y me sostiene la cabeza para que no escape ni una gota. Me trago todo, sintiéndolo bajarme por la garganta, y cuando la saca todavía le queda un hilo que me cae sobre el labio y el mentón. Lo recojo con el dedo y me lo llevo a la boca. Las rodillas se me aflojan contra el piso y un último temblor me recorre entera, ese que no necesita que nadie me toque, ese que me sale solo de sentirme usada hasta el fondo.

***

Y entonces abro los ojos.

El cuarto está vacío. El ventilador sigue girando inútil. La pantalla del celular se apagó hace rato y mi mano sigue entre mis piernas, quieta, todavía húmeda, hundida hasta los nudillos en un coño que late solo. No hay nadie en la esquina. Nunca hubo nadie.

Pero las sábanas sí están mojadas, hay una mancha oscura debajo de mi culo, y mis muslos también están empapados, y mi respiración tarda en volver a la normalidad. Me saco los dedos despacio, brillando, y sin pensarlo me los llevo a la boca y los chupo hasta dejarlos limpios. Me quedo así un momento, mirando el techo, con esa mezcla rara de paz y hambre que me deja siempre la fantasía. Satisfecha y vacía a la vez.

Me levanto, voy al baño, me lavo la cara con agua fría y me miro entre las piernas: los labios hinchados, rojos, brillantes. La mujer del espejo no parece la misma que hace cinco minutos pedía que la usaran sin piedad, que le rompieran la boca a vergazos. Tiene cara de oficinista cansada, de chica que mañana va a contestar correos y sonreírle al portero. Nadie que me cruce en el ascensor sospecharía lo que pasa en mi cabeza apenas se apaga la luz, ni la cantidad de leche imaginaria que acabo de tragar.

Vuelvo a la cama, doy vuelta la sábana del lado seco y me acuesto. Pienso, como pienso casi todas las noches, que ojalá algún día encuentre a alguien que entienda esta parte de mí sin asustarse. Alguien a quien no tenga que explicarle nada. Alguien que entre en la esquina del cuarto sin pedir permiso, me abra de piernas y me coja hasta dejarme muda.

A veces me da miedo desear eso. Me pregunto qué clase de hombre sería capaz de darme exactamente lo que invento, de agarrarme del cuello y llenarme el coño y la boca sin preguntar, y si reconocería en la vida real la frontera que en mi cabeza no existe. Pero el miedo dura poco. Lo aplasta enseguida el otro deseo, el más fuerte, el que me hace abrir un relato cada noche sabiendo de antemano cómo voy a terminar: con los dedos adentro y la boca llena de gemidos ahogados.

Quizá sea mejor así. Quizá lo que tengo solo funciona porque nunca sale de esta habitación, porque el desconocido de la esquina no tiene cara ni voz propia, sino la que yo le presto, y la polla que yo le fabrico a medida de mi coño. Si fuera real, tal vez me decepcionaría como me decepcionó el chico dulce que me la metía con miedo. Acá, en cambio, es perfecto. Hace siempre lo correcto, que es justo lo que no debería.

Por ahora me alcanza con inventarlo. Cierro los ojos y ya empiezo a dibujar la fantasía de mañana: distinta, peor, mejor. Siempre con alguien esperando en la oscuridad, con la verga afuera, mirándome. Siempre conmigo entregándome a ese alguien sin condiciones, abierta de piernas y de boca.

Mañana otra vez. Y la noche que viene también.

Porque hay deseos que no se gastan de tanto usarlos. Se afilan. Y yo aprendí hace tiempo a dormir con el mío al lado, como quien duerme abrazada a un secreto empapado que jamás va a contar en voz alta.

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Comentarios(8)

NocheSilenciosa

increible... me dejaste sin palabras.

SofiLectora

Justo lo que necesitaba leer esta noche. Porfavor no pares con este tipo de relatos!

CarlaM77

Me encanto como describiste esa tension, la oscuridad, la espera... se siente muy real. Sigue escribiendo asi, tienes un estilo muy propio.

LectorPNoc

jaja cada noche dices? bueno, ya somos dos entonces...

FlordelSur

Lo agregue a favoritos enseguida, de los mejores que lei este mes.

GustiRossi

Me recordo a esa sensacion de querer que alguien entre sin que lo invites. Buenisimo

NadiaFdz

quiero mas!!! cuando viene la continuacion?

Lector_nocturno77

Lo de la figura en la esquina fue lo mejor, muy bien logrado ese detalle. Se nota que sabes construir atmosfera.

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