Mi amigo volvió de Valencia y le gané una apuesta
En la secundaria me hice amigo de Aleix, un chico catalán que había llegado a la Argentina cuando era apenas un nene. Sus padres habían emigrado por trabajo y él terminó cursando casi toda la escuela conmigo, en el mismo curso y en el mismo equipo de fútbol del barrio.
Era de esos que entran a un lugar y todas las cabezas se giran. Pelo castaño claro, frente despejada, ojos verdes y unas pestañas que parecían pintadas. La nariz fina, el mentón con un hoyuelo en el medio que se le marcaba cuando sonreía. Y un cuerpo de atleta, fibrado sin exagerar, con las piernas torneadas de tanto correr detrás de una pelota y un trasero que, ya en aquella época, me costaba no mirar.
Mi prima andaba detrás de él, como medio colegio. Yo me callaba lo mío y lo disimulaba con la confianza de siempre: era el amigo manoseador, el que le pasaba el brazo por el hombro y le tocaba los bíceps en broma. Nadie sospechaba que esas bromas eran lo único que me permitía a mí mismo.
El problema llegó en cuarto año. Teníamos dieciséis y al padre de Aleix lo repatriaron a Valencia. Se llevó a toda la familia y yo me quedé con un hueco que no supe nombrar durante mucho tiempo. Nos mandábamos mensajes, fotos, audios largos a la madrugada. Pero no es lo mismo.
Pasaron dos años. Cumplidos los dieciocho, Aleix me avisó que volvía a Buenos Aires a pasar las fiestas con unos tíos que le habían quedado acá. Y entre Navidad y Año Nuevo, mientras el resto de mi familia todavía no bajaba, íbamos a estar los dos solos en el departamento que habían alquilado en la costa.
Los dos solos. Me repetí esa frase tantas veces antes de que llegara que me la aprendí de memoria.
***
Lo fui a buscar a la terminal. Cuando lo vi bajar del micro casi no lo reconozco. Los dos años en España lo habían transformado: más alto, más ancho de espalda, la mandíbula más dura. El pendejo lindo se había convertido en un hombre que cortaba el aire.
Nos abrazamos fuerte y yo aproveché, como siempre, para palparle todo: los brazos, el pecho, la espalda, hasta las piernas, sin ningún pudor. Él se reía y me dejaba hacer, porque me conocía y sabía que yo era así de tocón.
—Estás hecho un toro —le dije.
—Y tú sigues igual de pesado —contestó, y el acento se le había puesto más español que nunca.
Llegamos al departamento y nos pusimos a desempacar. No traía mucha ropa. De golpe lo escuché soltar un bufido.
—¡Hostia puta!
—Mirá vos, se te escapó el gallego —le dije, riéndome—. ¿Qué pasó?
—Que mi tía no me metió el bañador en el bolso. No tengo con qué meterme al mar.
—No pasa nada. Tengo un par de más. Elegí.
Le tiré sobre la cama los que había traído yo. Aleix se sacó el pantalón ahí mismo, sin vueltas, y empezó a probarse. Yo me senté en el borde con la boca seca, fingiendo que revisaba el celular.
Se probó primero un short celeste bien clarito y después uno rosa. Los dos le marcaban el paquete, que le caía hacia la derecha, y los dos le abrazaban ese trasero respingón que la distancia y los años no me habían dejado olvidar.
—Te quedan bárbaros —dije, y por dentro pensé otra cosa mucho menos decente—. Sobre todo de atrás.
—Ni en pedo voy a la playa con esto. Me hacen ver demasiado gay.
—¿Y cuál es el drama? —le solté—. Las minas no te van a sacar los ojos de encima. Te van a querer tocar.
Y yo el primero, pensé, sintiendo cómo se me empezaba a poner dura de solo mirarlo frente al espejo.
—No y no. Imposible.
—¡Pero qué pudoroso me saliste! —me burlé—. Ya quisiera verte en una playa de Maspalomas mostrando cómo movés el culo. Tomá, probate estos.
Le pasé dos slips: uno floreado en rojo y blanco, otro a rayas negras y blancas. Se quitó el short y se los fue midiendo, uno tras otro, y lo que yo veía reflejado en el espejo de cuerpo entero me cortaba la respiración. Se decidió por el floreado y siguió rezongando que le quedaba demasiado justo.
A mí me quedaba justo otra cosa, pero eso me lo guardé.
***
Los días fueron hermosos. Sol parejo, mar tibio, cero gente conocida. En la playa siempre se armaban partidos: vóley a media mañana, fútbol al caer la tarde. Aleix y yo nos desafiábamos por todo. Apostábamos panchos, hamburguesas, cervezas. Cualquier excusa servía para picarnos.
El segundo día, mientras esperábamos que se armaran los equipos, se me ocurrió subir la apuesta.
—Hagamos una cosa —le dije, masticando un pedazo de hielo—. Si te gano la jornada entera, vóley y fútbol, me lo cobro con vos.
—¿Cómo que conmigo?
—Como lo escuchaste. De tan bueno que estás, me te cojo esta misma tarde.
Se echó a reír, una carcajada larga, segurísimo de que yo bromeaba.
—Sigues siendo un payaso —dijo, y me chocó la mano para sellar el trato sin tomárselo en serio.
Pero yo lo decía en serio. Y me la pasé todo el día recordándoselo. En el vóley, cada vez que iba a sacar, le pasaba bien cerca y le murmuraba que esa noche dormiría dado vuelta. En el fútbol, cuando me tocaba marcarlo, me le pegaba por atrás y le apoyaba el bulto contra ese culo que me volvía loco. A veces era él quien se inclinaba hacia atrás, como sin querer, y sentía su verga enfundada en el slip diminuto rozarme entre las nalgas. Para la mitad del partido la tenía dura y ya no sabía si él lo hacía a propósito.
Gané el vóley con facilidad. El fútbol lo perdió mi equipo de manera estrepitosa. Empate. Y, como buenos competitivos, había que desempatar.
—Penales —dije—. El que erra, pierde todo.
Aleix aceptó con una sonrisa que ya no era del todo inocente. Algo había cambiado en su mirada a lo largo del día. Pateamos en un arco improvisado con dos camperas. Metí los míos. Él, en el último, mandó la pelota a la lona del cielo.
Se quedó parado, mirándome, agitado, con el pecho subiendo y bajando.
—Ganaste —dijo, en voz baja.
—Gané.
No agregué nada más. No hacía falta.
***
Volvimos al departamento sin hablar demasiado, con la piel todavía pegoteada de sal y de sol. La tensión venía caminando con nosotros, un paso atrás, respirándonos en la nuca.
Aleix se metió a la ducha. Yo me quedé en el living escuchando el agua correr, imaginándomelo, sin animarme del todo a creer que aquello iba a pasar. Cuando salió, llevaba apenas una toalla atada a la cintura y el pelo mojado le goteaba sobre los hombros.
—Bueno —dijo, apoyado contra el marco de la puerta—. Una apuesta es una apuesta. ¿O te vas a achicar ahora, catalán de mierda?
Me reí del insulto cruzado y me acerqué despacio. Le saqué un mechón mojado de la frente, ese gesto que había querido hacer durante años, y por primera vez nadie me detuvo. Lo besé. Él me devolvió el beso con una urgencia que me dijo que no era el primero suyo, que en Valencia había aprendido cosas que yo todavía no le había preguntado.
La toalla cayó al piso. Lo recosté sobre la cama y por fin pude recorrer con la boca todo lo que había espiado de reojo durante esos días: el cuello, el pecho duro, el surco de los abdominales, las caderas. Bajé hasta su verga y me la tomé entera, despacio, sintiendo cómo se le tensaban las piernas y cómo se agarraba de las sábanas. Soltaba el aire entrecortado, decía mi nombre mezclado con puteadas en catalán que yo no entendía pero que me ponían como nunca.
—Date vuelta —le dije, y la voz me salió más ronca de lo que esperaba.
Obedeció. Se puso en cuatro y ahí tuve, al fin, ese trasero respingón que me había robado el sueño desde los quince años. Lo abrí con las manos, lo besé, lo mordí despacio, lo preparé con calma hasta que él mismo empezó a empujar hacia atrás, pidiéndome más sin palabras. Cuando entré, lentísimo, soltó un gemido largo y echó la cabeza para adelante.
—Esto te lo debía hace años —le dije al oído, sin dejar de moverme.
—Pues cóbratelo todo —contestó él, jadeando, y arqueó la espalda para recibirme mejor.
Lo agarré de las caderas y me lo cogí como había fantaseado mil veces, primero con calma y después sin tregua, sintiendo su cuerpo moverse contra el mío al ritmo que yo marcaba. Él se masturbaba mientras me empujaba para atrás, las dos manos buscándose, los cuerpos resbalando de sudor. Cuando lo sentí temblar y acabar sobre la sábana, fue demasiado para mí. Terminé adentro, abrazado a su espalda, con la cara hundida en su cuello.
Quedamos los dos tirados, respirando fuerte, las piernas enredadas. Aleix se rió bajito.
—Tendría que haber metido ese penal —dijo.
—Mentiroso —le respondí—. Lo tiraste afuera a propósito.
No lo negó. Se acomodó contra mi pecho y nos quedamos así, escuchando el mar a lo lejos, sabiendo que todavía faltaban varios días para que llegara el resto de la familia.
Esa noche no jugamos a ninguna otra apuesta. No hizo falta inventar excusas. Lo que había empezado como una broma de dos pendejos competitivos se había transformado en algo que ninguno de los dos quería que terminara con las fiestas.