Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Me desperté sola y tu recuerdo no me dejó en paz

Me desperté antes de que sonara el despertador, y lo primero que sentí no fue la luz que se colaba por la persiana ni el frío de las sábanas en el lado vacío. Lo primero que sentí fuiste tú. Tu ausencia tiene un peso raro a esta hora, cuando el cuerpo todavía no decidió si sigue soñando. Estaba húmeda. Estaba ansiosa. Estaba llena de un deseo que no me pediste permiso para dejarme antes de irte.

Me quedé un rato boca arriba, con la mano abierta sobre el colchón frío, palpando el hueco donde deberías estar. Otra vez no, pensé, otra vez voy a empezar el día así. Pero no me moví para apagar las ganas. Me moví para alimentarlas.

Te lo escribo porque necesito que sepas exactamente lo que tu recuerdo me hace cuando no estás. Quiero que lo leas despacio. Quiero que lo sientas igual que lo siento yo.

***

Me levanté desnuda, como duermo desde que aprendí que tu piel buscaba la mía mejor sin nada en medio. Caminé hasta la ventana y me quedé ahí, desperezándome contra el cristal tibio, sabiendo que nadie me veía y deseando un poco que fueras tú quien me mirara desde la calle. Estiré los brazos, arqueé la espalda y sentí el aire fresco erizándome los pezones. Fue un gesto tonto, pero lo hice pensando en ti, en cómo te quedabas quieto cuando me veías estirarme así, conteniendo la respiración como si fuera a romperme.

El baño todavía guardaba algo de calor de la noche. Abrí la ducha y esperé a que el agua dejara de salir helada, con la frente apoyada en los azulejos. Cuando por fin cayó caliente, me metí debajo y dejé que me golpeara la nuca, los hombros, la curva de la espalda. El vapor empezó a llenar el cuarto y a empañar el espejo, y yo cerré los ojos.

El agua me resbaló por los pechos y se quedó colgando un instante de los pezones antes de seguir. Bajó por el vientre, por el ombligo, y al llegar entre mis piernas tuve que abrir los ojos para no perderme del todo. Porque cada gota que me acariciaba el sexo me recordaba a tu lengua, a esa manera tuya de empezar lento, casi sin tocar, hasta que yo te tiraba del pelo pidiéndote más. El calor me bajó por los muslos, me hizo cosquillas detrás de las rodillas y terminó deslizándose hasta mis pies, traviesa, como si el agua también supiera que estaba pensando en ti.

Apoyé una mano en la pared. La otra la dejé quieta sobre mi cadera, temblando, prohibiéndome a mí misma terminar ahí. No quería que fuera tan fácil. Quería estirar el deseo todo el día, quería llegar a la noche encendida, para que cuando volvieras no hubiera que explicar nada.

Me lavé el pelo con los ojos cerrados, y mientras el champú me bajaba en hilos por la espalda me acordé de la última mañana que estuviste aquí. De cómo entraste a la ducha detrás de mí sin avisar, de tus manos jabonosas subiéndome por las costillas hasta los pechos, de tu boca en mi nuca diciéndome cosas que no se repiten de día. Esa mañana llegamos tarde los dos a todos lados y a ninguno le importó. Cerré el grifo todavía con ese recuerdo pegado al cuerpo, sabiendo que el agua fría que vino después no iba a apagar nada.

***

Me sequé envuelta en vapor, con esa toalla suave que tú elegiste sin saber que cada vez que me la paso por la piel pienso en tus manos. La froté contra mis hombros, contra el cuello, entre los pechos, y la tela se empapó de toda la humedad que me rodeaba el cuerpo. Me quedé mirándome al espejo a medias, donde el vaho dejaba ver, y entendí que estaba envidiando a una toalla. Envidiándola porque me tocaba y tú no.

Fui al armario y abrí el cajón despacio. Elegí la lencería negra, la que sé que te gusta, la de encaje fino que no abriga nada y que existe solo para que alguien tenga ganas de quitarla. Me la puse despacio, sintiendo cómo el encaje me rozaba la piel todavía caliente del agua. Y mientras lo hacía pensaba: esta piel está huérfana de tus caricias. Mi sexo, vacío. Mis pechos, sin tu boca, sin esos mordiscos que dejabas justo donde la ropa los tapa para que solo yo supiera que estaban. Mi boca, sin la tuya.

Me vestí del todo y me senté en el borde de la cama. Tenía que salir, tenía cosas que hacer, una lista entera de cosas que de pronto no significaban nada. Porque me había sentado y, al sentarme, el encaje me había apretado justo donde no debía, y todo el deseo que había estado conteniendo desde que abrí los ojos volvió de golpe.

***

Pensé en tu cuerpo. En esa cosa concreta y tonta que me vuelve loca: la línea de tu cadera, la forma en que respiras cuando estás a punto. Pensé en ti excitado, listo para mí, en esa primera gota que asoma cuando me acerco con la boca abierta y los labios hambrientos. Pensé en mi lengua recorriéndote despacio, en cómo te tensas, en cómo dejás de hablar y solo me agarrás la cabeza con esa mano firme que conozco de memoria.

Pensé en tu sabor cayendo, derramándose en mi boca, calmando una sed que no es de agua. Una sed de sexo, una sed de ti. Y ahí ya no pude más.

Me dejé caer hacia atrás sobre la cama, todavía vestida, con la falda subiéndose sola. Bajé una mano y aparté el encaje a un lado sin quitármelo, porque no tenía paciencia para quitármelo. Me toqué y estaba más mojada de lo que pensaba. Me masturbé despacio al principio, con dos dedos, dibujando círculos lentos, imaginando que eran los tuyos, que era tu boca, que era tu lengua jugando conmigo como solo tú sabés.

Te hablé en voz baja, sola en el cuarto, como si pudieras escucharme. Agárrame, pensaba. Sujétame fuerte. Embísteme hasta el fondo. Quería que me llenaras el sexo, la boca, los ojos, el cuerpo entero. Quería tus manos marcándome la cadera, tus dientes en mi cuello, tu peso encima del mío sin dejarme respirar.

—Más fuerte —dije en voz alta, a nadie, y mi propia voz me sorprendió.

Me penetré con los dedos imaginando que eras tú clavándote dentro. Pensé en tu mano cerrándose en mi garganta, suave pero firme, en esa manera tuya de mirarme a los ojos justo en ese momento para asegurarte de que yo seguía ahí, contigo, sin escaparme a ningún otro pensamiento. Y no me escapaba. No podía. Estabas en todas partes aunque no estuvieras en ninguna.

***

El placer me subió en oleadas, cada una más alta que la anterior. Arqueé la espalda contra el colchón y me mordí el labio para no hacer ruido, aunque no había nadie a quien molestar. Aceleré la mano. Imaginé que me estabas pidiendo que me corriera, que me lo decías al oído con esa voz grave que se te pone cuando estás cerca, esa que me derrite antes de que termines la frase.

Pensé en tu manera de terminar. En el calor. En cómo me mirás después, agotado y satisfecho, mientras yo todavía estoy temblando. Pensé en pedirte que te derramaras sobre mí, en mis labios, en mi pecho, en quedarme marcada de vos como una promesa de que ibas a volver.

Y con esa imagen me corrí. Sola, en mi cama, vestida y descompuesta, con la respiración rota y los muslos temblando, gimiendo tu nombre contra el silencio del cuarto vacío.

***

Me quedé un rato sin moverme, sintiendo cómo el orgasmo se apagaba despacio, como una brasa que no termina de morir. Tenía la mano todavía entre las piernas, los dedos quietos, y una sonrisa tonta que no le serví a nadie. El techo me devolvió la mirada. Afuera la mañana seguía su curso, indiferente, como si yo no acabara de derrumbar el día entero por un recuerdo.

El problema es que no me calmó. Nunca me calma. Cada vez que me toco pensando en ti, en lugar de apagar el deseo lo enciendo más, porque mis dedos son apenas un eco de lo que tus manos saben hacer. Me dejan satisfecha y vacía a la vez, que es la peor de las combinaciones, la que me obliga a contar las horas que faltan para que vuelvas.

Me levanté por fin. Me arreglé la ropa, me lavé las manos, me miré al espejo ya despejado del vaho y me encontré con la cara de alguien que va a pasar el día entero distraída. Lo sé porque conozco esa cara. Es la cara que se me pone cuando te llevo metido en el cuerpo y no tengo dónde dejarte.

Voy a salir igual. Voy a hacer mi lista de cosas, voy a sonreír cuando toque sonreír, voy a contestar mensajes y a fingir que mi cabeza está donde tiene que estar. Pero no lo va a estar. Va a estar en la ventana empañada, en la toalla suave, en el encaje negro y en esa imagen tuya derramándote sobre mí que ya no me voy a poder quitar.

Así que te lo escribo, para que sepas a qué venís cuando vengas. Vení con hambre. Vení dispuesto a calmar todo lo que mis dedos solo supieron despertar. Vení a terminar lo que tu recuerdo empezó esta mañana sin pedirme permiso.

Porque te conozco, y me conozco. Y por cómo va el día, creo que esta noche tampoco voy a poder dormir.

Ver todos los relatos de Fantasías

Valora este relato

Comentarios (6)

MarcelaPaz

que relato tan hermoso, me llegó al alma sin necesitar nada mas

Romantico25

esto necesita una segunda parte, no puede quedar asi... me quedé con ganas de mas

MirnaOK

me recordó tanto a una etapa de mi vida que me dolió un poco leerlo jaja. increible como una historia asi puede tocar algo tan profundo

NocheDeVela

increible!!! se me hizo muy corto

ClaraK_91

el excerpt ya me enganchó antes de empezar a leer. muy bien planteado desde el principio

Cande_Ro

Buenisimo!! sigan publicando cosas así

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.