Seduje a mi profesor casado en mi primer mes de facultad
Después de tres años insistiendo, por fin me aceptaron en la universidad de la capital. En casa fue todo un problema: que iba a estar sola, que la ciudad era peligrosa, que mejor estudiara cerca. Mi madre y mi abuela se turnaban para asustarme. Pero a fuerza de rogar noche tras noche, terminaron cediendo.
Llamé a mi tía Marta para avisarle y me respondió feliz:
—¡Vente cuando quieras, acá tienes tu lugar!
Viajé la semana antes de empezar. Mi tía me esperaba en la terminal con su esposo, Esteban, y sus dos hijas, todas muy cariñosas. Esa noche hicieron carne asada para recibirme, como en mi pueblo del norte, y comimos hasta tarde. Las niñas me llevaron al que sería mi cuarto: un viejo cuarto de lavado de cuatro por cuatro que habían pintado de morado, con una cama individual, una silla y una ventana que daba a la calle. Quedó bonito. Me dormí enseguida y desperté hasta el domingo, con el sol pegándome en la cara.
Esa tarde me llevaron a conocer el camino a la facultad. Estaba cerrada, pero querían que supiera bajarme en la estación correcta. El metro me dio algo de miedo, nunca había subido a uno y había demasiada gente, aunque todo salió bien. Después fuimos por despensa. Noté que Esteban era muy atento conmigo, siempre buscando charla, un poco entrometido. Tenía como cincuenta años; mi tía, cuarenta. Mientras llenábamos el carrito, me miraba elegir cosas con un interés que fingía disimular.
Antes de irse, mi tía me explicó la situación: ellos vivían entre semana en su otra casa, a dos horas, donde estudiaban las niñas. El departamento donde yo me quedaba casi no lo usaban. Vendrían a verme los fines de semana y, mientras tanto, los vecinos del edificio eran amables por si necesitaba algo. Esa noche, sola en mi cuarto morado, me quedé despierta imaginando cómo sería mi primer día.
***
La primera persona que conocí fue al profesor Rolando. Un hombre común a simple vista: cuarenta y nueve años, casado, con cuatro hijos, algo pasado de peso, barbón, de cabello corto. Llegué temprano al salón porque el departamento quedaba a unos minutos caminando, y él ya estaba ahí, leyendo el periódico con un café. No me escuchó entrar. Cuando lo saludé, levantó la vista, se quedó un segundo de más mirándome el escote y luego subió los ojos, rojo como un tomate.
—¿Eres alumna? —preguntó.
—No, soy la maestra nueva —le dije, seria.
Se rió, aliviado, y me confesó que el maestro era él. Bromeamos un rato. Me cayó bien de inmediato: esa timidez en un hombre grande me pareció encantadora. Tuve que hacerle preguntas porque se quedaba callado. Me habló de su esposa, de sus hijos, de los dos perros con los que jugaba los domingos. Yo le conté que había llegado del norte dos días antes y que solo conocía el centro comercial. Nos reímos. Entonces fueron entrando los demás y me senté adelante, donde se aprende mejor. A la salida me detuvo una compañera, Daniela, para pedirme unos apuntes, y no pude acercarme más a él.
Dos días después, cuando me tocaba otra vez su clase, me preparé. Elegí una blusa rosa pegada, con un escote que dejaba ver el nacimiento de mis pechos, y unos jeans claros que marcaban todo lo demás. Sabía perfectamente lo que hacía. Hasta Esteban me había mirado salir así de casa, fingiendo que revisaba su teléfono.
Llegué temprano de nuevo. El profesor Rolando estaba solo. Esta vez lo saludé de beso, acercándome lo suficiente para que sintiera mi cuerpo contra el suyo.
—Buenos días, profe. Usted siempre tan puntual —le dije.
—Hola, Bianca —tragó saliva, mirándome de reojo—. Es mi responsabilidad.
Me di la vuelta despacio para dejar la mochila en mi asiento, y noté en el reflejo de la ventana cómo bajaba la mirada. Me gustó.
—¿Ya conoces algo más que el centro comercial? —preguntó, buscando charla.
—Nada, profe. No he salido de mi cuarto. Debería llevarme usted a conocer algún lugar —solté, mirándolo fijo.
—Me gustaría, pero mi esposa… —se quedó pensativo, nervioso—. No sé.
—Usted tiene mi teléfono. Y su esposa ni viene a la escuela —reí.
No alcanzó a responder porque empezaron a llegar los demás. Se sentó en su escritorio, todavía colorado, y arrancó la clase. Ya no pudimos hablar.
***
Esa primera quincena me costó adaptarme. Cocinar, comprar comida, vivir sola entre semana. No conocía a nadie, así que iba de la facultad a casa y de casa a la facultad. El fin de semana venía mi tía con las niñas y la pasábamos bien, pero el domingo, cuando Esteban llegaba por ellas, me invadía una tristeza enorme. No quería quedarme sola.
La semana siguiente coincidí dos veces más con el profesor Rolando. Las dos lo fui a saludar y a coquetearle. En la última clase, al terminar, se acercó y me preguntó si ya había conocido la ciudad. Le dije que no, que aún no me mandaban dinero de casa. Entonces, casi sin mirarme, me preguntó si había desayunado. Aunque sí lo había hecho, le dije que no, y aceptó la jugada: me invitó a comer al salir.
Estuve emocionada el resto del día. No era especialmente guapo, pero me atraía esa manera suya de tratarme, su timidez, el hecho de ser un hombre prohibido. Me gustan muchos tipos de hombres, y este me había llamado la atención.
A las cinco salí de la clase del profesor Téllez —que también me miraba, aunque esa es otra historia— y encontré a Rolando esperándome en su auto, tan nervioso que parecía a punto de arrancar y huir. Me subí. Ese día llevaba un pants amarillo ajustado, blusa blanca y tenis, después de educación física, y sabía que se me marcaba todo.
—Gracias por esperarme, profe. Disculpe la tardanza —dije, acomodándome.
—Para nada, Bianca. Qué bueno que viniste —contestó con una mezcla de morbo y sorpresa—. Vamos.
Me llevó a un restaurante lejos del centro. Por el camino me explicó, sin que yo se lo pidiera, que nunca lo veían con nadie que no fuera su esposa, que la amaba, que jamás la había engañado. A mí esas cosas me daban igual. En la mesa me hizo mil preguntas sobre la facultad y sobre mi vida en el norte. De vez en cuando se quedaba callado mirándome, incluso después de dos cervezas. Al terminar pasamos a un centro comercial: quería comprarle una mascota a su hija. Tardó en decidirse y se llevó dos tortugas con una pecera bonita. Yo aproveché para sugerirle, medio en broma, que también me comprara algo. Terminó regalándome unas botas negras carísimas. Me dio hasta pena, pero me encantaron.
Cuando me dejó frente al edificio, se detuvo a darme las gracias.
—Gracias a usted, profe, por las botas. Me van a quedar divinas.
—Ya me imagino —sonrió.
—¿Le gustaría vérmelas puestas?
Hubo dos segundos de silencio.
—Claro —dijo, casi sin aire.
***
Bajé del auto con la mochila y él me siguió. El departamento estaba en el tercer y último piso. Subí las escaleras despacio, disfrutando de su mirada clavada en mí. Abrí la puerta y entramos a la sala vacía.
—Pase, profe. No hay nadie. Mi tía llega hasta mañana.
—Qué linda eres, Bianca. ¿Entonces vives aquí sola?
—Sí. Ella viene cada quince días y me trae despensa.
—Después yo te llevo a comprar una —bromeó, intentando relajarse.
—Si quiere, profe. Espéreme aquí, voy a ponerme las botas.
Entré a mi cuarto y me cambié. Salí con una falda blanca de algodón, ajustada, que me llegaba a medio muslo, unas medias hasta arriba y las botas nuevas. Por debajo, nada más que una tanga negra. Rolando me recorrió de arriba abajo, mudo, con los ojos enormes.
—Bianca, qué piernas… No puedo creer que estés frente a mí así —murmuró, acercándose.
Me senté en la cama y abrí apenas las piernas, lo justo para que se viera la tanga. Él se quedó clavado.
—Si no se lo cree, tome una foto para acordarse —reí.
—¿En serio puedo? —sacó el teléfono con un poco más de confianza.
—Si quiere —dije, posando, acomodándome de la forma más provocadora que pude.
Me tomó varias fotos, cada vez más atrevido. Luego, en voz baja, casi suplicando:
—¿Crees que… podría grabarte? Solo para mí. Nunca se lo enseñaría a nadie, te lo juro. Mi esposa me dejaría.
—No sé, profe —dudé, alargando el momento—. Bueno, un poquito. Total, me compró las botas.
Encendió la cámara.
—Hola, Bianca. Qué bonita eres.
—Hola, profe Rolando —saludé a la cámara con la mano.
—¿Te puedo pedir un favor? —dijo, después de un silencio cargado—. Desde el primer día no puedo dejar de pensar en tu cuerpo. Necesito verte completa.
Me reí, encendida por su desesperación. Me puse de pie, le di la espalda y me levanté la falda hasta la cintura. Lo escuché suspirar fuerte.
—Dios mío, Bianca —su voz temblaba—. No me lo creo.
—¿Así está bien, profe?
—Perfecto. ¿Puedo… puedo acercarme? ¿Puedo tocarte?
—No sé, profe… —jugué—. ¿No le da pena? Hice ejercicio todo el día, debo oler a sudor.
—Es el olor más rico del mundo —respondió, ya hincado en el piso detrás de mí.
El morbo con el que hablaba de mí me prendía tanto como a él. Sentí su mano fría apretándome con una mezcla de ternura y deseo contenido, y después su respiración pegada a mi piel, aspirando el calor de mi cuerpo después del día. Acomodó el teléfono en la cama para que siguiera grabando y me sujetó con las dos manos.
—Estás húmeda, Bianca —susurró, y sin avisar me besó por detrás.
Sentí su lengua recorrerme y se me escapó un gemido.
—Ay, profe, qué rico. Me excita muchísimo usted.
Yo misma empujé las caderas hacia atrás, buscando su boca, y él se entregó como un desesperado, lamiendo, jadeando, perdido por completo. Estaba tan caliente como yo.
—Profe, quiero que me la meta —le rogué.
—Ya quiero, Bianca, mmm, estás deliciosa —se separó para bajarse el pantalón.
Me senté en el borde de la cama, frente a él, y lo atraje de la mano. Le terminé de desabrochar el pantalón y se lo bajé. El bóxer estaba empapado, marcando todo el bulto. Se lo bajé también: su erección quedó frente a mi cara, gruesa, dura, goteando. La tomé con las dos manos, fascinada por el tamaño, y empecé a masturbarlo despacio. Le di unos besos en la punta.
—Qué rica, profe. Me encanta.
—Espera, espera —me detuvo de pronto, cerrando los ojos.
—¿Qué pasa? ¿No le gusta?
—Al contrario, mi amor. Es lo mejor que me ha pasado. Estoy tan excitado que me voy a venir.
—No hay problema —reí, y seguí, suave, de la base a la punta.
Él levantó el teléfono y grabó mientras yo lo besaba y lo lamía. A los pocos segundos me empujó apenas hacia su cuerpo, metió la punta en mi boca y sentí los chorros calientes uno tras otro. Apreté los labios y tragué lo que pude, mirándolo gozar con los ojos cerrados.
—Ay, Bianca, qué boca tienes, me enamoré de ti —jadeaba.
Cuando terminó, me la saqué de la boca y sonreí a la cámara.
—Abre, mi vida. ¿Te lo tomaste? —pidió.
Negué con la cabeza, los labios cerrados, jugando. Después abrí la boca, le enseñé lo que quedaba y me lo terminé de tragar.
—Listo. Riquísimo —reí.
—Perdóname, me vine demasiado rápido —dijo, apenado, satisfecho y nervioso a la vez—. Es que me excitas como nadie. Tenía tres años sin hacer esto.
—No pasa nada, profe —me acerqué y le di un beso en la boca—. Quizá la próxima podamos hacer otro video.
—Sí, quiero —se le iluminó la cara.
En ese momento sonó su teléfono. Veinte llamadas perdidas de su esposa. Palideció.
—No puede ser. Me va a matar. Tengo que irme, Bianca. Me encantas.
—Está bien, profe. Nos vemos.
Se despidió disculpándose otras cien veces por haberse venido tan pronto. Cuando cerré la puerta, me di cuenta de que yo seguía empapada, ardiendo, con las ganas intactas. Me dejé caer en la cama, me bajé la tanga y terminé lo que él había empezado, con el recuerdo todavía fresco de su boca. Después me quedé dormida, sonriendo, pensando en la próxima clase.