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Relatos Ardientes

La fantasía que cumplí con tres de mis alumnos

Me llamo Marisol y doy clases en una preparatoria de la zona cálida del país, donde el verano aprieta tan fuerte que a las cuatro de la tarde el aire todavía quema. Tengo treinta y cinco años, soy menudita, de piel clara y cabello negro hasta media espalda. Las piernas se me pusieron firmes de tanto correr por las mañanas, y aunque presumo poco, sé que cuando me arreglo llamo la atención. Me divorcié hace dos años, después de descubrir que mi marido llevaba meses engañándome, y desde entonces mi cama es un territorio vacío que solo visito yo.

Echaba de menos el sexo de un modo que me daba vergüenza admitir. No soy una mujer fácil, pero el deseo se me había acumulado como agua detrás de una represa. Me tocaba casi cada noche pensando en manos ajenas, y cada mañana me levantaba con la misma sensación de hambre vieja.

Era temporada de exámenes y me tocó reprobar a varios. Los más rezagados eran tres muchachos que repetían la materia: Diego, Andrés y Tomás, ya mayores de edad, varios años por debajo de mí pero adultos hechos y derechos. Diego era el alto, el de cuerpo trabajado y mirada tranquila; Andrés, el flaco moreno de pocas palabras; Tomás, el más bajo y bromista, con una sonrisa que siempre rozaba la insolencia.

—Los tres reprobados —les dije cuando el salón quedó vacío—. Expliqué el tema cinco veces. ¿Qué fue lo que pasó?

—Profe, es que en el examen se me borró todo —contestó Tomás, encogiéndose de hombros.

—Cuida esa cara de burla, Tomás.

Sonrió y se sentó. A esas alturas del curso sentía que hasta el respeto se me escapaba de las manos, y la idea me pesaba más de lo que ellos podían imaginar.

Mi casa también se me escapaba. Llevaba dos años sin darle un solo cuidado: el pasto crecido, una puerta trasera que rechinaba y no cerraba, una barda pelada que pedía pintura a gritos. Hacía falta un hombre en esa casa, o varios, y mirando a esos tres muchachos sin rumbo se me ocurrió una idea que me hizo sonreír por dentro.

—Hagamos un trato —les propuse—. Hoy a las cuatro pasan por mi casa. Me cortan el pasto, me reparan la puerta y me pintan la barda. A cambio les doy una clase de dos horas con el tema completo, hacemos un examen igual al que tendrán mañana y aprueban. ¿Les late?

Las tres caras se iluminaron al mismo tiempo.

—¡Claro que sí, profe!

—Va. Nos vemos entonces.

***

Llegué a casa con el cuerpo pegajoso de calor. Me metí a la regadera y, al salir, dudé frente al clóset más de lo que quería admitir. Elegí un vestido blanco que me quedaba unos centímetros arriba de la rodilla, uno que nunca llevaba a clase porque ahí todo se comenta. Me dije que solo buscaba estar fresca, pero la mentira no me engañó ni a mí.

Acomodé la sala, improvisé un pizarrón y a las cuatro en punto llegaron mis tres alumnos a rescatar la materia.

—Pasen, chicos.

Andrés se quedó pasmado mirándome las piernas, como si nunca antes hubiera visto unas. No me incomodó; fue una sensación rara, casi de poder. Diego y Tomás clavaron la vista en mi escote, que esa tarde dejaba ver bastante más que el uniforme de maestra al que estaban acostumbrados.

Empezamos la clase de inmediato. Cada vez que me giraba hacia el pizarrón, alcanzaba a ver en el reflejo de la ventana cómo los tres me recorrían de arriba abajo. El morbo me fue subiendo despacio, como una brasa, pero yo tenía clarísimo que no iba a dar un paso más. Era profesional. Lo había sido siempre.

Hasta que, dándoles la espalda, sorprendí a Tomás haciéndoles una señal grosera a los otros dos, apuntando hacia mí. Eso ya era cruzar la raya. Di la clase por terminada.

—Listo, muchachos. Ahora que bajó un poco el sol, ayúdenme con el patio, por favor.

—Claro, profe —respondió Diego, el único que sostuvo el tono respetuoso.

Minutos después los observaba desde la sala. Diego empujaba la podadora, que para mi fortuna arrancó al primer tirón después de tantos meses muerta. Andrés y Tomás recogían el pasto cortado y llenaban bolsas. Les llevé una jarra de limonada; los tres sudaban a chorros, y pensé que estaban pagando caro el aprobar mi materia.

Cuando volví adentro, vi a Diego quitarse la playera. El cuerpo que apareció debajo me dejó sin aire: el abdomen marcado, el pecho ancho, los brazos mucho más fuertes que los de sus compañeros. Lo miré más tiempo del decente. Era todo un espectáculo, y una idea estúpida cruzó mi cabeza como un relámpago.

Ellos no podían verme desde el patio, pero yo sí a Diego desde la ventana de la sala. Sin pensarlo demasiado, me quité la ropa interior y me arrodillé sobre el sofá mirando hacia afuera, con las piernas abiertas.

Llevé la mano a mi sexo y al primer contacto temblé de lo bien que se sintió. Me levanté el vestido para dejar las nalgas al aire y empecé a tocarme cada vez más fuerte, bajando los dedos hasta humedecerlos y subiendo después al clítoris, en círculos lentos y rítmicos.

Todo mi foco era ese muchacho sin playera, brillante de sudor, empujando la máquina en mi patio. Fantaseaba con que entraba y me tomaba sin pedir permiso. Por un par de minutos me perdí del todo, y en ese descuido dejé de vigilar a los otros dos.

***

Tomás se había llevado una bolsa hasta la parte trasera de la casa, buscando un bote grande que tenía por ahí. No hizo el menor ruido, y al pasar frente a la puerta de atrás se topó con el mejor espectáculo de su vida: su maestra arrodillada, con el trasero a la vista, masturbándose frente a la ventana.

Se quedó quieto, conteniendo la respiración, observándome a través de la malla mosquitera. Como cualquiera, quiso compartir su hallazgo, así que le hizo una seña a Andrés. Cuando este llegó, le susurró que no hiciera ruido.

Andrés casi se va de espaldas. Los dos disfrutaron en silencio de la escena, viendo cómo mis dedos se movían desesperados, sin que yo sospechara nada. En un arranque de atrevimiento empezaron a desnudarse ahí mismo y entraron a la casa. El ruido de la podadora tapó el rechinido de la puerta, y yo, perdida en la espalda de Diego, no me percaté del regalo que les estaba dando.

Se arrodillaron detrás de mí y se tocaron mirándome de cerca, al detalle. Cuando Tomás aceleró el ritmo, su respiración pesada me sacó del trance. Me giré de golpe y solté un grito al verlos ahí, desnudos.

—¡¿Qué hacen aquí?!

—Ay, profe, qué rica está usted. Déjeme darle un beso ahí —dijo Tomás, sin una pizca de vergüenza.

—¡No! ¡Fuera de aquí!

Pero al ver que la negativa no iba a ningún lado, Tomás se dejó caer suavemente sobre mi espalda mientras Andrés me acariciaba las nalgas con manos ansiosas. Un escalofrío me recorrió entera cuando sentí la lengua de Andrés hundirse en mi sexo. Después de tantos meses de soledad, el placer me golpeó como una ola y me dejó sin defensas.

Me quedé quieta. Dejé de forcejear y me entregué a esa lengua descontrolada.

Tomás aprovechó para bajarme el vestido y liberar mis pechos. Encontró un pezón y se prendió a él como si su vida dependiera de eso. La sensación era deliciosa y peligrosa a partes iguales: sabía que lo perdería todo si alguien se enteraba, y esa amenaza me encendía todavía más.

Empecé a gemir sin control. Bajé la mano hasta el sexo de Tomás y lo acaricié despacio mientras él me devoraba el pecho. Temblaba de gozo bajo mis dedos, y juraría que era la primera vez que una mujer lo tocaba así.

—Acuéstese en el sillón, profe —pidió Andrés.

Obedecí sin resistencia. Me tendí boca arriba y yo misma abrí las piernas todo lo que pude. Él se tomó unos segundos para mirarme, expuesta frente a él, y luego volvió a bajar la cabeza para seguir lamiéndome.

Moví a Tomás para que su erección me quedara cerca de la cara. La olí y me puse más caliente todavía. Abrí la boca y lo recibí entero, sintiendo su peso en la lengua, mientras Andrés no dejaba de trabajar entre mis piernas.

—Ay, profe, qué bien lo hace —jadeó Tomás.

En el fondo sabía que estaba cometiendo una locura, y una parte de mí buscaba la forma de detener todo aquello. Pero el cuerpo manda, y el mío llevaba dos años pidiendo justo esto.

Cuando por fin empujé a Tomás para tomar aire, me incorporé sobre los codos y vi a Andrés acomodándose para penetrarme. No moví un solo músculo. Esperé.

De una sola embestida entró del todo. El placer fue tan repentino que me sacudió un primer orgasmo de golpe, largo y tembloroso. Andrés buscó mis pechos con la boca mientras me embestía, y Tomás se prendió del otro lado. Yo gemía como nunca, asombrada de lo bien que me sentía con esos muchachos a los que apenas unas horas antes regañaba en el salón.

—Tomás, dame eso en la boca —pedí, sorprendida de mi propia voz.

—Con gusto, profe.

Volví a tomarlo entre los labios, alternando, abrazándolo de las caderas para acercarlo a mí. Andrés, mientras tanto, no aflojaba el ritmo.

—Le gusta de verdad, ¿eh, profe? —dijo Tomás.

—Me encanta —admití, ya sin máscara—. Y tú sabes muy rico.

—Profe, ¿me deja por detrás? —pidió Andrés, casi tímido—. Llevo años imaginándomelo.

—Así que ya me tenían ganas —respondí, divertida.

—Mucho. Hasta el profesor Esteban decía que seguro a usted le gustaba, y mire que tenía razón.

El comentario, lejos de molestarme, me prendió. Me puse de pie y se me ocurrió algo mejor.

—Tomás, siéntate en el sillón. Me voy a subir.

Me dejé caer sobre él, recibiéndolo entera, mientras Andrés se escupía en la mano y buscaba mi otra entrada. Cuando lo sentí empujar despacio por detrás, las dos sensaciones a la vez me arrancaron un segundo orgasmo. Gemí tan fuerte que me dio miedo que los vecinos oyeran, pero ni eso me detuvo.

—Profe, ya no aguanto —avisó Tomás.

Me levanté a tiempo, lo tomé con la mano y terminé de complacerlo con la boca, recibiéndolo entero. Hacía tanto que no probaba a un hombre que el sabor me pareció una gloria. Andrés, al verme así, se descontroló y empujó con todo hasta vaciarse también, temblándole las piernas.

Apenas podía sostenerme. Estaba agotada y satisfecha de un modo que no recordaba.

***

La podadora había dejado de sonar hacía rato. Al levantar la vista vi a Diego en el umbral, paralizado por la escena.

—No manchen, ¿se cogieron a la profe? —dijo, entre incrédulo y excitado.

—Y le fascinó —contestó Tomás.

Yo solo asentí con una sonrisa cansada.

—Háganse a un lado —ordenó Diego, ya quitándose lo que le quedaba de ropa.

La idea de ser tomada por ese muchacho fuerte y guapo me llenó de un cosquilleo nuevo. Cuando lo vi entero, me quedé muda: era mucho más grande de lo que esperaba.

—Aquí no, profe. Usted se merece una buena cama —dijo.

Me puse de pie y casi corrí a la habitación. Me dejé caer en la cama y abrí las piernas para recibirlo. Se acomodó sobre mí y empujó sin miedo, despacio, ganando terreno centímetro a centímetro hasta que sentí que no cabía más, aunque sabía que aún le faltaba.

—¿Le gusta, profe?

Asentí, incapaz de recuperar el aliento.

Empezó a embestir con un ritmo firme y profundo. No pude mantener las piernas en alto; simplemente me abandoné a él. Antes de que pasara un minuto, otro orgasmo me sacudió de pies a cabeza, temblando y gimiendo sin freno.

—Qué rico se viene, profe. Ahora boca abajo.

Salió un instante y mi cuerpo extrañó de inmediato esa ausencia. Me tendí boca abajo, él se acomodó encima y volvió a entrar. Fue maravilloso; me vine una y otra vez hasta quedar sin fuerzas, deshecha contra las sábanas.

—Profe, déjeme terminar en esa carita bonita, ¿sí?

Ya ni siquiera podía hablar. Solo sonreí, y eso bastó. Embistió más fuerte y, justo a tiempo, se acomodó frente a mi rostro para terminar sobre mí. Abrí la boca para probarlo, y el muy descarado me untó el resto por la cara y el pelo, haciéndome un desastre que en ese momento no me importó en lo más mínimo.

Dejamos pasar media hora en silencio. Los tres seguían sin creer lo que había pasado; era obvio que jamás habían vivido algo parecido.

Me levanté y me metí a la regadera. No tardaron en aparecer, observándome desde la puerta del baño con una sonrisa cómplice.

—Profe, agáchese un poquito —pidió Diego.

Lo hice sin saber qué planeaban, pero a esas alturas cualquier cosa que se les ocurriera sería bienvenida. Me dejé envolver por el agua tibia y por la certeza de que, esa tarde de exámenes, había cumplido la fantasía más prohibida y más mía de toda mi vida.

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Comentarios (4)

FlordeNoche

increible!!! quede sin palabras

DiegoCruz_87

Por favor escribi mas, no puede quedar asi

LucianoR_85

Muy buen relato, se nota que sabés narrar la tension. Segui así!

RosarioBA

la escena de la puerta me engancho desde el principio, tremenda

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