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Relatos Ardientes

Lo esperé desnuda detrás de la puerta

Damián estaba en la oficina y la casa entera respiraba un silencio raro, denso, como si las paredes también estuvieran esperando algo. Yo llevaba puesto un camisón blanco que dejaba ver más de lo que escondía, y una urgencia se me iba subiendo por dentro, lenta, igual que una ola que crece antes de romper. Me temblaban los dedos. Sabía perfectamente que no iba a aguantar.

Me levanté del sofá. Crucé el salón descalza, sintiendo la lana de la alfombra bajo las plantas de los pies, y me quedé de pie en el centro de la habitación. Las paredes claras, los muebles de líneas rectas, todo ese orden ajeno se convirtió de pronto en un sitio solo mío, un lugar donde nadie iba a juzgar lo que estaba a punto de hacer.

Me senté en el suelo y abrí las piernas sin pudor. Dejé que mis manos recorrieran mi cuerpo, primero por encima de la tela, después buscando la piel. Cerré los ojos. Respiré hondo, me saqué el camisón por la cabeza y lo tiré a un lado, desnuda ya, entregada del todo a las ganas que me crecían en el vientre.

Se me escapó un suspiro y empecé a tocarme, despacio al principio, con esa lentitud que duele un poco. Tenía los pechos pesados, los pezones duros, y me los apreté entre los dedos hasta encontrar ese punto exacto donde el dolor se confunde con el placer. Imaginé que eran sus manos. Sus dedos firmes amasándome, su boca cerrándose húmeda alrededor.

La otra mano bajó sola. Resbaló por mi vientre hasta llegar entre mis muslos, donde ya estaba empapada, hinchada, esperando. Mis dedos entraron sin dudar, recorriendo cada pliegue como si me descubriera por primera vez. Gemí, un sonido ronco que rebotó en el silencio del salón. Quería más. Necesitaba más.

***

Me puse de rodillas y abrí el cajón de la mesa baja. Ahí seguía, donde lo había escondido la semana anterior: liso, frío al tacto. Lo acerqué a mis labios y lo acaricié despacio, como si fuera él. Lo deslicé sobre mis pechos, por mi vientre, y lo apoyé justo en la entrada de mi sexo. Respiré hondo. Lo empujé milímetro a milímetro, saboreando cada parte de mí que se iba abriendo.

Todo mi cuerpo se tensó. Empecé a moverme contra él, a buscar el ángulo, a ofrecerme a aquel objeto sin vida como si fuera Damián quien me estuviera llenando. Hablé en voz alta, sola, para mí misma:

—Esta noche te quiero entero, cariño. Entero —murmuré, y mis caderas siguieron meciéndose solas.

El sudor me corría por la frente. El pelo se me pegaba a la nuca y ya no podía pensar en otra cosa que no fuera esa subida imparable hacia el final. Me lo imaginé detrás de mí, sus manos clavadas en mis caderas, su peso encima, y solo con eso me tambaleé al borde del abismo.

Que llegue ya. Que me encuentre así.

Y entonces, en mitad de todo aquello, el pensamiento me golpeó de verdad: Damián estaba por llegar. La idea me cayó encima como una descarga y me encendió todavía más. Quería que abriera la puerta y me viera así, ofrecida, lista. Quería que me deseara desde el primer segundo. Apreté los muslos, contuve el aire, y el orgasmo me partió por dentro. Grité. Me derrumbé sobre la alfombra, jadeando, con todo el cuerpo brillante de sudor.

***

No tenía tiempo para descansar. El reloj de la pared marcaba casi las siete y Damián no tardaría. Me incorporé con el corazón todavía golpeándome el pecho y fui hacia la entrada. Abrí la puerta de casa y me coloqué detrás, desnuda, a cuatro patas sobre el felpudo.

Mi cuerpo entero era una invitación. La espalda arqueada, las caderas en alto, todavía latiendo por lo que acababa de hacerme sola. Tenía los ojos clavados en la entrada del rellano y me ardía la piel de impaciencia. Oí pasos en la escalera y el corazón se me disparó. Una llave en la cerradura. La puerta se abrió del todo.

Damián se quedó clavado en el umbral. Alto, ancho de hombros, con la barba recortada y los ojos oscuros fijos en mí, sin terminar de creérselo. Llevaba todavía la camisa del trabajo, las mangas remangadas, y su mirada bajó por mi espalda hasta detenerse exactamente donde yo quería. Vi cómo apretaba la mandíbula. Vi el deseo encenderse en su cara, esa cosa primitiva que me hizo sonreír.

Lo miré desde abajo, retándolo, y le hablé con la voz tomada:

—Cierra la puerta y ven aquí. Ahora.

No dijo nada. Empujó la puerta con el talón sin apartar los ojos de mí y dio un paso adelante con una determinación que me hizo temblar de la cabeza a los pies.

***

Se agachó detrás de mí. Sus manos grandes me sujetaron las caderas y me levantaron un poco. Sentí su respiración caliente en la nuca, su olor de siempre, ese que me calma y me enciende a la vez. Oí el cinturón, el botón, la cremallera. Y entonces, sin una palabra, entró en mí de una sola embestida.

Gemí. Un sonido hondo, animal, que ni reconocí como mío. Arqueé la espalda para recibirlo entero.

—Así, sí —jadeé—. Justo así.

—¿Esto era lo que querías? —gruñó él, y la voz le salió ronca, oscura.

—Sí. Esto.

Fue brusco, intenso, exactamente lo que mi cuerpo llevaba toda la tarde pidiendo. Me llenaba de un modo que borraba de un plumazo el recuerdo de aquel juguete frío. Sus embestidas eran firmes, parejas, como una marea que iba y venía sin descanso. Mis pechos se balanceaban con cada golpe, mis muslos chocaban contra los suyos, y el sonido de los dos cuerpos encontrándose llenaba todo el recibidor.

—Estás insaciable —me dijo al oído, sin dejar de moverse—. Dilo.

—Soy tuya —contesté con la voz rota—. Toda tuya.

Me agarró del pelo y tiró hacia atrás, lo justo para obligarme a levantar la barbilla. Sentí su aliento en el cuello, su pecho contra mi espalda. Cada palabra suya me recorría como un escalofrío.

—¿De quién eres?

—Tuya. Solo tuya. Más fuerte, no pares —le supliqué, y las uñas se me hundieron en la lana de la alfombra.

***

Mi cuerpo se mecía bajo él, dócil, abierto. Damián me hizo caso. Sus movimientos se volvieron más duros, más urgentes, y yo me dejé arrastrar por la tormenta que me envolvía. Me temblaban las piernas. Notaba que el segundo orgasmo me venía encima, igual de fuerte que el primero, igual de imposible de frenar.

—No aguanto —gemí—. Otra vez, voy otra vez.

—Pues déjate ir —dijo entre dientes—. Que te sienta toda.

Sus embestidas se hicieron violentas. Las paredes estrechas del recibidor devolvían nuestros gemidos, nuestros jadeos, el ruido de la piel contra la piel. Aceleró todavía más, hasta que el placer me rompió como una ola que revienta de golpe. Me contraje a su alrededor, todos los músculos en tensión, y grité con el cuerpo entero sacudiéndose.

Lo oí gemir a él también, la voz quebrada por el esfuerzo.

—Quédate dentro —le pedí—. No salgas.

—Me corro —avisó, y se hundió hasta el fondo con un gruñido largo.

Se quedó quieto un instante, respirando contra mi nuca, antes de dejarse caer despacio sobre mí. Nos quedamos así, enredados en el suelo de la entrada, los dos cuerpos empapados, los corazones a destiempo. Sonreí, satisfecha, sintiéndolo aún dentro de mí.

***

Al rato Damián se incorporó y me apartó el pelo de la cara con una suavidad que no encajaba con lo de hacía un minuto. Me ayudó a levantarme. Me giré para mirarlo, todavía temblando, y él me sonrió con esa ternura que me derrite.

—Vaya manera de recibirme —dijo, y me atrajo hacia su pecho.

—Llevaba toda la tarde pensándolo —confesé contra su camisa—. Ya no podía más.

Me rodeó con los brazos y me besó en la sien. El sol se había apagado del todo al otro lado de la ventana, dejando esa luz azul del final de la tarde. Me sentí completa, llena, en paz. Damián me besó despacio, los labios suaves sobre los míos, y supe que aquel momento era justo lo que los dos necesitábamos.

Fuimos hacia el dormitorio sin soltarnos, el cuerpo todavía caliente, la cabeza por fin quieta. Los besos se fueron volviendo más hondos, más desesperados, como si quisiéramos fundirnos. Damián cambió de idea a mitad de camino y me tumbó en la cama, recorriéndome con las manos con una delicadeza que contrastaba con la brutalidad de hacía un momento. Sus labios bajaron por mi cuello, mis pechos, mi vientre.

—Eres lo mejor que me ha pasado —murmuró contra mi piel.

—Y tú lo único que necesito —respondí, enredándole los dedos en el pelo.

Se colocó entre mis piernas, la mirada fija en mí. Bajó despacio, y su lengua caliente me recorrió entera, sin prisa, saboreando. Me arqueé contra la cama, las manos agarradas a las sábanas. Su boca exploraba cada pliegue mientras la excitación volvía a crecer, imparable.

—No pares —le rogué—. Por favor.

—Jamás —contestó sin levantar la cabeza.

Sus dedos entraron en mí mientras su lengua seguía trabajando, los dos a la vez, en perfecta sintonía. Estaba al borde otra vez, todo el cuerpo tirante, latiendo.

—Voy a… —apenas pude hablar.

—Hazlo —dijo—. Dámelo todo.

Y me dejé ir. El cuerpo me explotó en un último orgasmo que me dejó vacía y temblando. Damián subió hacia mí con una sonrisa de triunfo, la cara húmeda, y me besó con ganas. Le sonreí, feliz, y lo atraje hacia mi pecho. Nuestros cuerpos se enredaron en un abrazo lento, tibio.

Lo apreté fuerte, queriendo guardar aquel instante para siempre, sabiendo que aún no habíamos terminado de perdernos el uno en el otro. Pero por ahora me bastaba con eso: con tenerlo ahí, con la entrada todavía oliendo a nosotros y la noche entera por delante. Que llegue tarde a casa más veces, pensé, y me reí sola contra su hombro mientras él me preguntaba de qué.

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Comentarios (5)

NicoRiver_22

increible relato, me dejo sin palabras!!!

MartinaBsAs

Me recordo a una vez que yo hize algo parecido jaja, esa tension de la espera es unica. Muy bueno!

LunaNocturna_99

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas

ElisaGDL

Muy bien narrado, se siente la tension desde el primer parrafo. Sigue asi!

Fede_Quilmes

buenisimo!!!

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