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Relatos Ardientes

La madre de mi novio me arrastró a su fantasía

Marcela arrancó el auto y, por el retrovisor, Adrián notó algo en ella que volvía a encenderse: una chispa que él no estaba dispuesto a permitir que se apagara. La había interrumpido Pablo justo en lo mejor, y eso lo había dejado de un humor extraño, mezcla de fastidio y cálculo.

—Parece que no soy el único al que le molesta que lo corten en pleno juego —dijo él, sosteniéndole la mirada en el espejo.

Daniela iba en silencio en el asiento de atrás, encogida, fingiendo mirar el teléfono. Era la novia de Esteban, un amigo de Adrián, y lo que había visto minutos antes todavía le ardía en la cara.

—Tranquila —le dijo Adrián, acariciándole el brazo con una suavidad calculada, como un hermano mayor—. Sé que quieres hacer feliz a tu chico. Vas a aprender de a poco. Marcela puede enseñarte.

Daniela bajó la vista. Sintió la mano de él rozarle los dedos y no la apartó.

—Adrián —dijo Marcela sin perder de vista la carretera—, ¿te acordás de aquella tarde en el aula vacía?

Lo soltó sin pudor. No tenía sentido fingir: Daniela ya los había visto, y a esta altura podía hablar del tema con cualguien que quisiera. La crudeza de la pregunta sorprendió hasta al propio Adrián.

—Cómo olvidarlo —respondió él, sin soltar la mano de Daniela—. Fue uno de los mejores momentos de mi vida. Eso provocás en mí.

—¿Por qué te excita tanto fastidiar a mi hijo? —preguntó ella, y el tono cambió—. ¿De verdad sos su amigo o solo finges?

La pregunta era directa, pero no era lo que de verdad le importaba. Marcela quería saber otra cosa, algo que llevaba meses sin atreverse a tocar.

—Detené el auto —dijo Adrián, de pronto serio.

—Acá mando yo, querido —respondió ella, sonriéndole por el espejo—. Y si querés bajarte, bajate. Yo no te invité a subir.

Era fría, irónica. A Adrián le encantaba ese filo en ella; lo hacía sentir que la conquista valía la pena.

—Si querés hablar, detené el auto —insistió.

Marcela buscó una calle tranquila y estacionó. Le pasó unos auriculares a Daniela.

—Poné música un rato, mientras hablo con él.

La chica asintió, pero no encendió nada: se quedó mirando de reojo, atenta a cada palabra.

—¿Y bien? —le encaró Marcela, girándose hacia el asiento trasero—. ¿Sos su amigo o lo molestás?

Adrián se acercó hasta quedar cara a cara, casi rozando su nariz. Bajó la voz, la hizo grave.

—Después de todo lo que pasó entre nosotros, ¿me creés capaz de eso?

—Respondé de una vez —exigió ella, nerviosa pero firme.

—¿Ahora me hablás así? Parece que se te olvidaron las cosas que me decías cuando te tenía contra esa pared —dijo él, con una sonrisa torcida—. Tranquila. Yo jamás le haría daño a Tomás. Es mi mejor amigo. Lo cuido, incluso a pesar de todo.

—¿A pesar de todo? —La duda le cruzó la cara.

—Creo que ya hablé demasiado. —Adrián se recostó, dejando que el silencio trabajara por él.

—Decímelo. Soy su madre. Necesito saber.

Él suspiró, fingiendo resignación.

—Lo cuido de los que lo detestan. Tomás trata fatal a la gente, Marcela. Humilla a quien puede, se burla, los hace sentir basura. Por eso casi no tiene amigos en la facultad. Yo aguanto porque creo que puede cambiar. Pensé que vos lo habías notado.

—Mentís —resopló ella, aunque la voz le tembló.

Adrián sacó el teléfono y le mostró un video corto: Tomás, mochila al hombro, gritándoles desprecios a dos compañeros en un pasillo, llamándolos inútiles, riéndose de ellos. La grabación terminó y Marcela se quedó mirando la pantalla, incapaz de procesarlo.

—Pero… él siempre habla bien de vos —murmuró.

—Ya sé que duele, y lamento ser yo quien te lo diga. —Le acarició la mano—. Por eso nadie lo quiere. Y aun así sigo a su lado. Solo espero que algún día sea como vos: amable, buena. Aunque a veces temo que esa crueldad la haya sacado de la casa.

—¿De mí? —Marcela negaba con la cabeza, los ojos húmedos.

—No lo sé. Quiero creer que no. Quiero creerlo porque… te quiero, Marcela. Me encanta estar con vos. Quiero creer que tu hijo no sacó eso de vos, que vos sos buena. Muy buena.

Le tomó las manos con ternura, mirándola a los ojos. Por dentro contenía la risa: la había manipulado otra vez, y ella se lo agradecería.

—Tenés razón —dijo Marcela, acercándose—. Yo no soy así. Gracias por contármelo. Sos un verdadero amigo.

Lo besó, dulce y amargo a la vez. Él le devolvió el beso con la lengua, despacio, y la hizo gemir.

—Me encantás —susurró él.

—Vos también. Pero antes deberíamos llevar a Daniela a su casa, amor.

Adrián le tomó la mano y la guió hasta su entrepierna, donde el bulto empezaba a marcarse.

—Me quedé con ganas —dijo—. Ya sabés que no me gusta que me interrumpan. Y creo que a vos tampoco.

—Daniela está acá. Nos va a ver.

—Tranquila. Ya nos vio antes.

La besó con más hambre, y eso bastó. Marcela le abrió el pantalón y sacó su miembro, masturbándolo lento. La alianza matrimonial le brillaba en el dedo.

—Tal vez aprenda algo —dijo ella, mirando de reojo a la chica.

Daniela los observaba sin poder apartar la vista. Marcela bajó la cabeza y se lo llevó a la boca con devoción, sacándose los pechos del escote y deslizándose el vestido hasta los pies. Adrián le sujetó el pelo, guiándola, y luego se volvió hacia Daniela.

—Mirá cómo lo hace —dijo—. Así se chupa una verga. Observá.

Daniela, que ya tenía veintidós años y dos de relación con Esteban, sintió que el calor le subía por el cuerpo. No era inocente, pero nunca había estado en algo así. Adrián le tomó el mentón con suavidad.

—Calma. Es fácil. Todo se aprende, sobre todo con una buena maestra.

La pasó al medio del asiento. Marcela, sin dejar de mamar, le acercó la mano y luego la cabeza, ayudándola a probar. Daniela lamió la punta con nerviosismo primero, con ganas después.

—Practicá, despacio —le dijo Marcela entre jadeos—. Disfrutalo.

Las dos se turnaron, mezclando la lengua sobre el tronco, besándose por encima de él con la saliva escurriendo. Adrián las miraba, casi sin creer su suerte: una mujer madura y una chica entregándose juntas frente a él.

—Metémela —pidió Marcela, ya empapada.

—Acá no —respondió él—. Quiero cogerlas con calma, en un lugar amplio. En tu casa, en tu cama.

Marcela entendió. Se estiró para tomar el teléfono, dejando ver sus nalgas, y marcó.

—¿Tomás? —Su voz salió más firme de lo que sentía—. Salí a resolver algo. Quedate con Lucía si querés, no llegues tarde. Te quiero, hijo.

Colgó. Sin vestirse, se pasó al asiento del conductor y manejó hacia su casa mientras, atrás, Adrián guiaba a Daniela.

***

El atardecer se asomaba cuando metieron el auto al garaje. Subieron los tres a la habitación matrimonial y Marcela echó llave. Adrián la giró sobre su eje, exhibiéndola.

—Sos un encanto, Marcela. ¿Cierto, Daniela?

—Es hermosa —reconoció la chica, admirándola.

Él pegó su cuerpo al de Marcela, frotándose contra ella, besándole el cuello mientras le amasaba los pechos.

—Quiero complacerte en todo esta noche —jadeó ella.

—Bien dicho. ¿Lista, Daniela?

—Lista —respondió la chica, sentada en la cama con las piernas abiertas, tocándose.

Adrián se sentó en el borde, las piernas separadas, el miembro erecto.

—Empiecen a chuparla. Compartan. Eso es lo bonito de un trío.

Marcela tomó la verga con las manos, dejó caer saliva en la punta y la untó mientras besaba a Adrián. Luego empujó suavemente la cabeza de Daniela hacia abajo, enseñándole. La chica devoraba despacio, salivando para hacerla resbalar, dando alguna arcada pero hundiéndola cada vez más profundo.

—Aprende rápido la nena —dijo Adrián, sujetándole el pelo a Marcela para besarla.

Daniela bajó a lamerle los testículos mientras Marcela le masturbaba el tronco. Después invirtieron los papeles, juntando las lenguas sobre el glande, mirándolo a los ojos. Se dieron un beso largo, Marcela dominando, metiéndole la lengua.

—Bésense —ordenó él, sujetándolas de la cabeza—. Les gusta, ¿verdad?

—Tiene una boca exquisita —respondió Marcela, sonriendo, sin soltar a la chica.

Adrián las recostó en la cama, una al lado de la otra, las piernas abiertas. Se arrodilló entre ellas, se chupó los dedos de ambas manos y las penetró a la vez, masturbándolas juntas.

—Primero las quiero bien mojadas —dijo, moviendo los dedos dentro de cada una.

Las dos gemían, mirándose, sintiendo la fricción. Daniela empezó a empaparse rápido; Marcela tenía el clítoris hinchado, escurriendo hasta manchar las sábanas. La mayor giró, le sujetó el rostro a Daniela y la besó con dulzura, abriéndose más para dejar entrar los dedos más profundo.

—Creo que es momento del plato fuerte —anunció Adrián, sacando los dedos.

Empapó su miembro con los fluidos de Marcela y, levantándole las piernas, la penetró. Ella soltó un grito largo. Daniela, al lado, le metió dos dedos en la vagina y la masturbó mientras él embestía.

—Así, amor —gemía Marcela—. Cogeme. Soy tu mujer.

Daniela la miraba con una mezcla de asombro y deseo, las dos frotando sus cuerpos. Adrián la cambió de posición: a Marcela en cuatro, las nalgas en alto, una teta metida en la boca de la chica.

—Lista —dijo Marcela, abriéndose ella misma.

Él acercó su verga al ano dilatado y empujó. Entró firme, tomando ritmo, sujetándola de las caderas, hipnotizado por las curvas de esa mujer.

—¡Así, meté! —gritaba ella, temblando, empapada de sudor.

Daniela le abría las nalgas, fascinada, ayudándolo. Luego se animó: se puso en cuatro encima de Marcela, que la besaba y la calmaba mientras le dilataba el culo con un dedo.

—Tranquila —le susurró la mayor—. Solo duele al principio. Después es todo placer. Relajate.

Adrián se acomodó detrás de la chica, escupió y la penetró despacio. Daniela soltó un quejido que se ahogó en los besos de Marcela. De a poco el dolor se volvió otra cosa, y la chica empezó a empujar hacia atrás, pidiendo más.

—¡Más! —jadeó—. Dame más.

Él aguantó hasta que ya no pudo y se vació dentro de ella, sosteniéndola de la cintura. Le salió la leche por los bordes mientras Daniela gritaba de gusto. Le dio una palmada suave en la nalga y la chica sonrió, agotada y entregada.

***

Tomás metió la llave en la puerta de su casa. Le extrañaba llegar tarde, y más todavía que su madre lo hubiera llamado para decirle que se tomara su tiempo. «Ya es hora de que madures», recordó que le había dicho ella esa mañana, y supuso que lo estaba dejando crecer.

—¡Llegué! —gritó, pero la casa estaba en silencio.

Pensó que no había nadie. Tomó algo de la heladera y subió a su cuarto, se puso los auriculares y esperó. Pero la música pronto empezó a mezclarse con otros sonidos, sonidos cada vez más fuertes que venían del fondo del pasillo. Se quitó un auricular. No lo podía creer. Se quitó el otro y caminó hasta la puerta cerrada del cuarto de su madre.

—¡Así, amor! ¡Cogeme como tu mujer! —La voz de Marcela atravesaba la madera.

Del otro lado, Tomás se quedó clavado, el corazón disparado y, para su propia sorpresa, una excitación que no entendía. Su madre estaba con alguien que no era su padre. En lugar de enfurecerse, sintió el cuerpo encenderse. Se recostó contra la pared, escuchando, mientras adentro Adrián levantaba a Marcela, la llevaba contra la puerta y la seguía penetrando de pie.

—Gritá, amor —le susurraba él al oído—. Me encanta cuando gritás.

Marcela, en un arrebato, llevó la mano al picaporte y empezó a girarlo. Adrián sonrió con malicia. Pero antes de que la puerta cediera, le apartó la mano y la cerró otra vez, llevándola de vuelta a la cama. Tomás, del otro lado, soltó el aire que tenía contenido, sin saber si quería que esa puerta se abriera o no.

Adrián tomó del cuello del armario un cinturón que no era suyo y lo dejó caer sobre el colchón, entre las dos mujeres que lo miraban jadeando, sumisas.

—Las voy a entrenar —dijo, satisfecho—. Van a ser el mejor par que se haya visto.

Marcela y Daniela asintieron. Y al otro lado de la puerta, Tomás seguía escuchando, sin imaginar siquiera quién era el hombre que esa tarde había convertido su casa en escenario de una fantasía que ninguno de los tres olvidaría.

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Comentarios (4)

marisolLec

Increible relato!! me quede sin palabras de verdad

Facundo_mdq

Por favor seguí escribiendo, quede con muchisimas ganas de saber que paso despues

NocheLector77

tremendo este, de los mejores que lei aca

Caro_lectora

Me recordo a una situacion que yo vivi hace un tiempo con alguien mayor, no tan extrema pero igual de tensa jaja. Muy bien narrado

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