Lo que imaginé con mi cuñada durante la cena familiar
Otra cena familiar en casa de mis suegros, y otra vez la misma rutina: la mesa larga llena de fuentes humeantes, las copas que tintinean, el murmullo monótono de siempre. Yo ya llevaba dos vinos y la cabeza un poco nublada, pero eso no era nada comparado con el incendio que se me prendía en el pecho —y más abajo, en la polla, que ya empezaba a hincharse contra la bragueta— cada vez que Marina aparecía en el umbral.
Hugo, el hermano menor de Lucía, llegó tarde con ella, como de costumbre. Marina traía a la niña en brazos, se la entregó a mi suegra con una sonrisa y se sentó. Llevaba una camiseta de seda gris perla, tan fina que parecía una segunda piel. Sin sujetador, por supuesto. Tenía el pecho hinchado por la lactancia, pesado, con venitas azules apenas marcadas bajo la tela translúcida, y los pezones se le marcaban oscuros y grandes, apuntando descaradamente contra la seda.
Los pantalones negros le abrazaban las caderas y se le tensaban en cada movimiento, dibujándole el culo redondo y la raja del coño cada vez que se agachaba. El vientre todavía conservaba esa línea fina de la cesárea que a mí, no sé por qué, me parecía una invitación a lamer hacia abajo. Estaba más follable que nunca, y lo sabía. Lo sabía perfectamente.
Se sentó dos sillas a mi izquierda. Lo justo para que, con solo girar un poco la cabeza, tuviera vista directa a su perfil y a esas tetas cargadas de leche que se movían pesadas bajo la seda. Cada vez que se inclinaba para coger una fuente o se reía de algo, la tela se deslizaba sobre su piel y yo perdía el hilo de la conversación con la polla dura como una piedra bajo el mantel.
Sentí el calor subirme por la nuca. No la mires. No la mires, idiota. Pero la miraba. Le miraba las tetas, la boca, la lengua rosa cuando se pasaba la copa por los labios.
Llevábamos así desde el verano anterior, desde aquella tarde en la piscina en la que su rodilla rozó la mía bajo el agua y ninguno de los dos la apartó. Nunca habíamos hablado de ello. Nunca había pasado nada. Y precisamente por eso no podía dejar de darle vueltas, noche tras noche, cena tras cena, cascándomela en la ducha imaginando su boca y su coño, construyendo en mi cabeza una historia que la realidad jamás me iba a permitir.
Cogí la copa, le di un trago largo y traté de concentrarme en la anécdota de mi suegro sobre el coche nuevo del vecino. Imposible. Marina se reía de algo que había dicho Hugo, echando la cabeza hacia atrás, y a mí se me iba la vista una y otra vez a esa garganta larga, imaginándomela abierta, tragando mi verga.
Marina se inclinó para servirle vino a Hugo y la seda se le abrió por el escote, dejándome ver por un segundo entero una teta blanca y pesada colgando libre. Mi cabeza se desconectó por completo de la mesa.
***
De repente se levantaba, rodeaba la mesa con paso lento y se paraba detrás de mi silla. Me ponía las manos en los hombros, se inclinaba hasta rozarme la nuca con las tetas y me susurraba al oído, con la voz baja y caliente.
—Te he pillado mirándome toda la noche, cuñado —decía—. Te la tengo dura desde que entré por la puerta, ¿verdad? ¿Vas a quedarte solo con las ganas o piensas follarme de una puta vez?
Yo giraba la silla, la agarraba por las caderas y la sentaba a horcajadas sobre mis piernas, entre los platos y las copas. Marina gemía bajito mientras me buscaba la boca y notaba, a través del pantalón, la polla dura clavándose entre las nalgas de su coño. Le subía las manos por la espalda, por debajo de la seda, y notaba la piel ardiendo, el corazón latiéndole desbocado contra el mío.
Le metía la lengua hasta el fondo de la boca y ella me la chupaba con hambre, mordiéndome los labios, restregándome el coño contra el bulto del pantalón. Le agarraba las tetas por encima de la seda, se las apretaba, le pellizcaba los pezones duros hasta que soltaba un jadeo ronco contra mi cuello. Una gota de leche le empapó la seda sobre el pezón izquierdo y yo bajé la boca y chupé por encima de la tela, saboreando ese líquido tibio y dulce mientras ella me clavaba las uñas en la nuca.
La luz de la lámpara nos envolvía a los dos en una burbuja, y al otro lado del cristal todos seguían comiendo y charlando como si nada. Mi suegro contaba una de sus anécdotas. Mi suegra servía más carne. Y yo tenía a Marina encima, restregándome el coño mojado contra la bragueta, mordiéndome el labio inferior con una sonrisa que de inocente no tenía nada.
Le bajaba la camiseta de un tirón y le sacaba las dos tetas fuera, pesadas, blancas, con los pezones oscuros y erectos apuntándome a la cara. Hundía la boca en una y chupaba fuerte, mamando la leche caliente que le brotaba, mientras con la otra mano le estrujaba el otro pecho y la ordeñaba a chorros contra mis dedos. Ella echaba la cabeza hacia atrás, me clavaba los dedos en el pelo y me apretaba contra ella.
—Mámame las tetas, joder —jadeaba contra mi oído—. Sácame toda la leche, cuñado, chupa como si fueras mi bebé, ordeña a la puta de tu cuñada.
La piel le sabía a calor y a leche y a deseo contenido durante meses. Le pasaba la lengua entre los pechos, le mordía el pezón hasta hacerla gemir, y ella me lo pedía más fuerte, más hondo.
—No hagas ruido —le decía yo, aunque ninguno de los dos podía evitarlo—. Van a oírnos.
—Que oigan —respondía ella, y se reía bajito contra mi cuello—. Que me oigan cómo me follas, que se enteren de una vez de que llevo un año imaginándome tu polla dentro.
Le desabrochaba los pantalones y se los bajaba hasta medio muslo. No llevaba braguitas. El coño, afeitado y brillante de tan mojado, quedaba al aire justo encima de mi bragueta. Me sacaba la polla de un tirón, dura, hinchada, con la punta ya perlada. Marina se levantaba apenas lo justo, me la agarraba con la mano, se la pasaba por los labios del coño empapándola de sus jugos, y se dejaba caer despacio sobre mí, centímetro a centímetro, hasta el fondo, gimiendo contra mi hombro para ahogar el sonido.
—Joder, joder, qué grande la tienes —susurraba con los dientes apretados—. Me estás abriendo entera, Daniel.
Yo le agarraba las caderas con las dos manos y la guiaba, marcando el ritmo, sintiéndola apretada, tibia, la carne del coño chupándome la polla como una boca hambrienta. Cada vez que la subía y la bajaba, mi verga salía brillante de jugos y volvía a hundirse hasta que mis huevos golpeaban contra el hueso de su culo.
Todos seguían comiendo. Hugo contaba un chiste malo y la mesa entera se reía. Marina aceleraba encima de mí con movimientos pequeños y circulares, la frente pegada a la mía, los dos respirando el mismo aire caliente. Cada vez que alguien soltaba una carcajada al otro lado, ella ahogaba un gemido y me clavaba las uñas en los hombros.
—Más fuerte —jadeaba—. Follame más fuerte, cabrón, rómpeme el coño aquí mismo.
Era una locura. Lo sabía. A un metro y medio, mi mujer comentaba el menú con su madre; al otro lado, mi suegro repartía más carne. Y aun así no podía parar, no quería parar, y esa imposibilidad lo hacía todo más intenso. El peligro de que alguien girara la cabeza, de que alguien viera a mi cuñada empalada en mi polla, de que todo estallara, le ponía a la escena un filo que me recorría la espalda entera.
—Despacio —le pedía yo, sujetándola por las caderas—. Si nos pillan, se acaba.
—Pues que no nos pillen —respondía ella, y me besaba para callarme—. Joder, Daniel —me susurraba, temblando—. No pares. Aquí mismo, delante de todos, no pares.
La levantaba en peso sin sacársela y la giraba, la apoyaba de espaldas contra el borde de la mesa, entre las fuentes, le abría las piernas de par en par y volvía a metérsela hasta las pelotas de un solo empujón. Marina arqueaba la espalda, se mordía el antebrazo para no gritar y empujaba las caderas hacia mí buscando más. La seda gris le colgaba de la cintura, las tetas al aire salpicándome el pecho de leche cada vez que se las embestía, el pelo se le pegaba a la cara sudada.
Le lamía los pezones mientras la follaba a ritmo brutal, apoyándome en la mesa con una mano y sujetándole el muslo con la otra. El borde de la madera le clavaba las nalgas y ella misma se agarraba el coño con dos dedos, abriéndoselo más para que yo entrara más hondo. Bajaba la vista y me veía entrando y saliendo de ella, la polla brillante empapada, los labios de su coño abrazándome cada empujón.
—Mira cómo te la meto —le gruñía al oído—. Mira cómo te la traga tu coño de puta.
—Sí, joder, sí —jadeaba ella, arqueándose—. Mírame, mírame la cara mientras me follas delante de tu mujer.
Le agarraba las dos tetas con las manos, se las juntaba, hundía la cara entre ellas mientras seguía embistiéndola. El borde de la mesa crujía con cada empuje, las copas tintineaban, y yo rezaba para que nadie se diera la vuelta. Marina me agarraba de la camisa, me atraía hacia ella, me clavaba los talones en la parte baja de la espalda para que llegara más hondo. Olía a su perfume, a vino tinto y a coño caliente, y todo lo demás —la familia, la cocina, el mundo— se había vuelto un ruido lejano y borroso.
Le sujetaba la nuca con una mano y le metía dos dedos de la otra en la boca. Ella me los chupaba con hambre, me lamía la palma, me clavaba la mirada con los ojos entrecerrados. Se los sacaba llenos de saliva y le bajaba la mano al clítoris, frotándoselo en círculos mientras seguía clavándosela hasta dentro. Sentía cómo se tensaba entera, cómo el coño empezaba a apretarme la polla en oleadas, cómo se le cortaba la respiración, cómo todo su cuerpo se preparaba para correrse.
—Mírame —le pedía—. Mírame cuando te corras, guarra.
Y ella me miraba. Se corría temblando, mordiéndose los labios, apretándome la polla con el coño en espasmos largos mientras yo la sostenía para que no se desplomara sobre los platos. Su cuerpo entero vibraba, las manos aferradas al borde de la mesa, el cuello tenso, el pecho subiendo y bajando y soltando chorritos de leche que me caían en la camisa.
—Voy a correrme dentro —le advertía, con la voz rota, embistiéndola cada vez más rápido—. Si no quieres, dímelo ahora.
—Quiero —contestaba ella, apretándome con las piernas—. Vacíate dentro de mí, aquí, delante de toda tu familia. Lléname el coño de leche mientras tu mujer te sirve la carne.
Yo me clavaba hasta el fondo y me dejaba ir, vaciando los huevos dentro de ella a chorros calientes, con un gruñido ahogado contra su hombro, sintiendo cada latigazo de la polla llenándole el coño. Marina me abrazaba con todo el cuerpo y me susurraba que sí, que así, que no la sacara, que se lo quedaba todo dentro. Nos quedábamos así, empalados, pegajosos, jadeando, oliendo a sexo y a vino, con mi semen escurriéndosele por el muslo, sin atrevernos a soltarnos.
***
—Daniel, cielo, ¿me pasas el vino tinto? Está justo a tu lado.
La voz de mi suegra cortó el aire como una bofetada. Parpadeé. El corazón me latía como un tambor. La botella estaba ahí, intacta, a un palmo de mi mano. La mesa llena de familiares, todos mirándome con cara de extrañeza.
Marina seguía sentada en su sitio, a metro y medio de distancia, con la camiseta de seda gris intacta, los pantalones puestos, una copa de agua entre los dedos. La niña dormía plácidamente en brazos de mi suegra. Nadie se había movido. Nadie me había tocado. Nada de lo que acababa de vivir había salido jamás de mi cabeza.
Tenía la camisa pegada a la espalda por el sudor, real, ese sí. La cara me ardía. Y debajo del mantel, una polla durísima y dolorosa clavada contra la bragueta, con la punta empapando la tela, que no había manera de disimular.
Cogí la botella con la mano temblorosa y se la pasé a mi suegra.
—Perdón —murmuré—. Estaba pensando en cosas del trabajo.
Lucía, a mi lado, soltó una risa seca.
—Es que siempre está igual. Absorto. A veces no sé si estoy casada con un hombre o con un ordenador.
Las risas recorrieron la mesa. «Pues menos mal que trae el sueldo», dijo alguien. «Así nos paga las vacaciones», añadió otro. Todos se reían. Todos menos Marina.
Marina me miraba directa a los ojos. Con una sonrisa lenta, tranquila, que no terminaba de ser del todo inocente. Se pasó la punta de la lengua por el labio inferior, despacio, y volvió a coger su copa como si no hubiera pasado nada. Como si no supiera exactamente lo que acababa de pasar en mi cabeza.
Imposible. No puede saberlo.
Pero esa sonrisa decía otra cosa.
Apreté la servilleta sobre el regazo para disimular la polla dura y bajé la vista al plato. Mi mujer me preguntó si me encontraba bien y le dije que sí, que un poco cansado, que el trabajo. Ella asintió y volvió a la conversación. Hugo sirvió más vino. La niña hizo un ruidito en sueños y todos sonrieron.
Yo respiré hondo y pensé que la próxima cena familiar iba a ser una tortura. O el mejor polvo de mi vida que jamás ocurriría de verdad.
Levanté la vista una última vez. Marina seguía mirándome. Y esta vez fue ella la que, muy despacio, sin que nadie más lo notara, se mordió el labio y bajó los ojos un instante hacia mi regazo, justo donde la servilleta no lograba tapar el bulto.
Aparté la mirada antes de que se me notara más de la cuenta. Pero ya era tarde: supe, con una certeza incómoda y deliciosa a partes iguales, que iba a pasarme el resto de la cena —y muchas cenas más— con la polla dura, preguntándome qué habría pasado si aquella fantasía hubiera sido de verdad. Y que jamás volvería a mirar a mi cuñada como antes.