La vendedora tatuada y mi fantasía en el probador
Un sábado por la mañana, Andrés entró en una tienda de ropa del centro comercial a comprarse una camisa nueva para una reunión importante. Nada del otro mundo: solo quería algo decente que no oliera a naftalina. El local estaba casi vacío, música suave de fondo, olor a tela nueva y a perfume barato.
Y entonces la vio.
Detrás del mostrador había una chica de veintipocos, delgada y menuda, pero increíblemente bien puesta. Piel morena, como latina, con un brillo suave que invitaba a recorrerla con la lengua. El pelo negro corto y revuelto, un piercing diminuto en la nariz que le daba un aire de niña mala. Tatuajes delicados trepaban por los dos brazos: flores, serpientes, símbolos que se perdían bajo las mangas cortas de la camiseta negra ajustada. En el cuello largo y elegante, una mariposa tatuada que parecía cobrar vida cada vez que ella giraba la cabeza.
Los labios eran lo peor de todo: gruesos, carnosos, pintados de un rojo oscuro que parecía gritar una invitación. Las tetas, medianas pero perfectas, redondas y firmes bajo la camiseta, los pezones marcándose apenas cuando se movía, como pidiendo una boca que las mordiera despacio.
Ella lo saludó con una sonrisa profesional, la voz suave con un acento que podía ser colombiano o algo parecido.
—¿Buscas algo en concreto? —preguntó.
Andrés murmuró algo sobre camisas, pero ya estaba perdido. La siguió con la mirada mientras ella se movía entre las perchas, contoneando ese culo pequeño y firme dentro de unos vaqueros ajustados que le marcaban hasta el último pliegue. El cuello largo se estiraba cuando alcanzaba una prenda alta, y la mariposa parecía aletear.
Le contestó con monosílabos. Talla mediana, color claro, algo formal pero no demasiado. Ella asentía, sacaba camisas de la estantería, las desdoblaba sobre el mostrador con dedos finos llenos de anillos baratos. Andrés fingía mirar la tela, pero en realidad miraba cómo se le movía la mariposa cada vez que ladeaba la cabeza, y cómo la luz del techo le encendía el brillo del piercing en la nariz.
Joder. No vine a esto.
Y ahí, de pie entre estanterías de algodón doblado, con una camisa de cuadros en la mano y la reunión del lunes a kilómetros de su cabeza, Andrés empezó a inventar lo que nunca iba a pasar.
***
En su cabeza, ella se giró de repente y lo miró directo a los ojos con una sonrisa que ya no tenía nada de profesional.
—Ven, te ayudo a probártela —le dijo bajito—. Pero en el probador del fondo, que está más tranquilo.
Andrés la siguió como un autómata. Entraron en el probador grande, corrieron la cortina. Ella colgó la camisa en la percha, se giró despacio y se pegó a él, los labios gruesos a un centímetro de su boca.
—Te he visto mirándome el cuello —susurró—. ¿Quieres morderlo mientras me follas?
Él no contestó con palabras. Le agarró ese cuello largo con una mano, le clavó los dientes justo debajo de la mariposa tatuada mientras con la otra le subía la camiseta negra y le sacaba esas tetas medianas, morenas, de pezones oscuros que se le pusieron duros en la lengua cuando los chupó con hambre.
Ella gimió bajito, le bajó la cremallera y le sacó la polla, ya tiesa y latiendo.
—Mira cómo la tienes —dijo, y se la restregó por la mejilla—. A ver si me cabe entera.
Se arrodilló en el suelo estrecho del probador, los labios gruesos se abrieron y se la tragó hasta el fondo de una sola vez, atragantándose con ganas, mirándolo desde abajo con esos ojos pintados mientras la lengua le recorría las venas y le succionaba los huevos. Hilos de saliva le resbalaban por la barbilla y caían sobre las tetas que aún llevaba fuera de la camiseta.
—Parece que llevas meses sin correrte, papi —susurró ella sacándosela un segundo, untándose la cara morena de saliva antes de volver a metérsela entera.
Andrés le agarró el pelo negro corto y le folló la boca con movimientos profundos pero controlados, para no hacer ruido. La sentía atragantarse y aun así no paraba: se metió una mano por debajo de la camiseta, se pellizcó los pezones y se frotó el coño por encima de los vaqueros.
***
La levantó de golpe, la puso de pie y la giró contra el espejo grande del probador. La camiseta negra subida hasta el cuello, las tetas reflejadas en el cristal, los tatuajes de los brazos brillando bajo la luz fría. Le bajó los vaqueros ajustados y las bragas de un tirón hasta medio muslo: el culo pequeño y firme, moreno, la entrepierna depilada y ya brillante de deseo. El coño carnoso, los labios hinchados, chorreando como si llevara horas pensando en aquello.
Le abrió las nalgas, escupió en el coño y le clavó dos dedos mientras le mordía el cuello largo, justo donde temblaba la mariposa. Ella gimió contra el espejo, empañándolo con el aliento caliente, empujando hacia atrás para tragarse más dedos.
—Cómemelo, cabrón —jadeó—. Méteme la lengua antes de reventarme.
Andrés se arrodilló detrás, le abrió más ese culo precioso y le clavó la lengua directo en el coño jugoso. Chupó los labios, lamió el clítoris hinchado, le revolvió el ojete con un dedo mientras ella se aferraba al espejo y temblaba, gimiendo bajito para que no la oyeran fuera. La mariposa del cuello parecía aletear cada vez que ella arqueaba la espalda.
Se incorporó, la polla morada de tan tiesa, y se la restregó por la raja empapada un par de veces. Ella giró la cabeza y lo miró por el reflejo, los labios gruesos entreabiertos.
—Métemela ya —pidió—. Quiero que me folles contra el espejo hasta que no pueda caminar.
***
Andrés le agarró las caderas delgadas, le levantó una pierna y se la clavó de una sola estocada hasta el fondo. Ella gritó ahogado contra el cristal, las tetas rebotando contra la superficie fría, los pezones rozando su propio reflejo mientras él empezaba a bombear: profundo, rápido, los huevos golpeando ese culo pequeño con cada embestida.
El probador entero olía a sexo. El espejo se empañaba con el vaho de los dos. Los tatuajes parecían moverse con cada golpe, las serpientes de los brazos retorciéndose, las flores abriéndose y cerrándose al ritmo de la carne. Fuera, a un par de metros, la música suave seguía sonando como si nada, y eso lo ponía todavía más.
Ella giró la cabeza, los labios brillantes de saliva, y le gruñó entre gemidos:
—Más fuerte. Rómpeme y déjame saliendo a atender clientes con las piernas temblando.
Él le agarró los brazos tatuados, se los estiró hacia atrás como riendas y aceleró: adentro hasta el fondo, afuera casi entera, adentro otra vez con un golpe seco que le sacudía todo el cuerpo delgado. Con la otra mano le frotaba el clítoris, follándola sin tregua mientras ella temblaba y se mojaba caliente por los muslos morenos.
La vendedora se corrió fuerte, el coño apretándole la polla en contracciones brutales, gimiendo contra el cristal hasta empañarlo entero. Las tetas rebotaban salvajes, los tatuajes de los brazos tensos como si fueran a romperse.
Andrés ya no podía más. Después de un mes de normalidad, de rutina, de cabeza baja, la polla le latía hinchada al máximo dentro de ese coño joven y resbaladizo. Le soltó los brazos, le agarró el cuello largo con una mano apretando justo debajo de la mariposa, le tapó la boca con la otra para que no gritara demasiado y dio las últimas estocadas como un poseso: profundas, brutales, haciendo temblar el tabique del probador.
Se clavó hasta el fondo una vez más, gruñó contra su nuca mordiendo la mariposa y explotó: chorro tras chorro, tan fuerte que la sentía rebosar alrededor de la polla. Se quedó clavado, palpitando, vaciándose como si no hubiera follado en años, mientras ella temblaba debajo, el coño exprimiéndole cada gota.
Se quedaron así un segundo eterno, jadeando, pegajosos, oliendo a sexo entre perchas y camisas colgadas.
***
—¿Todo bien ahí dentro? ¿Le ayudo en algo más con la talla o prefiere otra camisa?
La voz real de la vendedora cortó desde fuera de la cortina, suave y profesional.
Andrés parpadeó. El espejo estaba limpio, sin una gota. La cortina cerrada, pero él estaba solo, de pie con la camisa a medio probar, la polla latiendo dolorosamente dura dentro del pantalón, una mancha húmeda empapándole la ropa interior. Ni un ruido, ni un olor, ni una marca de dientes en ningún cuello.
La chica de verdad esperaba afuera, ajena a todo, con su sonrisa educada y sus tatuajes quietos bajo la camiseta negra.
Andrés carraspeó, la voz ronca.
—Eh… no, gracias. Me llevo esta.
Pagó rápido en caja, evitando mirarle los labios y el cuello, y salió de la tienda con la bolsa en la mano y la erección aún apretando el pantalón.
De camino a casa, sin darse cuenta, tomó otra vez la calle larga, la que daba el rodeo.
Aunque alguna vez pagué por follar de verdad, la cabeza sigue siendo mi favorita: gratis, sin riesgos, siempre dispuesta.
Y Andrés sabía que de eso no iba a curarse nunca del todo. Porque en esta vida, a veces, lo único que te queda es el camino largo a casa: la polla dura y la cabeza llena de mujeres que jamás vas a tocar.
Y eso, a su manera, era lo que lo mantenía vivo. O lo que lo mataba despacio.