Descubrí el secreto de mi jefe en el baño de la oficina
Lucas estaba en el último cubículo del baño de la planta trece cuando escuchó entrar a dos hombres. No les dio importancia, hasta que oyó el primer jadeo contenido y un cuerpo chocar contra el tabique que lo separaba del cubículo de al lado.
—Quédate quieto. No hagas ruido —ordenó una voz grave que reconoció al instante.
Era Viktor. El director de su área, el hombre por el que media empresa suspiraba, el que firmaba sus evaluaciones con una letra apretada e imposible.
Debió salir de allí. En cambio se quedó inmóvil, conteniendo la respiración, escuchando el golpeteo rítmico contra la pared, los suspiros ahogados del otro, la voz de Viktor volviéndose cada vez más exigente. Sin darse cuenta, su mano se deslizó bajo el cinturón y sus dedos se cerraron sobre su propia erección. No supo en qué momento se había puesto así de duro.
¿Con cuál de todas se habrá metido aquí?, pensó.
Pero la otra respiración era ronca, masculina. Una súplica entrecortada, un nombre que no alcanzó a entender, y luego el gruñido de satisfacción de Viktor y el peso de dos cuerpos derrumbándose. Lucas se mordió el dorso de la mano para no delatarse y se vino en silencio, con las piernas temblando sobre la taza.
Cuando entreabrió la puerta para espiar, los vio frente a los lavabos. Viktor besaba a Tobías, el jefe de seguridad informática. Su jefe, el inalcanzable, era gay.
***
Una semana después, Viktor lo llamó a su despacho y le anunció, sin preámbulos, que lo acompañaría a la negociación de Singapur en lugar de Tobías.
—Hablas tres idiomas y conoces el sector —dijo, sin levantar la vista de la pantalla—. Salimos el jueves.
Lucas asintió con la garganta seca. Sabía que Viktor sabía que él lo había escuchado aquella tarde. Lo había visto un segundo, reflejado en el espejo, antes de cerrar la puerta. Y aun así no había dicho una palabra.
El vuelo se torció a las cuatro horas. Una tormenta sobre el Atlántico obligó al avión a desviarse a Lisboa sin hora estimada de salida. La terminal era un caos de maletas, niños llorando y pasajeros varados buscando información en todas las ventanillas.
—Tu trabajo empieza ya —le dijo Viktor, con una calma que parecía casi divertida—. Tú retrasa la reunión cuarenta y ocho horas. Yo consigo dónde dormir. Aunque con esto —miró alrededor—, dudo que queden habitaciones individuales.
No quedaban. A las dos de la madrugada entraron en una habitación pequeña, dominada por una sola cama de matrimonio. Lucas se quedó parado en el umbral, mirándola como si fuera una trampa.
—Puedo pedir que traigan otra —ofreció Viktor, en un tono que no sonaba sincero.
—No… así está bien —murmuró, y se dejó caer sobre el colchón con los nervios a flor de piel.
Viktor le prestó una muda limpia de su equipaje de mano. Lucas la tomó sin mirarlo, mordiéndose el labio, y huyó a la ducha.
***
El agua caliente caía sobre sus hombros mientras él intentaba ordenar lo que sentía. Las imágenes del baño de la oficina no lo soltaban: la voz de Viktor, los gemidos del otro hombre, su propia mano. Entonces oyó la puerta abrirse.
—Lucas… —El susurro de unos pies descalzos sobre las baldosas—. Sé que estabas allí aquel día. Que me escuchaste. No tienes nada que temer durmiendo a mi lado.
Lucas se giró bajo el agua. A través de la mampara empañada distinguió la silueta de Viktor. Y, más abajo, la forma inconfundible de su erección. Tragó saliva y abrió la mampara.
Nunca había mirado el cuerpo de otro hombre con deseo. Pero allí estaba, alto, de hombros anchos, mirándolo sin pudor, dejándose evaluar. Lucas se pasó la lengua por los labios entreabiertos y, sin pensarlo, alargó una mano.
—¿Y si quiero que pase algo? —preguntó, con la voz quebrada.
Viktor entró en la ducha. Una mano en su cadera, la otra enmarcándole la cara, alzándosela hasta que sus narices se rozaron y sus respiraciones se mezclaron.
—¿Es esto lo que quieres? —murmuró contra sus labios.
—Sí.
El beso fue hambriento, sin descanso. Lucas dejó de pensar. Sus manos recorrieron aquel pecho amplio y sintió, contra su abdomen, cómo el miembro de Viktor se endurecía. Pero antes de perder la cabeza del todo, Viktor se separó con una sonrisa ladeada.
—Será mejor que nos duchemos —susurró, recogiendo la esponja—. Lo que empezamos sigue después. Lo prometo.
Lo enjabonó despacio, los hombros, la espalda, las piernas, demorándose en la dureza que se alzaba en su centro sin llegar a tocarla del todo. Cuando le tendió la esponja, Lucas le devolvió cada caricia con manos torpes, ganando confianza, hasta cerrar los dedos sobre su erección. Viktor lo detuvo de la muñeca.
—Aún no —jadeó—. Si sigues así, esto termina antes de tiempo.
Lucas, de rodillas, lo guió con la mano hasta que Viktor, con la espalda arqueada y los dedos enredados en su pelo, se dejó ir gritando su nombre. Después se besaron lento, compartiendo el sabor, mientras el agua seguía cayendo sobre los dos.
***
Al día siguiente caminaron horas bajo la lluvia, hablando como nunca lo habían hecho en la oficina. Fue entonces cuando Viktor confesó.
—Te he mentido. Cambié los pasajes para traerte conmigo. Desde el día que entraste en la empresa no he podido quitarte de la cabeza. Y cuando supe que me habías escuchado, que te habías… —se humedeció los labios— quedado a oír, decidí intentarlo. Conseguí esa habitación a propósito. No esperaba que todo se precipitara así.
Lucas sintió la indignación crecerle en el pecho, y al mismo tiempo un calor que no sabía nombrar.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Ahora nada que tú no quieras. Si mañana decides volverte, lo entenderé. Pero si te quedas… —dejó la frase en el aire.
Esa noche, de regreso al hotel, fue Lucas quien cerró la distancia. Viktor lo empujó suavemente sobre la cama y le desabrochó la camisa con dedos febriles, dejando un rastro de besos por su pecho.
—¿Estás seguro de querer esto? —preguntó, sosteniéndose sobre los brazos.
—No del todo —admitió Lucas—. Solo sé que tengo que descubrirlo o me arrepentiré toda la vida. Nunca he sentido algo así por un hombre. No sé hasta dónde podré llegar. Pero quiero intentarlo.
Viktor lo besó de nuevo, despacio. Esa primera noche se contuvo. Lo preparó con dedos pacientes, lo llevó al borde con la boca y las manos, y cuando Lucas se derramó temblando, lo abrazó por la cintura y le susurró que durmiera, que no había prisa.
—¿Por qué te detuviste? —preguntó Lucas, frustrado y agradecido a la vez.
—Porque llevo demasiado tiempo imaginando cómo será tu primera vez —respondió Viktor, acariciándole la espalda—. Y todavía no estás listo para mí.
***
Lo estuvo dos noches después, en la misma cama, con la lluvia repiqueteando en la ventana. Viktor lo preparó con calma, lo colocó de costado contra su pecho y le levantó una pierna sobre la suya.
—Mírame —pidió, buscando sus ojos—. Quiero verte.
Empujó despacio, solo la punta, esperando a que el cuerpo de Lucas se relajara, atento a cada gesto. Lucas se contrajo por la primera punzada, pero enseguida adelantó las caderas pidiendo más, y Viktor entró hasta el fondo, conteniendo el aliento.
El vaivén creció lento, luego intenso, las embestidas y los gemidos subiendo a la vez. Lucas se aferró a las sábanas, perdido en una sensación que no había conocido nunca: la de estar lleno, colmado, y al borde al mismo tiempo.
—Córrete —gruñó Viktor contra su nuca.
Y lo hizo, gritando su nombre, mientras Viktor se vaciaba dentro de él con un sonido ronco y se derrumbaba sobre su espalda. Después se quedaron quietos, recuperando el aliento, con los dedos entrelazados.
—¿Te he hecho daño? —preguntó Viktor, apartándole un mechón húmedo de la frente.
—Dolió —reconoció Lucas con una sonrisa cansada—. Pero no tanto como pensaba. Y luego… luego fue otra cosa.
***
Llegaron a Singapur dos días tarde. Las negociaciones se alargaron entre reuniones interminables de día y cenas de cortesía de noche. Apenas tenían tiempo para algún beso robado, alguna caricia furtiva en el ascensor. Y, sin embargo, algo crecía entre ellos que ya no cabía en la palabra «deseo».
La última noche, el hotel ofreció una fiesta para las delegaciones occidentales. Lucas, con esmoquin, se quedó sin aliento al ver a Viktor vestido de gala. En medio del salón abarrotado, sin embargo, fue Viktor quien lo perdió de vista, y al buscarlo lo encontró riendo con un diplomático extranjero, un hombre de su misma edad cuya postura no dejaba dudas sobre sus intenciones.
Sintió los celos subirle por la garganta. Cruzó el salón con paso decidido y posó la mano en la espalda de Lucas, deslizándola hasta su cintura con una claridad que el otro hombre captó al instante. El diplomático se despidió y se fue.
—¿Estabas coqueteando con él? —siseó Viktor al oído.
—Solo hablábamos —protestó Lucas—. ¿Estás… celoso?
No hubo respuesta. En las pantallas del salón empezó la cuenta atrás del Año Nuevo. Cuando llegó a cero, delante de todos, sin importarle quién mirara, Viktor lo atrajo y lo besó como si quisiera marcarlo a fuego. Luego le tomó de la mano y tiró de él hacia la salida.
***
Casi lo empujó dentro del ascensor. En la suite lo apretó contra la pared del recibidor, desnudándolo con manos impacientes, el espejo de enfrente reflejando su espalda. Lo levantó hasta que Lucas no tuvo más remedio que rodearle las caderas con las piernas.
—¿Tengo motivos para estar celoso? —preguntó contra su cuello.
—No —jadeó Lucas—. Eres el único hombre con el que he estado. El único con el que quiero estar.
Viktor lo preparó allí mismo, de pie, con dos dedos ensalivados, y cuando lo sintió listo se introdujo en él de una sola embestida. Las acometidas fueron fuertes, profundas, desesperadas, distintas a la ternura de las otras noches. Lucas solo podía abrazarse a él, sintiendo su propia erección atrapada entre los dos cuerpos.
—Más… no pares —suplicó.
—No puedo seguir callándolo —gimió Viktor, perdido—. Te amo.
Y con esas palabras se derramó dentro de él. Lucas se estremeció de pies a cabeza, se aferró con más fuerza y se dejó ir a su vez, manchando la camisa elegante de Viktor. Resbalaron juntos hasta el suelo, jadeantes, el corazón desbocado.
—¿Lo has dicho en serio? —preguntó Lucas cuando recuperó el aliento—. ¿De verdad me amas?
—Lo siento. Sé que es demasiado pronto para ti —respondió Viktor, acariciándole el mentón—. Pero llevo demasiado tiempo amándote como para seguir callando.
—Yo también te amo —lo interrumpió Lucas, ruborizado hasta la raíz del pelo—. No sé cuándo la admiración que sentía por ti se convirtió en esto. Solo sé que necesito tu calor envolviéndome y tu deseo reclamándome como tuyo. Si esto no es amor, no sé qué nombre darle.
Se quedaron mirándose, en el suelo, como si se vieran por primera vez. Viktor por fin lo levantó en brazos y lo llevó a la cama.
—¿Y estás preparado para volver a Hamburgo y contárselo a todos? —preguntó.
—Con un hombre cualquiera, no. Contigo, sí. Para eso sí estoy preparado.
Viktor sonrió, y por una vez no buscó las palabras adecuadas. Solo cerró los ojos, lo abrazó y se fundió con él en un beso que no necesitaba traducción.