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Relatos Ardientes

Dos amigos, un sofá y el primer deseo entre hombres

Despegaron los labios despacio, separándose con los ojos todavía cerrados. Los fueron abriendo poco a poco, casi con miedo, como si no supieran qué iban a encontrarse del otro lado de aquel beso.

Mateo y Bruno se miraron, midiendo la situación. El primero forzó una sonrisa nerviosa; el segundo frunció el ceño.

—¿Pasa algo? —preguntó Mateo, alarmado.

Estaban, como casi todas las tardes, en el departamento de Bruno. Compartían equipo en la liga universitaria desde hacía dos años: Mateo era el base, el más bajo de la plantilla, de pelo castaño revuelto, ojos grises tras unas gafas finas y una sonrisa que desarmaba. Bruno no entendía cómo su amigo prefería pasar el rato con él antes que con cualquiera de las chicas que lo rondaban. Él tampoco era feo, tenía un cuerpo trabajado de tanto entrenar, pero su baja autoestima nunca le había dejado verlo.

—No, solo… ¿no lo notaste raro? Como más forzado que ayer.

La tarde anterior los dos se habían dejado llevar por algo que ni sabían que llevaban dentro. En la intimidad sucia de los vestuarios, después de que todos se fueran, sus cuerpos habían tomado las riendas para decir lo que ellos no se atrevían. Bruno se marchó antes a casa y no hablaron más, pero quedaron en verse para aclararlo todo con calma.

—Yo sé que te quiero —arrancó Mateo, directo como siempre—. Te quiero como amigo, como un hermano. Llevamos media vida juntos y no pienso perder eso. Y justamente porque te quiero tanto, porque nos entendemos como nos entendemos, me gusta la idea de explorar esta otra… no sé, ¿faceta? Porque aunque no funcione, vamos a seguir siendo amigos. Eso siempre funcionó.

Los dos habían llegado a la misma conclusión. La atracción mutua era algo nuevo para ambos, incómoda en cierto modo, pero imposible de negar. No sabían si las pajas que se habían hecho juntos con el resto del grupo habían encendido la mecha o si era al revés, pero vivirlo a la par les había ahorrado las mentiras y la vergüenza frente al otro.

Por eso habían decidido seguir por ese camino. Seguir explorándose. Juntos.

Y sin embargo, el beso en el sofá había salido raro.

—Mmm, no sé. Puede. Yo creo que son nervios —respondió Mateo.

—¿Nervios?

La respuesta no convencía a Bruno, y eso lo irritaba. Creía que ya tenía las cosas claras, pero encontrarse ahí, dudando, lo sentía como un paso atrás.

—Sí, ya vas a ver…

Como siempre, Mateo tomó la iniciativa. Le acarició la mejilla con suavidad y volvió a juntar sus labios con los de él, esta vez en un beso ligero, tierno.

—No sé, Mateo, no estoy…

No pudo terminar. Los labios carnosos del más bajo lo reclamaban de nuevo, ahora con más fuerza. Bruno respondió apenas y volvió a apartarse.

—Mateo, escuchame.

Mateo no lo escuchó. Se lanzó a su boca con decisión, con ganas. Bruno reaccionó por instinto, devolviendo el beso que crecía en intensidad, tratando de seguirle el ritmo. Gimió cuando Mateo lo agarró de la nuca para impedir una huida que ya no iba a ocurrir, mientras su lengua entraba golosa. El más bajo se subió a horcajadas sobre él, y Bruno empezaba a ponerse duro.

Lo apodaban «el Tronco» y a Mateo «Metro», y los dos motes estaban bien puestos. Al agarrar los dieciséis centímetros de Bruno era imposible cerrar la mano alrededor; la polla larga de Mateo, de diecinueve, se pajeaba mejor a dos manos. Aquel beso los hacía sentir ambas cosas a la vez.

Bruno ya no dudaba. Sujeto al culo de su amigo, movía la lengua y las caderas al mismo tiempo. Exploraba la boca, amasaba las nalgas, restregaba el bulto. Mateo se aferraba a su cuello con los dedos clavados de la presión. Lo que transmitía aquel beso resonaba entre los dos, se retroalimentaba, crecía como una represa que cede después de aguantar demasiado tiempo.

El deseo se desbordó y dio paso al delirio.

No hablaron. No despegaron las bocas salvo para sacarse las camisetas, que cayeron a algún lado sin que a ninguno le importara. Aquel beso no tenía nada de bonito ni de romántico. Era salvaje, primitivo, animal. Los labios se les enrojecían por el roce de la barba incipiente, pero ninguno paró. Ese morreo bien valía el escozor.

Había urgencia y también alivio. Tantos años de amistad y se recorrían como dos desconocidos.

Desde arriba, Mateo repasaba el relieve de los abdominales de Bruno, la piel tensa sobre el músculo. Dibujó a ciegas la cuadrícula, subió a los pectorales duros, a los pezones pequeños y oscuros, al cuello tan tenso como la mandíbula. Lo recorría como queriendo aprendérselo de memoria. Bruno, en cambio, no quería aprenderse el cuerpo del otro: quería disfrutarlo.

Apretaba y sobaba a Mateo sin saber si a un hombre se lo tocaba distinto que a una mujer, así que sus manos repetían lo conocido. Una en el culo, acariciando y apretando la nalga. Mateo era bajito, pero tenía buen culo, redondo y firme. La otra mano le subía por la cadera, le apretaba el pectoral, le pellizcaba un pezón.

Eso último le arrancaba gemidos a Mateo, que se restregaba con más fuerza sobre la dureza de su amigo y vertía los sonidos directamente en su boca.

Bruno le sujetó la mandíbula sin dejar de mover la lengua y, cuando ya casi no les quedaba aire, le apartó la cara. Se miraron jadeando, rojos.

—Quiero que me la chupes —dijo Bruno. Mateo se sorprendió.

—Vaya, ¿qué pasó con la timidez de siempre? —Bruno se sonrojó y desvió la mirada con un «perdón» casi inaudible—. No lo sientas. Me gusta esta faceta nueva.

Mateo le dio un último pico y, con una sonrisa pícara, empezó a bajar por el cuerpo fibrado de su amigo. Le iba dejando besos húmedos por la piel caliente, desde los labios hasta el caminito de vello que se perdía dentro del pantalón. Bruno cerró los ojos con un suspiro y se dejó hacer. Mateo, en cambio, los tenía bien abiertos: de rodillas entre las piernas de su mejor amigo, admiraba el bulto enorme que se marcaba en la tela. Desabrochó botón y cremallera y de un tirón liberó la polla.

Cruzaron una mirada apenas un instante antes de que Mateo se concentrara en el miembro que tenía delante. El aire estaba cargado de expectativa, como si el mundo entero contuviera el aliento. La sujetó, fascinado por el grosor, y una tímida gota asomó a saludarlo. Tomó aire, cerró los ojos y se metió su primera polla en la boca.

La notó tersa, ligeramente salada, caliente. Esperaba algo… ¿más? Pero Bruno no tuvo paciencia. Le agarró la nuca y le empujó la cabeza, metiéndole más en la boca. Eso provocó un gemido largo de Bruno y que Mateo se atragantara de golpe con la carne que lo llenaba.

Se apartó tosiendo.

—Animal, ¡que me ahogás!

Bruno no contestó. Con la mirada cargada de vicio le acercó otra vez la cabeza y se apoyó la polla en la mejilla.

—Seguí —fue lo único que dijo, con la voz ronca.

Mateo obedeció. Le debía una mamada a su amigo y quería darle placer. Se metió medio rabo de golpe, volvió a notar el sabor que no lograba identificar, sin decidir si le gustaba o no. Lo que sí le gustó fue el suspiro que arrancó, y empezó a chupar de verdad.

Por primera vez en su vida, Mateo se comía una polla. Se la comía y la disfrutaba. Fue raro al principio, todo un mundo de sensaciones nuevas: el tacto en la lengua, el sabor desconocido, la boca llena. Pero a medida que subía y bajaba, que la sacaba y la metía y oía los gemidos de su mejor amigo, la mamada ganaba intensidad. Hacía círculos con la lengua sobre el glande, recogía cada gota nueva, y mientras tanto se sobaba su propia polla, durísima.

El chapoteo húmedo quedaba amortiguado por los gemidos de Bruno. No se la estaban tragando entera, pero tampoco lo esperaba siendo la primera vez. No lo necesitaba. Con solo mirar abajo y ver a su amigo aferrado a su rabo, subiendo y bajando, llenándoselo de saliva, le bastaba. No era una mamada perfecta, pero la excitación era altísima. Sintiéndose cerca del límite, se armó de valor.

—Quiero correrme en tu cara —se puso rojo apenas lo dijo, pero estaba muy cerca y le apetecía demasiado—. Dejame, y cuando me la metas te corrés donde quieras.

Mateo abrió los ojos, todavía con la polla en la boca. ¿Bruno le estaba ofreciendo follárselo, y el único precio era la corrida en la cara, algo que le daba igual?

Se sentó sobre los talones, soltó la polla, sacó la lengua y puso la mejor cara de vicio que pudo. Tener semen en la boca no le entusiasmaba, pero juzgó que se lo merecía. Miró a su amigo a los ojos.

—Dame, hermano.

—Ahora mismo.

Bruno se levantó del sofá agarrándose la polla para pajearse a toda velocidad. La tenía brillante, la piel corriendo sobre el glande al ritmo vertiginoso de la mano. Apuntó a su amigo, que cerró los ojos con fuerza como quien espera de pie frente a algo inevitable. Empezó a jadear, a temblar.

—Joder, joder, ¡joder!

Fueron las únicas palabras antes de reventar. Tres tremendos chorros cruzaron la cara de Mateo: el primero le fue de la boca al pelo pasando por las gafas, el segundo estalló contra el cristal, el tercero quedó en la mejilla. Mateo recibía los impactos encogiéndose, aguantando el sabor extraño que le pedía cerrar la boca, pero no se movió hasta que Bruno terminó de vaciarse en su rostro.

Gimiendo sin contenerse, Bruno se descargó por completo sobre el rostro casi imberbe de su mejor amigo. El olor era intenso, el sabor amargo le quemaba en la lengua, pero Mateo esperó la última gota antes de moverse.

Bruno se dejó caer de nuevo al sofá, derrotado por el orgasmo, con las piernas flojas.

***

Mateo se movió al fin. Abrió los ojos, aunque el cristal pringoso le tapaba uno. Lo primero que hizo fue escupir en su mano lo que le había caído en la boca. Asqueado pero cachondo, marcaba un empalme monumental bajo el pantalón. Se levantó, tomó de la mano a Bruno y lo alzó del sofá hasta juntar los dos cuerpos. Lo besó con pasión, sin importarle la cara llena, presionando ambas durezas. Bruno le devolvió el beso, indiferente también a su propio semen, aunque los dos notaran el sabor residual pasando de una lengua a otra. Fue un beso guarro, pero sus pollas palpitaban furiosas la una contra la otra.

Al separarse, Bruno le quitó con cuidado las gafas y se perdió en aquellos ojos grises tan expresivos. Mateo las recuperó y se apartó.

—Voy a lavarlas, y de paso me lavo la cara. Esperame en el cuarto.

—Dejátelas puestas —dijo Bruno mientras él iba hacia el baño.

Mateo se detuvo en el umbral.

—No —contestó antes de girarse—. Quiero verte bien la cara mientras te follo.

A Bruno le recorrió un escalofrío. El tono había sido casi peligroso, una promesa que despertó una respuesta inmediata en su cuerpo. Fue al dormitorio a esperarlo.

***

Mateo llegó solo con el bóxer, listo. Quería sexo. No: necesitaba tener sexo con Bruno. Lo encontró nervioso, de pie junto a la cama con el pantalón todavía puesto, retorciéndose las manos. Esa vulnerabilidad le provocó ternura. Lo agarró de la cadera con firmeza y lo atrajo para besarlo otra vez.

Bruno se dejó guiar a la cama, se sentó y cayó de espaldas siguiendo el cuerpo de Mateo. Se enredaron de nuevo en un morreo ávido. Luego Bruno giró las posiciones, deseoso de demostrar que él también podía llevar la voz cantante; le comió el cuello con fiereza mientras la mano le apretaba el empalme.

Mateo empujó la cabeza de su amigo hacia abajo, y Bruno no se resistió. Primero le besó la polla por encima del bóxer. A través de la tela notó el calor, la dureza, el olor de un rabo que llevaba ya un buen rato excitado. Besó con más ganas, apretando con los labios al ritmo de los suspiros de Mateo.

Impaciente, Mateo se bajó la prenda y liberó la polla. Pero Bruno quería hacerlo sufrir. Fascinado como siempre por el grosor de su amigo, le escupió encima y esparció la saliva con calma por toda la longitud, insistiendo en el glande sensible. Mateo se retorcía de gusto, gimiendo bajito, una mano aferrada a las sábanas y la otra al culo de Bruno.

Bruno se bajó el pantalón para que Mateo pudiera sobarle el culo a gusto, y entonces se metió el glande en la boca. El gemido de Mateo no fue bajito precisamente.

—Ah, uf. Joder, nene, seguí.

Aquella palabra, como un conjuro, retumbó en la mente de Bruno y le despertó algo inexplicable. Se lanzó a chuparle la polla con todas las ganas.

Mateo no estaba para quejarse. Aunque Bruno no lograra metérsela entera, tenerlo amarrado a su rabo, llenándoselo de babas con esa cara de vicio, lo calentaba muchísimo. Le apretó la nalga, dura y casi sin vello, hasta que un dedo presionó justo en el centro. Bruno gimió ahogado contra la polla que le impedía hablar.

Mateo no se lo pensó. Se chupó el dedo para ensalivarlo bien y lo devolvió a la entrada de Bruno, empezando un juego suave: acariciaba, apretaba, estiraba, presionaba, atento a cada reacción. El dedo se adentraba un milímetro más cada vez, y cada vez la mamada que recibía se volvía más intensa.

Tuvo que ensalivarse el dedo un par de veces más, pero al final entró del todo. A cuatro patas en la cama, Bruno soltó la polla un momento; con la boca en la base y el rabo largo palpitando contra su cara, boqueaba de gusto mientras Mateo lo abría cada vez más rápido. El segundo dedo se sumó con cierta dificultad.

Bruno se alzó de golpe con un gemido intenso.

—No aguanto más. Necesito metértela.

—Yo tampoco. Quiero sentirte dentro.

Se buscaron los ojos, los dos cargados de excitación y de súplica, las respiraciones agitadas. Incapaz de alargarlo más, Bruno se subió a horcajadas sobre su amigo y se dirigió la polla hacia su propio culo. En cuanto sintió la cabeza en la entrada, tomó aire.

Empujó. Notó la presión del glande contra el ano, incómoda, y trató de no apretar por reflejo. Relajó un poco y la cabeza se coló de golpe, arrancándole un quejido brusco. Se quedaron quietos un instante.

—¿Estás bien? —preguntó Mateo, asustado—. ¿La saco?

—No, esperá. Dejala ahí un momento.

—¿Seguro? Podemos parar si…

—Ni se te ocurra —Bruno se inclinó hacia delante hasta juntar las frentes, la polla todavía dentro—. Como la saques, te la meto yo.

Mateo sonrió pese a la preocupación y lo besó con ternura. Pronto el beso volvió a encenderse. Centrado en la boca, Bruno se fue dejando caer sobre el rabo de Mateo, que iba desapareciendo poco a poco en su interior virgen.

Cuando la tuvo hasta la mitad, subió hasta dejar solo la cabeza otra vez. Intentaba respirar con calma para sobrellevar aquella sensación tan extraña. Mateo le acarició la mejilla, los ojos brillando tras los cristales. Se escupió en la mano y embadurnó el trozo que quedaba fuera. Le sonrió, esta vez con picardía, y empezó a moverse.

Bruno levantó la cabeza hacia el techo con un gemido cuando la polla de Mateo empezó a abrirse paso en sus entrañas. Su propio rabo pegó un salto sobre el abdomen del que estaba debajo. Mateo se lo tomó para pajearlo al mismo ritmo con que le abría el culo: metía y sacaba parte de su largura, sin entrar ni salir del todo, y deslizaba la mano resbaladiza por la polla de Bruno. Este gemía bajito cada vez, sintiéndose un poco más lleno.

A Mateo le estaba costando un esfuerzo enorme de autocontrol. Todo el cuerpo le pedía reventar con fuerza, ponerlo contra la cama y follarlo hasta hacerlo correrse a chorros. Pero era la primera vez de Bruno por abajo, y la primera vez de los dos juntos. Ya habría tiempo de polvos desenfrenados. Aquella tarde era de descubrimiento.

Siguió moviéndose despacio. Lo disfrutaba también: el culo virgen de su amigo le apretaba la polla muchísimo, y en cada embestida notaba el glande abriéndose camino en aquel interior caliente. Se miraron como solo se miran dos personas que están descubriendo el placer juntas.

Estaban follando. El uno con el otro. Bruno y Mateo, mejores amigos desde siempre, que habían descubierto juntos la atracción por el mismo sexo, la atracción del uno por el otro, y los sentimientos enterrados. Todo eso salió a la superficie en aquel polvo. En las miradas se decían lo que aún no se atrevían a poner en palabras.

Bruno empezó a moverse al ritmo lento que marcaba Mateo, y la polla le entró más profundo. Boqueó de la impresión, pero siguió cabalgando. Apartó de su mente los pensamientos que lo señalaban por estar poniendo el culo, por hacer algo tan… y se centró en Mateo: en su torso firme y sudado, brillante por el calor que saturaba el cuarto. Con una mano le pajeaba y la otra la tenía tras la nuca, mostrando el bíceps. Tirado en su cama, con la mirada cargada de vicio, le pareció el tío más sexy del mundo. Aceleró.

Mateo gruñó de gusto cuando su polla entró más hondo. En algún momento Bruno había pasado a marcar el ritmo, y le parecía perfecto. No era un polvo frenético, pero el culo de su amigo le apretaba el rabo regalándole un gustazo tremendo. Y lo mejor eran las vistas: el cuerpo de Bruno botando sobre él, los abdominales tensos, las gotas de sudor trazando el recorrido entre los músculos, el pelo empapado, los gemidos sin parar.

Aquellos gemidos tan vulnerables lo estaban volviendo loco.

De repente Bruno empezó a pellizcarle uno de los pezones. El dolor agudo camuflado entre el placer le arrancó a Mateo un gemido grave. Después otro. Y un tercero. Se retorció, sin saber si era dolor o gusto, ni si pedir que parara o que siguiera. La respuesta llegó sola.

—Bruno, pará… ¡ah! —otro pellizco lo cortó a media frase—. En serio.

—¿Qué pasa? —preguntó él, zalamero, sin detenerse.

—Si seguís así me vas a hacer correr.

—¿Y me vas a llenar el culo?

—Uf, sí. Como no pares ya, te inundo.

—¿Querés que pare, Mateo?

La mirada que cruzaron duró una fracción de segundo. Suficiente para entenderse. Bruno se dejó caer hacia delante hasta juntar las cabezas, los labios rozándose sin besarse.

—Lléname, nene —usó la palabra nueva que había nacido entre ellos, y añadió—: Por favor.

Mateo abrió mucho los ojos antes de abandonarse al placer. Con la mano que no sujetaba el rabo de Bruno le agarró fuerte la nalga y empezó a bombear a fondo. Apenas duró unos segundos.

Gimió escandalosamente contra la boca de su amigo, y él contra la suya. El culo le apretaba la polla y el placer se desbordó. Mateo reventó copiosamente, en un orgasmo largo, directamente en las entrañas de Bruno, sin dejar de mover el rabo mientras se vaciaba dentro. Cada espasmo venía acompañado de un gemido de gozo que no quiso contener.

A Bruno se le pusieron los ojos en blanco en cuanto su amigo empezó a correrse. El cambio de ritmo sumado a sentirlo descargar lo llevó de inmediato al clímax: soltó él también en abundancia, su semen cayendo sobre el vientre de Mateo. Mientras uno gritaba de placer, el otro se quedó sin habla en el que, sin duda, fue el orgasmo más intenso de su vida.

Poco a poco recuperaron la compostura. Jadeando, sudados, dejaron de moverse salvo por el pecho, que subía y bajaba al ritmo de la respiración. Seguían frente con frente, los ojos cerrados.

—Fue increíble, Tronco. Gracias.

—No me gusta que me sigas llamando Tronco —contestó Bruno, áspero. Después suavizó el tono—. Me gusta más cuando me decís nene.

Se separaron para mirarse a los ojos. Bruno estaba avergonzado por todo: por el polvo, por el orgasmo recién sentido, por la confesión del apodo. Por lo que sentía.

—A mí también me gusta más así. Entonces gracias, nene. Gracias por regalarme este momento.

Mateo lo atrajo con suavidad y lo besó. Fue un beso lento, bonito, cargado de ternura. Al separarse, Bruno tenía lágrimas en los ojos. Mateo lo miró preocupado, pero su amigo negó con la cabeza.

—Tranquilo, son de felicidad —rio bajito mientras una lágrima le rodaba por la mejilla—. Este beso no se sintió raro.

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Comentarios (4)

RaulSantiago22

de los mejores relatos que leí en este sitio, sin exagerar. tremendo!!!

SombrasDeNoche

Por favor que haya una segunda parte... quedé con ganas de saber qué pasó despues de ese beso

FelixRiver_87

Me recordó a una situacion parecida con un amigo del secundario. Cosas que uno nunca olvida aunque pasen los años

DiegoNochero

increible como lo escribiste, se siente real

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