Quería verla disfrutar sola y por fin se lo confesé
No me pasa siempre, pero hay veces, cuando me tienes a mil, en que me brotan preguntas, dudas, fantasías, deseos. En el fondo es eso: morbo. Un morbo que no había sentido nunca por nadie, hasta que llegaste tú y abriste una puerta que yo creía cerrada con llave.
Supongo que antes no había encontrado a la persona que me hiciera imaginar más allá. Con otras, el deseo se quedaba en lo evidente, en lo que se ve y se toca. Contigo empezó a colarse en los rincones, en lo que no se dice, en lo que cada uno guarda para cuando está solo.
Siempre me ha fascinado una idea sencilla: las mujeres se dan placer a sí mismas tanto como los hombres, por mil motivos distintos, y sin embargo cuesta que alguna lo reconozca en voz alta. No sabía hasta qué punto podía ponerme que tú, justamente tú, me hicieras partícipe de tus encuentros a solas. De esos ratos tuyos, con tus manos hundidas entre las piernas, con dos dedos abriéndote el coño, con la palma apretando el clítoris y, a veces, con tus juguetes metidos hasta el fondo.
Habíamos pasado un fin de semana redondo. Una cabaña alquilada a las afueras, sin cobertura, sin relojes, follando el uno al otro hasta perder la cuenta de las corridas. Te había comido el coño hasta dejarte sin voz, me habías chupado la polla en la ducha, en la cocina, en el sofá, y todavía nos quedaban ganas. Pero todo lo bueno tiene su billete de vuelta, y el domingo por la tarde tocaba volver.
No sé cómo empezó. Quizá fue la carretera larga, la luz cayendo entre los árboles, esa sensación de intimidad que se crea dentro de un coche cuando solo estáis los dos y el mundo pasa borroso por la ventanilla. El caso es que la conversación, sin avisar, empezó a subir de temperatura.
—¿Tú te masturbas cuando yo no estoy? —preguntaste de pronto, sin apartar la vista del parabrisas.
Lo reconozco, no dudé.
—A veces sí. No voy a mentirte.
Pensé que querrías detalles, que me pedirías el cómo y el cuándo, si me la pajeaba pensando en ti, si me corría en la mano o en la ducha. Pero antes de que pudieras hacerlo, le di la vuelta a la pregunta. Tenía más curiosidad por ti que ganas de hablar de mí.
—¿Y tú? —dije, intentando sonar tranquilo, aunque ya se me estaba empezando a marcar la polla contra el vaquero.
—Por supuesto que sí —contestaste, y noté la sonrisa en tu voz sin necesidad de mirarte—. A veces en la ducha, con el chorro del agua caliente cayéndome directo al clítoris hasta que se me doblan las rodillas. A veces en la cama, boca arriba, con las piernas abiertas y los dedos hasta los nudillos. A veces con un juguete, a veces con otro.
Apreté un poco el volante. A veces con un juguete, a veces con otro. Esa frase se me quedó dando vueltas, junto con la imagen de tus dedos entrando y saliendo de tu coño mojado.
—¿Juguetes? —pregunté—. ¿Cuáles tienes?
—Lo normal —dijiste, encogiéndote de hombros—. Un amiguito de goma de proporciones más que decentes, gordo y venoso, y un succionador. ¿Para qué más?
Se me disparó la curiosidad, y algo más. Hay algo en imaginar a la persona que quieres en una escena que nunca has visto, en un momento del que no formas parte, que resulta extrañamente íntimo. Como si me dejaras entrar en una habitación de la que solo tú tenías la llave, y en el centro estuvieras tú desnuda, con las piernas abiertas y el coño brillante.
—¿Y cuál es tu favorito? —insistí—. El succionador, imagino. Todo el mundo habla maravillas de ellos.
—Qué va —dijiste, y noté el desdén juguetón en tu tono—. Demasiado mecánico. Te pega el ventoso al clítoris y te lo chupa como una aspiradora, sí, pero es eso: apretar un botón y esperar a que te haga correrte. Prefiero a mi amigo de color rosa metido hasta el fondo del coño.
No entendía bien por qué, pero esa simple confesión me estaba poniendo a mil. La polla ya me apretaba tanto que tuve que reacomodarme en el asiento. Quizá era la naturalidad con la que lo decías, sin pudor, como quien comenta qué prefiere desayunar.
—Qué raro —dije, picándote un poco—. Te juro que todo el mundo jura por el succionador.
—Será cosa de cada una. Con mi amigo soy yo la que manda —respondiste, y bajaste un poco la voz, como si me confiaras un secreto—. Yo decido cómo ponerme, cómo moverme, cuánto entra en el coño, cuánto sale, si va deprisa o despacio. Si lo quiero clavado hasta el fondo o solo rozando la entrada. No hay motor que decida por mí.
El que estaba vibrando era yo. Tenía la polla dura como una piedra, empujando contra la tela, y notaba cómo tu voz se transformaba con cada palabra, cómo se volvía más densa, más grave, más húmeda. Tú también te estabas calentando con tu propia explicación, y eso me encendió todavía más.
—Vaya —tragué saliva—. Lo entiendo, pero no acabo de imaginarlo del todo.
—Es muy sencillo —dijiste, y giraste apenas la cabeza hacia mí, lo justo para que viera de reojo la curva de tu sonrisa—. Lo coloco bien firme contra el colchón, apuntando hacia arriba, y me arrodillo encima con las rodillas bien abiertas. Primero juego solo por fuera, lo paseo despacio por los labios del coño, arriba y abajo, hasta que estoy tan mojada que la goma me resbala.
—Sigue —fue lo único que conseguí decir. Tenía la boca seca.
—Después dejo que entre solo la punta. Me la meto un centímetro, la saco, la vuelvo a meter. Me encanta el ruidito que hace al entrar y salir, ese chapoteo del coño empapado. Ese chop, chop, chop tan tonto. Me pone muchísimo oírlo, saber que estoy así de mojada solo pensando en cosas.
—Joder —se me escapó. La polla me latía dentro del pantalón.
—Sí —reíste por lo bajo—. Voy subiendo el ritmo poco a poco. Me lo clavo un poquito más, lo saco casi entero, vuelvo a bajar. Mientras tanto me pellizco los pezones con la otra mano, tiro de ellos, me los aprieto duro. Pero hay un problema.
—¿Problema? ¿Por qué?
Hubo un silencio breve. Cuando volviste a hablar, tu voz había cambiado, ya no era solo deseo. Había algo más frágil debajo.
—A veces me apetecería metérmelo más adentro —dijiste—. Bajar de golpe, sentarme encima hasta el fondo, sentirlo entero abriéndome el coño, empujando ahí donde ya duele un poquito y por eso mismo gusta más. Dejarme ir del todo, cabalgarlo como una loca hasta correrme a gritos. Pero me siento sucia, viciosa, y eso me corta. Así que me quedo siempre con la punta, juego con ella hasta correrme flojito y ya está. Como si me diera vergüenza querer más polla, aunque sea de goma.
***
Aquella última frase me removió por dentro más que todo lo anterior. No por el morbo, que también, sino por algo distinto. Me dolió un poco que algo que te daba placer te hiciera sentir mal.
—Oye, no —dije, y esta vez hablaba en serio—. No tienes por qué sentirte así. No estás haciendo nada raro. Estás disfrutando de ti misma, de tu cuerpo, de lo que te gusta. Si te apetece metértelo hasta el fondo, te lo metes hasta el fondo. No hay nada sucio en eso. Nada.
No contestaste enseguida. Vi cómo apoyabas la cabeza en el reposacabezas y cerrabas los ojos un segundo, y supe que algo de lo que había dicho te había llegado.
Pero el cuerpo, mientras tanto, iba por su cuenta. Me habías puesto tan caliente que conducir se había vuelto casi imposible. Notaba cada cambio de marcha como una distracción innecesaria, y sé que tú estabas igual, porque tenías una mano apoyada en mi muslo y los dedos te bailaban solos, arañándome cada vez más cerca de la bragueta. Cuando por fin bajaste la mano del todo y me apretaste el bulto por encima de la tela, se me escapó un gemido ronco.
—Estás durísimo —murmuraste, y me la apretaste otra vez, midiéndomela con la palma—. Todo esto de hablarme de mi juguete te ha puesto así, ¿eh?
—Como te imaginas —conseguí decir.
Me bajaste la cremallera sin dejar de mirar la carretera y me metiste la mano dentro del calzoncillo. Cuando tus dedos se cerraron alrededor de mi polla desnuda pensé que iba a salirme de la carretera.
Tomé la primera salida de la autopista que vi. No la pensé. Solo bajé el intermitente y giré, buscando un camino apartado, un descampado, cualquier sitio donde el coche pudiera quedar al margen del mundo durante un rato.
Lo encontré detrás de una hilera de árboles, un ensanche de tierra donde alguien debía de dejar el tractor en temporada. Apagué el motor y el silencio nos cayó encima de golpe. Solo se oía nuestra respiración y, a lo lejos, el zumbido amortiguado de los coches que seguían su camino sin nosotros.
No hubo preámbulos. Nos abalanzamos el uno sobre el otro como dos adolescentes, estorbándonos con los cinturones, riéndonos entre besos de lo absurdo de la postura. Te arranqué la camiseta por encima de la cabeza y te bajé el sujetador de un tirón, dejándote las tetas al aire, con los pezones ya duros esperándome. Me lancé encima de ellos, me los metí en la boca uno tras otro, los chupé, los mordí, tiré de ellos con los labios mientras tú echabas la cabeza hacia atrás y gemías contra el techo del coche.
—La polla —jadeaste—. Sácamela otra vez, la quiero.
Me terminé de bajar el pantalón hasta las rodillas. Tú te levantaste lo justo para bajarte las bragas por debajo de la falda, las dejaste colgando de un tobillo y no perdiste ni un segundo más. Trepaste al asiento del conductor, pasaste una pierna por encima de la palanca de cambios y te sentaste a horcajadas sobre mí, con el coño ya empapado rozándome la punta de la polla.
—Métemela —te dije al oído—. Métetela tú, como te gusta.
Bajaste la mano, me la agarraste por la base y la guiaste hasta la entrada de tu coño. Primero me pasaste la punta por los labios, arriba y abajo, exactamente como me habías descrito hacía diez minutos con el juguete. La misma coreografía, pero de carne. Yo, debajo de ti, gemía apretando los dientes, con las manos en tu culo, sin atreverme a empujar todavía, dejándote llevar el ritmo.
Y entonces bajaste. De golpe. Todo el peso encima, todo mi glande y toda mi polla clavándose dentro de ti hasta el fondo, hasta que tu culo chocó contra mis muslos y los dos gemimos a la vez.
—Así —jadeaste con los ojos cerrados—. Así entera, hasta el fondo, como no me atrevo sola.
—Cabalga —te pedí—. Como me contabas antes. Sin frenarte.
Y lo hiciste. Empezaste a subir y bajar sobre mí con las manos apoyadas en el techo del coche, primero despacio, sintiéndome entrar y salir centímetro a centímetro, y después cada vez más rápido, más brusca, más suelta. El cristal se empañó en dos minutos. El coche entero se balanceaba con cada embestida tuya. Yo te agarraba las caderas y te ayudaba a bajar, clavándote la polla hasta la raíz, viéndote la cara descompuesta de placer, la boca abierta, los ojos entreabiertos.
—Ahí, ahí —gemías—. No pares, dame duro, fóllame duro, joder.
Te chupé un pezón mientras me montabas. Bajé una mano entre los dos cuerpos y te encontré el clítoris con el pulgar, ese botón hinchado y resbaladizo, y empecé a frotártelo en círculos al ritmo de tus caderas. Notaba tu coño apretándome la polla en oleadas, cada vez más fuerte, cada vez más rápido.
—Me corro —avisaste con la voz rota—. Me corro, me corro, no pares, no pares, no pares.
Y te corriste encima de mí, con un gemido largo y ronco, con el coño espasmando alrededor de mi polla, apretándome tanto que fue imposible aguantar. Dos embestidas más desde abajo, empujándote yo hacia arriba con las caderas, y me solté también, vaciándome dentro de ti a chorros, con la cabeza hundida entre tus tetas y los dientes clavados en la piel de un hombro.
Estábamos tan cachondos que apenas duramos diez minutos. No nos hizo falta más. Cuando terminamos, te quedaste apoyada en mi pecho, con mi polla todavía dentro, chorreando semen entre los dos, las dos respiraciones todavía agitadas, el cristal empañado por dentro. Te reíste contra mi cuello.
—Estás loco —dijiste.
—Tú empezaste —respondí.
Qué recuerdos. Todavía, cuando paso por esa salida de la autopista, sonrío solo y se me pone media dura.
***
Y ahora, después de ponernos en situación con aquel domingo, llega el momento de la confesión de verdad. La que no te hice en el coche porque entonces no encontré las palabras, y que vengo guardando desde hace semanas.
Me encantaría, algún día, ser espectador de tu placer. No participante, no esta vez. Solo testigo, con la polla en la mano si hace falta. Dejarme disfrutar de esa visión en directo mientras tú, paso a paso, repites todo tu ritual con tu amigo de color rosa, sin prisa, como si yo no estuviera o, mejor dicho, sabiendo que estoy y eligiendo seguir.
Quiero verte preparar la escena. Desnuda encima de la cama, con las piernas bien abiertas, el juguete de goma clavado en el colchón esperándote. Los preliminares, la forma en que te acaricias las tetas y bajas la mano hasta el coño para comprobar si ya estás mojada. Cómo juegas con él en la entrada, cómo te dejas llevar por la punta al ritmo de esa música tonta y dulce que hace el chop, chop, chop para tus oídos y, ahora, también para los míos. Quiero ver cómo lo cabalgas para mí, sin contención, hasta llegar a tu orgasmo con el coño rebotando encima de la goma rosa.
Y, sobre todo, quiero que esa vez sea distinta. Que no te frenes. Que dejes que entre todo lo que tu cuerpo te pida, sin culpa ni vergüenza, sin esa palabra fea de «sucia» rondándote la cabeza. Que te dejes caer sobre él tanto como desees, hasta el fondo, hasta el tope, sentándote encima con todo el peso, sin pedir permiso, sin prejuicios.
Mientras lo haces, quiero contemplarlo todo. La forma que dibuja tu boca cuando se te escapa el aire. Tu mirada a media asta, con los ojos entreabiertos. Tus gemidos, primero contenidos y luego ya no. La silueta de tu cuerpo trazando tu placer en el aire, los pezones erizados y duros, el brillo del sudor en tu piel, el reguero que baja por tu vientre. Esa música callada que hace tu sexo empapado cuando la goma entra y sale, el ruido húmedo del coño, y que nadie más conoce.
No te pido que actúes para mí. Al revés. Puedes ignorarme por completo, perderte en lo tuyo como si yo fuera parte del decorado. O puedes hacerme partícipe, mirarme a los ojos mientras te lo clavas hasta el fondo, narrarme en voz baja cómo te gusta, dónde y de qué manera te da más placer, decirme guarradas al oído, pedirme que me la casque delante de ti mientras te miro correrte. Lo que tú prefieras. Lo que el momento te pida.
Lo único que de verdad necesito es que lo disfrutemos juntos, con esa complicidad nuestra, la misma que nos hizo tomar una salida cualquiera de la autopista sin pensarlo dos veces y follar como animales en el asiento del conductor. Que entiendas que querer más no te hace viciosa. Que mirarte a mí no me hace un mirón de los malos. Que esto, lo que sea que está naciendo entre nosotros cuando hablamos sin filtros, es solo otra forma de desearnos.
Quizá otro día me atreva a confesarte alguna fantasía más, porque la verdad es que tengo unas cuantas guardadas y tú las vas destrabando una a una. Verte con otra mujer chupándote el coño, que me la mames delante de un espejo, que me dejes correrme en tus tetas o en tu cara. Pero de momento me conformo con esta, que no es poca cosa.
Así que la dejo aquí, escrita, para que la leas con calma cuando yo no esté delante y no puedas ver cómo se me enciende la cara al decírtelo. Y luego, cuando vuelvas a casa, con el amigo rosa en la mano y el coño ya latiendo, solo tienes que decidir una cosa.
¿Te atreves?





