Por fin sola, sin miedo a que alguien me oyera
Llegué a casa al caer la tarde, después de tres días en el pueblo de mis abuelos. Conduje sola los últimos doscientos kilómetros, porque mi hermana Noelia había decidido quedarse una semana más con mis padres. Yo no podía. El trabajo me esperaba el lunes, y la verdad es que tampoco quería quedarme. Quería volver a casa por una razón que ni a mí misma me atrevía a confesarme del todo.
El coche había sido un infierno. El aire acondicionado se había averiado a la altura de la segunda gasolinera, y las últimas dos horas las pasé con las ventanillas bajadas, el pelo pegado a la nuca y la blusa adherida a la espalda por el sudor. Julio no perdona en esta parte del país. Cuando por fin metí la llave en la cerradura, lo único que pensaba era en quitarme la ropa.
Dejé la maleta en mitad del recibidor sin ninguna intención de deshacerla esa noche. Mi madre me había llenado medio equipaje de tarros: tomate frito casero, aceitunas, un par de morcillas envueltas en papel de aluminio. Lo guardé todo en la nevera con desgana, descalza ya sobre las baldosas frescas, y me quedé un momento de pie en mitad de la cocina, escuchando el silencio.
Eso era lo raro. El silencio.
En casa siempre éramos cuatro. Mis padres, Noelia y yo, apretados en un piso que se nos había quedado pequeño hacía años. Las paredes eran finas, las puertas no cerraban del todo y cualquiera oía cualquier cosa. Los únicos momentos de verdadera intimidad que yo conocía eran los de la ducha, con el agua corriendo para tapar todo lo demás, y siempre con la prisa de quien sabe que afuera hay alguien esperando el baño.
Pero esa noche no había nadie. Ni esa noche, ni la siguiente, ni la otra. Tres días enteros con la casa para mí sola.
Fui directa al baño. Abrí el grifo, esperé a que el agua se templara y me metí debajo sin pensar en nada más. El primer chorro sobre los hombros me arrancó un suspiro largo, de esos que salen solos cuando el cuerpo lleva horas tenso. Vi cómo el agua resbalaba por mi pecho, bajaba por el vientre y se perdía entre mis piernas, y la piel se me erizó entera a pesar del calor.
Me enjaboné despacio. No tenía prisa, y esa idea —no tener prisa— era casi tan placentera como el agua. Recorrí con la mano enjabonada el cuello, los pechos, el estómago, y me sorprendí a mí misma deteniéndome más de lo necesario en algunos sitios. No corras, pensé. Nadie va a llamar a la puerta.
Salí del baño con el pelo todavía goteando y sin molestarme en secarme del todo. Me puse solo una camiseta vieja de algodón y un tanga blanco, deportivo, de esos que ni siquiera son bonitos pero que se sienten como una segunda piel. Nada más. Caminé por el pasillo con las luces apagadas y las cortinas abiertas, dejando que la última claridad del día entrara por las ventanas, y me gustó la sensación del aire en las piernas desnudas.
Cené cualquier cosa de pie en la cocina, picando directamente del tarro, sin plato ni servilleta, porque podía. Luego me dejé caer en el sofá con el mando en la mano y abrí la película que dos amigas me habían recomendado con esas medias sonrisas que ahora entendía.
***
No era una película romántica. O sí lo era, pero no del tipo que una ve con la familia. A los veinte minutos había una escena de sexo larga, sin cortes pudorosos, con una luz cálida que hacía que todo pareciera más cercano de lo que debería. La protagonista estaba a horcajadas sobre un hombre, moviéndose despacio, y la cámara no apartaba la mirada.
Sentí cómo el calor me subía desde el vientre. No el calor del verano, otro distinto, más concentrado, que se me acumulaba entre las piernas y me apretaba la garganta. Bajé la vista y vi que mis pezones ya se marcaban contra la tela fina de la camiseta. Sin pensarlo demasiado, dejé que mi mano se deslizara hasta el tanga y empecé a acariciarme por encima de la tela, despacio, con la película todavía sonando de fondo.
Aguanté así un rato, jugando conmigo misma sobre el algodón, sintiendo cómo la humedad lo iba traspasando. Pero el sofá se me quedó pequeño. La película había dejado de importarme; era solo una excusa, y yo ya no necesitaba excusas esa noche.
Apagué la televisión. La casa volvió a quedarse en silencio, y esta vez el silencio me pareció una invitación.
***
Fui a mi habitación y encendí solo la lamparita de la mesilla. Frente al armario tengo un espejo grande, de cuerpo entero, que normalmente uso para vestirme con prisas por las mañanas. Esa noche me planté delante de él y me quité la camiseta por encima de la cabeza.
No lo hago por presumir, no soy de las que se miran al espejo con devoción. Pero llevaba meses dejándome la piel en el gimnasio tres veces por semana, y reconozco que me gustó lo que vi: los hombros firmes, el vientre plano, las marcas suaves del bañador en una piel todavía tostada por el sol del pueblo. Me quedé un momento así, mirándome, y la mujer del espejo me devolvió una sonrisa que no me conocía.
Mis manos empezaron a recorrerme. Subí los dedos por los costados, por el contorno de los pechos, sin tocar todavía los pezones, dando vueltas alrededor como quien se hace esperar a sí misma. La piel reaccionaba a cada roce. Cuando por fin pellizqué uno, un escalofrío me bajó recto por la columna y un gemido pequeño, fino, se me escapó de los labios.
Y entonces caí en la cuenta de algo. No tenía que callarme.
Durante años había aprendido a contenerme, a tragarme cualquier sonido, a moverme despacio para que la cama no crujiera y a estar siempre atenta a los pasos del pasillo. Esa vigilancia formaba ya parte de mi placer sin que yo me diera cuenta, como una sombra. Pero esa noche no había pasos, ni paredes finas, ni puertas que no cerraban. Podía hacer todo el ruido que quisiera.
La idea me encendió más que la película.
Metí una mano dentro del tanga. Estaba empapada, más de lo que esperaba, y mis dedos resbalaron con facilidad entre los labios. Solté el aire de golpe. Con la otra mano seguía amasándome un pecho, jugando con el pezón endurecido, mientras abajo me acariciaba lentamente, sin buscar todavía el centro, alargando el momento.
Me eché sobre la cama. La colcha estaba fresca contra mi espalda y eso me hizo arquearme. Volví a hundir la mano bajo la tela y esta vez el gemido salió entero, sin filtro, llenando la habitación. El sonido de mi propia voz me asustó un segundo —el viejo reflejo— y enseguida me dio la risa. Estaba sola. Podía gritar si me daba la gana.
Me quité el tanga con un movimiento brusco y lo lancé al otro lado del cuarto sin mirar dónde caía. Ya completamente desnuda sobre la cama, me tomé mi tiempo. Volví a pasear los dedos por el contorno de los pechos, despacio, luego por el vientre, dibujando círculos que se iban cerrando hacia abajo. Cada vez que rozaba el pezón con la palma, una corriente tibia me recorría entera.
Cuando por fin bajé la mano hasta el sexo, ya no quería esperar más. Empecé a acariciarme el clítoris, hinchado y sensible, primero con la yema de un dedo y luego con dos, y los gemidos empezaron a salir uno detrás de otro, sin que yo los pidiera. Me llevé los dedos a la boca, probé ese sabor mío, ácido y tibio, y volví a bajarlos, esta vez con movimientos circulares más firmes.
Mi respiración se aceleró. Las caderas se me movían solas, buscando la mano, presionando contra ella. Cerré los ojos y dejé que la cabeza se me llenara de imágenes —algunas de la película, otras inventadas, otras que ni sabía que guardaba— y todas se mezclaban con la única certeza de que nadie iba a interrumpirme.
Sentí el orgasmo acercarse desde lejos, como una ola que se forma mar adentro. La mano libre se aferró a la sábana, los dedos se me crisparon, y el placer me alcanzó de golpe, en una descarga que me hizo encogerme y arquearme a la vez. Casi me incorporé de la cama. La mano se me quedó atrapada entre los muslos mientras un gemido largo, profundo, me salía desde el fondo del pecho y rebotaba contra las paredes vacías.
Me dejé caer sobre el colchón temblando. Las piernas no me respondían y notaba el corazón latiéndome en sitios donde no sabía que tenía pulso. Me quedé así un buen rato, desnuda y abierta de brazos, con una sonrisa boba colgándome de la cara y la respiración volviendo poco a poco a su sitio.
Pensé en los tres días que tenía por delante. En que podía repetir esto cuantas veces quisiera, donde quisiera, sin bajar la voz. En la cocina, en el sofá, con la película puesta o sin ella, a la hora que me apeteciera. La sola idea volvió a despertarme un cosquilleo entre las piernas, pero el cansancio del viaje pudo más.
Me giré de costado, con una mano todavía descansando entre los muslos, y me quedé dormida con la lamparita encendida. Por primera vez en mucho tiempo, no me preocupó que alguien pudiera abrir la puerta.