Volví solo a la playa donde la conocí a ella
No fui a la playa a nadar. Fui porque hacía tres meses que no sabía nada de ella y porque, a falta de su cuerpo, me quedaba el lugar donde lo había tenido por última vez. A veces uno regresa a los sitios como quien vuelve a abrir una carta que ya se sabe de memoria.
Llegué de noche, con el verano aún pegado a la piel. La arena conservaba el calor del día y el mar sonaba más cerca de lo que estaba, esa cosa rara que hace el agua en la oscuridad: parece que respira al lado tuyo.
No tenía miedo. Nunca me dieron miedo los lugares oscuros, y este menos que ninguno. Aquí la había besado por primera vez, contra la madera fría de la caseta de los socorristas, mientras ella se reía y me decía que alguien nos iba a ver.
—Que nos vean —le había contestado yo entonces.
Esa noche, sin embargo, no había nadie. Solo yo, la orilla y un nombre que ya no me atrevía a decir en voz alta. La llamaré Mariela, aunque no se llamaba así. Algunos nombres se gastan de tanto repetirlos por dentro.
Caminé hasta la línea donde el agua deja la espuma y me senté. Y empecé a recordar.
***
Lo primero que volvía siempre eran sus tetas. No por morbo barato, sino porque era lo primero que ella me dejaba tocar, como si me probara con eso antes de abrirme el resto. Tenían un peso exacto en la mano, ni más ni menos, y los pezones se le ponían duros con una facilidad que a ella misma le daba vergüenza.
—No me mires así —me decía, tapándose con el brazo.
—Te miro como quiero —le respondía, y le apartaba el brazo despacio para chupárselos uno detrás del otro, mordiéndole el pezón hasta que se le escapaba ese gemido corto que a mí me ponía la polla dura como una piedra.
Recordé la primera vez que estuvimos juntos de verdad, en mi departamento, con la ventana abierta y la ciudad zumbando abajo. La desnudé sin prisa, aunque por dentro me temblaban las manos. Le fui bajando las bragas centímetro a centímetro con los dientes y cuando le abrí las piernas ella ya estaba empapada, con el coño brillándole a la luz del velador. Le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, desde el culo hasta el clítoris, y ella pegó un respingo y me agarró del pelo.
—Ahí, hijo de puta, ahí —me dijo, y me apretó la cara contra su coño.
Se lo comí despacio, chupándole los labios, metiéndole la lengua bien adentro, dibujándole círculos en el clítoris hasta que se le empezaron a temblar los muslos. Se corrió en mi boca con un grito ronco, apretándome la cabeza entre las piernas hasta casi ahogarme, y todavía estaba temblando cuando me trepó encima y me la agarró con las dos manos.
—Ahora me toca a mí —dijo, y se puso a mamármela con una furia que no le había visto nunca.
Eso era lo que más me gustaba de Mariela: nunca sabías quién iba a llevar las riendas. Me chupó la polla entera, hasta el fondo, hasta hacerme tocar la campanilla, con los ojos clavados en los míos. Me pasaba la lengua por los huevos, me la volvía a meter en la boca, me la sacaba con un ruido húmedo obsceno y sonreía. Cuando estuve al borde me la sacó de golpe, se sentó a horcajadas y se la metió ella misma, despacio, mirándome fijo mientras la sentía bajar por su coño apretado.
—Perfecto —susurró cuando la tuvo entera adentro.
Y empezó a cabalgarme. Al principio despacio, apoyando las manos en mi pecho, moviendo las caderas en círculos, dejando que el coño se le ajustara a mi polla. Después más fuerte, rebotando encima mío, las tetas subiendo y bajando delante de mi cara. Le agarré el culo con las dos manos y la ayudé a moverse, sintiendo cómo se le contraía todo por dentro cada vez que la penetraba hasta el fondo. La di vuelta sin sacársela y la clavé contra el colchón, boca abajo, agarrándola del pelo mientras la follaba desde atrás con toda la fuerza que tenía. El culo le rebotaba contra mi pelvis con un sonido de carne mojada, ella mordía la almohada, y yo no aflojaba.
—Más fuerte —me pedía—. Rómpeme.
La rompí. Me corrí adentro suyo con una embestida final que casi la tira de la cama, vaciándome entero mientras ella se corría también, apretándome la polla con esos espasmos que le agarraban al final y que yo sentía como si me la estuviera ordeñando.
Habíamos vivido polvos perfectos. Esa era la palabra que usábamos los dos, medio en broma, cuando algo salía tan bien que daba risa. «Perfecto», decía ella con la voz ronca, todavía sin aliento, con mi semen chorreándole por los muslos, y se reía contra mi cuello.
Recordé también las tardes muertas, esas que no salen en ninguna historia porque no pasa nada espectacular. Ella leyendo bocabajo en mi cama, desnuda, yo recorriéndole la espalda con la punta de los dedos hasta que se le erizaba la piel, bajando hasta meterle un dedo entre las nalgas, rozándole el culo, después el coño ya húmedo sin haberla tocado apenas. El modo en que se daba vuelta sin avisar, me agarraba la mano y se la metía entera adentro, y de pronto el libro estaba en el suelo y ella se venía en mis dedos antes de que yo alcanzara a desabrocharme el pantalón. Era en esos momentos sin plan cuando mejor funcionábamos, cuando el deseo aparecía sin que ninguno lo invocara.
Eso era lo que de verdad echaba de menos, sentado en la arena. No solo el sexo. La forma en que el sexo era apenas la punta de algo mucho más grande que se nos había escapado de las manos sin que entendiéramos del todo cómo.
Y faltaban más. Eso era lo que me dolía sentado en la arena: que faltaban muchos más polvos y que tal vez no llegarían nunca.
***
Me pregunté cómo habría sido follar ahí, en el mar, con ella. Nunca nos animamos. Lo hablamos una vez, riéndonos, con los pies dentro del agua, pero siempre había gente, siempre era de día, siempre faltaba el valor en el momento justo.
Y entonces, sentado solo en la oscuridad, me lo imaginé.
Me la imaginé entrando al agua delante de mí, desnuda, mirándome por encima del hombro para asegurarse de que la seguía. La luna le marcaba la espalda, la curva de la cintura, el culo redondo que se le movía con cada paso. El agua le iba subiendo por los muslos y ella seguía caminando, sin apuro, sabiendo perfectamente lo que me hacía.
La alcanzaba cuando el agua nos llegaba a la cintura. La abrazaba por detrás y sentía toda su piel mojada contra la mía, el frío del mar y el calor de ella mezclados en un mismo segundo. Le besaba el cuello salado, le mordía el hombro, y ella echaba la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi pecho mientras yo le agarraba las tetas con las dos manos y le apretaba los pezones duros hasta hacerla gemir. Le pasaba una mano por el vientre, bajaba, le abría el coño con dos dedos y se los metía adentro. Estaba caliente ahí, aún dentro del agua fría, más caliente que el mar. Se los movía despacio mientras con la otra mano seguía apretándole las tetas, y ella empezaba a menearse contra mi mano, buscando más.
—¿Ves? —me decía, con la voz tomada—. No se nos va a caer el mundo.
La giraba hacia mí y la besaba en serio, con esa lengua que buscaba la mía y se frotaba contra ella, deseosa, impaciente. Sus tetas flotaban apenas, pesadas y livianas a la vez, los pezones oscuros y erguidos, y yo agachaba la cabeza y le chupaba uno hasta hacerla arquearse. Ella me buscaba la polla debajo del agua, la encontraba dura, la agarraba con la mano y empezaba a hacérmela lentamente, apretando y soltando, mientras me miraba a los ojos con esa sonrisa suya.
—Mira lo que tengo acá —me decía, apretándomela más fuerte—. Toda para mí.
El agua nos sostenía. Ella me rodeaba la cintura con las piernas y yo la sujetaba del culo, con un dedo asomándome apenas por el ojete, y por un instante no había arriba ni abajo, solo el vaivén del mar empujándonos el uno contra el otro. Sentía su coño abierto rozándome la punta de la polla, buscándome, resbalando, y los dos jugábamos a aguantar, a no entrar todavía, a estirar ese momento en que el deseo es casi insoportable. Le pasaba el glande por los labios del coño, arriba y abajo, sin metérsela, y ella me clavaba las uñas en los hombros.
—Ahora —me decía al oído, y la palabra sonaba como una orden y como una súplica al mismo tiempo—. Métemela ya, hijo de puta, ahora.
Y se la metía. Entera, de una sola embestida hacia arriba, sintiendo cómo el coño se le abría alrededor de mi verga y me la envolvía toda. Ella pegaba un grito que se comía el mar y empezaba a moverse encima mío, apoyándose en mis hombros, subiendo y bajando con el vaivén del agua. Yo le agarraba el culo con las dos manos y la ayudaba, empalándola de abajo hacia arriba, sintiendo cómo cada embestida le sacaba un gemido nuevo. El agua chapoteaba entre nosotros, sus tetas rebotaban delante de mi boca y yo las chupaba una y otra vez, mordiéndole los pezones hinchados.
La sacaba del agua sin sacársela de adentro, la llevaba a la orilla y la ponía en cuatro sobre la arena mojada. Le agarraba las caderas y se la metía otra vez desde atrás, hasta el fondo, viéndole el culo blanco a la luz de la luna. La follaba fuerte, cada vez más rápido, escuchándola gemir con la cara pegada a la arena, mientras el mar nos lamía los pies. Le mojaba un dedo con su propia humedad y se lo iba metiendo despacio en el culo, y ella se apretaba entera, gimiendo más fuerte, empujándome de vuelta.
—No pares —me pedía—. No pares, no pares.
Se corría así, con mi polla en el coño y mi dedo en el culo, temblando entera, con la cara enterrada en la arena y un grito largo que se perdía en el ruido de las olas. Yo aguantaba unos segundos más, viéndola sacudirse debajo de mí, y me corría dentro con embestidas cortas y profundas, agarrándola del pelo, vaciándome en ella hasta la última gota.
***
Abrí los ojos. Seguía solo en la arena, con la marea lamiéndome los pies y la imaginación quemándome por dentro. No había Mariela, no había agua tibia rodeándonos, no había sus piernas alrededor de mi cintura ni su coño apretándome. Había un hombre sentado en una playa vacía, dolorosamente despierto y con la polla dura marcándose contra el pantalón.
Pero el cuerpo no entiende de ausencias. El cuerpo solo entiende lo que se le cuenta, y yo le había contado demasiado.
Me recosté sobre la arena todavía tibia. Por encima, el cielo estaba tan cargado de estrellas que parecía falso. Me desabroché el pantalón, me la saqué y la agarré con la mano derecha. Estaba durísima, palpitándome contra la palma. Cerré los ojos otra vez y dejé que la mano hiciera lo que la realidad no podía darme.
Me la imaginé saliendo del agua chorreando, con las tetas rebotando y el coño brillándole entre los muslos, y empujándome contra la arena, como había hecho aquella noche en mi departamento cuando decidió tomar el control. Me imaginé su peso encima, sus rodillas a cada lado de mis caderas, esa mirada que tenía justo antes de bajar despacio sobre mi polla y tragársela con el coño hasta el último centímetro.
Mi mano se movió. Lenta primero, como ella empezaba siempre, midiéndome, haciéndome esperar. Me apretaba la base, me subía hasta el glande, jugueteaba con la punta con el pulgar. Apreté con la fuerza justa, recorrí cada centímetro pensando en cómo lo hacía ella con la boca, en cómo me chupaba mirándome, en cómo cambiaba el ritmo cuando me veía cerca, en cómo se reía bajito con la polla en la boca al sentir que ya no podía aguantar.
—Despacio —me decía siempre, sacándomela un segundo antes de que me viniera—. No tenemos prisa.
Pero esa noche sí tenía prisa. Tenía la prisa de quien sabe que después del placer viene el silencio y la playa vacía y el regreso solo a casa.
Imaginé que la penetraba. Primero dentro del agua, despacio, con el mar moviéndonos, sintiendo cómo el coño se le abría alrededor mío. Después en la arena, ella debajo, las piernas abiertas en el aire, las manos enterradas en la arena húmeda, la espalda arqueada, el pelo lleno de sal, las tetas saltando con cada empuje. La imaginé pidiéndome más fuerte, imaginé mi polla saliendo y entrando de su coño mojado, imaginé cómo se le contraía todo cuando estaba por venirse. La imaginé diciendo mi nombre con esa voz rota que solo le salía en el último momento, mezclado con putadas y súplicas.
Aceleré. Me sostuve los huevos con la otra mano, como hacía cuando quería que durara, y dejé de pensar en frenarme. La mano me subía y bajaba cada vez más rápido, apretándome fuerte, y las imágenes se atropellaban: sus tetas saladas en mi boca, sus pezones mojados contra mi lengua, su coño abriéndose, cerrándose, llamándome, chupándome la polla, tragándome la corrida. La curva de su espalda cuando la penetraba desde atrás. El sonido húmedo que hacía mi verga entrando y saliendo. El grito ahogado que hacía justo antes de venirse.
Me corrí mirando el horizonte, donde la noche empezaba a aclararse apenas, esa franja gris que avisa que el sol no anda lejos. La corrida me saltó caliente sobre el vientre, sobre la mano, chorros gruesos que se sentían como si hicieran meses que la estaban esperando. Me corrí pensando que algún día, tal vez, ese deseo dejaría de ser solo imaginación, y que algún día sería su boca la que se tragaría lo que ahora me caía inútilmente en el estómago.
***
Me quedé un rato largo así, tendido, con la polla todavía en la mano y la respiración volviendo a su sitio y el corazón golpeando todavía. El mar seguía subiendo, indiferente, borrando poco a poco la marca de mi cuerpo en la arena. Me limpié con un puñado de arena y el borde de la remera, y me subí el pantalón.
Pensé en mandarle un mensaje. Lo pensé como se piensan esas cosas a las cinco de la mañana, cuando todo parece posible y nada tiene consecuencias. Saqué el teléfono, miré la pantalla, busqué su nombre. Tres meses de silencio resumidos en una conversación que terminaba con un «cuídate» seco de su parte.
Escribí: «Volví a la playa». Lo borré. Escribí: «Te imaginé en el agua, con mi polla adentro». Lo borré también. Al final guardé el teléfono sin mandar nada, porque algunas cosas funcionan mejor dentro de la cabeza que afuera, y porque la fantasía tiene una ventaja enorme sobre la realidad: nunca te dice que no.
El cielo siguió aclarando. La playa empezó a tener color otra vez: el gris se volvió azul, el azul se volvió naranja sobre el agua. Un par de pescadores aparecieron a lo lejos, arrastrando una red, ajenos por completo a lo que acababa de pasar ahí.
Me levanté, me sacudí la arena y caminé de vuelta hacia el coche. En la mano me quedaba el recuerdo del recuerdo, esa cosa doble y un poco triste de haber deseado a alguien que solo existía ya en mi memoria.
Algún día, Mariela.
Eso me dije, abriendo la puerta del coche mientras el sol terminaba de salir. Algún día te voy a contar lo que imaginé esta noche, cómo te comí el coño en el agua y cómo te la metí en la arena, y vas a reírte, y me vas a decir que estoy loco. Y entonces vamos a venir juntos, y no va a hacer falta imaginar nada.
Arranqué con la ventanilla baja y el olor a sal todavía pegado al cuerpo. La playa se fue haciendo chica en el espejo, hasta que fue solo una línea, hasta que no fue nada. Pero el deseo se vino conmigo, intacto, esperando la próxima noche en que me hiciera falta volver.