Aquella noche en el descampado dejé de esperarlo
Para mediados de diciembre ya había perdido la cuenta de los días. Desde finales de octubre, cuando Damián me tomó en el despacho del jefe con la ropa interior todavía a medio quitar, no había vuelto a tocarme. Nos cruzábamos en los pasillos de la empresa, me saludaba con un gesto de cabeza, yo le devolvía el saludo, y él seguía de largo con esa sonrisa torcida que me dejaba clavado en el sitio.
Aquel hombre me había enseñado a desear algo que antes ni me planteaba. Ahora lo necesitaba con una urgencia que me avergonzaba. Quería sentirlo otra vez dentro de mí, quería esas embestidas, ese peso contra mi espalda, esa manera suya de no pedir permiso. Y el muy cabrón me ignoraba como si nunca hubiera pasado nada.
Carla, mi compañera de piso, lo había intentado un par de veces con el arnés. Me había hecho gozar, no voy a mentir, pero era un sustituto. No es lo mismo, pensaba cada vez. Yo necesitaba a un hombre de verdad, su calor, su prisa, su forma de respirarme en la nuca.
Así que una noche me bajé una aplicación de esas de encuentros rápidos. Estuve un rato deslizando el dedo por el mapa hasta que me fijé en una zona a las afueras, un descampado junto al antiguo cauce, cerca de donde los sábados montan el rastro. Decían que por allí se movía gente. Decían que era discreto.
***
Dejé el coche en el aparcamiento de la torre nueva de oficinas y fui caminando. No estaba lejos. Crucé el paso subterráneo que pasa por debajo de la avenida y, al salir, giré a la derecha hacia la zona oscura. Al principio solo había coches aparcados, seguramente del personal que aún trabajaba a esas horas. Llegué a una rotonda y seguí. Un poco más adelante empezaban los árboles.
Me detuve junto a un camino de tierra que subía hacia la carretera. Se adivinaban varios vehículos parados ahí arriba, con las luces apagadas. Dudé. No sabía si subir o dar media vuelta y volverme a casa con la calentura intacta.
Entonces, desde un coche parado al otro lado del sendero, me llegó una ráfaga de luces. Me quedé quieto, indeciso. El coche insistió con una segunda ráfaga, más larga. Eso bastó para decidirme.
Era una furgoneta familiar ya vieja, de las antiguas. La ventanilla del conductor estaba bajada. Me acerqué despacio, receloso, mirando a los lados.
—Hola —dije.
—Hola —contestó él.
Era guapo y joven, no creo que pasara de los treinta. Pelo castaño y ondulado, y unos ojos color miel que se notaban incluso con tan poca luz. Delgado, casi menudo. Llevaba un jersey grueso de lana, pero de cintura para abajo solo unos calzoncillos blancos. Tenía una mano metida dentro y se acariciaba sin disimulo.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó.
—Claro —respondí.
Se la sacó. La tenía a medio despertar, larga y delgada, y no dejaba de pasarse la mano arriba y abajo.
—¿La quieres? —dijo.
Antes de que pudiera contestar oí voces. Alguien se acercaba por el sendero. Miré hacia el ruido y vi a dos hombres que venían charlando entre ellos. El chico del coche siguió mi mirada y se guardó todo a toda prisa.
—Joder, con lo tranquilo que suele estar esto —masculló.
—Ya se van —dije yo, sin estar seguro.
Los dos hombres pasaron de largo y se perdieron entre los árboles. El chico volvió a sacársela y a acariciarse, esta vez más rápido, viendo cómo crecía y se ponía firme entre sus dedos.
—¿Te gusta o no? —repitió, casi con fastidio.
—Claro que me gusta —dije, y era verdad. La miraba como hipnotizado, con las ganas de agarrarla quemándome en las manos.
—Pues si la quieres, es toda tuya.
Justo entonces frenó otro coche a nuestro lado. El chaval se subió los calzoncillos y el pantalón de un tirón. Los del coche le preguntaron algo por la ventanilla, él negó con la cabeza y arrancaron.
—Madre mía, no nos van a dejar tranquilos —se quejó.
Pero volvió a bajarse la ropa. Había perdido algo de dureza, aunque seguía imponente. Metí la mano por la ventanilla y se la agarré. Estaba caliente al tacto. Empecé a moverle la piel despacio, arriba y abajo, y él levantó las caderas del asiento para que llegara mejor.
—Ay, sí, así —susurró con los ojos cerrados.
—Tranquilo —le dije—, no tengas tanta prisa.
Le solté un momento, colé la mano por debajo del jersey y le acaricié el pecho. Él se subió la prenda. Hacía frío y se le marcaban los pezones. No tenía un solo vello en un torso bien definido. Me bajé la cremallera y le enseñé la mía. La agarró sacando el brazo por la ventanilla.
—¿Y tú qué buscas exactamente? —me preguntó.
—De momento, comerme esto que tienes aquí —contesté.
***
Abrí la puerta del copiloto mientras él se quitaba del todo el pantalón y los calzoncillos y echaba el asiento hacia atrás todo lo que daba. Metí la cabeza en la cabina y me lo tragué entero.
—Joder... —gimió, agarrándose al volante.
Tenía los testículos suaves y recogidos. Me arrodillé en el asfalto, pasé la mano por debajo de él y lo levanté un poco; pesaba menos de lo que esperaba. Volví a tragármelo, subiendo y bajando, jugando con la punta, recreándome en el sonido húmedo que iba haciendo.
—Qué bueno eres, tío —jadeó—. No pares.
Me ardían las rodillas contra el suelo y estaba caliente como nunca. A lo lejos, un hombre nos observaba quieto entre los árboles, y lejos de incomodarme, me encendió todavía más. Dejé de mamar, me bajé el pantalón hasta los tobillos y le ofrecí la espalda metiéndome medio cuerpo por la puerta abierta.
—Vaya culo tienes —dijo él pasándome la mano.
—A ver qué haces con él —lo reté.
Metió dos dedos y entraron sin resistencia; me había preparado en casa antes de salir. Me tiró de las caderas, se colocó y, poco a poco, me fui sentando sobre él hasta el fondo. Solté el aire de golpe.
—Madre mía, cómo entra —murmuró contra mi oído.
Empecé a moverme, arriba y abajo, pero la postura era incómoda. Cada vez que bajaba lo sentía llegar hasta lo más hondo y el placer me nublaba el pensamiento. Cuando volví a abrir los ojos, el hombre que antes nos miraba de lejos estaba ya plantado junto a la puerta, con la suya por fuera de la bragueta.
—Sal un momento —me dijo el chico.
—¿Qué? —pregunté, aturdido.
—Venga, sal.
Me hizo levantarme y él salió detrás, los dos con los pantalones por los tobillos en mitad del frío. Me apoyó contra el lateral de la furgoneta y se colocó a mi espalda. Tuve que flexionar las rodillas para que llegara. Me sujetó por la cintura, apoyó la punta y empujó tirando de mí al mismo tiempo, hasta el fondo.
—Joder, qué culo —resopló, y empezó a moverse cada vez más rápido.
El otro hombre, el que nos había estado mirando, era bastante mayor. Más entrado en carnes, más curtido. Se había quitado el pantalón del todo a pesar del frío.
—¿Quieres que te la coma mientras me follas? —le preguntó el joven, divertido.
—Claro —respondió el maduro.
***
El chico me apartó un poco de la furgoneta y el otro se colocó delante de mí, de espaldas al coche, apoyando las manos donde un momento antes las tenía yo. Me agarré a su cintura y bajé la mirada. La suya era más corta pero mucho más gruesa, de cabeza ancha. Le sujeté los testículos, pesados y velludos, y me lo metí en la boca mientras seguía recibiendo las embestidas del joven por detrás.
—Qué bien aprietas, tío... —gruñó el maduro.
El de atrás no aflojaba. Me clavaba los dedos en las caderas, bufando, golpeándome cada vez con más fuerza. A mí me temblaban las piernas, me ardía todo y tenía la boca casi desencajada, pero no quería que aquello acabara. No me importaba el frío ni que alguien pudiera vernos desde la carretera.
—Me corro... —avisó de pronto el chico—. Ay, que me corro.
Se hundió hasta el fondo y se quedó rígido. Yo apreté a propósito, contrayendo, y lo sentí descargar entre temblores. Cuando salió, un hilo tibio me resbaló por la cara interna del muslo.
—Ahora me toca a mí —dijo el maduro, sacándome la suya de la boca.
Me hizo tenderme boca arriba sobre el asiento abatido. Se acomodó entre mis piernas, apoyó la punta y fue entrando despacio, sin prisa, mientras me sujetaba con una mano.
—Despacio, por favor —pedí entre dientes.
—Tranquilo —dijo—. Te va a gustar.
Y vaya si gustó. Aquel hombre se tomaba su tiempo, recreándose, haciéndome sentir cada centímetro. Cuando ya estaba dentro del todo, fue subiendo el ritmo poco a poco hasta convertirlo en algo brutal, infernal, sin tregua. Yo solo era capaz de gemir.
—Ay, ay... —se me escapaba a cada golpe.
—Aguanta un poco más —jadeó él.
De pronto dio una última embestida, más fuerte que todas, se puso rígido y se vació en lo más hondo. Pero no se quedó quieto. En cuanto dejó de temblar, se agachó entre mis piernas y empezó a comérmela como nunca me la habían comido. Era la primera vez que un hombre me hacía aquello, y aquel tipo era un maestro. Me hizo delirar hasta que terminé en su boca, completamente vacío y sin fuerzas.
***
Nos fuimos cada uno por nuestro lado. Ni ellos me pidieron el número ni yo se lo pedí a ellos. Estaba bien así: un aquí te pillo, aquí te mato, sin nombres y sin promesas.
Eso sí, el polvo me salió caro. Cuando llegué de vuelta al coche descubrí que había perdido las llaves por el camino. Volví sobre mis pasos buscándolas entre la tierra y la hierba, pero no aparecieron. Tuve que llamar a Carla, pedirle que me trajera el juego de repuesto en un taxi y, al día siguiente, pasar por el taller de un amigo para que me reprogramara una copia nueva.
Salió caro, sí. Pero esa noche dejé de esperar a Damián. Y aprendí que lo que necesitaba no estaba en su despacho, sino ahí afuera, esperándome en la oscuridad cada vez que me atreviera a ir a buscarlo.