Mi fantasía de la videollamada con un desconocido
Nunca me consideré una escritora. Lo que cuento acá no es literatura: son cosas que se me cruzan por la cabeza tarde a la noche, cuando la casa está en silencio y yo no puedo dormir. Algunas las viví, otras todavía no. Esta es de las que todavía no, pero la imagino con tanto detalle que a veces me cuesta creer que no haya pasado.
Empezó como tantas otras: charlando. Hace un tiempo que llevo un perfil donde subo cosas mías, fotos, pensamientos sueltos, lo que se me antoja. No vendo nada ni busco nada en concreto. Lo hago porque me prende saber que del otro lado hay alguien mirando. Esa sensación de ser observada, de provocar sin tocar, me calienta más que casi cualquier cosa.
Una noche, hablando con uno de los que me sigue, le confesé una idea que venía dándome vueltas. Le dije que me moría por hacer una transmisión en vivo mientras estaba con alguien. Que me vieran. Que del otro lado hubiera gente pendiente de cada movimiento. Él se rió y me bajó a tierra enseguida.
—Eso no lo podés hacer en una transmisión abierta —me escribió—. Te cierran la cuenta en dos minutos.
Tenía razón, claro. Pero entonces tiró otra idea, una que me dejó pensando el resto de la noche.
—¿Y una videollamada? Una sola persona, elegida por vos. Privado. Eso sí podés.
Me quedé mirando la pantalla un buen rato. Sentí que algo se me encendía en el estómago y bajaba más abajo. Una videollamada. Alguien al azar, un desconocido del otro lado, mirándome mientras yo me entregaba. La fantasía se armó sola, completa, como si ya la hubiera vivido mil veces.
***
Lo primero sería arreglar el encuentro. Llamaría a un hombre que me vuelve loca, alguien con quien ya tengo confianza, de esos que te siguen la corriente sin hacer preguntas. Le mandaría un mensaje corto: «Esta noche, a las diez, en casa. Tengo una idea». Él contestaría con una sola palabra y yo ya estaría temblando de ganas.
Pasaría la tarde preparándome, que es casi la mejor parte. Me daría una ducha larga, me perfumaría con ese aroma mío que no es de marca pero que se queda pegado a la piel durante días. Me haría unos rulos en el pelo, despacio, frente al espejo, imaginando cómo iba a quedar todo cuando él llegara.
Elegiría un vestido blanco. Ajustado, largo hasta abajo de la rodilla, pegado al cuerpo como una segunda piel. De esos que no esconden nada y lo sugieren todo. Me marcaría la cintura, las caderas, la cola, los pechos. Me pintaría los labios de un color claro, apenas un brillo. Y por debajo, nada. Ni una sola prenda. Solo la tela rozándome donde más sensible estoy.
Esa idea sola, la de estar completamente desnuda debajo del vestido, esperando, me dejaría mojada mucho antes de que sonara el timbre. Lo sé porque ahora mismo, escribiéndolo, ya lo estoy.
***
Llegaría él. Lo llamemos Tomás, aunque su nombre real es otro y no importa. Le abriría la puerta y le contaría el plan en voz baja, casi al oído, mientras le servía un trago. Él sonreiría con esa media sonrisa que tiene cuando algo le gusta y no lo dice. Yo sabía que iba a aceptar. Siempre acepta.
Nos tomaríamos un par de tragos para entrar en calor, para soltar los nervios. Yo agarraría el teléfono y abriría la lista de seguidores. Iría bajando con el pulgar, lento, mirando nombres que no conozco, fotos de gente que nunca vi. Elegiría a uno al azar. Sin pensarlo demasiado, porque pensarlo le quitaría la gracia.
Antes de llamar, le escribiría un mensaje breve: «¿Tenés cinco minutos? Quiero mostrarte algo. Ponete cómodo». Y esperaría. El corazón me golpearía fuerte mientras veía los dos tildes ponerse azules. Cuando contestara que sí, sentiría esa mezcla de vergüenza y excitación que es exactamente lo que busco.
Me pondría un antifaz. No por miedo, sino porque el misterio es parte del juego. Quiero que mire, pero quiero guardarme algo. Que se quede con las ganas de saber quién soy.
Mientras tanto, Tomás me observaría desde el sillón con una copa en la mano, divertido, esperando su señal. Habíamos hablado poco, pero los dos sabíamos exactamente qué iba a pasar. Esa complicidad silenciosa, la de dos personas que se desean y además comparten un secreto, le agrega algo que ningún encuentro común tiene. No es solo sexo: es una puesta en escena, un pequeño teatro donde yo soy la protagonista y hay un público invisible conteniendo el aliento.
Sentiría la mirada de Tomás recorriéndome de arriba abajo, y al mismo tiempo la del desconocido en la pantalla. Dos hombres pendientes de mí, uno en la misma habitación, el otro a quién sabe cuántos kilómetros. Esa doble atención me marearía un poco, en el buen sentido. Como cuando tomás de más y todo se vuelve más intenso y más fácil a la vez.
***
Empezaría la llamada con una canción. Una de rock, de esas que me ponen a mil apenas suenan las primeras notas. Tomás apoyaría el teléfono en algún lado, bien acomodado, enfocándome de cuerpo entero. Y yo empezaría a bailar.
Me movería despacio al principio, dejando que el vestido hiciera su trabajo, que cada giro mostrara una curva distinta. Sabría que del otro lado hay unos ojos fijos en la pantalla, un desconocido conteniendo la respiración, y eso me daría un poder que no sé explicar. Bailaría para él. Para los dos. Para mí.
Tomás se acercaría por detrás. Me tomaría de la cintura con las dos manos y me atraería contra su cuerpo. Sentiría su aliento en el cuello antes de que me besara, primero suave, después con ganas, como si quisiera comerme. Sus manos bajarían hasta mi cola, la apretarían, la pellizcarían, me darían una palmada que me arrancaría un gemido corto.
El teléfono seguiría ahí, mirándonos. Y yo no podría dejar de pensar en la persona del otro lado, en lo que estaría sintiendo, en si tendría una mano metida entre las piernas igual que la tendría yo si estuviera del otro lado de la pantalla.
***
Me arrodillaría frente a él. Despacio, sin dejar de mirar a la cámara, le bajaría el pantalón y lo tomaría en la boca. Lo chuparía como si fuera lo único que existiera en el mundo, succionando, jugando con la lengua, mirando de reojo el teléfono para asegurarme de que todo se viera bien. Quiero que el desconocido vea cada detalle. Quiero que sienta que está ahí, en la misma habitación, a centímetros de nosotros.
Tomás me agarraría del pelo, sin lastimar, marcando el ritmo. Lo escucharía respirar más fuerte, lo sentiría endurecerse contra mi lengua. Cuando estuviera a punto, me levantaría de golpe y me empujaría hacia el sillón.
Me apoyaría con el pecho contra los almohadones y la cola levantada, justo de frente al teléfono. No me sacaría el vestido. Esa es la parte que más me gusta de la fantasía: que no me lo levante del todo, que solo lo corra apenas, lo justo para dejarme expuesta. Que el blanco siga ahí, arrugado, tirante, mientras él me toma por detrás.
***
Y entonces me penetraría. De una sola vez, profundo, arrancándome un grito que el micrófono llevaría hasta el otro lado de la ciudad, hasta los oídos de alguien que ni siquiera sé cómo se llama. Me daría duro, una y otra vez, con esas manos grandes y pesadas sosteniéndome las caderas.
Yo gritaría sin vergüenza. Para qué taparme, si justamente de eso se trata. Quiero que el desconocido escuche cada gemido, cada vez que pido más, cada palabra sucia que se me escapa cuando ya no controlo nada. El vestido empapado de transpiración pegándose a mi cuerpo, el pelo despeinado, el antifaz corrido.
Tomás me daría una palmada en la cola entre embestida y embestida, fuerte, dejándome la piel ardiendo. Cambiaría el ritmo, a veces lento y profundo, a veces rápido y brutal, jugando conmigo, sabiendo que tenía público. Porque él también lo disfrutaría. A los dos nos prendería la misma idea: que alguien nos estuviera mirando.
Me correría una vez. Y otra. Y otra más, sin pausa, hasta perder la cuenta, hasta que las piernas no me respondieran y tuviera que aferrarme al respaldo del sillón para no caerme. Cada orgasmo más fuerte que el anterior, alimentado por la certeza de que del otro lado había unos ojos sin pestañear.
***
En mi cabeza, la llamada terminaría así: yo deshecha sobre el sillón, agitada, riéndome sola de lo que acababa de hacer. Tomás todavía recuperando el aliento a mi lado. Y el teléfono, con esa figura borrosa del otro lado, mudo, sin saber qué decir.
Me acercaría a la cámara, todavía con el antifaz puesto, y le mandaría un beso al desconocido antes de cortar. Sin nombre, sin cara, sin nada más que el recuerdo de lo que vio. Que se quedara con eso. Que esa noche, cuando se fuera a dormir, volviera a la imagen una y otra vez.
Esa es mi fantasía. Así, tal cual, con cada detalle pensado mil veces. Escribirla me dejó cachonda, las manos me tiemblan un poco y sé que en cuanto cierre la pantalla me voy a tocar pensando en ella hasta quedarme dormida.
Algún día la voy a cumplir. Estas cosas son para eso, para concretarlas, no para guardarlas. Y cuando lo haga, prometo volver a contarlo. Pero esta vez no será una fantasía. Será una de esas historias que sí me pasaron.