La tarde que dejé que él me follara por primera vez
Voy de camino a casa de Marco. Hace más de una semana que no lo veo, desde aquella noche en la que intentó forzar las cosas sin avisar. Siguiendo el consejo de Karim, no le había dirigido la palabra hasta que él dio el primer paso y se disculpó por mensaje por su comportamiento. Mi primer impulso fue pedirle perdón yo también, pero me mantuve firme y solo le dije que quería que nos viéramos.
Estoy atacado de los nervios. Él todavía no lo sabe, pero hoy es el día en el que voy a dejar que me folle. Por eso me he vestido lo más provocador que he podido, con un pantalón y una camiseta de tirantes que me ha prestado Karim, las dos prendas muy ajustadas y que, aunque me esté mal decirlo, me sientan de maravilla. La ropa interior la traigo de casa: un suspensorio que me regaló el propio Marco y que nunca me había atrevido a estrenar.
Cuando llego, me recibe con una sonrisa y un beso. Está atento, casi blando, y se nota que sigue sintiéndose culpable. Empezamos hablando de tonterías, hasta que el tema se va calentando solo.
—Siento de verdad lo del otro día, me comporté como un idiota —me dice.
—Lo fuiste —le respondo con una sonrisa—, pero te perdono.
Nos fundimos en un abrazo largo y en un beso todavía más largo. Nos quedamos un rato acaramelados en el sofá y abrimos una botella de vino para sellar la reconciliación, cosa que me viene de perlas para soltar la tensión que llevo encima.
—Tengo que decirte que hoy has venido muy sexy —murmura, poniéndome una mano en el muslo y la otra en la cintura—. Creo que nunca te había visto con esta ropa.
Vamos a subir la temperatura un poco, pienso.
—Es que también estreno ropa interior. ¿Quieres verla?
Asiente, claro. Me pongo de pie de espaldas a él y me bajo el pantalón despacio, enseñándole el culo enmarcado por las tiras del suspensorio. La cara que se le queda no tiene precio.
—¿Qué te parece? Fue un regalo tuyo —le recuerdo.
—Buf, qué buen gusto tengo, ¿eh? Y no solo para la ropa —dice, y alarga la mano para palparme bien.
—¿Sabes una cosa? Si de verdad quieres que te perdone, comérmelo ayudaría bastante.
Marco se lanza sin pensarlo. Yo de pie, él sentado en el borde del sofá, separándome con las manos y trabajándome con la lengua como si llevara días esperando hacerlo. Lo hace tan bien que casi pierdo el hilo de mi propio plan, pero hoy quiero usar el poco poder que tengo antes de cedérselo todo. Le aparto la cabeza, le ordeno que se tumbe boca arriba y termino de quitarme el pantalón.
Me siento sobre su cara, con el agujero colocado justo en su boca. Mientras noto cómo me lame, veo el bulto enorme que le marca el vaquero —él sigue vestido de la cintura para abajo— y me inclino hacia delante para desabrocharle y liberar la polla, dura como una piedra. Se la chupo unas pocas veces, lo justo para volverlo loco, y enseguida paro. Mi objetivo es calentarlo al máximo y hacerme de rogar.
—Buf, ¿cómo quieres que no te viole, si me dejas así? —protesta, medio en broma, medio en serio, sacando un instante la lengua de donde la tenía.
—A lo mejor hoy no te hace falta violarme —contesto, levantándome de encima y caminando hacia la cama.
***
Marco no se cree lo que acaba de oír. Me sigue más caliente que un adolescente. Llego al colchón, me apoyo contra el cabecero y abro las piernas, dejándole todo a la vista, y él se mete entre ellas.
—Entonces, ¿quieres que follemos? —pregunta, y mientras lo dice no me mira a los ojos, sino al agujero. Saberme tan deseado me pone muchísimo.
Asiento. Me agarra de los tobillos, tira de mí para pegarme a su cuerpo y se abalanza a besarme en la boca. El beso sabe a mí, pero me enciende igual. Después me obliga a darme la vuelta y a tumbarme boca abajo, y me hace chuparle los dedos: los que va a usar para prepararme.
Cuando entran, estoy más relajado que otras veces, así que no me duele. Es más, conforme sube el ritmo, lo que noto es puro placer, y él se da cuenta.
—Si te gustan mis dedos, vas a flipar cuando te dé la polla —dice, y se coloca sobre mí, con la punta pegada a mi entrada—. ¿Estás seguro?
Me lo susurra al oído mientras me llena el cuello de besos. Una parte de mí querría decirle que no por mil razones —miedo, rabia, ganas de dejarlo con la calentura—, pero sé perfectamente lo que vine a hacer.
—Fóllame, por favor.
Al instante noto cómo se va abriendo paso dentro de mí, despacio, con cuidado, dándome tiempo a acomodarme a él. Aun así duele.
—Tranquilo, ya verás como mejora —me dice entre besos en la nuca, mientras yo asiento con la cara crispada—. ¿Paro?
—Sigue, joder.
Continúa hasta tenerla entera dentro y empieza a moverse, primero suave, luego más fuerte. Cada vez más. Al principio me pregunta cómo voy, pero llega un punto en que se olvida de todo y me folla a fondo, sin frenar, sin importarle ya si me duele. Me aplasta la cara contra la almohada, así que ni siquiera puedo quejarme. Me dejo llevar, debatiéndome entre el dolor y el placer de cada embestida, hasta que lo siento vaciarse dentro de mí.
Cuando termina, sale con cuidado. Me doy la vuelta y nos comemos a besos.
—¿Qué tal? ¿Has disfrutado? —pregunta.
Asiento. Estoy dolorido y un poco humillado, pero también he gozado, y me invade una felicidad rara que no sé explicar.
—¿Quieres correrte tú ahora? —añade.
—No, mejor me doy una ducha.
—Vete —me dice sin soltarme—, pero luego vuelve a la cama. Esta noche pienso matarte a polvos.
***
Dos semanas más tarde, estoy con Karim en el vestuario del gimnasio, saliendo de las duchas después de una sesión brutal. He entrenado con ropa muy ceñida y unos pantalones cortísimos. Karim igual, aunque él siempre va así. Yo no me habría atrevido hasta hace nada, pero cada día me siento más seguro para vestirme como me da la gana, y reconozco que me encanta la atención que provoco.
Estamos casi solos; los pocos que quedan siguen en la ducha. Mientras me seco, Karim me da un cachetazo de esos que suenan.
—Menudo culo tienes, joder, no me extraña que mi chico no se pueda contener —dice, y los dos nos reímos.
Me había sentido culpable de que Sergio me comiera el culo el otro día y se lo conté, pero a Karim no le importó lo más mínimo. Es más, nos había dejado a solas a propósito. «Necesitas darte cuenta de lo deseable que eres», me había dicho, y tenía razón: tener a un tío como Sergio rendido a mis pies fue una de las cosas que más confianza me dieron.
A Sergio le montó una buena bronca, porque a los dos les van el drama y las reconciliaciones pasionales. La sellaron con un polvo memorable y con Sergio invitándolo a un fin de semana en Lisboa como compensación por no haber sabido tener la polla quieta. Pero Karim no estaba enfadado de verdad. «Mientras no se folle a otro, me da igual; solo tengo que dejarle claros los límites», me explicó. Y a mí, lo confieso, me excitó saber que el precio por restregarse contra mí era un viaje romántico.
—Y hablando de tu culo, ¿qué tal Marco y tú desde que empezasteis? ¿Va mejor la cosa? —pregunta Karim.
—Buf, sí. Marco está supercariñoso y atento, y ya no anda frustrado por no follarme, claro, porque no hace otra cosa. Entre que lo tuve a dos velas un montón de tiempo y que yo quiero practicar, nunca le digo que no. Pero este tío es una máquina, no piensa en otra cosa.
—Ja, él y todos —se ríe—. Ya sabes lo único que quieren. ¿Y a ti qué tal? ¿Ha mejorado desde la primera vez?
—Sí. A veces todavía me duele, sobre todo después de varios seguidos, pero lo disfruto un montón. Hoy se pasa por casa antes de irse a Sevilla, que tiene que ir por curro de vez en cuando.
En esto entran dos tíos al vestuario y se acercan a saludar a Karim; por lo visto son conocidos suyos. Los dos altos, fortísimos, dos pibones, como casi todos los amigos de Karim. Uno es moreno y con barba; el otro, rubio, con pinta del Este. Van a empezar a entrenar ahora, así que están vestidos de calle, al contrario que nosotros, que estamos en pelotas, aunque yo me he anudado la toalla a la cintura para hablar con ellos. Karim, no.
—¿No nos presentas a tu amigo? —dice el rubio después de un poco de charla.
—Claro, este es Dani. Dani, ellos son Niko y Theo.
Nos damos dos besos, y me da la impresión de que los dos los buscan más cerca de la boca de lo necesario.
—Dani estará en la fiesta del sábado, por cierto. Va a ser su primera vez —les cuenta Karim.
Es verdad: el sábado es el cumpleaños de Sergio y monta una fiesta por todo lo alto en su casa con piscina, como cada año. Yo nunca he ido, pero son legendarias en el ambiente; allí se juntan todos los chicos guapos de la ciudad con el bañador más sexy que tengan. Me muero de ganas, y por la cara que ponen estos dos, también les hace ilusión que vaya.
—Genial, ya verás cómo lo pasas de lujo —dice Theo—. Las fiestas de Sergio son míticas, y la primera siempre es la mejor.
Me guiña un ojo. Los dos me miran como te mira un tío que te quiere follar y no tiene el menor interés en disimularlo. Si no estuviéramos en un sitio público, juraría que ya estarían intentándolo.
—Bueno, chicos, nos toca entrenar. Que paséis buen día —dice Niko, y se van hacia su taquilla, aunque todavía nos lanzan alguna mirada de reojo.
Y como cada día me gusta más calentar a quien sea, aprovecho para ponerme de espaldas a ellos. Cuando me agacho para secarme la parte baja de las piernas, les ofrezco el culo abierto en todo su esplendor, y me tomo mi tiempo para que lo disfruten a gusto. Ya tienen material para esta noche, pienso.
—Ja, ja, tenías que haber visto sus caras, se les caía la baba —me dice Karim cuando salimos.
—Pues ya que es lo único que van a sacar de mí, al menos que tengan buenas vistas.
Nos despedimos y cada uno tira para su casa. Como dije, he quedado con Marco antes de que se marche.
Cuando le abro la puerta, se lanza a besarme y a agarrarme del culo sin decir una palabra, primero por encima del pantalón y enseguida metiendo las manos por dentro. Para cuando quiero darme cuenta, estoy con los pies sobre sus hombros y sus huevos rebotando contra mí, hasta que lo noto llenarme otra vez.
—Buf, menudo polvazo —dice mientras se deja caer encima de mí, y son prácticamente las únicas palabras que pronuncia.
Poco después me suelta que tiene que salir corriendo o pierde el tren a Sevilla. Se va, y yo me quedo tumbado, con esa sensación contradictoria de haber sido usado como un simple recipiente y, a la vez, de no querer que esto se acabe nunca.