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Relatos Ardientes

La tarde que cumplí mi fantasía más secreta

En uno de sus últimos viajes de trabajo, mi marido me trajo un conjunto de ropa interior de una marca minimalista, de esas que diseñan para cuerpos de modelo de pasarela y no para una mujer como yo, más de encaje clásico y más de curvas. Pero yo sabía perfectamente por qué lo había elegido. Era el morbo de las películas que veíamos juntos algunas noches, con la puerta cerrada y el sonido bajo.

Él habría querido comprarme uno de esos conjuntos que llevan las protagonistas de los vídeos que más nos calentaban a los dos. De esos no venden en las tiendas decentes, claro. Así que con aquella marca, disfrazada de tendencia y buen gusto, me metía de contrabando en una fantasía que solo era nuestra. Era su manera elegante de decir lo que no se atrevía a pedir en voz alta.

Por un lado me molestó que me trajera un regalo tan descaradamente sexual. Por otro, me excitó. Me excitó precisamente porque se salía de lo habitual. Otras veces me había regalado lencería italiana, preciosa, y me había sentido una diosa con ella puesta. Esta vez me estaba regalando una inmersión en otra cosa.

Me estaba diciendo, sin decirlo, que quería verme convertida en una de aquellas mujeres entregadas y sin freno con las que tanto nos excitábamos los dos. Quería sacarme de mi vida ordenada, seria, decente, y empujarme por un tobogán de lujuria que nadie sospecharía en mí. Y menos ahora, que me acercaba a los cincuenta.

Eso fue lo que de verdad me encendió. Que después de veinte años de matrimonio, con la menopausia asomando y aterrándome un poco, mi marido siguiera fantaseando conmigo como con una de aquellas diosas del sexo. Y que yo, lejos de ofenderme, entrara al trapo encantada.

***

Una tarde, semanas después, decidí estrenarlo. Quería darle una sorpresa para agradecerle aquel regalo, y también otro día de locura reciente que prefiero no detallar todavía. ¿Y qué mejor forma que ponerme el conjunto y esperarlo de rodillas en el salón, lista para recibirlo con la boca antes de que dijera una sola palabra?

Lo imaginé entrando por la puerta y encontrándome así, arrodillada sobre la alfombra. Para rematar, le dejaría terminar sobre la tela nueva, en el sujetador o donde él quisiera. Le volvía loco que le permitiera correrse sobre mi ropa. En la cara también, claro, pero eso solo pasaba en ocasiones muy especiales.

Empezaba a oscurecer. Seguro que no tardaría en avisarme de que venía de camino, y para entonces yo ya estaría preparada. Fui al dormitorio a cambiarme. La verdad es que fui descuidada. Las cortinas estaban abiertas, pero al otro lado del patio de luces nunca había nadie, así que ni me fijé.

Me quité la ropa y la dejé bien doblada en su sitio. Me miré en el espejo. Llevaba uno de esos sujetadores que me gustan a mí y a mi marido no, de los que te recogen todo el pecho y no dejan que se escape nada cuando te agachas. No son los más sexys del mundo, desde luego, pero yo no voy por la calle pidiendo guerra. Eso solo pasa de puertas adentro.

Me lo desabroché y lo coloqué también, doblado, sobre la cómoda. Cuando volví a mirarme, no pude evitar poner mala cara. Ahí estaba mi pecho. Mis peras, como las llama él, porque somos tan formales que no decimos otra palabra. Tampoco decimos según qué verbos, y mira que lo hacemos siempre que podemos, por la mañana y por la tarde cuando hay vacaciones de por medio.

Para mí, demasiado grandes. Para mi marido, perfectas. Una talla que más bien delata que he engordado desde que me casé, y en medio ese par de pezones que me traicionan cada vez que me pongo nerviosa. A él lo enloquecen tanto como a mí me avergüenzan.

En aquel momento estaban duros. La idea de esperarlo sumisa, de rodillas, ya me había calentado. Me los rocé apenas, lo justo para comprobar cómo estaban, y se me escapó un suspiro. No era lo mismo que cuando me los muerde él, pero era agradable. Iban a rellenar muy bien el conjunto nuevo, pensé, nada que envidiar a las modelos de los anuncios.

***

Me apoyé en la cómoda, levanté una pierna y me quité las bragas con facilidad. Me gusta llevar bragas bonitas incluso a diario. Negras, con un poco de encaje. Me fijé en que las había mojado mientras jugueteaba frente al espejo. Me ruboricé, pero aun así comprobé con un dedo que, en efecto, me estaba poniendo caliente.

Tragué saliva y seguí tocándome, muy despacio. Llevé el dedo a la boca, casi sin pensarlo. Sabía a deseo. Apreté un poco y se hundió sin esfuerzo entre mis labios húmedos. Me corté yo sola, me reí por dentro de mi propio descaro y recogí la braguita para dejarla junto al resto.

Al pasar frente a la ventana, camino del último cajón, me pareció ver una luz encendida enfrente. Me sobresalté: estaba completamente desnuda y a plena vista. Habrían podido verme. Y sin embargo, esa había sido siempre una de nuestras prácticas favoritas en los hoteles. Hacerlo junto al cristal, jugar con el riesgo de que alguien mirara desde el edificio de enfrente.

Pero una cosa era un hotel anónimo y otra muy distinta mi propia casa, donde tengo nombre y apellidos y ningún interés en que se sepa a qué juego de puertas adentro. Apagué la luz de un salto, con una agilidad que no me conocía, y todo se volvió negro. Nada dentro, nada fuera.

Me acerqué al cristal pegada a la pared, escondida, y comprobé que aquella luz había sido cosa de mi imaginación. El patio entero estaba a oscuras. Por un instante había fantaseado con que Esteban, nuestro vecino, ese hombre maduro de gesto interesante al que saludo en el ascensor, me observaba desde su terraza. No como el señor correcto que es, sino como un mirón vicioso. Me asusté de mí misma y, a la vez, me gustó.

***

Más tranquila, encendí otra vez la luz sin molestarme en correr las cortinas y me arrodillé para abrir el cajón de abajo. Allí guardo mis mejores conjuntos. Acaricié las sedas suaves de unos, me hice cosquillas con el encaje de mi favorito, froté mis pezones —duros como piedras— contra aquellos tejidos. El nuevo estaba al fondo, perfectamente doblado.

Tiré del cajón hasta sacarlo entero y lo apoyé sobre la cama, exhibiendo sin querer mi trasero desnudo frente a la ventana. Detrás del cajón, en el compartimento secreto, estaban mis tesoros. Los que jamás querría que nuestra asistenta encontrara: mi vibrador favorito, un consolador de cristal, un disfraz que me da vergüenza nombrar, y junto a ellos mi juguete más grande, ese que mi marido me regaló para calentarse viéndome usarlo.

Saqué el conjunto y, después, también aquel juguete. Lo sostuve un momento ante mis ojos y me asaltó la tentación. La verdad es que no necesité pensarlo mucho. Humedecí la ventosa con saliva y lo pegué a la madera de la cómoda, a la altura de mi cara, arrodillada en el suelo del dormitorio.

Cerré los ojos. Me imaginé frente a Adriano. Adriano es alguien con quien había quedado en verme el mes siguiente, un encuentro que llevaba semanas saboreando en mi cabeza. No me considero una adúltera; me considero una mujer ardiente que no para de fantasear con juegos que nunca se atrevería a contar. Y en aquella fantasía, mi marido también estaba presente, mirando, como tantas veces.

Empecé a lamer. Despacio, recorriéndolo con la lengua, cubriéndolo de saliva mientras con la otra mano me acariciaba entre las piernas, cada vez más mojada. Me masturbaba imaginándome rendida ante Adriano, bajo la mirada atenta de mi marido. Estaba perdiendo la cabeza, y me encantaba perderla.

Necesitaba más. Solté el juguete, fingiendo que le ordenaba a mi marido que siguiera mirando, y rebusqué en el escondite hasta dar con el vibrador pequeño. Lo encendí. Cargado, menos mal: descargado me habría cortado el momento por completo. Volví a mi sitio, sonreí a mi amante imaginario y apoyé el vibrador justo donde lo necesitaba.

Aquel temblor suave me recorrió como una descarga. Cerré de nuevo los ojos y seguí. Me esforcé por tomar cada vez más, aunque era difícil; aquello no encajaba del todo en mi boca. Me sentí por un momento como una de esas actrices de los vídeos que veíamos él y yo. El juego hizo efecto enseguida y noté el orgasmo acercándose.

***

Justo cuando estaba a punto, sonó el teléfono. Un mensaje de mi marido: se retrasaba, que lo esperara en la cama, llegaría tarde. Adiós a la sorpresa de rodillas. ¿Y mi calentón? No pensaba dejarlo a medias. Aparté el cajón de la cama, me tumbé desnuda sobre la colcha y, poco a poco, empecé a usar el juguete grande.

Nunca lo había hecho sola. Siempre era cosa de los dos, aunque a veces le mintiera diciéndole que lo usaba cuando él estaba de viaje. Lo que de verdad me volvía loca era sentirlo dentro mientras una boca trabajaba arriba. Eso sí que me hacía estallar.

—Vamos, Adriano, hazme tuya —susurré, y yo misma me di cuenta de lo cursi que sonaba—. Tómame de una vez.

Empujé y mi cuerpo se abrió con una facilidad que me sorprendió, como si llevara horas esperando. Con una mano guiaba el juguete; con la otra me acariciaba muy suave el clítoris. En mi cabeza, Adriano era un amante de ensueño que me llevaba muy lejos, y mi marido un espectador rendido. Y me corrí.

Fue salvaje. Un orgasmo enorme, mucho mayor de lo que suelo conseguir yo sola. Y, sobre todo, me dejó con ganas de más. Me puse a cuatro patas, muy agachada, igual que cuando atiendo a mi marido. Coloqué el juguete sobre la cama, firme, como estaría Adriano a mi servicio, y empecé a bajar despacio sobre él.

Tenía que ser todo un espectáculo: a cuatro patas, completamente expuesta hacia la ventana, sin pudor ninguno. Recogí el vibrador y lo acerqué de nuevo. Clavada en mi amante imaginario y con todo a flor de piel, me resultó facilísimo fingir que aquella era la boca de mi marido devorándome mientras yo me entregaba al otro. Me corrí otra vez. Y otra. Mi cabeza no daba abasto con tanto estímulo.

Vi el conjunto nuevo a mi lado y otra fantasía me asaltó. Solté el vibrador y me metí las bragas en la boca a modo de mordaza. Quería caña de verdad. Me solté del juguete, levanté las piernas todo lo que pude, apoyé los hombros en el colchón y lo coloqué de nuevo contra mí.

—Te voy a hacer mía, Lucía. Eres mía —oía la voz de Adriano dándome justo lo que jamás me atrevería a pedirle a mi marido. Quería algo distinto, algo bruto.

Empujé con fuerza. No fue suave, no fue cariñoso. Fue puro instinto. La braga en la boca ahogaba los gritos que el cuerpo me pedía soltar. Seguí y seguí, sin tregua, tomándolo entero por primera vez, hasta que me rompí, hasta que caí agotada en otro orgasmo descomunal.

***

Me desplomé sobre la cama. Me saqué la braga de la boca para poder respirar y aparté el juguete. Me di la vuelta, tomé aire y sonreí. Ya había estrenado el conjunto nuevo. Menudo estreno. Tendría que contárselo a mi marido; se pondría como loco. La sonrisa se me ensanchó al imaginarlo de rodillas, masturbándose para mí como tanto le gusta.

Me sentía de maravilla, tirada en mi propia cama, desnuda, todavía temblando, en medio de aquel anochecer suave y tibio. Giré la cabeza hacia la ventana, perezosa, satisfecha.

Y grité.

La luz de la terraza de enfrente acababa de encenderse. Allí estaba Esteban, mi vecino, con la mirada clavada en mí y la mano ocupada. Había tenido un espectador toda la tarde. Y, al encender aquella luz, me estaba diciendo que quería que yo lo supiera.

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Comentarios (5)

NocheLectora22

Tremendo. Esa mezcla de anticipacion y lo que se va de las manos... me tuvo enganchada de principio a fin. 10/10

Vanesa_Rosario

Por favor la continuacion! Quede con ganas de saber como siguio todo cuando el llego jaja

TamaraLv

Me encanto como esta narrado, se siente real sin pasarse. Sigue escribiendo!

Confeso_33

Excelente relato!!! Pocas veces me engancha algo desde el primer parrafo

Lucia_Sur

Ufff, me recordo a una tarde que yo misma tuve hace unos años... termino siendo de las mejores experiencias de mi vida jeje. Muy bien escrito, de verdad

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