Lo que mi amigo dejó que le hiciera en la ducha
Bruno había vuelto al pueblo para las fiestas después de tres años afuera, y la primera tarde libre que tuvimos la pasamos en la playa, como cuando éramos chicos. Él había sido mi compañero de banco en la secundaria, mi confidente y, aunque nunca se lo dije, el primer hombre que me hizo entender qué clase de deseo cargaba yo por dentro. Lo había guardado todo ese tiempo, doblado y escondido, mientras nos mandábamos mensajes de cumpleaños y poco más.
Verlo bajar del auto esa mañana me dejó la boca seca. Los años lo habían tratado bien. Estaba más ancho de hombros, la cara más dura, los brazos marcados de levantar peso. Me abrazó fuerte y sentí su pecho contra el mío, y en ese segundo supe que la tarde iba a ser larga.
Cargamos las toallas y una heladera con cervezas y nos fuimos al rincón de siempre, el más alejado, donde el médano tapaba el viento y casi nunca llegaba nadie. Era el mismo lugar donde a los diecisiete nos quedábamos hasta tarde hablando de chicas que en mi caso no me interesaban tanto como decía.
Pasamos horas tirados en la arena, hablando de todo y de nada, poniéndonos al día. Me contó del trabajo afuera, de una novia con la que había cortado hacía poco, de las ganas que tenía de volver. Yo lo escuchaba a medias; me distraía la forma en que se le tensaba el abdomen cuando se reía, las gotas de mar secándose sobre su piel, el modo en que se pasaba la mano por el pelo mojado. El sol caía despacio sobre el agua y la mayoría de la gente ya recogía las sombrillas para irse.
***
Cerca del atardecer se nos acercaron dos chicas que habían estado todo el día metiéndose en cada juego de la orilla. Eran mellizas, idénticas hasta en la forma de reírse: Lucía y Lara. Las dos coqueteaban con Bruno sin disimulo, lo miraban de reojo y se mordían los labios cada vez que él contestaba algo.
—Una guerra de hombros —propuso Lucía—. Cada una sobre uno de ustedes, en el agua. La que tire a la otra, gana.
Lo echaron a suerte con piedra, papel o tijera. Ganó Lucía y se subió a Bruno; a mí me tocó Lara, la que había perdido. Me daba igual cualquiera de las dos, eran idénticas y estaban muy buenas, pero ninguna de las dos era lo que yo miraba de verdad.
Nos metimos hasta que el agua nos llegó por encima de la cintura. Ellas se deslizaron por nuestras espaldas y se acomodaron a horcajadas sobre nuestros hombros, con las piernas abiertas apoyadas en la nuca. El calor de sus muslos contra mi cuello, el agua tibia, el sol cayendo: todo empujaba en la misma dirección. Bruno, a un metro, tenía la misma cara de estar conteniéndose.
Forcejeamos un buen rato, los cuatro riéndonos y empujándonos, las chicas tratando de desequilibrarse entre sí. Debajo del agua, los dos estábamos durísimos y lo sabíamos. Cada vez que cruzaba la mirada con Bruno, él la apartaba enseguida, pero no antes de que yo notara que respiraba igual de agitado que yo.
La madre de las chicas las llamó desde la orilla. Ya era hora, el sol casi tocaba el agua.
Las mellizas se bajaron despacio, demasiado despacio, resbalando por el costado de nuestros cuerpos, los pechos rozándonos los brazos, la piel mojada contra la piel. Antes de irse nos dieron un beso a cada uno, con la lengua, y de paso una mano de cada una nos apretó por encima del bañador. Después salieron corriendo hacia la orilla, muertas de risa, dejándonos plantados en el agua mansa.
Quedamos los dos resoplando, con el agua a la altura del pecho y la tarde apagándose.
—Mirá cómo me dejaron —dije, y antes de pensarlo le tomé la mano y la llevé a mi bulto.
Bruno seguía atontado, como si todavía no entendiera lo que pasaba. Me dejó hacer. Sentí su mano abrirse contra la tela, dudar un instante y quedarse ahí.
—¿Y vos? —le pregunté, y le toqué el paquete por encima del bañador.
Estaba durísimo. No retiré la mano. Metí los dedos por debajo de la tela mojada y lo agarré: lo tenía caliente a pesar del frío del agua, la piel suave, tan suave que lo sobé despacio unos segundos sin que él dijera nada.
—Qué desperdicio —murmuré—. Lo que se perdieron esas dos.
Él no contestó. Tampoco me sacó la mano. Solo me miró, y en esa mirada había una pregunta que llevábamos años sin hacernos.
***
No quedaba casi nadie en nuestro sector de la playa.
—Vamos a enjuagarnos —dijo, con la voz más ronca de lo normal.
Caminamos hasta los vestuarios sin hablar. El sol ya casi se había metido y las luces de los pasillos zumbaban encendidas, ese tono frío que vuelve todo un poco irreal. Yo iba un paso atrás, mirándole la espalda, los hombros, la forma en que el agua le bajaba por la columna. Nos metimos en los dos últimos compartimentos, uno al lado del otro, aunque el lugar estaba vacío. Dejamos los bañadores puestos al principio, por costumbre, por miedo, por las dudas.
La pared que separaba las duchas no llegaba hasta el techo. Lo escuchaba respirar del otro lado, el agua golpeando contra su cuerpo, y me imaginaba cada movimiento sin verlo. Apoyé la frente contra los azulejos fríos y traté de calmarme, pero el corazón me iba a mil. Llevaba años convenciéndome de que lo de Bruno era un capricho viejo, algo de la adolescencia que había que dejar atrás. Esa tarde, en cambio, todo lo que sentía estaba más vivo que nunca.
Abrí la ducha y dejé que el agua me cayera encima. Del otro lado escuché la de Bruno abrirse también, y después el ruido inconfundible de la tela cayendo al suelo mojado. No me animé a mirar enseguida. Cuando lo hice, ya se estaba enjabonando, de espaldas a mí, y lo único que pude pensar fue que de espaldas era todavía más hermoso de lo que recordaba.
Se dio cuenta de que lo miraba. Giró apenas la cabeza, me encontró boquiabierto bajo el chorro, y se sonrió. No era una sonrisa de vergüenza. Era una invitación, y los dos lo sabíamos.
Se me ocurrió una excusa que no engañaba a nadie.
—Te quedó arena en la espalda —dije—. Entre los omóplatos.
—¿Dónde? —Se quedó quieto, sin girarse.
—¿Puedo?
—Sí —dijo, y la palabra se le escapó casi sin aire—. Dale.
Me acerqué por detrás. Le pasé las manos enjabonadas por la espalda, despacio, siguiendo la línea de los hombros, bajando por los costados. No había arena. Los dos lo sabíamos. Volví a la zona baja de la espalda y apreté con las palmas.
—Qué manos —dijo en voz baja—. Parecen caricias.
Es que te estoy acariciando, pensé. Hace años que quiero hacer esto.
Amasé los músculos de la espalda baja, subí, volví a bajar. Cuando rocé el nacimiento de los glúteos con los pulgares, se le escapó un gemido corto que trató de tragarse. Sentí que si seguía un segundo más sin tocarme yo iba a terminar igual, ahí parado, sin haberlo tocado todavía donde quería.
—Date vuelta —le dije.
—No. Me da cosa.
—No seas tonto. Yo estoy igual que vos por culpa de las mellizas.
—Yo estoy peor.
—No te creo. Dejame ver.
Se volteó despacio, con los ojos cerrados y el agua chorreándole por la cara, el pecho, el vientre. La tenía dura, pegada contra el ombligo, y verlo así, entregado, sin defensa, me sacó el último resto de prudencia que me quedaba.
Apoyé las manos en su cintura. Me incliné. Le besé primero la punta, despacio, pasándole los labios por toda la cabeza mientras lo miraba a los ojos, que abrió de golpe, sorprendido.
Me tomó de la cabeza, al principio como para apartarme. Pero yo ya lo había metido en mi boca, muy despacio, y en lugar de empujarme hacia afuera, sus dedos se aflojaron, se enredaron en mi pelo y me acercaron hacia él.
—Ay, Nico —dijo, con la voz quebrada—. Qué bien se siente.
El agua nos caía encima a los dos, tibia, borrando el sonido de todo lo demás. Sentía el sabor de la sal en su piel, el temblor en sus piernas cada vez que cambiaba el ritmo, la manera en que su respiración se quebraba en jadeos cortos que trataba de aguantar. Levanté la vista una vez más y lo encontré mirándome, con la boca entreabierta y los ojos clavados en mí, sin un rastro de la vergüenza de hacía un rato.
—No pares —pidió, en un susurro—. Por favor.
Fui de a poco. Bajé y subí, lamiendo, tomándome mi tiempo en lo que tanto había imaginado, hasta llegar a apoyar la nariz contra su vientre. Me quedé ahí un segundo, quieto, saboreándolo, y sentí cómo todo su cuerpo temblaba bajo el agua tibia. Tres años de distancia y todos los años antes de eso se habían reducido a ese instante, a su mano en mi pelo y a la línea que acabábamos de cruzar y que ya no íbamos a poder deshacer.
En algún momento dejó de aguantar la respiración y se rindió del todo, la espalda contra los azulejos, los dedos firmes en mi nuca marcándome el ritmo que quería. Yo lo seguía, atento a cada cambio, leyéndolo como nunca había podido leer a nadie. No había prisa ni torpeza, solo dos cuerpos encontrándose después de demasiado tiempo de rodeos, y el sonido del agua tapando todo lo que no nos animábamos a decir en voz alta.
Y, sinceramente, ninguno de los dos quería deshacerla.