Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Quería verla disfrutar sola y por fin se lo confesé

No me pasa siempre, pero hay veces, cuando me tienes a mil, en que me brotan preguntas, dudas, fantasías, deseos. En el fondo es eso: morbo. Un morbo que no había sentido nunca por nadie, hasta que llegaste tú y abriste una puerta que yo creía cerrada con llave.

Supongo que antes no había encontrado a la persona que me hiciera imaginar más allá. Con otras, el deseo se quedaba en lo evidente, en lo que se ve y se toca. Contigo empezó a colarse en los rincones, en lo que no se dice, en lo que cada uno guarda para cuando está solo.

Siempre me ha fascinado una idea sencilla: las mujeres se dan placer a sí mismas tanto como los hombres, por mil motivos distintos, y sin embargo cuesta que alguna lo reconozca en voz alta. No sabía hasta qué punto podía ponerme que tú, justamente tú, me hicieras partícipe de tus encuentros a solas. De esos ratos tuyos, con tus manos y, a veces, con tus juguetes.

Habíamos pasado un fin de semana redondo. Una cabaña alquilada a las afueras, sin cobertura, sin relojes, disfrutando el uno del otro hasta perder la cuenta de las horas. Pero todo lo bueno tiene su billete de vuelta, y el domingo por la tarde tocaba volver.

No sé cómo empezó. Quizá fue la carretera larga, la luz cayendo entre los árboles, esa sensación de intimidad que se crea dentro de un coche cuando solo estáis los dos y el mundo pasa borroso por la ventanilla. El caso es que la conversación, sin avisar, empezó a subir de temperatura.

—¿Tú te masturbas cuando yo no estoy? —preguntaste de pronto, sin apartar la vista del parabrisas.

Lo reconozco, no dudé.

—A veces sí. No voy a mentirte.

Pensé que querrías detalles, que me pedirías el cómo y el cuándo. Pero antes de que pudieras hacerlo, le di la vuelta a la pregunta. Tenía más curiosidad por ti que ganas de hablar de mí.

—¿Y tú? —dije, intentando sonar tranquilo, aunque ya no lo estaba.

—Por supuesto que sí —contestaste, y noté la sonrisa en tu voz sin necesidad de mirarte—. A veces en la ducha, a veces en la cama. A veces con un juguete, a veces con otro.

Apreté un poco el volante. A veces con un juguete, a veces con otro. Esa frase se me quedó dando vueltas.

—¿Juguetes? —pregunté—. ¿Cuáles tienes?

—Lo normal —dijiste, encogiéndote de hombros—. Un amiguito de goma de proporciones más que decentes y un succionador. ¿Para qué más?

Se me disparó la curiosidad. Hay algo en imaginar a la persona que quieres en una escena que nunca has visto, en un momento del que no formas parte, que resulta extrañamente íntimo. Como si me dejaras entrar en una habitación de la que solo tú tenías la llave.

—¿Y cuál es tu favorito? —insistí—. El succionador, imagino. Todo el mundo habla maravillas de ellos.

—Qué va —dijiste, y noté el desdén juguetón en tu tono—. Demasiado mecánico. Hace su trabajo, pero es como apretar un botón y esperar. Prefiero a mi amigo de color rosa.

No entendía bien por qué, pero esa simple confesión me estaba poniendo a mil. Quizá era la naturalidad con la que lo decías, sin pudor, como quien comenta qué prefiere desayunar.

—Qué raro —dije, picándote un poco—. Te juro que todo el mundo jura por el succionador.

—Será cosa de cada una. Con mi amigo soy yo la que manda —respondiste, y bajaste un poco la voz, como si me confiaras un secreto—. Yo decido cómo ponerme, cómo moverme, cuánto entra, cuánto sale, si va deprisa o despacio. No hay motor que decida por mí.

El que estaba vibrando era yo. Y lo peor, o lo mejor, es que notaba cómo tu voz se transformaba con cada palabra, cómo se volvía más densa, más grave. Tú también te estabas calentando con tu propia explicación, y eso me encendió todavía más.

—Vaya —tragué saliva—. Lo entiendo, pero no acabo de imaginarlo del todo.

—Es muy sencillo —dijiste, y giraste apenas la cabeza hacia mí, lo justo para que viera de reojo la curva de tu sonrisa—. Lo coloco bien firme, apuntando hacia arriba, y me arrodillo encima. Primero juego solo por fuera, lo paseo despacio por los labios hasta que estoy completamente mojada.

—Sigue —fue lo único que conseguí decir.

—Después dejo que entre solo la punta. Me encanta el ruidito que hace al entrar y salir. Ese chop, chop, chop tan tonto. Me pone muchísimo.

—Joder —se me escapó.

—Sí —reíste por lo bajo—. Voy subiendo el ritmo poco a poco. Pero hay un problema.

—¿Problema? ¿Por qué?

Hubo un silencio breve. Cuando volviste a hablar, tu voz había cambiado, ya no era solo deseo. Había algo más frágil debajo.

—A veces me apetecería metérmelo más adentro —dijiste—. Dejarme ir del todo. Pero me siento sucia, viciosa, y eso me corta. Así que me quedo siempre con la punta, juego con ella hasta correrme y ya está. Como si me diera vergüenza querer más.

***

Aquella última frase me removió por dentro más que todo lo anterior. No por el morbo, que también, sino por algo distinto. Me dolió un poco que algo que te daba placer te hiciera sentir mal.

—Oye, no —dije, y esta vez hablaba en serio—. No tienes por qué sentirte así. No estás haciendo nada raro. Estás disfrutando de ti misma, de tu cuerpo, de lo que te gusta. No hay nada sucio en eso. Nada.

No contestaste enseguida. Vi cómo apoyabas la cabeza en el reposacabezas y cerrabas los ojos un segundo, y supe que algo de lo que había dicho te había llegado.

Pero el cuerpo, mientras tanto, iba por su cuenta. Me habías puesto tan caliente que conducir se había vuelto casi imposible. Notaba cada cambio de marcha como una distracción innecesaria, y sé que tú estabas igual, porque tenías una mano apoyada en mi muslo y los dedos te bailaban solos.

Tomé la primera salida de la autopista que vi. No la pensé. Solo bajé el intermitente y giré, buscando un camino apartado, un descampado, cualquier sitio donde el coche pudiera quedar al margen del mundo durante un rato.

Lo encontré detrás de una hilera de árboles, un ensanche de tierra donde alguien debía de dejar el tractor en temporada. Apagué el motor y el silencio nos cayó encima de golpe. Solo se oía nuestra respiración y, a lo lejos, el zumbido amortiguado de los coches que seguían su camino sin nosotros.

No hubo preámbulos. Nos abalanzamos el uno sobre el otro como dos adolescentes, estorbándonos con los cinturones, riéndonos entre besos de lo absurdo de la postura. Tú te subiste encima, yo eché el asiento hacia atrás, y lo que vino después fue urgente, torpe y perfecto.

Estábamos tan cachondos que apenas duramos diez minutos. No nos hizo falta más. Cuando terminamos, te quedaste apoyada en mi pecho, las dos respiraciones todavía agitadas, el cristal empañado por dentro. Te reíste contra mi cuello.

—Estás loco —dijiste.

—Tú empezaste —respondí.

Qué recuerdos. Todavía, cuando paso por esa salida de la autopista, sonrío solo.

***

Y ahora, después de ponernos en situación con aquel domingo, llega el momento de la confesión de verdad. La que no te hice en el coche porque entonces no encontré las palabras, y que vengo guardando desde hace semanas.

Me encantaría, algún día, ser espectador de tu placer. No participante, no esta vez. Solo testigo. Dejarme disfrutar de esa visión en directo mientras tú, paso a paso, repites todo tu ritual con tu amigo de color rosa, sin prisa, como si yo no estuviera o, mejor dicho, sabiendo que estoy y eligiendo seguir.

Quiero verte preparar la escena. Los preliminares, la forma en que juegas con él en la entrada, cómo te dejas llevar por la punta al ritmo de esa música tonta y dulce que hace el chop, chop, chop para tus oídos y, ahora, también para los míos. Quiero ver cómo lo cabalgas para mí, sin contención, hasta llegar a tu orgasmo.

Y, sobre todo, quiero que esa vez sea distinta. Que no te frenes. Que dejes que entre todo lo que tu cuerpo te pida, sin culpa ni vergüenza, sin esa palabra fea de «sucia» rondándote la cabeza. Que te dejes caer sobre él tanto como desees, sin pedir permiso, sin prejuicios.

Mientras lo haces, quiero contemplarlo todo. La forma que dibuja tu boca cuando se te escapa el aire. Tu mirada a media asta, con los ojos entreabiertos. Tus gemidos, primero contenidos y luego ya no. La silueta de tu cuerpo trazando tu placer en el aire, los pezones erizados, el brillo del sudor en tu piel, esa música callada que hace tu sexo y que nadie más conoce.

No te pido que actúes para mí. Al revés. Puedes ignorarme por completo, perderte en lo tuyo como si yo fuera parte del decorado. O puedes hacerme partícipe, mirarme a los ojos, narrarme en voz baja cómo te gusta, dónde y de qué manera te da más placer. Lo que tú prefieras. Lo que el momento te pida.

Lo único que de verdad necesito es que lo disfrutemos juntos, con esa complicidad nuestra, la misma que nos hizo tomar una salida cualquiera de la autopista sin pensarlo dos veces. Que entiendas que querer más no te hace viciosa. Que mirarte a mí no me hace un mirón de los malos. Que esto, lo que sea que está naciendo entre nosotros cuando hablamos sin filtros, es solo otra forma de desearnos.

Quizá otro día me atreva a confesarte alguna fantasía más, porque la verdad es que tengo unas cuantas guardadas y tú las vas destrabando una a una. Pero de momento me conformo con esta, que no es poca cosa.

Así que la dejo aquí, escrita, para que la leas con calma cuando yo no esté delante y no puedas ver cómo se me enciende la cara al decírtelo. Y luego, cuando vuelvas a casa, solo tienes que decidir una cosa.

¿Te atreves?

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (5)

LoreM_sur

Increible!! me encanto de principio a fin, que manera de enganchar desde el primer párrafo.

PabloRosario22

Por favor seguí con esto, quedé con muchas ganas de mas. Espero la continuación!!

ValeriaRdP

Eso de guardar algo así tanto tiempo hasta que ya no aguantás más y tenes que decirlo... me identifico demasiado jaja. Muy bien contado, se siente real.

Gaby_lectora

que locura, me dejó con intriga total. sigue!!

NachoMiraLee

y ella como reaccionó cuando se lo dijiste? El relato deja todo en suspenso, queremos saber cómo termina. Muy bueno

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.