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Relatos Ardientes

El chófer del autobús me enseñó a desear

Crecí en una casa donde todo se medía por lo que diría la gente de la iglesia. Faldas hasta la rodilla, blusas cerradas hasta el último botón, novios elegidos entre los hijos de la congregación. A los veintiún años seguía siendo virgen, y no porque lo hubiera decidido yo, sino porque nunca me habían dejado decidir nada. Mi nombre es Renata, y esta es la historia de cómo dejé de ser la chica que mis padres querían que fuera.

El único que se acercó a despertarme algo fue Damián, un muchacho del coro que parecía tan recatado como yo pero que tenía las manos inquietas. Cuando mi madre se iba a la cocina a preparar el café, él aprovechaba para deslizar los dedos por debajo de mi blusa, rozarme la espalda, buscarme entre los pliegues de la falda. Yo me dejaba, con el corazón a punto de salírseme del pecho.

Una tarde mi padre entró sin avisar y nos encontró demasiado cerca. No hubo gritos en ese momento, solo un silencio que pesaba más que cualquier reproche. Esa misma noche me prohibieron volver a verlo.

Algo se rompió en mí. No fue rabia exactamente, fue cansancio de obedecer. Les anuncié que me iría a estudiar a otra ciudad, lejos, y la discusión que siguió fue la peor de mi vida. Mi madre me puso las maletas en la puerta cuatro semanas antes de que empezaran las clases.

Un primo mío, Joaquín, se enteró por casualidad y me ofreció su sofá durante esos días. También me deslizó algunos billetes para que no pasara hambre las primeras semanas. Nunca le agradecí lo suficiente.

***

Llegué a la residencia con una sola maleta y la sensación de estar empezando de cero. Me asignaron una habitación con una chica llamada Brisa, todo lo contrario a mí: piercings, risa fácil, una manera de hablar de su cuerpo como si fuera lo más natural del mundo. Conectamos enseguida, quizá porque ella veía en mí algo que yo todavía no me atrevía a mirar.

La primera noche, cuando ya estábamos acostadas y a punto de dormir, escuché unos sonidos extraños desde la litera de arriba. Gemidos bajitos, una respiración entrecortada.

—¿Estás bien? —pregunté, ingenua.

—Tranquila, solo estoy viendo una peli —respondió ella, como si nada.

—¿Qué clase de peli?

Se le escapó una carcajada que intentó ahogar contra la almohada. Me pidió que subiera. Trepé por la escalerilla y me senté a su lado, y entonces vi la pantalla del teléfono. Nunca había visto nada así. Me quedé hipnotizada con la imagen de aquel hombre, con el tamaño de lo que tenía entre las piernas, con la manera en que la mujer lo recibía sin pudor.

No dije nada. Volví a mi litera con la cara ardiendo y una humedad nueva entre los muslos. Yo, que minutos antes me caía de sueño, no pude pegar ojo en toda la noche. Algo se había encendido y no sabía cómo apagarlo.

***

Pasaron los días y por más que lo intentaba no lograba encajar en ningún grupo. La facultad quedaba lejos de la residencia, y la última hora del trayecto la hacía casi siempre con un mismo hombre en el autobús. Lo llamaré mi pasajero secreto, porque nunca supe su nombre y porque lo que ocurrió entre nosotros jamás se lo conté a nadie.

Era mayor que yo, de barba canosa y mirada tranquila. Desde el primer día sentí que no me quitaba los ojos de encima. No era una mirada incómoda, era una mirada que me recorría entera, que se detenía en mis piernas, en mi cuello, en mis labios. Al principio me pareció que era por mi ropa, porque yo todavía vestía como una señora de cincuenta años.

Con el dinero que me mandaba Joaquín empecé a comprarme cosas nuevas. Quería un cambio radical, borrar de un plumazo a la chica de la iglesia. Estrené un vestido que me quedaba precioso. No era corto, pero como tengo las caderas anchas y el trasero grande, la tela se me subía y lo hacía parecer más atrevido de lo que era.

Esa tarde el autobús venía lleno y nos tocó viajar de pie, más cerca de lo habitual. Mi pasajero secreto me miraba con una intensidad distinta, y yo, en lugar de incomodarme, me sentía expuesta de una manera que me gustaba. No le di ninguna señal, pero por dentro estaba temblando.

Entonces lo sentí. Algo tibio cayó sobre la tela de mi vestido, a la altura del muslo, y la traspasó hasta tocarme la piel. Cuando lo rocé con los dedos era espeso y blanco. No olía mal, pero en mi ingenuidad no entendí qué era. Antes de bajarme, el hombre se acercó a mi oído.

—Así estás mucho más linda —murmuró—. Vístete siempre así para mí.

Lejos de molestarme, aquel susurro me dejó sin aire. Me bajé del autobús con las mejillas encendidas y las piernas flojas.

***

En la residencia le mostré la mancha a Brisa. La examinó un segundo y soltó una risita.

—Renata, esto es semen. Alguien se corrió pensando en ti en ese autobús —dijo, y luego me apretó la mano—. Ten cuidado, hay muchos pervertidos sueltos.

No le conté lo que el hombre me había susurrado. Me lo guardé como un secreto caliente. Esa noche, atando cabos, comprendí que yo había provocado eso, que mi cuerpo había despertado el deseo de alguien hasta el punto de hacerlo perder el control. La idea me encendió como nunca.

Fue la primera vez que me toqué de verdad. Deslicé la mano por debajo de la sábana, encontré ese punto que latía y no lo solté hasta que una ola me atravesó entera y tuve que morderme el labio para no gritar. Mi primer orgasmo. Me quedé temblando en la oscuridad, sorprendida de lo que mi propio cuerpo era capaz de sentir.

No dormí pensando en cómo me vestiría al día siguiente para gustarle a mi pasajero secreto.

***

Elegí otro vestido, este sí más corto, de color blanco con un fajín negro en la cintura. Decidí no ponerme sostén; siempre me había sentido más cómoda sin él y ahora, además, lo hacía a propósito. Quería confirmar que había sido él, quería ver su reacción.

En el viaje de vuelta lo encontré sentado, el autobús otra vez repleto. Me acerqué despacio y noté el momento exacto en que sus ojos me encontraron: se llenaron de alegría y de algo más oscuro, más hambriento. Un asiento al fondo quedó libre y me dirigí hacia él, pero el hombre dio una palmadita en el espacio junto a su cuerpo, invitándome. Me senté a su lado. En el roce sentí un bulto duro contra mi muslo, y vi cómo se acomodaba el pantalón con disimulo.

Cuando el autobús se fue vaciando, me habló en voz baja.

—Me obedeciste con la ropa —dijo, y yo sentí que la cara entera me ardía—. ¿Te gustó lo que te dejé ayer en el vestido?

Giré el rostro y asentí apenas con la cabeza. Un corrientazo me recorrió desde la nuca hasta el bajo vientre.

—Si quieres más, ven conmigo al fondo.

Se levantó primero. Yo me llené de un valor que no sabía que tenía y caminé hasta el último asiento con las piernas apretadas. Ya lo tenía afuera, fuera del pantalón, y era enorme. Me quedé de pie mirándolo, incapaz de apartar los ojos, hasta que me pidió que me sentara frente a él.

Obedecí de inmediato. Una parte de mí quería inclinarse y probarlo, descubrir a qué sabía, pero todavía no me atrevía. Era demasiado pronto.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó mientras se acariciaba despacio.

Asentí otra vez.

—¿Me dejas verte? —dijo, señalando mi pecho con la mirada.

Estaba de espaldas al conductor, nadie más podía verme. Bajé el escote del vestido y dejé mis pechos al aire para él. Sus ojos se clavaron en mí, su mano se movió más rápido, y yo me sentí poderosa, deseada, dueña de algo que durante veintiún años me habían enseñado a esconder.

De pronto se incorporó un poco, conteniendo un gemido ronco, y noté el calor de su placer cayendo sobre mi piel. Sin pensarlo, casi por instinto, recogí una gota con el dedo y me la llevé a la boca.

¿Quién soy ahora?, pensé, y la pregunta no me asustó. Me excitó.

—Eres muy obediente —susurró él, recomponiéndose—. La próxima vez ven sin ropa interior. Y estrena otro vestido.

Faltaban dos paradas para la mía. Estaba tan caliente que solo quería llegar a mi cuarto y darme placer otra vez, aunque sabía que conservaría el olor de él en la piel hasta el día siguiente.

Me bajé del autobús con una sonrisa que mis padres no habrían reconocido. La chica recatada de la iglesia se había quedado para siempre en otra ciudad. Esta era mi nueva vida, y por primera vez sentía que era mía y de nadie más.

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Comentarios (6)

CarlosFF

excelente relato!!!

RomeoX77

Que bueno, me quede con ganas de mas. Por favor una segunda parte!!

lectora_porteña

Me encanto como lo contaste, se siente tan real. Seguí publicando!

Mariela_Sur

Uff, me recordó a una situación parecida que viví hace años en el colectivo jaja. Se te revuelve todo por dentro.

Javi_cordobes

Muy bien escrito, sin vulgaridades innecesarias. Se nota que tenés pasta para esto.

SofiaKB

Increible como describiste esa tension, uno siente que lo está viviendo tambien. Gracias por compartirlo!

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