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Relatos Ardientes

Hetero, arruinado y una oferta imposible de rechazar

Bruno Sáez tenía veintiocho años, un cuerpo trabajado a base de disciplina y la clase de sonrisa que abría puertas. Cuatro años atrás había terminado la carrera de Empresariales en Barcelona, y desde entonces ocupaba un puesto cómodo en una consultora del centro. Buen sueldo, un piso compartido con su novia y la apariencia perfecta de un hombre que lo tenía todo bajo control.

Le gustaba su vida, o al menos le gustaba la versión que los demás veían. Se levantaba temprano para ir al gimnasio, donde siempre sentía las miradas posándose sobre él. Sabía que era atractivo y lo disfrutaba: el pecho marcado con algo de vello, las piernas firmes, esa seguridad de saberse observado. Le daba igual que lo miraran hombres o mujeres. Solo quería ser el centro de la sala.

El problema, el único que no podía maquillar, eran las apuestas deportivas. Era un adicto. Cada mes perdía cantidades que al principio lograba disimular y que con el tiempo se volvieron imposibles de tapar. Lo que empezó como un descuido se convirtió en un agujero negro. En el último año había perdido más de noventa mil euros, y encima tenía unas obras pendientes en casa que no podía pagar ni explicar.

El lunes anterior había sido decisivo. Su empresa cerraba un acuerdo con Lukas Brenner, un inversor suizo dispuesto a meter dinero en España, y a Bruno le tocó presentar el proyecto. Era la tercera reunión con él, y Bruno había notado cómo lo miraba el suizo: las sonrisas, los ojos que se demoraban más de la cuenta. Por más heterosexual que fuera, supo leer la señal y decidió aprovecharla.

Eligió el traje que mejor le marcaba el culo y una camisa ajustada que dibujaba cada músculo. Incluso se quitó la chaqueta en mitad de la presentación, con la excusa del calor, para que Lukas pudiera mirar todo lo que quisiera. El acuerdo se firmó. La empresa ganó una fortuna y Bruno recibió un bonus de cuatro mil euros. Calderilla para alguien que debía noventa mil.

***

El banco ya había amenazado con embargarle la nómina, y era cuestión de días que Clara, su novia, descubriera el desastre. Esa tarde, al salir del gimnasio, le sonó el teléfono con un número desconocido.

—Hola, Bruno. Soy Mateo, el abogado del señor Brenner. Llevamos su proyecto con tu empresa.

—Ah, sí, ¿qué tal? Ahora mismo estoy liado. Si pasa algo con los papeles, habla con Adrián, él te puede ayudar.

—No, no es eso. Todo está perfecto con el contrato. Necesito hablar contigo de un asunto personal, y es algo urgente. ¿Podemos tomar un café? Estoy cerca de tu casa.

A Bruno le extrañó todo. Cómo sabía aquel hombre dónde vivía, qué demonios quería proponerle. La curiosidad pudo más que la prudencia y aceptó verlo.

Se sentaron en una mesa apartada de una cafetería casi vacía. Mateo era un tipo elegante, de gestos medidos, que fue directo al grano.

—Lo que voy a decirte va a sonarte raro, y puedes cortarme cuando quieras. Pero conociendo tu situación financiera, creo que te va a interesar.

—¿Qué coño dices? ¿Qué sabes tú de mi situación? ¿Me habéis estado espiando?

—Eso es lo de menos. No te hagas el sorprendido, sabes cómo trabajamos. Esto es confidencial. Si no te interesa, me levanto y no vuelves a verme.

—Venga, suéltalo.

—Mi cliente se va unos días a su casa del Caribe, en Panamá. Quiere que lo acompañes. Que pases esos días con él. Como su pareja.

Bruno tardó un segundo en procesar las palabras.

—¿Cómo? ¿Os habéis vuelto locos? Tengo novia, no me van los tíos y desde luego no soy un puto chapero.

—Cálmate y escúchame. Lukas es un hombre con mucho dinero y mucho trabajo. De vez en cuando se toma unas vacaciones y no le gusta estar solo, pero tampoco quiere ataduras. Se ha encaprichado de ti. Cinco días. Y una compensación que cambiaría tu vida.

La cabeza de Bruno daba vueltas. Quería partirle la cara a aquel abogado de voz tranquila. Por otro lado, necesitaba el dinero como respirar.

—Veo que no te has ido —dijo Mateo, casi divertido—. ¿Sigo?

—Habla.

—No busca una pareja de verdad. Quiere compañía durante unos días. Estaríais juntos bajo un contrato de confidencialidad estricto. Tú firmas, él firma. Lo que pase allí no existe para nadie.

—Explícame eso de «como pareja». ¿Sexo y todo eso?

—Pues claro.

—Que yo no soy gay, joder. A mí no me ponen los hombres.

—Y eso a mí no me incumbe. Esto es un contrato laboral. Vas, estás cinco días, o más si quieres, y luego si te he visto no me acuerdo. Doscientos mil euros antes de salir. Trescientos mil a la vuelta.

Medio millón de euros por una semana en el Caribe. Bruno sintió el suelo moverse. Ese dinero borraría todas sus deudas de un plumazo y le devolvería su vida. El problema seguía siendo el mismo: nunca le había atraído un hombre. ¿Sería capaz de empalmarse con un tío? ¿Tendría que dejarse hacer? Le sudaban las manos solo de pensarlo.

***

Esa noche le mandó un mensaje a Mateo con las dudas que no se había atrevido a soltar en persona. La respuesta fue escueta.

—De los gustos de mi cliente irás descubriendo tú. Por lo que sé, es más activo que pasivo, pero no te puedo asegurar nada. Solo pone una condición: durante esos días sois pareja y punto. No quiere oír hablar de dinero, de contratos ni de tu vida. Le da igual de dónde vienes. Solo quiere compañía. Y suele dejar buenas propinas si queda satisfecho.

Bruno llegó a casa convencido de decir que no. Entonces vio la carta abierta sobre la mesa: el banco anunciaba el embargo de su nómina. Clara la había leído. Casi en el mismo instante le entró un mensaje de ella diciendo que se iba a casa de sus padres, que no quería saber nada de él.

El mundo se le vino encima. Sabía que Clara lo contaría todo. Consiguió localizarla, calmarla a medias, venderle la mentira de un malentendido con solución. La dejó más tranquila, cogió el teléfono y marcó el número del abogado.

—Acepto.

Los días siguientes fueron una tortura. Firmó el contrato, pasó unas pruebas médicas y hasta intentó ver porno entre hombres para entender cómo funcionaba aquello. No entendió gran cosa. Convenció a Clara de que necesitaba unos días fuera para arreglarlo todo, y el domingo por la noche se dirigió al aeropuerto, al avión privado que lo llevaría al otro lado del Atlántico.

El único consejo de Mateo fue claro: «Sé cariñoso con él y no le hables de nada de esto». Justo antes de despegar, Bruno abrió la aplicación del banco. Doscientos mil euros recién ingresados. Ya no había marcha atrás.

***

A su llegada lo esperaba un coche de lujo que lo condujo hasta una mansión colgada sobre la costa, con vistas a una bahía de aguas turquesas. Bruno alucinaba calculando lo que costaba aquello. Estaba nervioso porque no sabía cuándo aparecería Lukas ni cómo sería el encuentro.

Una mujer menuda lo recibió en la puerta con una sonrisa amable.

—Bienvenido. El señor aún no ha llegado. Póngase cómodo, dese un baño en la piscina si quiere.

Bruno recorrió la casa con la boca abierta: dos piscinas, gimnasio, sauna, habitaciones enormes. Se cambió en uno de los cuartos, se puso un bañador azul ajustado que marcaba sus piernas y sus pectorales, y bajó a tumbarse al sol. Nadó media hora y se dejó caer en una hamaca, medio adormilado, hasta que un ruido lo despertó.

Era Lukas. Llegaba con un traje impecable y una corbata verde botella. Un hombre alto, de unos cuarenta y cinco años, ancho de espaldas, con una presencia que llenaba el jardín. Bruno, cada vez más tenso, no entendía cómo alguien así necesitaba pagar por compañía. El suizo se sentó a su lado en la hamaca, le dijo hola y lo besó. Sin más. Como si fuera lo más natural del mundo.

Primero fueron besos cortos, tanteos. Luego algo más profundo, más lento. Era la primera vez que Bruno besaba a un hombre, y se dejó llevar. Aquello tenía que salir bien.

—Tenía muchas ganas de verte —murmuró Lukas contra su boca.

El suizo se fue recostando sobre el cuerpo de Bruno, besándolo, acariciándole los costados. Bruno se sorprendió de no sentir rechazo. Había imaginado algo brusco, violento, y en cambio había paciencia en aquellas manos. A los veinte minutos Lukas estaba medio desnudo sobre él, y la mujer del servicio los interrumpió para avisar de que la comida estaba lista. Bruno se incomodó, pero enseguida comprendió que aquella señora lo había visto todo mil veces. Al levantarse notó, atónito, que se le había empalmado. Lo achacó al roce constante.

***

Comieron solos en una terraza con vistas al mar, cogidos de la mano, intercambiando algún beso. Lukas resultó ser conversador, divertido, con historias de medio mundo. Cuando la mujer recogió los platos, el suizo tiró de Bruno y lo sentó sobre sus piernas. Los besos subieron de intensidad. Bruno notaba la dureza de Lukas contra él y unas manos firmes apretándole las nalgas.

Lukas lo levantó en peso y lo tumbó sobre la mesa. Le recorrió el pecho con la boca, se entretuvo en los pezones —algo que siempre ponía a Bruno a mil—, bajó por los abdominales hasta el bañador. Se lo quitó con los dientes. Nunca se la habían comido así, hasta el fondo, sin reservas. Bruno se descubrió a sí mismo agarrando la cabeza del suizo, empujándola contra él, sorprendido del placer que le subía por la espalda.

Lukas siguió bajando, le levantó las piernas y atacó un territorio donde nadie había entrado nunca. Fue algo nuevo y desconcertante, un placer que Bruno no sabía nombrar y que lo hizo arquearse sobre la mesa. Cuando avisó de que se corría, Lukas lo terminó con la mano hasta que reventó sobre su propio pecho. El suizo lo limpió con calma, lo abrazó, y justo cuando Bruno pensaba que ahora le tocaría a él, Lukas le propuso una siesta. Estaba agotado.

Se durmieron abrazados, desnudos, como si llevaran años juntos. Al despertar empezó otra ronda de besos y caricias. Esto es para lo que me han pagado, pensó Bruno, y lo estoy haciendo lo mejor que puedo.

***

—Esta noche quiero llevarte a cenar a casa de unos amigos. Es uno de los mejores sitios del país —dijo Lukas.

—No me he traído nada para salir. Pensaba que estaríamos aquí.

—Eso se arregla rápido. Ven, vamos a la ducha.

La ducha fue la prolongación de la cama. Besos cada vez más descontrolados, agua caliente, manos por todas partes. A Bruno no dejaba de impresionarle lo duro que estaba el suizo. Lukas lo giró, lo pegó contra los azulejos y bajó hasta su culo, pequeño y firme. Lo lamió con ansia y luego hizo algo distinto: lo abrió con un dedo, después con dos. Todo aquello era nuevo, y Bruno intuyó lo que venía.

—Tranquilo —le susurró Lukas pegándose a su espalda.

Empezó a entrar despacio, con una seguridad que no admitía dudas. A Bruno le flaquearon las piernas, pero ya no había vuelta atrás. Poco a poco lo sintió por completo dentro.

—¿Listo?

Bruno respondió con un jadeo ronco. El suizo arrancó un bombeo lento que fue ganando ritmo. Bruno había decidido no pensar, vivir aquello como un trabajo y, casi sin querer, como una experiencia. Lukas le mordía el cuello, le decía al oído lo cachondo que lo ponía, lo bueno que estaba. Diez minutos después anunció que se corría, salió de golpe y lo obligó a arrodillarse para terminar sobre su cara. Bruno recibió la descarga con los ojos cerrados. Luego, por primera vez, probó una polla, y aunque la sensación no le gustó, cumplió. El objetivo era otro.

Lukas lo levantó, lo abrazó y le dijo al oído que lo quería.

***

Al salir de la ducha encontró un traje negro sobre la cama. Se lo puso y el resultado era espectacular. Lukas se lo hizo saber con un beso y un largo recorrido de su mano por el culo. A Bruno le gustaba exhibirse, y aquella noche sería el trofeo de otro.

El restaurante era discreto y lujoso. Lukas no soltaba a Bruno; lo paseaba, quería que lo vieran con él. El camarero que los recibió era un tipo alto, mulato, muy atractivo, y no paraba de sonreírle al suizo. Aquello provocó en Bruno una punzada extraña. ¿Estaba celoso? Se excusó para ir al baño y, al volver, vio de nuevo al camarero y a Lukas riéndose juntos en la barra. El mismo cosquilleo desagradable en el estómago.

Sin pensarlo, Bruno se acercó, cogió a Lukas por la cintura y le plantó un beso largo, posesivo, dejando claro a quién pertenecía aquella noche. El suizo se quedó sorprendido, y enseguida encantado.

Bruno se apartó un poco, desconcertado consigo mismo. Había entrado en aquella casa convencido de no sentir nada, de aguantar cinco días como quien cumple una condena bien pagada. Y sin embargo, ahí estaba, marcando territorio sobre un hombre como si de verdad le importara. Quedaban cuatro días por delante, y por primera vez no sabía qué esperaba de ellos.

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Comentarios (4)

MarcoLector7

Buenisimo! uno de los mejores que lei en lo que va del año

Curioso_76

por favor que haya segunda parte, me quede con las ganas de saber como termina todo esto

GonzaFl

la premisa me atrapo desde el primer parrafo. medio millon de euros... yo tampoco lo rechazaria jajaja

Riki_BCN

jajaja pobre Bruno, ahi aprende a no meterse en deudas... aunque tampoco le fue tan mal al final

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