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Relatos Ardientes

Mi novia, la cala nudista y el cirujano millonario

Eran las diez de la mañana cuando abrí los ojos. Yasmín seguía dormida, de espaldas a mí, y la luz se colaba por la rendija de la persiana dibujándole una línea dorada en la cadera. Me pegué a ella en cucharita, le pasé el brazo por encima y le acaricié los pechos despacio, todavía calientes de la cama.

¿Llevará todavía el plug?

Bajé la mano por su culo desnudo, redondo y firme, y comprobé que se lo había quitado durante la noche. Escupí en la palma, me humedecí y la busqué entre los muslos. Entré despacio, sin prisa, mientras le besaba la nuca.

—Buenos días, mi amor —le susurré.

Ella sonrió con los ojos aún cerrados, todavía a medias entre el sueño y el deseo.

—Buenísimos días, papi —murmuró entre suspiros—. Mmm, sí, sigue.

Hicimos el amor sin hablar, con esa pereza tibia de los domingos. Después se desperezó, se estiró entera y me miró por encima del hombro.

—¿Y hoy adónde me llevas?

—A una cala que vas a flipar —le dije—. Cala Serena, dentro del parque natural. Agua cristalina y ni un alma.

Se levantó de un salto, ilusionada. Nos duchamos, desayunamos y preparamos la nevera con lo importante: patatas fritas, aceitunas, berberechos, ensaladilla, unas latas frías y agua. El aperitivo de toda la vida. Bajé un momento a por hielo y arrancamos el coche de alquiler, un Fiat humilde que escondía dos personas con muchas ganas de día de playa.

***

Llegamos al punto que marcaba el navegador pasadas las doce. Por la temporada no había aglomeración: alguna furgoneta, un par de coches, cuatro turistas. El sol calentaba de lo lindo. Cargados como mulas, bajamos por una pasarela de madera hasta una playa amplia de arena blanca y aguas turquesa. Yasmín llevaba una camiseta ancha y unos vaqueros ceñidos a sus piernas carnosas.

—Tío, qué pasada esto —dijo—. No hace falta irse a Maldivas para encontrar el paraíso.

—¿Ves? Toda la playa para nosotros.

Mientras buscábamos sitio, empecé a darle vueltas a la cabeza. Si no hay nadie, ¿de qué sirve que le pida que se quite la parte de arriba? Lo bueno es que haya algún mirón, o que ella vea a otro y reaccione. Entonces, al adentrarnos en la arena, vi que no estábamos tan solos.

—Ostras, Yasmín, que aquí hay gente —dije.

—Ya lo veo, ya.

Nos quitamos las chanclas y caminamos hasta una zona más apartada, sin niños ni pelotas. Yasmín abrió mucho los ojos.

—Cariño, la gente va desnuda —se rió.

—Ya lo veo, ya.

Montamos la sombrilla, las sillas, dejamos la nevera. Era septiembre y se estaba de lujo, rodeados de pinos. Sacamos unas latas y algo de picar.

—Qué bonito el sitio —dijo ella—. Oye, ¿y por qué no me habías dicho que era nudista?

—Es que yo no lo sabía. Ponía naturista, no nudista.

—Es lo mismo. Me ha chocado mucho el señor mayor que ha pasado, ¿lo has visto?

—No me he fijado, ya ves tú lo que pesaba la nevera.

—Pues para ser un viejo le colgaba un buen pepino.

La miré de reojo.

—¿Se lo has mirado?

—Y dónde quieres que mire, si era largo y destacaba.

Me quedé un segundo callado. Le ha mirado la polla a un desconocido. ¿Y él la habrá visto a ella? Con lo guarrilla que es, ¿le habrá gustado? Noté que la mía empezaba a despertarse.

—Oye, ¿en qué piensas? —dijo.

—En la polla del viejo, que me has dejado con la duda.

—Serás cochino. Si quieres lo llamo, que está sentado ahí.

—Ni se te ocurra, loca.

—¿No te atreves?

—La que no se atreve eres tú, que no te has quitado ni la ropa.

—¿Quieres que me quede en tetas?

—Como ese viejo te vea esas tetas se vuelve loco.

—¿Quién?

—Mi polla en tu boca.

Nos reímos como dos críos. Me acordé del mechero olvidado en el coche y me acerqué a buscarlo. Cinco minutos, no más.

***

—¿Sabes que mientras estabas fuera se ha acercado don Rafael? —me dijo al volver.

—¿Don Rafael?

—El señor de antes. Se llama Rafael, pero ha sido cirujano toda su vida, hay que guardarle el respeto. Dice que tiene sesenta y un años y que vive aquí todo el año.

—Ah, don Rafael, el de los huevos colgando —solté con sorna.

—Tampoco le colgaban tanto. Los tenía gordos.

—¿También te has fijado en eso?

—Es que se planta delante sin nada de ropa.

—Menudo pájaro tu don Rafael.

—No seas así. Anda, quítate el bañador y enseña tu pollita.

—Si tú enseñas esas tetazas, me lo quito sin dudarlo.

Yasmín aceptó. Empezó a desatarse la parte de arriba del bikini y yo me quedé hipnotizado, como si fuera la primera vez que le veía los pechos. Los dejó libres: pesados, blancos de no tomar el sol, con un piercing brillándole en el pezón izquierdo. Cogió una lata.

—Venga, te toca. ¿O te da vergüenza?

—¿A mí? Los cojones.

De un tirón me quité el bañador. Asomó mi polla, medio dura, no demasiado grande, pero a mí me daba igual: la cuestión era que no se me arrugara delante de ella. Yasmín se relamió.

—Pero si la tienes dura, papi.

—Tranquila, tómate la cerveza.

***

Comimos en pelotas, ella solo con la braguita del bikini, y decidimos darnos un baño. El agua estaba templada, deliciosa. No llevábamos ni un minuto dentro cuando una voz nos sorprendió.

—Hola, Yasmín, ¿cómo está el agua hoy?

—Don Rafael, no lo había visto entrar. Mire, este es mi chico, Dani.

—Encantado, Dani. No hace falta que me llaméis don. En la clínica todos me tratan así por ser el cirujano, pero aquí soy uno más, y veo que vosotros os habéis adaptado bien.

—Sí, uno se siente más libre —dije.

—Mirad, perdonad mi descaro, pero estáis invitados a comer en mi casa. Estoy solo: mi mujer y mi hijo han tenido que ir el fin de semana a Ginebra por trabajo. Tengo preparado un arroz que está para chuparse los dedos.

—Nos encantaría —se apresuró a contestar Yasmín.

—Pues os espero en villa Azahara, número treinta y ocho. No tiene pérdida.

Rafael salió del agua y se alejó caminando por la orilla. Yasmín me miró con los ojos brillantes.

—¿Vamos, no?

—¿Que si vamos? Ha dicho villa. ¿Sabes lo que cuesta una villa aquí? Mínimo un millón. Y dice que su mujer está fuera. Este tío tiene pasta.

—Don Rafael, Dani. Don Rafael.

—Sí, sí, como tú quieras. Recogemos y vamos.

Salimos del agua y los pechos de Yasmín botaban al caminar, mojados, sin un gramo de vergüenza. Mi polla seguía firme, y eso me daba seguridad. Mientras subíamos las cosas, no paraba de pensar. Estaba ella en tetas delante de él, tan a gusto, y él sin quitarle el ojo. Y encima le llama don Rafael como si fuera su doctor. ¿Hasta dónde llega esta tía? La quiero demasiado para perderla… pero también es muy fogosa. Cualquiera fliparía con ella.

—Gorda, te quiero.

—Y yo a ti, guapo.

***

El número treinta y ocho tenía la puerta abierta. Cruzamos un control de barreras, subimos por una cuesta y al entrar Yasmín se quedó sin aire.

—Dios, esto es más impresionante que la playa.

Una construcción de estilo ibicenco, paredes blancas, piscina rodeada de piedra, mucha vegetación. En el aparcamiento, un Porsche Cayenne y un Aston Martin descansaban al sol. Dejé nuestro Fiat al lado y solté un silbido por lo bajo.

Rafael salió a recibirnos con un conjunto de lino blanco a juego con la casa, los brazos abiertos.

—Bienvenidos. ¿Te gustan los coches, Dani? Luego damos una vuelta.

Entramos en una casa enorme y a la vez acogedora, llena de cuadros y esculturas. La cocina daba a una terraza con una mesa puesta y una cazuela tapada con papel de plata. Rafael abrió un albariño y sirvió tres copas.

—Bienvenidos a mi hogar. Disfrutad.

—Muchas gracias, don Rafael —dijo Yasmín, eufórica—. Tiene usted un gusto exquisito.

Comimos entre risas y elogios al arroz, mientras Rafael no dejaba de rellenar copas. El vino entraba con peligro. Yasmín se puso colorada y muy parlanchina; la conversación derivó hacia hospitales y quirófanos, porque ella también trabajaba en una clínica. A mí el albariño me había dejado plomizo.

—Perdonad, ¿dónde está el baño?

—Arriba, no tiene pérdida.

Subí, oriné apoyado en la pared y suspiré. Puf, cómo pega este vino. ¿Cuántas llevo, cuatro, cinco? Me echo una siesta de un minuto y bajo. Entré en una habitación con sábanas blancas que olían a vainilla y me dejé caer en la cama. Cerré los ojos cinco segundos.

Me quedé frito un buen rato.

***

—¿Y este chico que no baja? —dijo Yasmín—. Voy a buscarlo.

—Tranquila, deja que descanse —respondió Rafael recogiendo la mesa—. Yo te espero en la piscina, que voy a preparar unos cócteles.

Ella subió, lo encontró dormido y le dio un beso en la mejilla sin despertarlo. Bajó con su copa hasta el borde del agua, donde Rafael agitaba una coctelera con limón, fresa y ginebra.

—Antes me dedicaba a la noche, mientras pagaba la carrera —comentó él, sin dejar de mirarla—. Nada de esto es regalado. ¿Te apetece el jacuzzi?

—Voy a cambiarme.

Yasmín entró en el vestuario y salió con un bikini negro que le aprisionaba los pechos y se le metía entre las nalgas. Se metió en el agua caliente a esperarlo. Rafael apareció con la copa y un puro, completamente desnudo.

—Uy, don Rafael, así no lo esperaba —dijo ella, mirándole de nuevo la entrepierna.

—Perdona, guapa, en casa voy desnudo. Hoy me he cortado por la visita.

Se sentó enfrente, dentro del agua.

—Se nota que se cuida —añadió Yasmín.

—Pesas, buena comida, buen vino, buen sexo. La buena vida. Por cierto, ¿a qué se dedica Dani?

—Es artista. Pinta. Pero no le va muy bien con las ventas, y eso lo tiene un poco triste.

—¿Artista? Me fascina el arte, ya lo habrás visto. ¿Podrías enseñarme algo suyo?

Yasmín salió del agua a buscar el móvil. Rafael no le quitó ojo al culo mientras se alejaba. Volvió, se sentó a su lado y le mostró las pinturas: mujeres, escenas sensuales.

—Es muy bueno —dijo él—. Mira, podríamos llegar a un trato. Antes de iros le compro un cuadro y le dejo algo de propina.

—¿En serio? —Yasmín pegó un grito de alegría y se abalanzó a abrazarlo. Al hacerlo, su muslo rozó la polla de Rafael, ya medio dura—. Uy, perdona.

—No te preocupes, cariño. Lo que haga falta.

Rafael salió y se sentó en el borde, echándose hacia atrás con las piernas separadas. Fue un gesto descarado. Yasmín se quedó muda con aquella polla gorda, depilada y de capullo rosado a un palmo de su cara.

Dios, qué bueno está don Rafael. Pero ¿qué haces, Yasmín? Si Dani está arriba… es que me quedo embobada.

—Don Rafael, ¿está circuncidado? —preguntó sin pensar.

—¿Cómo? Sí, señora. Qué observadora.

—Disculpe, lo soy a veces.

—¿Y tú? ¿Por qué no haces como yo y te desnudas?

—Bueno, la parte de arriba puedo quitármela. Total, ya me has visto las tetas.

—Y muy bonitas, por cierto. Me gusta ese piercing.

Yasmín se soltó el bikini y lo lanzó lejos, sin pudor.

—Ya estoy como tú.

—Casi. Pero eso te lo perdono.

Le explicó qué era la circuncisión cogiéndose la polla con la mano, echándose la piel atrás y adelante. Yasmín no apartaba la vista. Él se levantó, puso un dembow movidito y preparó dos copas más.

—Me encantaría ver cómo mueves ese cuerpo —dijo al volver al agua.

Ella empezó a bailar sentada en el banco de piedra, los pechos botándole fuera del agua.

—Te propongo algo. En vez de un cuadro, le compro dos a Dani. Pero tienes que bailar un poco más… subido de tono.

—¿Dos cuadros? ¿Y cuánto pagarías por cada uno?

—Mil euros.

Yasmín casi escupe la bebida. ¿Mil por cuadro? Dani se va a poner como loco, y todo por un baile. ¿Lo hago? Claro que lo hago. Se levantó frente a él, las caderas siguiendo el ritmo, las manos subiendo por la cintura hasta el pelo.

—Date la vuelta —pidió él—. Acércate.

Ella obedeció, meneando el culo a un palmo de su cara. Joder, qué estoy haciendo. Le estoy bailando a un madurito millonario, y Dani durmiendo arriba. Pero estoy cachondísima… rozarse no es infidelidad, ¿no? Se subió a horcajadas sobre él, una rodilla a cada lado del banco, la braguita del bikini protegiéndola apenas. La polla de Rafael le rozaba el vientre, durísima.

—¿Así le gusta, don Rafael?

—Me encanta. Creo que voy a tener que pagarle un extra a Dani. Otro cuadro si me dejas probar esas tetas.

Ya serían tres mil, y solo por dejar que me las chupe un poco. Llevo enseñándoselas todo el día. Esto no es infidelidad.

—Vale.

Rafael le cogió los pechos, uno en cada mano, y atrapó los pezones con la boca, primero uno y luego el otro, con una mezcla de delicadeza y hambre que delataba experiencia. Yasmín, entre suspiros, lo abrazaba mientras él le restregaba la polla contra el bikini.

—Don Rafael, me encanta cómo lo hace… pero pare, por favor, no quiero que nos pille Dani.

—Vale, cariño, paro. Pero mira cómo me tienes —le cogió la mano y se la llevó a la polla.

Era la primera vez que Yasmín lo tocaba. Lo notó a punto de reventar.

—Está usted durísimo —suspiró.

Rafael volvió a sentarse en el borde.

—Otro cuadro más si me dejas correrme en esas tetas.

Si supieras que te dejaría gratis…

—Otro cuadro, pero subes quinientos más.

—Dos mil. Pero te lo tragas.

Yasmín dudó un instante. ¿Dos mil por tragar? Son cinco mil en total. Dani se va a poner contentísimo. Y total, lo haría gratis.

—Vale. Pero no te la chupo, solo me la trago.

—Sin problema.

Él se masturbaba con la cabeza de ella entre las piernas. Yasmín entreabrió la boca.

—Me corro… ábrela, ábrela —jadeó Rafael, sujetándole la nuca.

Y entonces Yasmín, más cachonda que nunca, sacó la mano del agua, agarró la polla con las dos manos y se la metió entera en la boca. Empezó a chupar con desesperación, como si nunca hubiera probado una así, como si Dani no existiera. Rafael abrió los ojos de golpe y se vino entre convulsiones, cuatro chorros calientes que ella tragó sin perder una gota.

—No sabía que eras tan ardiente —gimió él, fascinado.

Yasmín se sacó la polla limpia, se relamió los labios y sonrió.

—Don Rafael, ha sido un placer hacer negocios con usted.

Salió del jacuzzi desnuda, el pelo mojado, andando con un balanceo que derrochaba poder. Madre mía, cómo me he corrido. Cinco mil euros por mi gordito, y todo lo que ha pasado son juegos tontos. Esto no es infidelidad. Lo que daría por que no se hubiera acabado el viaje.

***

Entró en la habitación. Yo seguía dormido en el mismo sitio.

—Hola, gordo, despierta, que ya estoy borrachita y nos vamos.

Abrí los ojos despacio y la vi de pie, desnuda, con una sonrisa que no supe leer.

—¿Y tú por qué estás desnuda, Yasmín?

Continuará.

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Comentarios (5)

verano_secreto

tremendo relato... ese titulo ya me engancho desde el principio, no pude parar de leer

Pulpo_lector

Que buenazo! Esperando ansioso la segunda parte, dejaste todo en suspenso justo en el mejor momento

SolMed_83

Esto me recuerda a unas vacaciones en Formentera que tuve hace unos años, algunas situaciones son mas reales de lo que uno imagina jajaja

NocheMediterranea

Lo del cirujano ya me lo veia venir desde la mitad, pero igual fue una sorpresa como lo desarrollaste. Muy bien narrado.

ale_baires

jajaja lo de fingir que no se entera fue lo que mas me gusto, muy creible ese detalle

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