El desconocido del subte que no pude sacarme de la cabeza
El subte de las ocho menos cuarto siempre venía repleto. Yo me subía en la estación de siempre, me hacía un hueco como podía entre los cuerpos somnolientos y me aferraba al pasamanos metálico, esperando que el trayecto se hiciera corto. Vivía lejos del centro, así que el viaje era largo, y con los meses había aprendido a entretenerme mirando entrar y salir gente en cada parada. Esa se había vuelto mi distracción, mi pequeño cine privado a primera hora de la mañana.
La ciudad había cambiado mucho en los últimos años. Habían llegado personas de todas partes, y entre la multitud gris de oficinistas era inevitable que algunos llamaran la atención. Hombres altos, de hombros anchos, de piel oscura y manos enormes que se sujetaban del mismo tubo que yo, apenas a unos centímetros de las mías. Yo no podía evitarlo: los miraba de reojo y mi cabeza se iba sola hacia donde no debía.
¿Cómo se verá debajo de esa ropa?
Era una pregunta tonta, una que me hacía cada mañana sin esperar respuesta. Pero ese pensamiento bastaba para que el resto del viaje se me pasara con un cosquilleo entre las piernas y una sonrisa que disimulaba mirando por la ventanilla.
***
A uno en particular lo empecé a reconocer. Se subía dos estaciones después que yo y siempre quedaba más o menos en el mismo lugar, junto a la puerta del fondo. Era de los más altos del vagón, tanto que tenía que agachar un poco la cabeza para no rozar el techo. Llevaba el pelo corto y rizado, una campera oscura gastada en los codos y unos auriculares de los que se escapaba una música que nunca alcancé a distinguir. Tenía las manos más grandes que había visto en mi vida.
No sé qué día exactamente empecé a esperarlo. Solo recuerdo que una mañana el subte llegó sin él y sentí una decepción absurda, como si me hubieran quitado algo que era mío. Esa fue la primera vez que admití, para mis adentros, que ese desconocido se había convertido en parte de mi rutina. En la parte que más me gustaba.
Los días que sí venía, yo me las arreglaba para quedar cerca. No demasiado, lo justo para sentir el calor de su cuerpo cuando el vagón frenaba y la inercia nos empujaba a todos hacia adelante. En esos segundos en que la distancia se acortaba sin que ninguno hiciera nada, mi corazón se aceleraba como si estuviera haciendo algo prohibido.
Si supiera lo que pienso de él, se moriría de la vergüenza. O quizás no.
***
La fantasía empezaba siempre igual. Imaginaba que el vagón se vaciaba de golpe en una de esas estaciones intermedias, que la gente bajaba en masa y nos dejaba solos a los dos, parados frente a frente, sosteniéndonos del mismo tubo. Él me miraba sin decir nada y yo no apartaba la vista. No hacía falta hablar. Había algo en su forma de observarme, lento y seguro, que me hacía sentir pequeña y deseada al mismo tiempo.
En mi cabeza, él daba un paso y reducía la distancia que tanto cuidábamos en la realidad. Apoyaba una de esas manos enormes en el pasamanos, justo encima de la mía, encerrándome sin tocarme. Yo sentía su respiración cerca de mi pelo y se me erizaba la nuca. El subte seguía avanzando a oscuras por el túnel y nadie subía en las paradas, como si la ciudad entera nos hubiera regalado ese momento.
—No deberías mirarme así —me decía él, con una voz grave que yo me inventaba distinta cada vez.
—No puedo evitarlo —le contestaba yo, en esa versión de mí que en la vida real no existía, esa mujer atrevida que me habría gustado ser.
Y entonces su mano bajaba de mi cintura, despacio, hasta apoyarse en mi cadera. Me giraba para quedar de espaldas a él, de cara a la ventanilla negra del túnel, donde nuestro reflejo temblaba con cada bache de las vías. Yo veía sus ojos buscando los míos en el cristal y sentía su cuerpo pegado al mío, su pecho contra mi espalda, todo él rodeándome.
***
En esa parte de la fantasía siempre se me cortaba un poco la respiración, incluso ahí, parada entre desconocidos reales, fingiendo leer las publicidades del vagón.
Me imaginaba su mano colándose por debajo de mi abrigo, recorriéndome el vientre, bajando hasta el borde del pantalón. Yo estaba tan mojada en mi cabeza que sentía que cualquiera a mi alrededor podría darse cuenta. Él me desabrochaba el botón con una sola mano, sin prisa, disfrutando de hacerme esperar, y deslizaba los dedos por dentro hasta encontrar lo húmeda que estaba por él.
—Mirá cómo me esperabas —me susurraba al oído, y yo cerraba los ojos en el reflejo.
Sus dedos eran gruesos, torpes de pura grandeza, y me acariciaban el clítoris con una presión justa que me hacía morderme el labio para no gemir delante de todos. Primero un dedo, después dos, entrando con cuidado, probando cuánto cabía, cuánto aguantaba yo sin venirme abajo. Yo me arqueaba contra él buscando más, y él se reía bajito, satisfecho de tenerme así.
El reflejo en la ventanilla me mostraba la cara que pondría: los labios entreabiertos, las mejillas encendidas, los ojos a medio cerrar. Una cara que en la realidad jamás dejaría que nadie me viera en un subte lleno.
***
La parte que más me gustaba imaginar no era la prisa, sino la espera. Ese instante en que él se apretaba contra mí y yo sentía, a través de la tela, lo que llevaba escondido. Era grande, tan grande que en mi fantasía me daba un poco de miedo y muchísimas ganas al mismo tiempo. Me preguntaba, parada en aquel vagón real, si de verdad existiría un hombre así o si me lo estaba inventando entero.
En mi cabeza, él me bajaba el pantalón apenas, lo justo para dejarme expuesta, y yo me sostenía del pasamanos con las dos manos para no caerme cuando empezara. Sentía la punta buscando la entrada, abriéndome despacio, milímetro a milímetro, y a mí se me escapaba el aire de a poco. No entraba de golpe. Se tomaba su tiempo, dejándome acostumbrar, dejándome sentir cada centímetro como si fuera el último.
Cuando por fin cabía completo, yo me quedaba quieta, atravesada por una sensación que no sabía si era placer o si era demasiado. Me sentía llena de una manera que no había sentido nunca, tan ajustada que el más mínimo movimiento de él me recorría entera. Y él lo sabía. Se quedaba quieto a propósito, dentro de mí, esperando a que yo le pidiera que empezara.
—Por favor —decía yo, sin reconocer mi propia voz.
***
El ritmo empezaba lento. Sus manos en mis caderas me marcaban el compás, me sostenían firme contra él mientras el subte se sacudía y disimulaba nuestros movimientos. Cada embestida me empujaba contra el cristal frío y yo apoyaba la frente ahí, mirando pasar la oscuridad del túnel, sintiéndolo crecer dentro de mí con cada vaivén.
Después él aceleraba. Lo que había empezado como una caricia se volvía algo más hambriento, más profundo, y yo tenía que apretar los dientes para que el vagón entero no me escuchara. En mi fantasía nadie nos miraba, nadie existía, solo estábamos él y yo y ese movimiento que nos compenetraba hasta perder la cuenta de las estaciones.
Yo me imaginaba aguantando todo lo que pudiera, alargando el momento, porque sabía que cuando terminara volvería a ser solo una mujer más colgada de un pasamanos camino al trabajo. Y no quería que terminara. Quería que ese viaje no acabara nunca, que el túnel siguiera y siguiera, que él no parara.
El clímax, en mi cabeza, me llegaba justo cuando una voz metálica anunciaba mi estación. Como si la realidad se metiera de golpe a recordarme que todo aquello era mentira.
***
«Próxima estación», decía la grabación, y yo abría los ojos de golpe.
Seguía ahí, de pie, vestida, sudada por dentro del abrigo, aferrada al mismo tubo de siempre. El desconocido continuaba en su rincón junto a la puerta del fondo, con los auriculares puestos, ajeno por completo a todo lo que acababa de hacerme en mi imaginación. Ni siquiera me había mirado. Probablemente no sabía que yo existía.
Bajé del vagón con las piernas un poco flojas y el pulso todavía acelerado. En el andén, el aire frío me dio en la cara y me devolvió de a poco a mi día real, al café que me esperaba, a las reuniones, a la vida normal de una mujer normal. Pero el cosquilleo seguía ahí, latiendo entre mis piernas, insistente, como un recordatorio de lo que mi mente era capaz de hacer con un desconocido y un trayecto largo.
Esa mañana, mientras caminaba hacia la oficina, supe que no iba a poder concentrarme en nada. Lo arrastré conmigo todo el día: en el ascensor, en la pausa del mediodía, cada vez que cerraba los ojos un segundo de más. La fantasía no se apagaba; al contrario, cada vez que la repetía le agregaba un detalle nuevo, una palabra, una mano en un lugar distinto.
***
Llegué a casa de noche, cansada y todavía caliente. Me saqué el abrigo, los zapatos, me dejé caer en la cama sin encender más que la lámpara de la mesita. Y ahí, por fin sola, me permití terminar lo que el subte había empezado.
Metí la mano por dentro de la ropa y me encontré igual de mojada que en mi fantasía, como si mi cuerpo hubiera estado esperando todo el día este momento. Cerré los ojos y volví al vagón, al pasamanos, al reflejo en la ventanilla, a esas manos enormes que jamás me habían tocado y que sin embargo conocía de memoria.
Me acaricié despacio, igual que él lo hacía en mi cabeza, alargando la espera como me gustaba. Lo imaginé entero, su peso, su voz inventada, la forma en que me llenaba hasta no poder más. Y esta vez no había ninguna grabación que me interrumpiera, ninguna estación que me devolviera a la realidad.
Me vine pensando en él, en un hombre cuyo nombre nunca supe, cuya voz nunca escuché, que probablemente jamás volvería a ver. Y cuando todo pasó y me quedé tendida, con la respiración entrecortada y una sonrisa boba en la cara, pensé que quizás eso era lo mejor de mi desconocido del subte: que mientras viviera solo en mi imaginación, podía ser exactamente como yo quisiera, todas las mañanas, sin fallarme nunca.
Mañana, a las ocho menos cuarto, ahí estaré de nuevo.