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Relatos Ardientes

Acepté ser la actriz de la fantasía de mi marido

Tenemos los dos rozando los cuarenta y, después de tantos años juntos, hace tiempo que aprendimos a no avergonzarnos de lo que imaginamos en la cama. Soy una mujer común, sin más experiencia que mi marido y algún juguete guardado en el cajón, pero eso nunca nos impidió darle rienda suelta a la cabeza. Lo que sigue es una de esas fantasías que comparto con Adrián, contada con todos los detalles, como si de verdad hubiera ocurrido.

Casi siempre empieza igual. Cuando hacemos el amor, terminamos hablando de infidelidad, de la posibilidad de que yo tuviera a alguien joven, mayor de edad pero mucho menor que nosotros, y que fuera yo, con todo lo aprendido en estos años, la que llevara las riendas. Ser la mujer madura que sabe lo que hace, la que enseña. Esa idea siempre nos enciende.

Hace unos meses abrimos una cuenta en una de esas redes, una de fotos, para exhibirnos un poco. Subíamos sobre todo imágenes mías, nada demasiado explícito, solo lo suficiente para calentarnos leyendo los comentarios. Era un condimento más, algo nuestro, sin mayores pretensiones.

Una de esas noches, Adrián me propuso publicar algo distinto: un mensaje ofreciendo un encuentro casual con hombres. No buscábamos nada real, era un experimento para medir la respuesta y seguir jugando con quienes contestaran.

La sorpresa fue enorme. Decenas de hombres comentaron la publicación y nos escribieron por privado. Pasamos horas respondiendo, aclarando que éramos una pareja heterosexual experimentando, que no había nada planeado en persona. Pero la cantidad de propuestas me dejó vibrando.

Esa madrugada terminamos teniendo una de las mejores noches de sexo en mucho tiempo. Yo estaba calentísima por la acogida. Sin ser ninguna belleza de revista, había recibido mensajes de chicos jóvenes, lindos, en buena forma. Cada vez que Adrián me embestía, yo me imaginaba debajo de alguno de ellos.

—¿Y si vamos un paso más allá? —me susurró él, todavía agitado—. Solo a ver qué pasa.

Yo gemí con la propuesta, como otras veces, segura de que era cosa del momento, y le seguí la corriente.

***

Pero esa noche Adrián insistió cuando ya descansábamos. Me sorprendió, y al mismo tiempo me dio curiosidad.

—¿Qué tal si contactamos a alguno que te guste y le proponemos grabar una película con vos? —dijo despacio—. Solo para nosotros. Vos serías la protagonista absoluta.

—Estás loco —le respondí—. Si apenas subo una foto a una red social, ¿cómo voy a ser actriz, y encima con un desconocido?

—Te dejás llevar y ya está. Irías con los ojos vendados. Solo tenés que hacer lo que yo te diga y seguir lo que pase con tu amante.

—Lo voy a pensar —contesté—. Veamos qué pasa más adelante.

La respuesta no le gustó, pero a mí no me parecía el momento.

El problema fue que no dejé de pensarlo. Llegué a encerrarme en el baño del trabajo a tocarme, imaginando lo que podía pasar si decía que sí. La idea me ganaba terreno cada día.

¿Y si me animo de verdad?

Esa misma semana, montada sobre él en la oscuridad del dormitorio, se lo dije al oído.

—Quiero hacerlo. Voy a hacer lo que vos quieras, siempre que me cuides en todo momento.

Me daba pánico elegir mal. Por eso no quise saber nada de buscar candidatos: me daba una vergüenza absurda hacerlo junto a mi marido, así que dejé todo en sus manos. Él se ocupó de la hora, del lugar —un hotel, por supuesto— y de coordinar cada detalle. Yo solo tenía una tarea: ir con los ojos cubiertos y obedecer.

***

Llegó el viernes elegido. Adrián me pidió que me vistiera únicamente con lencería y un abrigo encima. Quería que todo saliera lo más espontáneo posible y grabarlo desde el primer minuto, desde que cruzara la puerta del hotel hasta el final.

Salimos en auto, yo con el corazón a mil. A unas cuadras de llegar me puso unas gafas completamente opacas, negras, que no dejaban pasar nada de luz. La condición era no quitármelas ni un segundo. Eso me excitaba muchísimo: no conocería al chico hasta ver la grabación.

—Ya estamos afuera, preparate —dijo él por teléfono a alguien que yo no podía ver.

Entramos. Antes de cruzar la puerta de la habitación me quitó el abrigo y me dejó casi desnuda en el pasillo.

—Cuando yo te diga, entrás.

Unos segundos después di el paso. La música estaba alta. Apenas avancé, unas manos me tomaron de la cintura y una boca buscó la mía con un beso largo, hambriento. Me quedé congelada, sin saber cómo seguir.

—Buscá su verga —escuché ordenar a Adrián desde algún rincón.

Bajé las manos y lo encontré duro bajo el pantalón. Seguimos besándonos mientras sus dedos se abrían paso entre mis piernas, ya húmedas. Le desabroché la camisa, le abrí el pantalón, y él me fue guiando hasta dejarse desnudar del todo. Yo me moría por verlo, por saber quién me encendía tanto, pero no quería arruinar el juego.

Sus manos me empujaron suavemente hacia abajo, de rodillas, y me llevaron hasta su sexo. Me lo metí en la boca y le di la mejor mamada que pude. Me encantaba escuchar sus jadeos roncos mientras lo lamía. Cuando lo sostuve de la cadera, noté un cuerpo trabajado, de gimnasio, todo músculo y juventud.

—Dejala sin nada —indicó mi marido—. Rompele lo que tenga puesto, pero no le saques la venda.

El chico me puso de pie y rasgó la poca tela que me quedaba hasta dejarme completamente desnuda. Me tumbó en la cama, me acomodó en cuatro patas y empezó a recorrerme con la lengua, sin dejar un solo rincón. Yo estaba al borde, esperando.

—Ahora ponele las esposas —dijo Adrián.

—¿Para qué? —pregunté, todavía con un resto de lucidez.

—Es parte de la grabación. Si no querés, paramos.

No estaba en condiciones de decir que no. Sentí el metal frío cerrarse en mis muñecas, sujetas con una especie de cuerda, y me quedé desnuda y entregada.

—Última cosa —dijo mi marido—. ¿Querés que te use con preservativo?

—Lo que vos quieras.

—Última vez que pregunto. ¿Con preservativo?

—No —solté—. Quiero sentirlo sin nada.

A los pocos segundos lo tenía dentro. Entró sin esfuerzo, de lo mojada que estaba. Era vigoroso, firme, y las esposas me servían de punto de apoyo contra cada embestida. Yo gritaba sin pudor.

—¿Te gusta? —preguntó Adrián.

—Sí, está riquísimo. Vení vos también.

—No. Hoy soy público.

—Entonces decile que no pare —jadeé—. Decile que quiero quedar satisfecha esta noche.

Estaba tan enloquecida que empecé a decir cosas que jamás había dicho en voz alta. Cosas crudas, sucias, que me salían solas. Celebraba cada segundo de lo que estaba pasando.

***

Entre la música y mi propio escándalo, alcancé a oír la puerta abrirse.

—¿Qué fue ese ruido? —pregunté entre gemidos.

—Concentrate en lo tuyo. Es solo alguien que trajo bebidas.

Seguí en lo mío. Casi nunca llego con Adrián, pero esa noche sentí cómo me deshacía de puro placer, con las piernas temblando y todo escurriendo entre mis muslos. El chico se apartó después de acariciarme los pechos. Me acomodé como pude, intentando recuperar el aire.

A los pocos segundos, otras manos me tomaron de la cintura y volvieron a ponerme en posición.

—¿Sos vos? —pregunté.

Nadie respondió, pero me dejé hacer, creyendo que era mi marido. Cuando sentí entrar de nuevo un sexo en mí, supe que no lo era.

—¿Es el mismo? ¿Se puso duro tan rápido?

—No —dijo Adrián—. Es otro chico que quiso conocerte. ¿Querés que pare?

—No. Que siga. Solo avisame la próxima.

—Hay otro más esperando.

—Estás loco… —me reí, mareada—. Pero decile que me ponga su verga en la boca.

Seguí con dos a la vez, mamando como una desesperada mientras el otro me embestía. Se turnaban, y yo notaba en la lengua el sabor del que acababa de terminar dentro de mí. Estaba feliz, perdida en lo que sentía.

—Ahora el culo —ordenó mi marido.

—No estoy acostumbrada —protesté—. Me va a doler.

—¿Querés que paremos?

Era casi un chantaje, y funcionó.

—No. Pero despacio, por favor.

La delicadeza duró poco. Bien lubricada, me penetró de una sola vez y el dolor me arrancó un grito que alguien tapó con su sexo. No podía controlar la profundidad, no podía hacer nada. Le pedí a Adrián que me soltara las esposas, que necesitaba más libertad, y lo hizo.

Lo que vino fue distinto. Los dos se apartaron y unas manos me guiaron para sentarme sobre uno de ellos. Mientras lo tenía dentro por detrás, otro me abrió las piernas y se hundió por delante. Una doble penetración que me dejó sin fuerzas para responder. No sabía quiénes eran, pero estaba rendida a ellos y al placer.

Cuando salieron de mí, los escuché gemir mientras yo, de rodillas, recibía en la boca y en el cuerpo toda su descarga. Intentaba tragarlo todo, ya sin acordarme de la cámara, reaccionando solo por instinto.

***

Las puertas volvieron a sonar y, por fin, Adrián me dejó quitarme la venda. La habitación era un desastre. La cama estaba empapada, yo estaba bañada y desnuda, con un sabor intenso en la boca. Como última escena, mi marido me pidió que me recostara sobre todo aquello, me abrió las piernas y terminó él también dentro de mí.

No duró mucho. El momento era demasiado intenso y, para mí, cerrarlo con él era lo que le daba sentido a todo. Le abrí las piernas porque era suyo, aunque ya estuviera agotada, aunque nada se comparara con la forma en que esos chicos me habían tomado.

Al día siguiente vimos el video juntos, abrazados. No podía creer lo jóvenes que eran. Ninguno pasaba de los veinticuatro, todos guapos y llenos de energía. Quedaba más que justificada la manera en que me habían hecho gozar.

Estoy dispuesta a más, si Adrián me lo pide.

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Comentarios (5)

Romi_cba

Dios mio que relato!!! me quede con la boca abierta. Necesito la segunda parte ya mismo

FabioLect

Bien escrito, con suspenso y todo. Lo lei de un tiron sin parar

ElenaCP

Me recordó a algo que hablamos mi pareja y yo hace tiempo pero nunca nos animamos... que envidia jaja

PabloRR

La tension del inicio es lo mejor. No saber quien te espera al otro lado... tremendo. Se me puso la piel de gallina

MartaSD

Excelente!!! ojalá hubiera mas relatos así en esta categoría

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