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Relatos Ardientes

Sus mensajes me encendieron en pleno tráfico

A Mateo lo conocí por una de esas aplicaciones que una abre sin demasiadas expectativas. La primera cita fue distinta desde el minuto cero: esa química rara que no se finge, las risas que aparecen solas, las conversaciones que se estiran hasta que el camarero empieza a mirar el reloj. Salimos un par de veces más y, después de la tercera, terminamos en su departamento. Hacía mucho que algo no se sentía tan fácil y tan intenso a la vez.

Aquella tercera noche fue la que me marcó. Apenas cerró la puerta del departamento me tenía contra la pared, con la lengua metida hasta la garganta y una mano ya subiéndome el vestido. No hubo preámbulo educado ni ofrecimiento de copa. Me arrancó la ropa interior de un tirón, se puso de rodillas y me hundió la cara entre las piernas ahí mismo, en el recibidor, con el bolso todavía colgándome del hombro. Me chupó el coño lento primero, separándome los labios con los dedos, la lengua trazando círculos alrededor del clítoris hasta que las rodillas me empezaron a fallar. Cuando me metió dos dedos y curvó las yemas contra el punto exacto, mientras seguía chupándome, me corrí de pie, gritando su nombre y tirándole del pelo. Después me llevó a la cama, me puso boca abajo, me levantó el culo con las dos manos y me la metió de una sola embestida honda que me hizo morder la almohada. Me folló despacio y hondo primero, agarrándome de las caderas, y después a un ritmo animal que hacía crujir la cama contra la pared. Se corrió dentro mío con un gruñido ronco pegado a mi nuca, y todavía duro me dio la vuelta y volvió a empezar. Esa noche me hizo correrme cuatro veces. Con eso arrancó todo.

Con las semanas, empezamos a cruzar mensajes subidos de tono de vez en cuando. No soy de las que mandan ese tipo de cosas; me daba pudor, incluso conmigo misma. Pero con él era distinto. Salía natural, sin esfuerzo, como si hubiéramos descubierto un idioma privado. Siempre fui curiosa con mi propio cuerpo, de las que se toman su tiempo a solas para entender qué les gusta y qué no. Mateo, sin proponérselo, le había puesto palabras a eso.

Al principio eran insinuaciones, frases a medias que cada una completaba a su manera. Después fueron descripciones, recuerdos detallados de aquella primera noche, preguntas que yo respondía con el pulso acelerado bajo las sábanas. Me escribía cosas como «me acuerdo de lo apretado que estaba tu coño la primera vez, cómo me chupaba la polla entera sin dejarme mover», y yo, con la mano metida entre los muslos, le contestaba lo mojada que estaba solo de leerlo. Aprendí a escribirle de madrugada, cuando la casa estaba en silencio y nadie iba a interrumpir. Aprendí, también, que esas conversaciones me dejaban encendida durante días, repitiéndolas en mi cabeza en los momentos menos oportunos: en una reunión, en la cola del supermercado, frente al ordenador del trabajo.

Aquella tarde volvía del trabajo y la ciudad entera parecía haberse puesto de acuerdo para no moverse. Tres carriles detenidos, el aire acondicionado a media potencia, el rumor sordo de cien motores en punto muerto. Yo solo quería llegar a casa, quitarme los zapatos y olvidarme del día. Y entonces vibró el teléfono.

Era él.

«Hola, preciosa. No dejo de pensar en la última vez. ¿Te acordás de cómo te quedaste sin aire cuando te la metí hasta el fondo?»

Sentí el escalofrío antes de terminar de leerlo. Un calor que empezó en la nuca y bajó despacio, ordenado, como si supiera exactamente adónde iba. El tráfico, de repente, dejó de molestarme tanto.

Llegó otro mensaje, encimado al primero.

«Imaginarte respirando así me vuelve loco. Este finde te la voy a chupar hasta que me supliques que pare, y después te voy a follar hasta que no puedas caminar. Sos mía un rato largo.»

Leí esas líneas tres veces. Cada minuto detenida en el atasco se volvió eterno, pero por un motivo nuevo. Ya no quería llegar a casa para descansar. Quería llegar para responderle, para alargar esto, para ver hasta dónde era capaz de empujarlo él y de seguirlo yo.

Apoyé la cabeza en el reposacabezas y dejé que la imaginación hiciera lo suyo. Recordé su forma de mirarme cuando creía que yo no lo veía, esa media sonrisa de quien sabe lo que provoca. Recordé también su polla: gruesa, larga, con esa curva ligera hacia arriba que me tocaba exactamente donde tenía que tocarme. Apreté los muslos sin pensarlo, casi por reflejo, y noté que la falda que llevaba ese día no ayudaba en nada a calmarme. Ya podía sentir la humedad calando la ropa interior.

***

Era una falda negra, corta, ajustada, de una tela suave y un poco elástica que se ceñía a las caderas. Me la había puesto esa mañana sintiéndome atrevida, y ahora esa misma audacia me jugaba en contra. O a favor, según cómo lo mirara.

El teléfono volvió a vibrar y esta vez no era texto. Era una foto.

Mateo, frente al espejo de su habitación, con esa confianza que tenía hasta para respirar. Sin camiseta, el cuerpo trabajado, una mano apoyada en el marco de la puerta como si la cámara lo hubiera sorprendido por casualidad. Pero lo que me dejó sin palabras no fue su torso. Fue el bulto que se marcaba contra la tela del bóxer ajustado, la polla dura dibujada de punta a base sin ninguna vergüenza, incluso adivinándose el grosor de la cabeza contra el algodón. Había olvidado lo bien que le quedaba la ropa de menos. Y, sobre todo, había olvidado cuánto me gustaba esa parte de él, lo llena que me dejaba la boca cuando se la chupaba, lo hondo que me llegaba cuando me montaba.

Me mordí el labio. Miré por el retrovisor, hacia los lados, hacia el coche de adelante que no daba señales de avanzar. Estábamos todos ahí, varados, cada uno en su burbuja de cristal y metal, ajenos. Y yo con esa foto ardiendo en la pantalla, los pezones tirando contra el sujetador y un cosquilleo insoportable entre las piernas.

Empecé despacio. Apoyé la mano izquierda en mi rodilla y la dejé subir, sin prisa, por encima de la media. Mis dedos recorrieron la piel del muslo, y la falda fue cediendo, levantándose apenas. Era un juego conmigo misma: ver cuánto aguantaba antes de rendirme. Aguanté poco.

El calor de mi propia caricia se intensificó cuando llegué al borde de la ropa interior. La tela estaba empapada, literalmente pegada al coño, y debajo de ella el deseo ya se había adelantado a mis intenciones. Presioné con la yema de los dedos, por encima del algodón, trazando el contorno de los labios hinchados, y un suspiro tembloroso se me escapó solo. Sentí el clítoris latir bajo la tela, duro como una piedrita, pidiendo atención. Volví a mirar alrededor. Nadie. O eso quería creer.

El riesgo lo cambiaba todo. Saber que cualquiera podía girar la cabeza, que un camionero desde su cabina alta tendría una vista perfecta de mi mano metida entre las piernas, que bastaba con que el coche de al lado mirara un segundo de más para descubrirme masturbándome en plena hora pico. Esa posibilidad, lejos de frenarme, me empujaba. La respiración se me volvió corta y caliente, y mis dedos empezaron a moverse con más intención, encontrando el punto exacto que conocían de memoria.

Aparté la tela de un lado. Ya no había manera de hacerse la inocente. Mis dedos se deslizaron sobre la piel desnuda, resbaladiza, hinchada de ganas, y el placer me subió por la espalda como una corriente eléctrica. Los pasé lentos entre los labios, empapándolos, y después subí a rozar el clítoris con círculos apretados. Mantenía la otra mano apoyada en el volante, fingiendo una calma que no tenía, los ojos a medio cerrar, atenta al semáforo lejano y a la vez completamente perdida en lo que me estaba haciendo.

Me metí un dedo, después dos, y sentí cómo el coño me los apretaba como si fueran poco, como si estuviera pidiéndole a Mateo. Los curvé buscando ese punto interno que él sabía tocar con la polla, y una descarga me atravesó de arriba abajo. Con el pulgar seguía dándole al clítoris en círculos precisos, mientras los dedos me entraban y salían con un ruidito húmedo que quedaba tapado por el motor pero que yo escuchaba clarísimo. La palma se me llenó de mi propio flujo, resbaladizo y espeso, y ese olor a sexo empezó a llenar el habitáculo del coche mezclado con el perfume del ambientador.

Era una sensación extraña y deliciosa la de habitar dos mundos a la vez. Por fuera, una conductora más en un atasco interminable, con la cara cansada de quien solo quiere llegar a casa. Por dentro, una hembra en celo con dos dedos metidos hasta el nudillo y un incendio que crecía con cada roce, alimentado por la foto de Mateo, por sus palabras, por el recuerdo de su polla entrando y saliendo de mi coño, del sabor salado que me dejaba en la boca cuando se la mamaba entera. Cerré los ojos un segundo y dejé que la imagen de él me llenara la cabeza, su peso encima, su forma de agarrarme del pelo mientras me embestía por detrás, y mis dedos respondieron a ese recuerdo solos, más rápidos, más hondos.

***

Cuando el semáforo se puso en rojo otra vez —ese rojo que ese día parecía una bendición—, aproveché la pausa para hacer algo que jamás había hecho. Estiré el brazo, encuadré la cámara hacia mí, hacia la falda subida hasta la cintura, la ropa interior corrida a un lado, mis dedos brillando de humedad hundidos en el coño abierto, y el gesto de placer que no me molesté en disimular. Saqué la foto y se la mandé a Mateo sin pensarlo dos veces.

Apreté «enviar» y la adrenalina me golpeó de lleno. No era solo el placer físico; era saber que en algún lugar de la ciudad él iba a abrir esa imagen y ver mi coño empapado, mis dedos dentro, y entender, sin una sola palabra, que me estaba masturbando pensando en su polla en medio de un atasco. Imaginármelo agarrándose la verga por encima del pantalón al ver la foto me encendió de una forma nueva.

Mis manos se movieron con más decisión. El ritmo dejó de ser una pregunta y se volvió una respuesta. Cada caricia me llevaba más alto, y el ruido del tráfico —los motores, una bocina lejana, una radio a todo volumen en el carril de la derecha— se mezclaba con mi propia respiración hasta volverse un único zumbido de fondo. Me hundí en eso por completo. Metí una tercera falange, abriéndome más, mientras el pulgar seguía castigando el clítoris hinchado. Dejé de calcular, dejé de mirar a los lados. Solo quedaba la sensación creciendo, apretándose, acercándose a un punto del que ya no había vuelta atrás. Las paredes del coño empezaron a apretarme los dedos en pequeñas contracciones, esas que anuncian que falta poco, muy poco.

Sentí la tensión acumularse en el centro de todo, ese instante en que el cuerpo entero se prepara para soltar. Mis movimientos se volvieron urgentes, casi torpes de tan necesitados, tres dedos entrando y saliendo a un ritmo obsceno, el pulgar tembloroso sobre el clítoris duro como una perla. Apreté los dientes para no hacer ruido y aun así un sonido ahogado se me escapó por la garganta. Estaba al borde y lo sabía, y la idea de terminar así, atrapada entre cien desconocidos que no tenían ni idea de que estaba a punto de correrme sobre el asiento de tela, me llevó por encima de la línea.

El orgasmo me partió en dos. Una ola densa, larga, que me hizo arquear la espalda contra el asiento y aferrar el volante con la mano libre hasta que se me marcaron los nudillos. El coño se contrajo con fuerza alrededor de mis dedos, una y otra vez, ordeñándolos como si fueran la polla de Mateo, y una oleada tibia me mojó la palma entera, chorreando por la muñeca hasta el asiento. Un gemido grave, liberador, se me escapó y rebotó en el espacio cerrado del coche. Mi cuerpo tembló con cada espasmo, los muslos se me cerraron sobre mi propia mano atrapándola ahí, y yo intentaba conservar al menos una apariencia de discreción que ya hacía rato había perdido. Todavía con los dedos dentro, seguí presionando suave, alargando los últimos temblores hasta que el clítoris quedó demasiado sensible para tocarlo.

Tardé unos segundos en volver. La respiración entrecortada, el corazón golpeando, una capa fina de sudor en la frente, la mano brillante y pegajosa cuando la saqué de entre las piernas. Me chupé los dedos casi sin darme cuenta, saboreando lo que Mateo hubiera saboreado si estuviera ahí. Bajé la falda con manos todavía torpes y me recosté en el asiento, mirando el techo del coche como si acabara de aterrizar de otro planeta.

Fue entonces cuando me animé a mirar al costado. El conductor del coche de al lado, un hombre de unos cuarenta, tenía la vista clavada al frente con una sonrisa apenas dibujada en los labios y, me pareció, un pequeño movimiento sospechoso en el regazo. Imposible saber si había visto algo o si simplemente era su cara de paciencia frente al atasco. Pero esa duda, esa sonrisa que podía significar todo o nada, me provocó un último estremecimiento de pura adrenalina.

El teléfono vibró sobre el asiento del acompañante. No necesité leerlo para saber qué decía. Lo dejé ahí, boca abajo, para alargar un poco más la sensación de ser yo la que tenía el control de esta historia.

El semáforo cambió a verde. Los motores rugieron a mi alrededor, el atasco por fin empezó a deshacerse, y yo me reincorporé al tráfico con una calma nueva y una sonrisa que nadie más iba a entender. Solté el aire despacio, encendí la radio y dejé que la ciudad volviera a moverse.

Que esperara hasta el fin de semana, pensé. Yo ya tenía mi propia versión de la historia para contarle, con foto y todo.

Tomé el teléfono solo cuando llegué al estacionamiento de casa. Su mensaje era corto, tres palabras y un punto final que sonaba a rendición: «Sos una diosa.» Sonreí, apoyé la cabeza en el asiento un segundo más y entendí algo que esa tarde me dejó clarísimo: el deseo no necesita una cama, ni una puerta cerrada, ni siquiera la otra persona delante. A veces basta con un atasco, un teléfono y las ganas de no detenerse.

Le respondí con una sola línea. «La próxima, te toca a vos imaginarme con los dedos dentro. Y te juro que no vas a poder aguantar sin correrte.»

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Comentarios(9)

Kike_77

Increible, me tuvo en vilo desde el principio hasta el final!!! muy buen relato

FlorR_BA

Necesito saber que paso cuando llego a casa, no me dejes con esa intriga por favor!!

Marito77

Me identifico demasiado jaja, el telefono en el semaforo ya es peligroso de por si... y encima con esas fotos. Tremendo.

LuciaMar85

Que buena tension narrativa. Se siente el calor desde las primeras lineas, sin necesidad de ser burdo. Seguilo que tenes talento!

NachoBaires

buenisimo!!

CuriosaLectora22

Y al final llego a casa o no?? jaja me quede con la intriga

TatoMDQ

Esa imagen del semaforo en rojo me quedo grabada. Le da mucha vida al relato, muy bien logrado

Rodrigo_noche

Corto pero intenso, justo como tiene que ser este tipo de historia. Excelente

RubenMdp

Me recordo a una situacion parecida que me paso, solo que yo casi choco jaja. Muy bueno

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