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Relatos Ardientes

La fantasía que le confesé a mi mejor amigo

Aquella madrugada el piso de Marcos olía a tabaco frío, a ron barato y a sudor de fiesta. Habíamos cerrado el último examen del cuatrimestre esa misma tarde y, como mandaba la tradición, lo celebrábamos a base de copas que ya nadie se molestaba en contar. A las cuatro quedábamos solo nosotros dos, despatarrados en el sofá, con la música baja y una botella mediada apoyada entre los cojines.

Marcos me saca dos años. Siempre fue el guapo del grupo, el que volvía de cada finde con una historia distinta y una chica distinta. Yo era lo contrario: el friki callado al que toda la vida le habían tomado el pelo por hablar de anime, de cómics y de disfraces. Él nunca se rió de eso. Era el único que no lo hacía, y por eso era mi mejor amigo.

—Venga, tronco —dijo arrastrando un poco las palabras, pasándome el espejo—. Una raya más y me cuentas algo bueno por una vez.

Acepté. El frío subió de golpe, todo se volvió más rápido y más lento a la vez, y la lengua se me soltó como nunca.

—Algo bueno —repetí, riéndome solo—. Tú sí que tienes cosas buenas que contar. Yo me paso la vida imaginando.

—Pues imagina en voz alta —contestó él—. ¿Qué le harías a una tía si la tuvieras delante ahora mismo?

Me quedé callado más de la cuenta. Esa era exactamente la pregunta que nunca quería que me hicieran.

—No es tan fácil —murmuré.

—Claro que lo es. Yo te lo cuento todo. ¿Sabes lo que más me pone? —Se inclinó hacia mí, bajando la voz como si hubiera alguien más en la habitación—. Tener a una tía de rodillas, con la boca abierta y mi polla entrando hasta el fondo de su garganta. Mandando yo, decidiendo yo cuándo se traga la corrida y cuándo se la escupo en la cara. Verla obedecer con los ojos llorosos, con la baba colgando. Eso me vuelve loco.

Tragué saliva. El corazón me iba a mil y no era solo por la coca.

—¿Y tú? —insistió—. Te he visto la cara, friki. Algo escondes. Suéltalo.

***

—Si te lo digo, no se lo puedes contar a nadie —solté de golpe—. Ni a tus padres, ni a los míos, ni al grupo. A nadie. Júramelo.

Marcos se incorporó. Por primera vez en toda la noche parecía completamente sobrio.

—Te lo juro. Lo que salga de aquí se queda aquí. Habla.

Cogí la copa y me la bebí entera de un trago, buscando valor en el fondo del vaso. Cuando lo dejé sobre la mesa, ya no había vuelta atrás.

—A mí no me atraen las mujeres como a ti —empecé, con la voz temblando—. Me atrae… lo que ellas son. Lo que se ponen. Cómo se mueven. Llevo años cerrando la puerta de mi cuarto, poniéndome ropa que no es mía delante del espejo y mirándome hasta que no me reconozco. Y cuando no me reconozco, es cuando mejor estoy.

Esperé el golpe. La risa, el asco, el «qué dices, tío». No llegó nada. Marcos no se movía.

—Sigue —dijo, muy bajo.

—Hago cosplay femenino en mi cabeza —continué, y ya no podía parar—. Me imagino transformado del todo. No disfrazado: convertido. En una mujer, en una tía con tetas y coño de verdad, a la que los hombres miran y se les pone dura. Esa es mi fantasía. La que no le he contado nunca a nadie.

El silencio duró siglos. Yo no sabía dónde meterme, miraba la moqueta como si pudiera tragarme.

—O sea —dijo al fin, y noté algo nuevo en su tono, algo grave y caliente a la vez—, que debajo de todo este rollo de friki callado tienes escondida a una zorrita que se muere por salir.

Levanté la vista. No se reía. Me miraba de un modo en que nunca me había mirado, como quien evalúa algo que de pronto le interesa mucho.

—Sí —admití—. Eso es. Exactamente eso.

***

—¿Y para quién? —preguntó—. Esa zorrita que quieres ser. ¿Para quién querría abrirse de piernas?

La pregunta me atravesó. Porque la respuesta la tenía clarísima desde hacía años y nunca me había atrevido ni a pensarla del todo.

—Para alguien que mandara —dije despacio—. Para alguien fuerte, que me follara cuando le diera la gana y me dijera de rodillas a quién pertenezco. Quiero ser de alguien. Su puta privada. La que aparece con las bragas mojadas cuando él quiere y desaparece cuando él lo dice.

Marcos dejó escapar un suspiro largo, como si llevara toda la noche conteniéndolo. Estiró la mano y me dio una palmada en la nuca, lenta, casi una caricia. Un gesto de dueño.

—Eres una cajita de sorpresas —murmuró—. Quién me iba a decir a mí que el friki tenía esto dentro.

—No te rías de mí —pedí, aunque ya sabía que no lo haría.

—No me río. —Su voz era pura miel y amenaza—. Estoy pensando en cómo te voy a follar la boca dentro de un rato. Que es muy distinto.

Se me escapó un jadeo. Lo miró y sonrió de medio lado, con esa suficiencia de macho que sabe lo que provoca.

—¿Ves? —dijo, bajando la mano a mi cuello, apretándomelo apenas con el pulgar y el índice—. Ya se te ha puesto la voz de tonta. Ni siquiera hemos empezado.

Toda la vida lo había admirado desde la distancia segura de la amistad, sin permitirme nunca poner nombre a lo que sentía cuando él me pasaba el brazo por el hombro o se reía de algo a mi lado. Ahora ese muro se había venido abajo de golpe, y en lugar del vértigo que esperaba sentir, lo que noté fue alivio. Un alivio enorme, casi físico, como soltar un peso que llevaba colgado del pecho desde la adolescencia.

—¿Y no te doy asco? —pregunté, porque necesitaba oírlo.

—¿Asco? —Soltó una risa baja, ronca—. Friki, llevo media hora con la polla dura empujando contra el vaquero. Eso no es asco, te lo aseguro. Toca. Anda, toca y compruébalo tú mismo.

Me cogió la mano y me la puso encima del bulto. Estaba caliente, duro, apretado bajo la tela. La polla le latía contra mi palma como un segundo corazón. Se me escapó el aire por la boca.

—Joder… —murmuré.

—Joder, sí —repitió él, dejando mi mano ahí, obligándome a apretar—. Y todo por ti. Por esa zorrita que llevas dentro y que se muere por que la saque.

Se quedó callado un momento, mirando el techo, y entonces soltó algo que me cambió la noche entera.

—Me ha salido trabajo fuera. Lejos. Un contrato de un par de años en el sudeste asiático, en una ciudad enorme donde no me conoce nadie. Me voy en septiembre. —Giró la cabeza hacia mí, muy despacio—. Allí podría ser cualquiera. Y tú también.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, aunque el pulso ya me lo gritaba.

—Que te vengas conmigo. Que dejes que te convierta en lo que tanto imaginas. En esa tía. La mía. Mi puta privada, como tú dices. —Hizo una pausa—. Pero las fantasías cuestan. Esta tendría un precio.

—¿Cuál? —Mi voz salió casi sin aire.

—Que dejes de ser quien eras. Que seas mía de verdad. Sin medias tintas. Que cuando yo diga abre la boca, la abras. Que cuando yo diga de rodillas, ya estés en el suelo. Sin preguntar.

Lo pensé exactamente dos segundos. Dos segundos en los que se me pasaron por delante todos los años de puerta cerrada y espejo, todas las veces que había sido yo a escondidas.

—Sí —dije, y nunca una palabra me había costado tan poco—. Sí. Quiero. Hazlo real.

***

Marcos sonrió. No fue una sonrisa amable: fue la de quien acaba de ganar algo. Se reclinó en el sofá y, sin dejar de mirarme, se desabrochó el botón del vaquero.

—Entonces vamos a empezar ahora mismo —dijo—. Porque si vas a ser mi puta, primero quiero ver cómo se te da chupar polla.

El aire se me cortó en la garganta. Vi cómo se bajaba la cremallera diente por diente, cómo se metía la mano por dentro del bóxer y sacaba la polla, gorda, dura, con la punta ya brillando de líquido. Se me secó la boca de golpe. Siempre había imaginado ese momento, mil veces, en mil versiones distintas. Ninguna se parecía a tenerla de verdad delante, latiéndome a un palmo de la cara.

—Ven —ordenó, dando una palmada suave a su muslo—. Aquí. Al suelo. Entre mis piernas.

Me deslicé del sofá hasta quedar de rodillas en la moqueta, entre sus piernas abiertas. La postura me resultó natural, como si mi cuerpo llevara años ensayándola en sueños. Él me cogió del pelo, sin brusquedad todavía, pero dejando muy claro quién decidía. Con la otra mano se agarró la base de la polla y la sacudió delante de mi cara, dándome dos golpecitos en la mejilla con la punta caliente.

—Mírala bien —susurró—. A partir de esta noche esto es tuyo. Y tú eres suyo. ¿Entendido, zorra?

—Sí —jadeé.

—Sí, ¿qué?

—Sí, señor —contesté, y noté cómo me temblaba todo por dentro al oírme decirlo.

Sonrió, satisfecho. Me apretó un poco más los dedos en el pelo y tiró hacia adelante.

—Saca la lengua. Despacio. Quiero ver si la puta que dices llevar dentro sabe lo que hace.

Saqué la lengua y, desde la base de los cojones, tracé una línea lenta y mojada hasta la punta. Su piel latía bajo la mía. Lo noté estremecerse, oí cómo soltaba el aire entre los dientes, y esa reacción —saber que era yo quien se la provocaba— me encendió más que ninguna otra cosa en mi vida. Le lamí el prepucio, hurgué con la punta de la lengua bajo el glande, y cuando llegué al agujerito lo besé, chupando el líquido salado que le brotaba. Sabía a hombre, a sudor y a sexo. Me llenó la boca de saliva.

—Joder —murmuró él, apretando un poco más los dedos en mi pelo—. Mírate. Si llevabas toda la vida fingiendo.

Abrí los labios y me la metí. Primero solo la cabeza, cerrando la boca alrededor y succionando como había visto hacer en tantos vídeos a escondidas. Marcos gimió, un gruñido grave que le subió del pecho, y ese sonido me puso más dura la polla dentro del pantalón que cualquier cosa que hubiera sentido nunca. Yo también estaba empalmado, apretado contra la tela, y ni siquiera me atrevía a tocarme.

—Más —ordenó—. Trágala. Toda.

Bajé la cabeza. La verga se me hundió centímetro a centímetro, hasta que la punta me tocó la campanilla y una arcada me sacudió el pecho. Se me llenaron los ojos de lágrimas, se me escapó un hilo de baba por la comisura, y él soltó una risa ronca de puro placer.

—Eso es. Eso es lo que quería ver. Al friki con la boca llena de polla y los ojos llorando. Joder, qué guapa te pones así.

Me sujetó con las dos manos y empezó a moverme la cabeza al ritmo que él quería. Arriba y abajo, cada vez más rápido, follándome la boca sin ninguna delicadeza. Yo me dejaba, con las manos apoyadas en sus muslos, tragando saliva entre embestida y embestida, notando cómo el glande me golpeaba una y otra vez contra el fondo del paladar. La moqueta me raspaba las rodillas, se me caía la baba al suelo, y no había un solo momento en toda mi vida en el que me hubiera sentido tan puesto en mi sitio.

—Mírame —jadeó él—. Quiero verte los ojos mientras te uso la boca.

Levanté la vista, con las mejillas huecas por la succión y las pestañas mojadas, y lo vi echar la cabeza hacia atrás por dos segundos antes de volver a mirarme, con los dientes apretados y los ojos negros.

—Me cago en la puta, si eres una zorra de verdad. Nacida para esto.

Cerró un puño en mi pelo y se puso de pie sin sacarme la polla de la boca. Me hizo apoyar las manos en el sofá, la cara pegada a su pubis, y empezó a follarme la garganta a pie firme, con embestidas largas y hondas. Yo me atragantaba, sorbía aire por la nariz cada vez que él salía un segundo, y volvía a hundirme en su carne cuando volvía a empujar. La cara me chorreaba, tenía la barbilla empapada de saliva y de líquido preseminal, y él no paraba de gruñir insultos preciosos por encima de mi cabeza.

—Así… así, puta… trágala bien… esta es tu boca ahora, ¿me oyes? Esta boca es mía. Ya no comes con esta boca si yo no lo digo.

Yo asentía con la polla dentro, gemía tragado, y notaba cómo el glande se le hinchaba entre mis labios cada vez que amenazaba con correrse. Se retiró de golpe, jadeando, con la verga brillante y roja apuntándome a los ojos.

—Aún no —dijo, dándome dos bofetadas suaves con ella en la cara—. No quiero acabar en tu boca todavía. Levántate. De pie. Y quítate los pantalones.

Obedecí. Me tembló todo mientras me desabrochaba el vaquero y lo bajaba junto con el calzoncillo. Mi polla saltó fuera, mojada del propio calor, y él la miró apenas un segundo antes de agarrarme por la nuca y darme la vuelta, empujándome bocabajo contra el brazo del sofá.

—Enseñame ese culo —dijo, apretándome la cara contra los cojines—. Que llevo un cuarto de hora pensando en él.

Me abrió las nalgas con las dos manos. Sentí el aire frío del salón entre las piernas, después su aliento caliente cuando se agachó, y luego —cuando ya creía morir de vergüenza y de deseo a la vez— su lengua. Recorrió mi agujero de arriba abajo, lento, mojado, con una calma cruel. Yo grité contra el sofá, hundiendo los dedos en la tapicería, arqueando la espalda sin poder evitarlo.

—Chss —susurró—. Que vas a despertar al vecino. Aunque me da igual, que sepa cómo se te folla.

Volvió a la carga. Me clavó la lengua adentro, hundiéndola, penetrándome con ella, y con el pulgar humedecido empezó a jugar en el borde. Yo no reconocía los sonidos que me salían: gemidos altos, agudos, más de chica que de tío, y cada uno de ellos le arrancaba una risa oscura de fondo.

—Mira, si hasta gimes como ella —gruñó—. Como la zorrita esa que llevas dentro. Voy a sacártela ahora mismo.

Se incorporó. Me escupió en el culo, un lapo generoso, caliente, y lo esparció con el pulgar. Después noté la punta de la polla apoyarse contra el anillo, gorda, imposible, y me tensé entero.

—Respira —ordenó, agarrándome de las caderas—. Y afloja. Que esta noche te la voy a meter entera.

Empujó. Al principio con el glande solo, forzando el músculo, y yo grité con la boca contra los cojines mientras un dolor punzante me abría por dentro. Aguantó ahí, dejándome respirar, y después empezó a hundirse centímetro a centímetro, con paciencia de dueño que sabe que lo que penetra es suyo. Cuando por fin sentí sus pelos contra mis nalgas supe que la tenía toda dentro. Me temblaban las piernas. Me caían lágrimas por la nariz. Y estaba más entero, más presente, más yo de lo que había estado nunca.

—Ya está —susurró—. Ya te la has tragado toda. Bienvenida, zorra.

Y empezó a moverse. Despacio primero, saliendo casi entera y volviendo a hundirse, dejándome sentir cada vena, cada centímetro de esa verga que me abría en canal. Después más rápido. Las embestidas empezaron a sonar húmedas, pesadas, con un chasquido de piel contra piel que se me quedó grabado para siempre. Yo apoyaba la frente en el sofá y gemía cada vez que golpeaba el fondo. Mi propia polla, ignorada, chorreaba sola contra la tapicería.

—Dime lo que eres —jadeó él, cogiéndome del pelo, tirando hacia atrás para arquearme—. Dilo.

—Tu puta —gemí.

—Más alto.

—¡Tu puta! —repetí, con la voz rota—. Soy tu puta, Marcos, joder, soy tu puta…

—Eso es. —Aceleró—. Y en septiembre serás mi puta con nombre de chica, con el pelo rojo, con las tetas nuevas y con el coño abierto todo el día para mí. ¿Me oyes? Todo el día.

—Sí… sí, señor, sí…

Me clavaba la polla hasta el fondo, sin piedad. La habitación entera olía a sexo, a sudor, a coca vieja, a la baba de haber estado mamando. Yo notaba la mía subiendo, imposible de contener, y me la agarré con la mano temblando. Bastaron cuatro sacudidas. Me corrí sobre el sofá, en chorros gruesos y calientes, mientras él seguía follándome, y el orgasmo me apretó por dentro con tanta fuerza que le arranqué un gemido animal.

—Joder, joder, joder —masculló—. Aprieta así, puta, así…

Un par de embestidas más, brutales, hasta el fondo, y se hundió del todo. Sentí cómo la polla se le hinchaba dentro de mí y después el latigazo caliente, chorro tras chorro, llenándome. Se corrió gruñendo, con la frente pegada a mi espalda, y yo cerré los ojos, sintiendo cómo su semen me marcaba por dentro con más fuerza que cualquier tatuaje.

Se quedó ahí, dentro, respirando contra mi nuca. Al final salió despacio, y noté cómo el semen me chorreaba muslo abajo. Me giró la cara con dos dedos, me miró a los ojos, y me obligó a lamerle el pulgar como si fuera una cría buena.

—Esto es solo el principio —dijo, con la voz ronca, echando la cabeza hacia atrás—. Cuando lleguemos allí no vas a reconocerte. Te lo prometo.

***

Esa noche no dormimos. Hablamos hasta que entró la luz gris del amanecer por la persiana mal cerrada, y en cada frase él iba dándole forma a lo que yo sería. El pelo, decía, lo querría rojo, largo, salvaje. La piel suave, sin un solo vello. Las tetas grandes, redondas, altas, hechas para reventar un vestido. Me describió tatuajes que aún no existían sobre una piel que aún no era la mía —su nombre en la cara interna del muslo, una flechita apuntando al coño, marcas de esclava en la parte baja de la espalda—, marcas que me convertirían en suya para siempre. Y yo escuchaba, embriagado, con el culo aún ardiéndome y el semen secándoseme en los muslos, asintiendo a todo, porque cada palabra era un trozo de la fantasía que llevaba media vida sin atreverme a nombrar.

—¿Y serías feliz así? —me preguntó al final, ya casi de día, cuando los dos estábamos demasiado cansados para mentir—. Siendo eso. Siendo mi puta.

Lo miré. Tenía los ojos rojos, el pelo revuelto, una sombra de barba que no estaba ahí la tarde anterior, y la polla aún desnuda, apoyada blanda contra el muslo. Y aun así, en ese instante, fue lo más parecido a un futuro que había visto nunca.

—Más que nunca —respondí—. Llevo toda la vida siendo el chico que no era. Por fin alguien me deja ser lo que de verdad soy.

Y mientras lo decía me di cuenta de que era verdad hasta la médula. No se trataba solo del deseo, ni de la coca, ni de la madrugada, ni de la polla que aún me latía por dentro. Era la primera vez que pronunciaba en voz alta quién era y no me caía el mundo encima. Al contrario: por primera vez sentía que el mundo se ensanchaba, que había sitio para mí en algún lugar lejano, con un nombre distinto y un cuerpo que por fin se parecería a lo que veía cuando cerraba los ojos.

Marcos sonrió, esta vez de otra manera, casi con ternura, y me atrajo hacia su pecho. Fuera empezaban a cantar los pájaros y el cuatrimestre, los exámenes, el friki del que todos se reían: todo aquello se quedaba al otro lado de esa madrugada. Lo que viniera después lo escribiríamos lejos, en un idioma que aún no conocíamos, con un nombre nuevo que él todavía no me había puesto.

—Descansa —murmuró contra mi pelo—. Tenemos mucho que preparar antes de septiembre.

Cerré los ojos sobre su pecho, con su mano posesiva bajando lenta hasta mi culo aún dolorido, marcándome la propiedad incluso mientras me dormía. Y por primera vez en años, me dormí sin esconderme de nada.

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Comentarios(9)

CuriosaLect

No pude parar de leer!!! que buenazo

NocheSinSueño_77

Por favor seguí, quedé con muchas ganas de saber como termina todo entre ellos

PabloMendez_R

Me recordo mucho a algo que viví hace años con un amigo. La vulnerabilidad de esos momentos es algo que no se olvida facilmente. Muy bien contado.

Flor_BA

Me encanto el planteo, se siente tan autentico. Cuanto tiempo llevabas guardando eso para vos?

Damian_RO

Un relato distinto, con mas profundidad que los habituales. Me gustó mucho la forma en que lo narrás, sin apuros.

Sil_77

jaja ese momento inicial me tuvo en suspenso todo el tiempo, tremendo!

RosaLect_ok

Excelente!!

IgnacioSur88

Muy bueno, ojalá haya segunda parte. Este tipo de relatos con algo de realismo son los mejores.

MaruRiver

Me atrapó desde el primer parrafo. Seguí escribiendo, tenés talento!!

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