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Relatos Ardientes

Le pedí a mi novia que fuera al cine sin bragas

Llevaba años leyendo historias de otros y nunca me había atrevido a contar la mía. Esa tarde, mientras mataba el rato tirado en el sofá, me apareció el tráiler de un estreno que llevábamos semanas esperando. Una película de animación japonesa, de esas que arrastran a medio barrio al cine. Y se me ocurrió la idea.

Abrí el chat con Daniela y le escribí sin pensarlo demasiado.

—Hola, guapísima. ¿Te apuntas al cine esta noche? Estrenan la peli que querías ver.

—Me parece perfecto —contestó al instante—. Pero solo queda la sesión de las diez, ¿te vale?

—Me vale. Aunque quiero pedirte una cosa.

—Ya sabes que hago lo que me pidas, dentro de lo posible.

Me quedé mirando la pantalla un segundo, dudando, y al final lo solté.

—Quiero que vengas con falda y sin bragas. ¿Te atreves?

Pasaron unos segundos eternos. Tres puntitos que aparecían y desaparecían.

—Hecho —respondió.

Y ya estaba dicho. Ahora solo faltaba que lo cumpliera, y la conocía: Daniela tenía demasiada personalidad para hacer algo que no le apeteciera. Si lo decía, era porque la idea también le calentaba a ella.

***

A las nueve y media me vibró el móvil. Estoy abajo, baja ya. Cogí mis cosas, me eché un poco de colonia y salí casi corriendo. Cuando me senté en el coche tenía el corazón más acelerado de lo normal, preguntándome si de verdad habría cumplido su parte.

Y allí estaba ella, radiante. Morena, con el pelo rizado recogido a medias, los labios carnosos y esos ojos algo achinados que me volvían loco desde el primer día. Olía a su perfume de siempre. Llevaba una sudadera ancha que le había regalado yo y, debajo, una falda vaquera corta que le quedaba un dedo por encima de las rodillas.

—Hola, mi amor. Estás preciosa —le dije, intentando que no me temblara la voz.

El camino fue tranquilo. Charlamos de todo un poco, como siempre que pasábamos unos días sin vernos. Pero por dentro yo era un desastre. No podía dejar de mirarle el muslo desnudo asomando bajo la falda.

Se ha puesto la falda. ¿Llevará algo debajo o de verdad va a pelo? Para, piensa en otra cosa, que se me está poniendo dura aquí mismo.

—Yo quiero unas palomitas pequeñas y una Coca-Cola —dijo ella mientras aparcábamos—. Que llevo el estómago raro.

—Te invito yo, anda.

—De eso nada, hoy invito yo.

***

Entramos a la sala y había bastante gente para ser un día entre semana. Mucho fan del anime, parejas, grupos de amigos. Nosotros solíamos sentarnos en la última fila, en los asientos altos de un lateral, donde nadie nos molestaba y podíamos estar a lo nuestro.

Nos tocaban el trece y el catorce. A nuestro lado quedaban dos butacas libres, y yo recé para que nadie las ocupara. Cinco minutos antes de que apagaran las luces, dos chavales jóvenes, de unos veinte años, se sentaron justo al lado de Daniela.

Al principio me fastidió, porque pensaba que nos iban a cortar el rollo. Pero enseguida la idea me dio justo lo contrario: un morbo que no esperaba. ¿Tendría problema ella en tener a esos dos al lado? Por su cara, ninguno. Estaba de lo más cómoda.

La película empezó y las luces se apagaron del todo. Apenas se veía nada más allá de la pantalla. Pasó media hora y yo no me enteraba de la trama. Solo pensaba en una cosa.

¿Llevará bragas o no? Es hora de descubrirlo.

Apoyé la mano en su muslo. Lo noté suave y tibio bajo mis dedos. Ella me miró de reojo, sin decir nada, y separó un poco las piernas. Mi mano temblaba como si fuera la primera vez que tocaba a una mujer. Fui subiendo despacio, metiéndome bajo la falda, hasta que lo confirmé: no llevaba nada. Nada de nada. Estaba caliente, mojada, y al rozarla noté cómo se le escapaba un suspiro contenido.

Me incorporé un poco, disimulando, y la miré. Ella seguía con la vista clavada en la pantalla, como si no pasara nada. Entonces, sin querer, mi mirada se cruzó con la del chaval de al lado. Estaba pendiente. Lo había visto todo.

Saqué la mano, cogí unas palomitas y me chupé los dedos como si tal cosa.

Joder, qué locura. El crío ese se ha dado cuenta y ella ni se ha enterado. O a lo mejor sí, y le da igual. Qué morbo, en serio.

Lo intenté otra vez. Mi mano volvió a buscar su entrepierna con más decisión. Seguía empapada. Probé a meterle un dedo, torpe, sin mucha gracia, y aun así ella abrió más las piernas y giró la cara hacia mí con una sonrisa que lo decía todo. No se cortaba un pelo. Estaba disfrutando de mis movimientos algo ortopédicos, que no duraron mucho antes de que desistiera con los dedos doloridos.

El chaval volvió a cruzar la mirada conmigo, justo cuando yo le sonreía a Daniela. Este es un salido de manual. O un mirón, como yo. Decidí dejar de darle vueltas y ver lo que quedaba de película. Apoyé una mano sobre la suya, encima de mi bulto, y la otra en el reposabrazos.

Al rato sentí que Daniela se removía. Abrió las piernas otra vez, pero esta vez su propia mano bajó hacia ahí. Se está tocando ella sola, la muy guarra. La noté más agitada, la respiración entrecortada. Soltó un suspiro fuerte y me abrazó de golpe, apretándose contra mi hombro. Yo le devolví el abrazo. El chaval de al lado me miró otra vez, con una media sonrisa, y yo aparté la vista hacia la pantalla justo cuando empezaban los créditos.

***

Salimos del cine, cogimos el coche y enfilamos hacia su casa.

—Qué buena la peli, ¿eh? —dije.

—Sí, muy buena. Y lo otro también, riquísimo. A ver cuándo lo repetimos.

—No me esperaba que te animaras tanto, la verdad.

—Pues prepárate, que ahora te toca el premio. Duro, como a ti te gusta.

—Lo necesito, papi —dijo, mordiéndose el labio—. No sabía que tenías esas manos.

Me reí, aunque por dentro no entendía a qué se refería exactamente. Mis manos habían sido un desastre torpe ahí dentro. Pero preferí no decir nada.

***

Llegamos a su casa y subimos en silencio. Sus padres dormían y los perros soltaron un par de ladridos antes de reconocernos. Entramos en su habitación y cerré la puerta con pestillo.

—Ponte a cuatro patas. Ya —le dije.

Ella obedeció sin rechistar, todavía con la falda puesta. Desde atrás se le veía todo a la perfección, y entonces vi un brillo rojo entre sus nalgas. Un destello que no debería estar ahí.

—Daniela… ¿has llevado esto puesto toda la noche?

—Sí, papi —respondió, mirándome por encima del hombro.

—¿Cómo se puede ser tan provocadora?

—No sé. Por ti, lo que sea.

No pude más. Me la saqué y se la metí de una sola embestida. Daniela soltó un gemido que retumbó en la habitación, sin importarle que sus padres durmieran al otro lado del pasillo.

—Te voy a follar como nunca —le dije entre dientes.

—Sí, sí, qué gusto, papi.

—Eres una salvaje. Mira cómo sales de casa.

—Mmmm…

—¿Te ha gustado cómo te tocaba en el cine?

—Muchísimo. Quiero repetir.

—¿Y qué es lo que más te ha gustado?

—El final, papi. Cuando me metías los dedos. No sabía que tenías esa habilidad. Me he corrido y todo.

Me quedé congelado un instante, sin dejar de moverme. ¿Que se ha corrido? ¿Y dice que he sido yo? Pero si yo apenas la rocé… No fui yo el que la hizo correrse. Ella se tocaba sola. ¿O fue el chaval de al lado en algún momento que no vi?

No dije nada. La idea, en lugar de molestarme, me prendió por dentro de una manera que no entendía. La agarré de las caderas y le di diez embestidas finales, a tope, hasta que la habitación se llenó de un sonido seco y rítmico. Cuando estaba a punto de reventar, salí de golpe y me puse delante de su cara.

—Trágate todo —le dije.

Y lo hizo. No dejó ni una gota.

—Te quiero más, mi amor —murmuró después, con una sonrisa.

—Y yo a ti.

Nos abrazamos y nos quedamos dormidos casi al instante, desnudos, con olor a sexo en la piel y aquel brillo rojo todavía donde nadie lo veía.

***

Me desperté sobre las dos de la mañana. No se oía absolutamente nada. Daniela dormía como un tronco a mi lado. Yo seguía con la cabeza dándole vueltas a lo mismo, y con la curiosidad metida en el cuerpo como un picor que no se va.

Cogí el móvil y fui al baño. Me senté en la taza fría y empecé a buscar. Escribía cosas y me iban saliendo mundos enteros que no sabía que existían. Mujeres con otros hombres delante de su pareja. Trescientos mil resultados. Términos nuevos: hotwife, cornudos consentidos, parejas que comparten. Gente real, vídeos caseros, novios que grababan a sus chicas con otros y, en lugar de enfadarse, se calentaban.

¿De verdad hay gente que deja que su pareja haga esto? ¿Y les gusta?

Me toqué pensando en la butaca a oscuras, en la mano del desconocido que quizá había sido el que de verdad la hizo correrse, en la sonrisa de Daniela que ni se cortaba. Terminé enseguida, con el corazón a mil pero la cabeza extrañamente tranquila.

Volví a la cama y me tumbé a su lado. Quizá esa noche, en la oscuridad de la sala, alguien le había metido mano a mi chica. Y lo mejor de todo era que ella creía que había sido yo. Sonreí en la penumbra, con esa fantasía nueva instalándose para quedarse.

Mañana le propondría algo. Una escapada a las calas del norte, esas playas nudistas donde nadie nos conoce. A ver qué pasaba allí. Pero eso ya era otra historia. Por ahora, me dejé llevar por el sueño, abrazado a ella, dándole vueltas a todo lo que acababa de descubrir sobre mí mismo.

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Comentarios (6)

Romina_88

Que caliente!! buenísimo el inicio, quede enganchada desde la primera línea.

NicoDeRosario

por favor que haya segunda parte, no me dejo conforme jaja me quede con ganas de mas

Caro_desdeBaires

Me recordo a una propuesta que me hicieron hace años, nunca concretamos pero me quedo dando vueltas en la cabeza mucho tiempo. Muy bien narrado, se siente autentico.

FielLector

Increible como con tan poco contexto ya te tiene enganchado desde el primer parrafo. Excelente!!

GatoNegro33

jajaja 'casi en broma'... esa tensión del que manda algo sin saber bien qué quiere que pase es lo mejor del relato

Melina_sur

Muy buen ritmo, se lee rapido y te deja con ganas. Sigue escribiendo!!

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