Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que mi suegro despertó en mí esa madrugada

El verano apenas empezaba a teñir las tardes de naranja cuando todo cambió. Tenía veinticuatro años y hacía un par que vivía con Carla, mi novia de toda la vida. Una chica dulce, paciente, demasiado buena para alguien como yo. Habíamos descubierto rápido que la convivencia no se parecía en nada a las películas, sobre todo si uno de los dos cargaba con dudas que nunca terminaba de nombrar.

Porque yo las tenía. Desde siempre. Algunos escarceos con otros hombres en la adolescencia, miradas que duraban un segundo de más, fantasías que apagaba antes de que crecieran. Nada de eso me era ajeno, aunque jamás lo había dicho en voz alta.

Esa temporada Carla retomó el club. Casi todas las tardes juntaba sus cosas y se iba con sus amigas a la pileta. A mí esos lugares me aburrían, así que me quedaba dando vueltas por el departamento. Una noche, mientras tomábamos algo, me pidió un favor.

—Mañana, si no te molesta, podrías pasar a ver a mi papá —dijo, midiendo las palabras.

—¿Y eso? —pregunté, porque hasta ese momento no tenía idea de nada.

—Mis viejos decidieron separarse. Él se quedó en la casa y mamá se fue de viaje, ese viaje a Europa que postergaba desde siempre. No sé cuándo vuelve.

—¿Y qué querés que haga yo?

—Nada. Ver cómo está, si necesita algo. ¿Me hacés ese favor?

—Dalo por hecho —contesté, sin imaginar adónde me llevaría ese sí.

***

Carla desapareció después del almuerzo y me dejó solo. Cerca de las cinco salí hacia la casa de Aníbal, mi suegro, que vivía a tres cuadras. Iba con un short y unas ojotas, lo más cómodo posible. El sol pegaba fuerte y la calle estaba desierta.

Me abrió en cueros, descalzo. Nunca le había prestado atención a su torso. Ancho, con el pecho cubierto de vello prolijo, todavía firme para sus años. Un maduro de mirada gris y alegre, nariz fuerte, pómulos marcados, un rostro rotundamente masculino.

—¿Cómo andás? Pasá, pasá —me dijo, sonriendo.

Cruzamos derecho hasta el fondo, donde la pileta brillaba azul y dos reposeras esperaban. Se había servido un jugo y me ofreció un vaso antes de encender un cigarrillo.

—¿Y cómo estás llevando la separación? —pregunté sin rodeos.

—Bien, la verdad. Ya no daba para más. A veces la costumbre te enreda, y si ninguno de los dos era feliz, ¿para qué seguir? Todavía somos jóvenes. Cada uno puede hacer lo que se le antoje.

—Y vos ya hacés lo que se te antoja —solté, riendo, sin pensar demasiado.

—No nos vamos a engañar. Santo no soy.

Me contó entonces que había sido infiel más de una vez, que sospechaba que su mujer también, y que a esa altura le daba igual. Que le quedaban fantasías por cumplir. Yo tragué saliva. Cambiamos de tema, nos fuimos por las ramas, y mientras charlábamos sentí cómo una erección crecía y se apagaba para volver a crecer un rato después. Me fui un poco aturdido. Había quedado con unos amigos para jugar al fútbol.

***

El viernes a la noche, dos días después, Carla salió otra vez con sus amigas. Aburrido, sin saber qué hacer conmigo, cerca de medianoche terminé en un bar del centro, de esos donde se junta todo tipo de gente. Hacía calor, estaba lleno, la música retumbaba más fuerte de lo que aguantaba. Me acodé en la barra a tomar algo.

Miraba de reojo a parejas que se abrazaban y se tocaban entre el humo de la máquina cuando una mano cayó sobre mi hombro. Me di vuelta y ahí estaba Aníbal, con un vaso en la mano y una sonrisa ancha.

—Querido, no esperaba encontrarte por acá —me saludó, cariñoso.

—Suegro… —dije, sorprendido.

—Qué ruido insoportable —comentó, y no pude más que darle la razón.

Bebimos en un rincón oscuro, lejos de los parlantes. Estábamos un poco entonados. En un momento fui al baño con la vejiga a punto de estallar y me crucé con dos tipos comiéndose la boca, las manos metidas donde no debían. La temperatura me subió de golpe. Cuando volví, Aníbal propuso que nos fuéramos de ahí antes de que me reventaran los tímpanos. Acepté.

***

Llegamos a su casa y me invitó una última copa. Bajamos las escaleras medio tambaleantes, alegres más que perdidos. Apenas entró se sacó la ropa y quedó en bóxer; el calor era denso, pegajoso. Me invitó a hacer lo mismo y obedecí sin pensarlo. El aire acondicionado empezó a refrescar el ambiente. Su bulto se notaba, creciente bajo la tela. Estaba caliente. Igual que yo.

—Qué bueno haberte cruzado en ese bar —dijo, mostrando sus dientes parejos—. Tenés una cara linda, ¿sabés? Siempre te miré. Tus labios tienen algo. Y tu figura impacta. ¿Nadie te lo dijo nunca?

—No me acuerdo —balbuceé.

—Te lo digo yo, que soy un hombre. Seguro algunos te buscaron. Cuando vi tu cintura apoyada en esa barra, y tu cola firme, joven, me di cuenta de que eras vos.

—Suegro… me halagás —dije, mientras vaciaba el vaso a tragos largos y sentía el cuerpo arder.

—¿Te acordás de que te hablé de mis fantasías?

—Sí, claro.

—Una es estar con un pibe joven, lindo, como vos. Soy directo, lo sé. Pero me calentás muchísimo. Mirá cómo se levanta esto bajo la tela.

Se agarró el bulto sin pudor. Yo apenas atiné a contestar algo y él ya se acercaba a mí en el sillón, con mis pezones erizados delatándome.

—Decime que te morís de ganas de que te toque —susurró, lamiéndome la oreja. Apoyó la mano en mi muslo y subió hasta encontrar mi erección por sobre el bóxer—. Pero mirá cómo estás. Dura como una piedra, igual que la mía. ¿Querés que siga?

—Sí, seguí —respondí, vencido—. Estoy muy caliente.

***

Nunca lo había imaginado así. Sus labios buscaron los míos y nos trenzamos en besos hondos, lenguas y salivas mezclándose, su boca urgente contra la mía. Bajó hasta mis pezones y los chupó hasta hacerme temblar. Mis manos encontraron su sexo, le bajé el bóxer de a poco y apareció entero, duro, recorrido de venas. Él jadeaba mientras yo lo acariciaba despacio. Sus dedos, mientras tanto, se abrían paso hacia mi entrada, masajeándola, dilatándola sin prisa.

—Qué culo tenés, sos un bebé —murmuró—. Estoy ardiendo. Quiero metértela. Mirá cómo entran mis dedos. Lo sabía desde que te vi.

Me acomodé en cuatro patas sobre el respaldo del sofá. Su pecho se pegó a mi espalda, su boca recorrió mi cuello, y su sexo empezó a abrirse camino. Hacía rato que nadie entraba ahí, salvo los dedos de Carla muy de vez en cuando. Fue como una primera vez otra vez: explosiva, caliente, con un punto de dolor que se volvió placer. Cuando estuvo del todo dentro, empezó a moverse cada vez más rápido, y yo descargué sobre el cuero del sillón sin siquiera tocarme.

—Así, dame esa cola —gruñía, sosteniéndome de las caderas, golpeándome con todo el cuerpo. Sudaba, resoplaba como un animal, hasta que en un lamento largo se vació dentro de mí. Sentí cómo latía y se aflojaba de a poco. Cuando salió, todo quedó pegajoso. Me dio vuelta y me besó, agitado, sin terminar de calmarse.

—Me volvés loco —dijo al fin, apartándose un poco—. Hacía tiempo que no estaba con un pibe como vos.

—No sabía que te gustaban los hombres jóvenes. Nunca me insinuaste nada.

—Por si no lo recordás, sos mi yerno —dijo, encendiendo un cigarrillo—. Esto empezó hace unos años. Mi mujer nunca quiso ciertas cosas. Al menos conmigo.

Se rió, dio una pitada larga y me acarició el muslo. Yo le besé los pezones, le pasé la lengua, y él volvió a endurecerse despacio bajo mis dedos. Olíamos a sexo. Pedí pasar a ducharme y me señaló el baño.

***

El agua me cayó como una bendición. Llevaba un buen rato bajo la ducha cuando apareció él, con su sexo balanceándose entre las piernas.

—No sabés la vista que sos, con espuma y el agua cayéndote encima —dijo, metiéndose conmigo. Me mordió el cuello, acarició mis nalgas, y sentí cómo volvía a despertar contra mi piel. Mi propia erección no tardó en responder.

Nos giramos, quedamos frente a frente, y mis manos bajaron hasta su cuerpo mientras el jabón y el agua resbalaban entre nosotros. Nos restregábamos como gatos, mimosos y ardientes a la vez, las bocas explorándose sin apuro. El grifo se cerró solo; quedaron apenas unas gotas cayendo sobre dos cuerpos que ya no sabían parar.

***

El sol empezaba a filtrarse entre las cortinas cuando me llevó a su dormitorio. Me puso de costado y me penetró otra vez, esta vez despacio, hasta el fondo. Sentía cada embestida contra mis nalgas, sus mordidas marcándome el cuello, sus gemidos cada vez más altos. Le gustaba de verdad, lo demostraba en cada movimiento. Hacía mucho que no gozaba así. Y entonces, sin verlo venir, una voz alterada nos congeló.

—Papá, ¿qué están haciendo, por favor?

Era Bruno, mi cuñado. Aníbal giró la cabeza, tan sorprendido como yo, y se retiró de inmediato. Bruno ya había desaparecido del marco de la puerta.

—Esperá acá —dijo mi suegro, y salió tal como estaba, sin apuro.

Me quedé solo, escuchando voces que murmuraban sin levantar el tono. Eso, pensé, era buena señal. Empecé a buscar mi ropa por las dudas, pero mi cuerpo seguía encendido. Pasaron diez minutos, tal vez. Llegó olor a cigarrillo. Después, pasos en el pasillo.

—Vení, Bruno, entrá. Mirá qué bocado, mirá qué delicia —decía Aníbal, acercándose.

Detrás venía mi cuñado, desnudo, dudando, con su sexo a medio levantar. Lo que fuera que su padre le había dicho había hecho efecto. Bruno era más joven que yo, de brazos largos, nariz respingada, labios finos, ojos negros y la cara salpicada de pecas. Siempre lo había conocido callado, tímido, alguien que nunca discutía con nadie. Nunca le supe pareja, aunque lo había visto en alguna fiesta familiar tanto con chicas como con chicos.

—Acercate —insistió su padre, sentándose al borde de la cama, acariciándome—. Te va a sacar la leche con gusto, ¿verdad?

—Como quieras, papá —dijo Bruno, plantándose frente a mí del otro lado del colchón.

Tomé su sexo en la mano y él se acercó un poco más. Lo recibí en la boca sin titubear y Bruno soltó un suspiro largo, acariciándose, mientras su padre nos miraba ardiendo.

—¿Ves cómo te chupa? —se relamía Aníbal, abriéndome las nalgas para hundir la lengua en mí—. ¿Te gusta, Bruno?

—Tenías razón —jadeó él—. Es una belleza.

Se arrodilló y nos besamos, fogosos, mientras la lengua de mi suegro escarbaba sin descanso. No parecía la primera vez de Bruno con un hombre; se movía con una soltura que no le conocía.

—Disfrutalo —dijo Aníbal—. Está listo para vos.

Bruno se acomodó detrás de mí y entró de una. Empezó a moverse con una energía que me sorprendió en alguien tan apocado. Su padre dio la vuelta y volvimos a besarnos mientras me acariciaba, apretándome, hasta que metió su sexo en mi boca y casi me ahogo.

—Qué boca tenés, amor —gruñía—. Cómo chupás, cómo tragás con todo. Creo que te voy a llenar.

Los gemidos de Bruno anunciaron el final. Aceleró, mordiéndome el cuello, y se vació dentro de mí con un quejido casi infantil. Cayó sobre mi espalda, agitado. En el mismo momento su padre se derramó en mi boca, chorros tibios y salobres que tragué hasta desbordarme. Quedé en medio de los dos, compartiendo besos y restos de placer, mientras afuera empezaba el canto de los pájaros.

—Te lo dije, Bruno —reía Aníbal—. Te habrías perdido este manjar.

—Alguna vez me fijé en él —admitió mi cuñado—. Nunca creí que pasaría. Y menos con nosotros.

***

Me dormí entre los dos y desperté sin idea de la hora, con hambre y el cuerpo molido. Me di una ducha larga y salí del baño con apenas un toallón en la cintura.

—Acá está el bello durmiente —dijo Aníbal, comiendo un sándwich. Bruno, a su lado, tomaba una gaseosa.

—¿Dormiste bien? —preguntó mi suegro, acariciándome la espalda mientras yo devoraba uno de los sándwiches—. Hablé con mi hija. Le dije que te quedaste a cuidarme porque me sentía mal y te olvidaste de avisarle. Quedate tranquilo.

—Gracias, suegro —contesté cuando por fin pude hablar.

Me quitó la toalla y nos besamos otra vez, su olor a hombre maduro envolviéndome como un elixir. Bruno se apoyó contra mi espalda, besándome el cuello. Terminamos de comer y salimos al patio. El sol estaba alto, eran cerca de las tres de la tarde y las chicharras no callaban. Me tiré boca abajo en una reposera, junto a la pileta, provocándolos a propósito. Las dos miradas se clavaron en mí de inmediato.

—Mirá lo que tengo para vos —dijo Aníbal, untándome la espalda con crema fresca—. Protector solar. No quiero que te lastimes con este sol bravo.

Nos pasamos la crema entre los tres, y las manos se fueron metiendo donde no correspondía, dedos traviesos que entraban y salían provocando suspiros. Con la misma crema empecé a acariciar esos dos sexos, duros otra vez, las venas marcadas, los testículos cargados como si llevaran años sin descanso. Me los llevé a la boca uno tras otro, alternando, mientras ellos me sostenían la cabeza y me acariciaban el pelo.

—Qué ganas de vergas tenés —dijo Aníbal, el muy hipócrita, después de habérmela chupado él mismo. Pero tenía razón. Si había un descarado ahí, era yo.

Me metí al agua para refrescarme y los dos me siguieron como perros falderos. Entre los escalones de la pileta volvimos a enredarnos. Bruno se recostó en uno de ellos y me senté sobre él, cabalgándolo, mientras Aníbal, por detrás, empezaba a abrirse paso también. Lentamente, sin demasiado esfuerzo, fue entrando, y sentí cómo me partían en dos.

—No aguanto —gemía yo—. Me parten, pero me gusta. Sigan.

—Sos un infierno —jadeaba mi suegro, embistiendo contra el cuerpo de su hijo—. Te entran dos a la vez. Sos terrible.

Nunca me habían tomado dos hombres al mismo tiempo y lo disfrutaba de un modo salvaje. Mi propio sexo descargó sobre el agua sin que nadie lo tocara. Eran dos demonios y yo los gozaba a los dos. Sentía partes de mí que no conocía, esa parte sin freno, desquiciada.

—Acabemos juntos —pidió Bruno, casi sin voz—. Padre, los dos a la vez.

Apuraron el ritmo, ya sin poder contenerse.

—Ya viene —gritó Aníbal.

—La mía también —vociferó su hijo.

Y al unísono me llenaron, una cantidad imposible de contar, caliente y pegajosa, mezclándose con el sudor y el agua de la pileta. Nos separamos despacio y nos dejamos caer al agua. Después, sobre las reposeras, repartí besos entre uno y otro, y fui yo quien logró que padre e hijo se besaran por primera vez, frenéticos. Aníbal salió a buscar unas cervezas heladas. Me corrí a la sombra de un árbol y me quedé dormido al instante.

***

No sé cuánto pasó. Me despertaron voces nuevas. Entre el sueño y la vigilia distinguí la silueta de un cuerpo extraño que se acercaba. Un hombre maduro, algo mayor que mi suegro.

—Hola, criatura. ¿Cómo estás? —saludó, divertido. Me sonaba de algún lado.

—Hola —contesté, todavía pesado de sueño.

—¿No me reconocés, verdad? —dijo, mientras los otros dos reían.

—Es mi suegro, Lautaro —explicó Aníbal—. El padre de mi mujer. No vive acá, está de visita.

—Ah, sí, sí —mentí.

El hombre me miraba con ojos hambrientos, sin camisa, un vaso largo en una mano y un habano en la otra.

—Veo que la estaban pasando bien —dijo, recorriéndome con la mirada.

—Un poco, señor —respondí, y me moví despacio hacia un costado, mostrando sin pudor mi cuerpo, provocándolo igual que a los otros.

Algo se encendió en su interior, lo noté en el acto. La tarde volvía a recalentarse. Esperé su reacción mientras Aníbal y Bruno se acercaban, otra vez, cada vez más cerca.

Ver todos los relatos de Relatos Gay

Valora este relato

Comentarios (4)

HectorDLM

excelente relato, de los mejores que lei en este sitio!!!

MateoSureño

Me recordo a algo que vivi hace años. Esa sensacion de tener algo callado tanto tiempo y que un instante lo cambie todo... muy bien descripto.

NicoRiver_22

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber que paso despues de esa noche

CheMarcelo

Me erize la piel leyendolo. No es facil animarse a contar algo tan personal, gracias por publicarlo.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.