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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la camilla del fisioterapeuta

Hace tiempo que dejé de escribir, quizás demasiado si lo pienso ahora, pero qué más da, vamos a lo que importa. De mí no hay mucho que contar. Si te cruzaras conmigo por la calle no me dedicarías ni una mirada, y está bien que así sea. Donde antes levantaba alguna pasión, ahora todo vive dentro de mi cabeza, en mi fantasía y en el disfrute tranquilo de mí misma.

Mido poco más de metro y medio, tengo más curvas de las que la moda considera correctas y un pecho del que siempre estuve orgullosa. El pelo lo llevo liso, un poco por debajo de los hombros, castaño con algún reflejo más claro. Con los años, como el buen vino, he aprendido a apreciar el arte del sexo, el del juego y el de la espera. Tanto que decidí no compartir mi cuerpo con quien no estuviera a mi altura.

No lo digo por vanidad. Lo digo porque me cansé de los polvos sin sentido, de los tabúes, de tener que fingir que no sé lo que quiero por miedo a que me miren como a una pervertida. Prefiero quedarme conmigo misma. Así no hay debate ni decepción.

Para ponerte en antecedentes: tengo cuarenta y nueve años, estoy divorciada y vivo con mis tres hijos, ya adolescentes. Hace más de una década que no tengo una pareja estable. La última vez que me permití un capricho de verdad fue por mi cumpleaños, cuando me regalé a un chico mucho más joven que conocí en un congreso de trabajo. Pero esa es otra historia, y ya la contaré. Desde entonces vivo en una abstinencia que no me pesa, porque he aprendido que soy perfectamente capaz de mantenerme contenta yo solita.

***

Llevaba unas semanas yendo a fisioterapia por un dolor de espalda. Es un gabinete grande, con varios profesionales, y normalmente me atendía una chica muy maja. Aquella tarde, mientras esperaba en la sala, la recepcionista me avisó de que la fisio llegaría tarde. Hice lo de siempre cuando puedo robarle unos minutos al día: saqué la tablet y seguí leyendo.

Me encanta la literatura erótica. Devoro un libro tras otro, fantaseo con esas escenas sabiendo que nadie a mi alrededor se entera de que la sangre se me va calentando, de que la respiración me cambia, de lo húmeda que llego a casa. Esa tarde estaba justo en un capítulo subido de tono, con el pulso acelerado, cuando la recepcionista volvió a salir.

—Lo siento muchísimo, al final no va a poder venir —me dijo—. Pero acaba de cancelarse la cita de uno de los socios. Si quiere, puede pasar con él y no perdemos el día.

Acepté sin pensarlo. La idea de unas manos sobre mi cuerpo, justo en ese estado, me pareció un regalo. Sabía que para él sería un trámite mecánico, puro trabajo. Mejor todavía. Nadie en mi cabeza, nadie a quien dar explicaciones, solo yo disfrutando en silencio.

***

A los pocos minutos entré en la sala privada y, lo reconozco, aquel hombre iba a formar parte de mis fantasías durante un buen par de semanas. Se llamaba Adrián. Cuerpo atlético, sonrisa fácil, una cara más que agradable. Rondaría los cuarenta, con esa seguridad serena que dan los años y el dominio del oficio. Hablamos un momento sobre mi dolencia y el tratamiento, y enseguida me sentí en buenas manos. Nunca mejor dicho.

Como era verano y llevaba un vestido ligero, no hizo falta desnudarse: bastaba con subirlo un poco para que pudiera trabajar la zona baja de la espalda, el glúteo y la pierna. Lo mío es un problema de ciática, y quien lo haya sufrido sabe que el origen suele estar en un músculo pequeño y traicionero que irradia dolor por toda la pierna. En la práctica eso significa que cada sesión incluye un buen amasado de mi trasero, de forma estrictamente médica, claro.

Me tumbé boca abajo, con la cara encajada en el agujero de la camilla y las manos agarradas a unos apoyos que había debajo. Nunca había visto ese artilugio, pero le encontré toda la utilidad enseguida. Las piernas juntas, una almohada bajo las pantorrillas, el vestido enrollado a la altura de la cintura y una toalla cubriéndome los muslos.

Adrián se untó las manos con aceite y empezó por el glúteo. Había puntos que dolían de verdad. Cada poco acercaba la cabeza a la mía para avisarme de que le indicara si la presión se volvía insoportable. Justo cuando me confié, hundió el dedo en ese músculo maldito. Madre mía. Casi se me saltan las lágrimas. Pero lo acompañaba amasando la carne alrededor con una suavidad calculada, mezcla de dolor y caricia, de tensión y estremecimiento. Repitió el movimiento varios minutos, desbloqueando el músculo, según decía, mientras yo apretaba las barras con las manos.

Cuando terminó con el glúteo, volvió a aceitarse las manos, me cubrió de nuevo con la toalla para que no me enfriara y pasó a los muslos. Y ahí llegó la sorpresa: no se limitó a la parte de arriba, también trabajó la cara interna, presionando con los dedos cada nudo que encontraba. Se inclinó cerca de mi oreja para advertirme de que iba a apretar un poco más, que avisara si dolía demasiado.

Subía y bajaba por el muslo, una pierna y luego la otra. Como las tenía juntas y mis muslos son más bien gruesos, su mano quedaba atrapada a mitad de camino. Uff. Mi imaginación ya no podía estar más encendida. Esa presión constante, esa mezcla de dolor y suavidad subiendo una y otra vez. Mi mente fabricaba mil escenas, y todas terminaban con esa mano perdiéndose entre los pliegues, alcanzando el punto que me ardía.

***

Volvió a aceitarse. Yo no podía verlo, solo sentirlo: el chasquido del tapón de la botella, el roce de sus manos frotándose, el susurro de su ropa cuando rodeaba la camilla buscando un mejor ángulo. Me pidió que abriera un poco la pierna derecha y la bajara hasta otro soporte lateral. Dioses, cómo amaba esa camilla, todo en el lugar exacto.

Le hice caso y separé las piernas para darle acceso libre desde la rodilla hasta el glúteo. Se acercó otra vez, ahora casi al oído. Pude oler su colonia, fresca sin ser invasiva, mezclada con algo suyo que resultaba embriagador. Sentí su respiración rozándome la nuca.

—Esto puede ser molesto, incluso doloroso —murmuró—. Veo cómo reacciona tu cuerpo cuando aprieto en algún punto, pero si no aguantas, avísame.

Le dije que sí, que entendido, aunque me costó tragar el nudo que tenía en la garganta. Sabía que todo era obra de mi cabeza calenturienta y de la mala jugada de meterme en una escena erótica justo antes de entrar. Pero mi mente ya no atendía a razones, y el ambiente era demasiado propicio. Total, ¿a quién hago daño? ¿Y quién va a enterarse?

Colocó las manos detrás de mis rodillas, abrió las palmas para abarcar toda la piel posible y subió presionando con las yemas. Cuando llegó a la parte alta de los muslos, con las piernas ya abiertas, no hubo nada que lo frenara. Siguió ascendiendo hasta la ingle. Por favor. En ese instante me derretí entera. Se detuvo y se quedó ahí unos segundos, esperando mi reacción, supongo que la del músculo soltándose, pero yo estaba más en tensión que en toda mi vida.

Boca abajo, en bragas, sintiendo sus nudillos cerca de mis labios. Apreté las barras rezando para que no notara nada, aunque disimular nunca se me dio bien. Bajó las manos manteniendo la presión y volvió a subir. Han sido imaginaciones mías, me dije. No ha rozado nada. Pero no: ahí estaba otra vez, el camino libre hasta la ingle y esos nudillos presionando contra mis labios ya más que sensibles.

***

Oí de nuevo el bote de aceite. El dichoso aceite me tenía a su merced. Separé un poco más las piernas, convencida de que no las había abierto lo suficiente y de que por mi torpeza el pobre hombre acababa rozándome sin querer en lo más íntimo. Las mejillas me ardían de vergüenza.

Sus manos volvieron a la parte posterior de las rodillas y, con presión constante, recorrieron lentamente todo el muslo hasta la ingle. Para entonces mis braguitas no estaban húmedas: estaban empapadas, y me moría de vergüenza solo de pensar que pudiera notarlo. Al llegar arriba, mientras la mano izquierda seguía hacia el glúteo, la derecha se quedó deslizándose por la línea de la ingle, adelante y atrás, y el dorso de su mano subía y bajaba rozando todo mi sexo.

Se me atascó la respiración. Sentía mi centro cada vez más caliente, los pezones doloridos contra la camilla por la presión y la leve fricción de mi cuerpo al moverse con sus manos. No me atreví ni a respirar fuerte, en parte porque no quería malinterpretar una situación ya bastante embarazosa, y en parte, lo confieso, porque quería sentirlo un poco más.

Se inclinó otra vez sobre mi oído. Su aliento en el cuello me puso la piel de gallina.

—Sé que cuesta —susurró—, pero esto va a hacer que te sientas mucho mejor.

Mejor todavía. Estaba a punto de correrme en la camilla de un fisioterapeuta y mi cabeza ya no razonaba. No fui capaz de responder con palabras, solo con un leve «mmm» de asentimiento. Escuché su risa suave a mi espalda, y esa risa me recorrió como una corriente.

Continuó subiendo y bajando por ambos muslos, cada vez con más presión y más ritmo, y siempre terminaba chocando los nudillos contra mi entrada empapada. Su mano no se detenía hasta que mi sexo la frenaba con el contacto. Cuando acabó con las piernas, volvió al glúteo a presionar esos puntos que ya no me producían molestia, sino corrientes eléctricas que viajaban directas a mi núcleo.

***

Al terminar me comentó que era su último día antes de las vacaciones, pero que estaría encantado de retomar el tratamiento a su vuelta. Le dije que me parecía estupendo y pedí cita para principios de septiembre. Mientras salía, giré la cabeza hacia su rincón de trabajo y lo vi acercarse los nudillos a la nariz para olerlos. Nuestras miradas se cruzaron un instante, y en su cara había una sonrisa de satisfacción, como de trabajo bien hecho. Casi tropiezo en la puerta del local. Salí de allí con un calentón que dudaba poder aguantar hasta casa.

Me subí a la moto y, con el sillín caliente rozándome justo donde no debía, estuve a punto de correrme ahí mismo. No pude evitar el vaivén de las caderas buscando alivio. Fueron los cinco minutos más largos de mi vida.

No tuve un momento a solas hasta la hora de acostarme, que esa noche fue temprano, porque no conseguía dejar de pensar en esas manos y esos nudillos frotando mis labios. Cuando por fin tuve paz, abrí el cajón de mis «juguetes», donde guardo a mis mejores amigos, y elegí uno de mis vibradores favoritos, aunque sabía que no duraría ni un par de minutos. Seguía totalmente excitada y empapada.

En cuanto lo acerqué, mis labios le dieron la bienvenida y lo recibieron entero, prueba de lo mojada que continuaba. No me quité las braguitas: quería esa presión, así que las ajusté contra mí para sentirla mejor. Los jadeos no tardaron en llegar. Pasé la mano por mis pezones sensibles y, con un pellizco suave que arrasó cada terminación nerviosa, sentí cómo mis músculos apretaban el vibrador. Seguí meciéndome sobre él mientras me acariciaba el pecho, y tuve un orgasmo enorme pensando en Adrián, en sus manos, y en la excelente inversión que acababa de hacer en mi salud.

Madre mía. Con solo recordarlo y escribirlo vuelvo a estar excitada y mojada. Esto no es serio, en serio. Espero que os guste. Gracias por leerme, y nos vemos en septiembre.

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Comentarios (5)

Anahi77

excelente!! quede con ganas de mas

ValeriaMendez

Por favor que haya una segunda parte, no me dejaste dormir pensando como sigue esto jajaja

LorenaABC

Me encanto como se narra esa tension, esa mezcla de culpa y placer que no podes ignorar. Muy bien escrito, de verdad.

MartinaR88

tremendo relato!!!

Marcos86

Increible lo bien que esta narrado. Felicitaciones!

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