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Relatos Ardientes

Sus mensajes me encendieron en pleno tráfico

A Mateo lo conocí por una de esas aplicaciones que una abre sin demasiadas expectativas. La primera cita fue distinta desde el minuto cero: esa química rara que no se finge, las risas que aparecen solas, las conversaciones que se estiran hasta que el camarero empieza a mirar el reloj. Salimos un par de veces más y, después de la tercera, terminamos en su departamento. Hacía mucho que algo no se sentía tan fácil y tan intenso a la vez.

Con las semanas, empezamos a cruzar mensajes subidos de tono de vez en cuando. No soy de las que mandan ese tipo de cosas; me daba pudor, incluso conmigo misma. Pero con él era distinto. Salía natural, sin esfuerzo, como si hubiéramos descubierto un idioma privado. Siempre fui curiosa con mi propio cuerpo, de las que se toman su tiempo a solas para entender qué les gusta y qué no. Mateo, sin proponérselo, le había puesto palabras a eso.

Al principio eran insinuaciones, frases a medias que cada una completaba a su manera. Después fueron descripciones, recuerdos detallados de aquella primera noche, preguntas que yo respondía con el pulso acelerado bajo las sábanas. Aprendí a escribirle de madrugada, cuando la casa estaba en silencio y nadie iba a interrumpir. Aprendí, también, que esas conversaciones me dejaban encendida durante días, repitiéndolas en mi cabeza en los momentos menos oportunos: en una reunión, en la cola del supermercado, frente al ordenador del trabajo.

Aquella tarde volvía del trabajo y la ciudad entera parecía haberse puesto de acuerdo para no moverse. Tres carriles detenidos, el aire acondicionado a media potencia, el rumor sordo de cien motores en punto muerto. Yo solo quería llegar a casa, quitarme los zapatos y olvidarme del día. Y entonces vibró el teléfono.

Era él.

«Hola, preciosa. No dejo de pensar en la última vez. ¿Te acordás de cómo te quedaste sin aire?»

Sentí el escalofrío antes de terminar de leerlo. Un calor que empezó en la nuca y bajó despacio, ordenado, como si supiera exactamente adónde iba. El tráfico, de repente, dejó de molestarme tanto.

Llegó otro mensaje, encimado al primero.

«Imaginarte respirando así me vuelve loco. Este finde sos mía un rato largo.»

Leí esas líneas tres veces. Cada minuto detenida en el atasco se volvió eterno, pero por un motivo nuevo. Ya no quería llegar a casa para descansar. Quería llegar para responderle, para alargar esto, para ver hasta dónde era capaz de empujarlo él y de seguirlo yo.

Apoyé la cabeza en el reposacabezas y dejé que la imaginación hiciera lo suyo. Recordé su forma de mirarme cuando creía que yo no lo veía, esa media sonrisa de quien sabe lo que provoca. Apreté los muslos sin pensarlo, casi por reflejo, y noté que la falda que llevaba ese día no ayudaba en nada a calmarme.

***

Era una falda negra, corta, ajustada, de una tela suave y un poco elástica que se ceñía a las caderas. Me la había puesto esa mañana sintiéndome atrevida, y ahora esa misma audacia me jugaba en contra. O a favor, según cómo lo mirara.

El teléfono volvió a vibrar y esta vez no era texto. Era una foto.

Mateo, frente al espejo de su habitación, con esa confianza que tenía hasta para respirar. Sin camiseta, el cuerpo trabajado, una mano apoyada en el marco de la puerta como si la cámara lo hubiera sorprendido por casualidad. Pero lo que me dejó sin palabras no fue su torso. Fue lo que se adivinaba bajo el bóxer ajustado, una promesa nítida que no dejaba mucho a la imaginación. Había olvidado lo bien que le quedaba la ropa de menos. Y, sobre todo, había olvidado cuánto me gustaba esa parte de él.

Me mordí el labio. Miré por el retrovisor, hacia los lados, hacia el coche de adelante que no daba señales de avanzar. Estábamos todos ahí, varados, cada uno en su burbuja de cristal y metal, ajenos. Y yo con esa foto ardiendo en la pantalla y un cosquilleo insoportable entre las piernas.

Empecé despacio. Apoyé la mano izquierda en mi rodilla y la dejé subir, sin prisa, por encima de la media. Mis dedos recorrieron la piel del muslo, y la falda fue cediendo, levantándose apenas. Era un juego conmigo misma: ver cuánto aguantaba antes de rendirme. Aguanté poco.

El calor de mi propia caricia se intensificó cuando llegué al borde de la ropa interior. La tela estaba tibia, y debajo de ella el deseo ya se había adelantado a mis intenciones. Presioné con la yema de los dedos, por encima del algodón, y un suspiro tembloroso se me escapó solo. Volví a mirar alrededor. Nadie. O eso quería creer.

El riesgo lo cambiaba todo. Saber que cualquiera podía girar la cabeza, que un camionero desde su cabina alta tendría una vista perfecta, que bastaba con que el coche de al lado mirara un segundo de más. Esa posibilidad, lejos de frenarme, me empujaba. La respiración se me volvió corta y caliente, y mis dedos empezaron a moverse con más intención, encontrando el punto exacto que conocían de memoria.

Aparté la tela. Ya no había manera de hacerse la inocente. Mis dedos se deslizaron sobre la piel húmeda y el placer me subió por la espalda como una corriente. Mantenía la otra mano apoyada en el volante, fingiendo una calma que no tenía, los ojos a medio cerrar, atenta al semáforo lejano y a la vez completamente perdida en lo que me estaba haciendo.

Era una sensación extraña y deliciosa la de habitar dos mundos a la vez. Por fuera, una conductora más en un atasco interminable, con la cara cansada de quien solo quiere llegar a casa. Por dentro, un incendio que crecía con cada roce, alimentado por la foto de Mateo, por sus palabras, por el recuerdo de su voz al oído. Cerré los ojos un segundo y dejé que la imagen de él me llenara la cabeza, su peso, su forma de tomarse su tiempo, y mis dedos respondieron a ese recuerdo solos.

***

Cuando el semáforo se puso en rojo otra vez —ese rojo que ese día parecía una bendición—, aproveché la pausa para hacer algo que jamás había hecho. Estiré el brazo, encuadré la cámara hacia mí, hacia la falda levantada y el gesto de placer que no me molesté en disimular, y le mandé la foto a Mateo sin pensarlo dos veces.

Apreté «enviar» y la adrenalina me golpeó de lleno. No era solo el placer físico; era saber que en algún lugar de la ciudad él iba a abrir esa imagen y entender, sin una sola palabra, lo que estaba provocando a kilómetros de distancia. Esa idea me encendió de una forma nueva.

Mis manos se movieron con más decisión. El ritmo dejó de ser una pregunta y se volvió una respuesta. Cada caricia me llevaba más alto, y el ruido del tráfico —los motores, una bocina lejana, una radio a todo volumen en el carril de la derecha— se mezclaba con mi propia respiración hasta volverse un único zumbido de fondo. Me hundí en eso por completo. Dejé de calcular, dejé de mirar a los lados. Solo quedaba la sensación creciendo, apretándose, acercándose a un punto del que ya no había vuelta atrás.

Sentí la tensión acumularse en el centro de todo, ese instante en que el cuerpo entero se prepara para soltar. Mis movimientos se volvieron urgentes, casi torpes de tan necesitados. Apreté los dientes para no hacer ruido y aun así un sonido ahogado se me escapó por la garganta. Estaba al borde y lo sabía, y la idea de terminar así, atrapada entre cien desconocidos que no tenían ni idea, me llevó por encima de la línea.

El orgasmo me partió en dos. Una ola densa, larga, que me hizo arquear la espalda contra el asiento y aferrar el volante con la mano libre. Un gemido grave, liberador, se me escapó y rebotó en el espacio cerrado del coche. Mi cuerpo tembló con cada espasmo, mientras yo intentaba conservar al menos una apariencia de discreción que ya hacía rato había perdido.

Tardé unos segundos en volver. La respiración entrecortada, el corazón golpeando, una capa fina de sudor en la frente. Bajé la falda con manos todavía torpes y me recosté en el asiento, mirando el techo del coche como si acabara de aterrizar de otro planeta.

Fue entonces cuando me animé a mirar al costado. El conductor del coche de al lado, un hombre de unos cuarenta, tenía la vista clavada al frente con una sonrisa apenas dibujada en los labios. Imposible saber si había visto algo o si simplemente era su cara de paciencia frente al atasco. Pero esa duda, esa sonrisa que podía significar todo o nada, me provocó un último estremecimiento de pura adrenalina.

El teléfono vibró sobre el asiento del acompañante. No necesité leerlo para saber qué decía. Lo dejé ahí, boca abajo, para alargar un poco más la sensación de ser yo la que tenía el control de esta historia.

El semáforo cambió a verde. Los motores rugieron a mi alrededor, el atasco por fin empezó a deshacerse, y yo me reincorporé al tráfico con una calma nueva y una sonrisa que nadie más iba a entender. Solté el aire despacio, encendí la radio y dejé que la ciudad volviera a moverse.

Que esperara hasta el fin de semana, pensé. Yo ya tenía mi propia versión de la historia para contarle.

Tomé el teléfono solo cuando llegué al estacionamiento de casa. Su mensaje era corto, tres palabras y un punto final que sonaba a rendición. Sonreí, apoyé la cabeza en el asiento un segundo más y entendí algo que esa tarde me dejó clarísimo: el deseo no necesita una cama, ni una puerta cerrada, ni siquiera la otra persona delante. A veces basta con un atasco, un teléfono y las ganas de no detenerse.

Le respondí con una sola línea. «La próxima, te toca a vos imaginarme. Y te juro que no vas a poder.»

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Comentarios (6)

Kike_77

Increible, me tuvo en vilo desde el principio hasta el final!!! muy buen relato

FlorR_BA

Necesito saber que paso cuando llego a casa, no me dejes con esa intriga por favor!!

Marito77

Me identifico demasiado jaja, el telefono en el semaforo ya es peligroso de por si... y encima con esas fotos. Tremendo.

LuciaMar85

Que buena tension narrativa. Se siente el calor desde las primeras lineas, sin necesidad de ser burdo. Seguilo que tenes talento!

NachoBaires

buenisimo!!

CuriosaLectora22

Y al final llego a casa o no?? jaja me quede con la intriga

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