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Relatos Ardientes

Soñé con mi exmujer y desperté empapado en sudor

Desperté con el corazón golpeándome las costillas y las sábanas pegadas a la espalda. Eran las siete de la mañana de un miércoles cualquiera, y por la ventana entreabierta entraba el ruido del primer tráfico. Pero yo no estaba en ese miércoles. Seguía atrapado en el sueño, con cada imagen todavía nítida detrás de los párpados, como si alguien me hubiera proyectado una película en la oscuridad y se negara a apagar el proyector.

Había soñado con Marina. Con mi exmujer.

Me quedé quieto un rato largo, mirando el techo, intentando retener los detalles antes de que se disolvieran. Te lo cuento porque necesito sacarlo de mí. Porque si lo escribo, quizá deje de perseguirme. O quizá, y esto es lo más honesto que puedo decir, porque quiero revivirlo una vez más con palabras.

Marina y yo nos separamos hace tres años, después de siete de matrimonio. Fue una ruptura tranquila, sin gritos ni abogados peleando por la vajilla. Nos quisimos hasta el final, solo que dejamos de sabernos. La rutina nos fue desgastando como el agua a una piedra, despacio, sin que ninguno se diera cuenta hasta que ya era tarde. Cada uno siguió su camino. Pero hay algo que nunca se apagó del todo, y vuelve en noches como esta, cuando bajo la guardia y el deseo se cuela por donde puede.

En el sueño todo empezaba como empezaban antes nuestras tardes de verdad. Yo estaba en la casa que tuvimos en las afueras, esa con el jardín que nunca cuidamos y las baldosas frías del salón. Marina entraba por la puerta con la falda recta del trabajo y una blusa clara que la luz del atardecer volvía casi transparente. El pelo castaño suelto sobre los hombros, los ojos verdes buscándome con esa media sonrisa que siempre supo lo que provocaba.

—Hola —dijo, y dejó las llaves en la mesa sin dejar de mirarme.

Yo tenía un libro abierto sobre las piernas, uno cuyo título no recuerdo ni en el sueño. Se me cayó al suelo cuando ella se sentó a mi lado y su rodilla rozó la mía.

Empezó a contarme algo de su día, una historia banal sobre una reunión, pero sus dedos no acompañaban a sus palabras. Subían despacio por mi muslo, dibujando círculos perezosos, y yo sentía cómo la piel se me erizaba detrás de cada movimiento.

—Te he echado de menos —murmuró, y esta vez no sonaba a frase de cortesía.

La besé. Fue un beso lento al principio, de reconocimiento, como cuando vuelves a una ciudad donde viviste y compruebas que las calles siguen donde las dejaste. Su boca tenía el mismo sabor, su forma de morderme el labio inferior era la misma, y eso me desarmó por completo. Respondió con avidez, una mano en mi nuca, atrayéndome como si tuviera miedo de que yo fuera el que se fuera esta vez.

Mis dedos encontraron los botones de su blusa y los fui soltando uno a uno. Debajo llevaba un sujetador de encaje, de esos que en otra época elegíamos juntos frente a la pantalla, riéndonos de los nombres absurdos de los colores. Pasé la palma sobre la tela y noté sus pezones endurecerse bajo el roce. Marina arqueó la espalda, buscando más contacto.

—No pares —dijo contra mi oído.

Bajé la boca por su cuello, por la curva donde le latía el pulso, hasta el hueco entre los pechos. Le solté el sujetador con un movimiento que mis dedos recordaban de memoria. Tomé un pezón entre los labios y lo trabajé con la lengua, primero apenas, después con más insistencia, y cada vez que la oía respirar entrecortado me crecía algo en el pecho que no era solo deseo.

Ella tampoco se quedaba quieta. Su mano bajó hasta mi cinturón y lo soltó con una urgencia que me hizo sonreír contra su piel. Me acarició por encima de la ropa, midiendo cuánto la deseaba, y luego deslizó la mano dentro.

—Estás igual de impaciente que siempre —susurró, y su voz se había vuelto ronca.

Me movía despacio, con esa firmeza que conocía mejor que nadie en el mundo. Yo cerré los ojos y dejé que el placer me subiera por la columna como una corriente. Le levanté la falda hasta las caderas y la encontré húmeda a través de la tela fina de la ropa interior.

—Y tú estás empapada —le dije.

Se mordió el labio en lugar de contestar. Aparté la tela con un dedo y la acaricié justo donde sabía que se volvía loca, en movimientos lentos que la hicieron temblar y agarrarse a mi hombro.

***

Nos levantamos del sofá tropezando, riéndonos de nuestra propia prisa, y la llevé al dormitorio. Era nuestra habitación, con la cama grande donde habíamos pasado tantas noches y tantos domingos enteros sin levantarnos. La tumbé boca arriba y le terminé de quitar la falda y la ropa interior, despacio, mirándola, porque en el sueño tenía todo el tiempo del mundo.

Me arrodillé entre sus piernas y empecé por el interior de los muslos, besando la piel tibia, acercándome sin prisa. Marina enredó los dedos en mi pelo, no para apurarme, solo para tenerme. Cuando por fin la lamí, soltó un gemido largo que se le escapó de muy adentro.

—Así —dijo—. Despacio, justo así.

Trabajé con la lengua y con dos dedos, buscando ese punto que tantas veces habíamos encontrado juntos, y la sentí contraerse alrededor de mí. Sus caderas subían a buscar mi boca, su respiración se rompía en pedazos cada vez más cortos.

—No pares, que me corro —jadeó.

No paré. Aumenté el ritmo y ella se arqueó entera, una mano apretando la sábana y la otra sobre la mía. Llegó con un grito ahogado contra el dorso de su muñeca, el cuerpo sacudiéndose en oleadas que tardaron en calmarse. La miré mientras volvía en sí, el pecho subiendo y bajando, los ojos vidriosos.

—Ahora me toca a mí —dijo, y me empujó para cambiar de lugar.

Me tumbó de espaldas y me recorrió el torso con la boca, sin prisa, deteniéndose donde sabía que me gustaba. Bajó por el abdomen y me terminó de desvestir. Cuando me tomó con la boca, todo el aire se me escapó de golpe. Su lengua, su manera de mirarme hacia arriba mientras lo hacía, esa combinación me había vuelto loco durante siete años y seguía haciéndolo.

—Vas a acabar conmigo —murmuré, y ella sonrió sin soltarme.

La detuve antes de tiempo, porque no quería que terminara todavía, no en el sueño donde todo era posible. La giré con cuidado y la coloqué de rodillas sobre la cama. Le acaricié la espalda, las caderas, y me hundí en ella despacio, sintiendo cómo me recibía, cálida y apretada, como si nuestros cuerpos no hubieran registrado el paso de los años ni la distancia.

—Te he echado de menos así —dijo entre dientes, y empujó hacia atrás para sentirme entero.

***

Empecé a moverme con un ritmo que fue creciendo solo. Mis manos en sus caderas, su espalda arqueada, los gemidos de los dos mezclándose en el aire quieto de la habitación. Después cambiamos, y se puso encima de mí, cabalgándome con esos círculos lentos de la cadera que eran solo suyos. Sus pechos se mecían con cada movimiento y yo le sostenía la mirada, incapaz de apartar los ojos.

—Mírame —le pedí.

—Te estoy mirando —contestó, sin perder el ritmo.

Llevé un pulgar hasta donde nos uníamos para acariciarla mientras se movía, y la sentí tensarse otra vez, acercándose a un segundo orgasmo. Se inclinó hacia delante para besarme y el cambio de ángulo nos arrancó a los dos un sonido que ninguno controló.

El sueño parecía saber lo que queríamos, porque cada escena se transformaba en otra sin esfuerzo. Nos encontramos de costado, ella de espaldas contra mi pecho, mi brazo rodeándola y mi boca en su cuello. Era la posición más íntima de todas, la de las mañanas perezosas, cuando hacíamos el amor sin terminar de despertar. Le susurraba cosas al oído y ella respondía apretándose contra mí, buscando que entrara más hondo.

—No quiero que esto se acabe —dijo, y por un segundo no supe si lo decía la Marina del sueño o el recuerdo de la de verdad.

El sudor nos cubría a los dos, resbalando por la piel, y el deseo se había vuelto algo crudo y simple. La puse de nuevo boca arriba, con las piernas sobre mis hombros, y la penetré hondo, mirándole la cara mientras lo hacía. Cada embestida la hacía cerrar los ojos y abrir la boca sin que saliera ningún sonido, hasta que el sonido llegó, alto y descontrolado.

—Así, no pares —repetía—. Así.

Sentí que ya no aguantaba más. El placer se me acumulaba en el vientre, imparable, y ella lo notó, porque me clavó los talones en la espalda para que no me detuviera. Sus paredes se contrajeron alrededor de mí justo cuando yo perdía el control, y acabamos casi al mismo tiempo, ella gritando mi nombre, yo derramándome dentro con un temblor que me sacudió de la cabeza a los pies.

Nos quedamos abrazados, exhaustos, su corazón latiendo contra mi pecho. En el sueño todavía éramos nosotros. En el sueño nada se había roto.

***

Y entonces desperté. Solo, en mi cama de la ciudad, con las sábanas húmedas y el techo blanco encima de mí. El reloj seguía marcando las siete. El tráfico seguía subiendo por la ventana. Y Marina seguía a tres años de distancia, en otra casa, en otra vida que yo ya no compartía.

Me quedé un rato así, sin moverme, dejando que la sensación se enfriara despacio. No me masturbé. No habría sido lo mismo, y además no era eso lo que el sueño me había pedido. Lo que me había pedido era acordarme. Acordarme de que hubo un tiempo en que nos sabíamos de memoria, en que el deseo no necesitaba excusas ni explicaciones, en que bastaba con que ella dejara las llaves en la mesa para que todo lo demás sobrara.

Cogí el teléfono. Tenía su número todavía, claro que lo tenía. Escribí «Soñé contigo» y lo borré. Escribí «¿Cómo estás?» y también lo borré. Al final dejé el teléfono en la mesita y me levanté a hacer café, porque algunas cosas es mejor dejarlas donde están, en ese territorio incierto entre lo que fue y lo que pudo seguir siendo.

Pero te confieso una cosa, ahora que ya lo escribí y debería sentirme más liviano. Esta noche, cuando apague la luz y cierre los ojos, voy a desear que el sueño vuelva. Voy a desear que Marina entre otra vez por esa puerta, deje las llaves en la mesa y me mire como solo ella sabía mirarme. Porque hay fantasías que uno no elige, y la mía, al parecer, tiene su cara, su voz y su forma exacta de morderme el labio.

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Comentarios (5)

CharlySur

tremendo relato, me dejó pensando en cosas que no debería jaja

PilarN_

Ay dios mio, cuántas cosas despiertan los sueños que no terminamos de soltar... muy bien narrado, se siente real.

Miguele_rs

lo leí dos veces, una no alcanzó

elena_lectora

Me recordó a algo que me pasó hace tiempo. Los sueños no avisan y te dejan hecho mierda al despertar. Muy bueno.

Romulo_77

Esperando el proximo!!! Sos muy buen narrador

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