Perdí la virginidad con un hombre que conocí de noche
Me llamo Adrián y esta es la primera vez que me animo a contar algo así. Tengo veintitrés años, soy de Sevilla, mido un metro ochenta y peso poco más de sesenta kilos. Nada de músculos, el pelo castaño siempre revuelto y una manera de mirar al suelo que delataba lo poco que sabía de mí mismo por aquel entonces. Esta es la historia de la noche en que dejé de ser virgen.
Durante aquel año salía casi cada fin de semana con mi grupo de amigos. Bebíamos demasiado, fumábamos un poco y nos creíamos dueños de la ciudad hasta que el sol nos recordaba que no éramos nada. Fue en una de esas noches, una madrugada cualquiera, cuando pasó todo.
Estábamos haciendo cola para entrar a una discoteca del centro. Yo iba bastante perjudicado, con esa borrachera tibia que te suelta la lengua y te afloja los miedos. Pero uno de mis amigos, Rubén, iba mucho peor: vomitó justo a los pies del portero, que ni se molestó en disimular el asco. Estaba clarísimo que no iba a entrar. Los demás ya estaban dentro y, si salían, no los dejarían volver. Así que me tocó a mí cargar con él hasta su portal.
Lo dejé tirado en su sofá, le puse un cubo al lado y me marché. Ya no tenía sentido volver a la discoteca, así que bajé al metro para regresar a casa. Iba aburrido, un poco cachondo por el alcohol, con esa mezcla de soledad y excitación que solo aparece de madrugada. Saqué el móvil y abrí Grindr, más por costumbre que por otra cosa, solo para curiosear perfiles.
Fue entonces cuando me escribió un tal «mando_40». La conversación fue más o menos así:
—Hola.
—Hola, ¿qué buscas?
—Solo mamar. Soy virgen y quiero ir poco a poco.
—Vale, me parece bien.
—¿Dónde? Estoy en el metro.
—Cerca de la última parada de la línea. Nada de grabar, eso para empezar. Y te acuerdas de acabar en la boca.
—De acuerdo.
—Sal ya.
Seguimos hablando un rato. Él escribía con frases cortas, secas, como si cada palabra fuera una orden y no una propuesta. No sé si fue la borrachera o algo que llevaba dentro y nunca había mirado de frente, pero me convenció. Vivía bastante lejos, casi en las afueras, pero todavía era pronto y no me importó caminar un buen rato bajo las farolas.
Cuando ya me faltaban un par de calles, me llegó otro mensaje:
—Te espero en la puerta. Cuando llegues quiero que me comas la boca y me toques el paquete por encima del pantalón.
Ese mensaje me puso a mil. Se notaba que era un tío dominante, que no pedía sino que mandaba, y eso era justo lo que me encendía sin que yo terminara de entenderlo.
***
Un par de minutos después llegué. Lo reconocí enseguida. Era de mi altura pero el doble de ancho, debía rondar los cien kilos, con un chándal negro gastado y una manera de plantarse en la acera que ocupaba todo el espacio. Tenía pinta de vicioso, de esos que ya lo han hecho mil veces y se aburren de lo fácil.
En circunstancias normales habría dado media vuelta. La escena era extraña, casi sacada de una advertencia de mi madre. Pero el alcohol y esa sumisión nueva que empezaba a crecerme en el pecho pudieron más que el sentido común, y me acerqué.
—Hola —dije.
No me contestó. Se lanzó hacia mí y empezamos a besarnos contra la fachada. Hice lo que me había pedido: le toqué la polla por encima del chándal. Pero el roce de la tela no me bastaba, así que metí la mano entera dentro del calzoncillo. Noté cómo crecía con la media paja que le estaba haciendo. Él, mientras tanto, me recorría la cintura con las manos y enseguida bajó a mis nalgas, amasándolas con una fuerza que no admitía dudas.
Estuvimos así casi un minuto, hasta que se separó y me dijo:
—Sígueme.
Abrió el portón de su urbanización y echó a andar sin esperarme. Yo supuse que subiríamos a su piso, pero de repente se giró:
—¿Prefieres mi casa o el trastero? Arriba está mi madre durmiendo. Si no hacemos ruido, no se entera.
Solo de imaginar que su madre nos pillara se me revolvió el estómago, así que le dije que mejor el trastero. Me pareció lo más discreto, lo menos comprometido. No sabía todavía hasta qué punto eso de comprometerme ya había dejado de estar en mis manos.
Bajamos unas escaleras estrechas hasta un cuartito que olía a humedad y a cartón viejo. Estaba todo a oscuras. Él encendió la linterna del móvil y lo apoyó de canto en una estantería metálica, de modo que un haz frío de luz cruzaba la habitación y dejaba el resto en sombras.
***
No tardé en volver a besarlo. Esta vez aguantamos solo unos segundos, hasta que se me ocurrió tomar la iniciativa. Me separé, me quité la chaqueta porque el encierro me daba calor y me arrodillé delante de él. Le bajé el pantalón y el calzoncillo de un solo tirón, y apareció una polla mediana, de unos trece centímetros, pero bastante gruesa, con la base cubierta de vello oscuro. Justo del tamaño que necesitaba para mi primera vez, pensé para tranquilizarme.
Lo primero que hice, por pura inexperiencia, fue retirarle el prepucio de golpe.
—Eh, con cuidado —soltó con una mueca. Había sido demasiado brusco.
Estuve un rato masturbándolo, dudando si metérmela en la boca. Acercaba la cara cada vez más a aquel trozo de carne tibia, hasta que me llegó un olor fuerte, agrio, una mezcla de sudor encerrado y noche larga. Aquello me echó para atrás de golpe. Esto no es para mí, me dije, y me levanté.
—No puedo, tío, me voy —murmuré mientras recogía la chaqueta del suelo.
—¿Cómo que te vas? ¿Me vas a dejar así, a medias? —dijo, y su cara cambió de golpe.
—Lo siento, de verdad. Ábreme, por favor —le pedí, ya un poco asustado.
Me agarró del brazo con una fuerza que no dejaba lugar a la negociación.
—Venga. Acaba lo que has empezado.
En ese instante entendí que no me quedaba mucha elección. El tío me doblaba en peso y resistirme allí abajo, con nadie cerca, solo podía salir peor. Y tal vez, pensé buscando una excusa para mí mismo, tal vez hasta me guste. Así que volví a la misma posición de antes mientras él terminaba de quitarse el chándal.
Empecé de nuevo con la mano, pero ya se impacientaba.
—Venga, ponte a ello.
Esta vez no me lo pensé. Comencé con lametones torpes en el glande, como había visto en los vídeos, y enseguida me la metí en la boca. Movía la cabeza adelante y atrás, despacio al principio, encontrando un ritmo. Y lo curioso es que, una vez que me acostumbré al olor, dejó de molestarme. Incluso empezó a gustarme. Noté cómo mi propia polla despertaba dentro del pantalón. De vez en cuando él me sujetaba la nuca y marcaba el ritmo a su antojo.
***
Llevábamos un buen rato cuando vi que el haz de luz se movía. Levanté la vista y lo pillé: me estaba grabando con el móvil.
—¿Qué haces? Para. Habíamos dicho que nada de grabar —protesté.
—Tú sigue —respondió, y me soltó un cachete en la mejilla que me ardió.
Seguí. Me esforcé incluso, no sé si por miedo a que se enfadara o porque, en el fondo, me había rendido a la situación. La cabeza me daba vueltas, entre el alcohol, el susto y un placer que no entendía. De pronto se apartó.
—Para, para.
Se separó dejando un hilo de saliva entre su polla y mi boca. Se quitó la camiseta, dejó el móvil bien apoyado en la estantería, encuadrando, y dijo:
—Ahora te voy a follar.
—Pero… habíamos quedado en que solo te la chupaba —dije con un hilo de voz.
—Me da igual. Eso te pasa por intentar largarte.
Intenté convencerlo, busqué las palabras, pero no había nada que hacer. Asumí lo que venía con una calma extraña, como quien se deja llevar por una corriente que ya no puede cortar.
—Desnúdate. Y que se vea —ordenó.
Le hice caso sin rechistar. Primero la camiseta, luego los pantalones y la ropa interior. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba completamente empalmado y de que la punta me goteaba. Él tampoco lo dejó pasar.
—Vaya, así que te está gustando. Ponte a cuatro patas sobre el colchón.
Había un colchón viejo en un rincón, sin sábanas. Me coloqué encima e intenté arquear la espalda como había visto mil veces en pantalla, para demostrarle que cooperaba.
—Muy bien.
Estuve así un rato hasta que sentí un chorro frío de lubricante cayéndome por la raja hasta el ano. Empezó a meterme los dedos, primero uno, luego dos. No me dolió en absoluto; al contrario, me gustó más de lo que esperaba. Era algo que yo solía hacerme a solas, en casa, pero allí, con sus manos grandes y su respiración pesada en mi nuca, era otra cosa completamente distinta.
—Voy a grabarlo todo —dijo cogiendo el móvil otra vez.
Ya no protestaba. A esas alturas estaba disfrutando demasiado como para fingir lo contrario, aunque el miedo seguía ahí, latiendo bajo la excitación, recordándome lo que se venía.
***
Sin avisar, me agarró de la cintura, me arrastró hasta la esquina del colchón y empezó a entrar despacio. Apreté los dientes. En unos pocos empujones ya la tenía entera dentro.
—¿Te gusta? —jadeó pegado a mi oído.
Y sin dejarme contestar empezó a moverse rápido, fuerte, con un ritmo que me sacudía entero. Fue justo ahí cuando el dolor inicial dio paso a algo más, una mezcla densa de placer y vértigo que me hacía gemir sin control.
—Ah, ah… joder —se me escapaba.
Lo oía bufar detrás de mí, resoplando de gusto, y aquello me excitaba todavía más. Había algo en saberme deseado de esa manera tan animal que apagaba cualquier otro pensamiento.
—¿Te gusta o no? —repitió.
—Sí —admití—. Sigue.
Me folló un buen rato, cambiando el ritmo, parando y volviendo a empezar para alargarlo. Hasta que dijo:
—Ya queda poco.
Salió de golpe y se levantó. Yo notaba el ano caliente, palpitante, y hasta eso me gustaba.
—Ponte de pie contra la pared.
No tardé ni dos segundos en obedecer. Apoyé las manos en el muro frío y arqueé la espalda para ofrecerle el culo. Volvió a metérmela, pero esta vez no se movía dentro: con la otra mano me cogió la polla y empezó a masturbarme. Yo estaba tan al límite que tardé apenas unos segundos en correrme, soltando varios chorros contra la pared encalada.
Como su mano me cubría entera, algo de semen le quedó en los dedos.
—Abre la boca —dijo.
Y le lamí los dedos hasta dejarlos limpios, sin pensarlo, como si fuera lo más natural del mundo.
Justo después volvió a la carga. Esta vez, para mi sorpresa, aguantó apenas un minuto antes de empezar a temblar.
—Me corro… —gruñó mientras se vaciaba dentro de mí.
Me abrazó por detrás con la polla todavía dentro, pegando su pecho sudado a mi espalda. Nos quedamos así casi un minuto, mientras se ablandaba, hasta que salió sola.
***
Se dejó caer en el colchón, agotado, y me miró desde abajo.
—Límpiamela.
Y eso hice. Me arrodillé entre sus piernas y se la lamí mientras notaba su semen resbalándome muslo abajo. No me detuve hasta que no quedó rastro.
Cuando terminé, me levanté para vestirme, pero me cortó:
—Espera, espera.
—¿Qué pasa?
—Unas fotos, para el recuerdo. Ponte a cuatro y abre bien las nalgas.
Para entonces ya estaba completamente entregado, así que le hice caso. Me hizo otra tumbado boca arriba, sujetándome los tobillos, y una última con los restos de mi propio semen aún en la pared.
Me vestí en silencio y, antes de marcharme, me atreví a pedirle que borrara los vídeos y las fotos.
—No, todavía no —dijo con una media sonrisa que me heló—. Te quiero aquí el próximo sábado, a esta misma hora. Si vienes y te portas bien, a lo mejor los borro.
—Eres un cabrón.
—No se los voy a enseñar a nadie hasta entonces. Tú solo procura ser igual de dócil la próxima vez, y desaparecerán.
Me acompañó hasta el portón del garaje y se despidió con un beso forzado y una palmada en el culo. Salí a la calle vacía con el cuerpo dolorido, la cabeza hecha un lío y una certeza incómoda clavada en el pecho: que una parte de mí, por mucho que me costara admitirlo, ya estaba pensando en volver el sábado siguiente.