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Relatos Ardientes

El chico anónimo que me esperaba tras la máscara

La nota llegó a mis manos un martes cualquiera, en mitad del patio del instituto, cuando faltaban tres semanas para terminar el último año. No tenía remitente. No tenía una firma al final ni unas iniciales garabateadas. Solo un papel grueso, doblado en cuatro, con una caligrafía cuidada que parecía haber tardado horas en cada trazo.

«Ven a la fiesta del sábado. Disfrázate de algo que nadie reconozca. Quiero verte sin que me veas.»

La leí una vez. Luego otra. El viento se detuvo, o quizá fui yo quien dejó de respirar.

—¿Quién te la dio? —preguntó Tomás, mi mejor amigo, leyendo por encima de mi hombro.

—Nadie. Apareció en mi mochila.

—Tienes un admirador, Adrián —dijo, y soltó una risa que me hizo enrojecer hasta las orejas.

Un admirador. O una admiradora. O una trampa.

No dije lo que pensaba en realidad: que llevaba dieciocho años fingiendo, que mis padres ya hablaban de universidades y de «buenas chicas», y que la idea de que alguien me hubiera mirado de verdad —a mí, al de verdad— me apretaba el pecho de una forma que no sabía nombrar.

Esa semana no pude pensar en otra cosa. Repasaba las caras del pasillo buscando una pista, un gesto, una mirada que se quedara medio segundo de más sobre mí. Por las noches releía la nota a la luz del móvil, pasando el pulgar por la tinta como si pudiera adivinar la mano que la había escrito. Nunca antes me había sentido tan visto y tan a ciegas al mismo tiempo.

***

El sábado me presenté en la fiesta con una capa negra, una máscara que me cubría media cara y un puñado de collares baratos que tintineaban al caminar. Ridículo y misterioso a partes iguales. Tomás se rió de mí, pero yo no buscaba su aprobación. Buscaba unos ojos entre la multitud.

La casa pertenecía a un compañero de otro curso, lejos del centro, con un jardín trasero iluminado por guirnaldas y música que hacía vibrar el suelo. Había disfraces por todas partes: vampiros, enfermeras, soldados, fantasmas con sábanas mal cortadas. Nadie sabía quién era nadie, y esa era precisamente la promesa.

Me serví algo de beber y esperé. No sabía a quién, pero esperé.

Lo sentí antes de verlo. Una mano se apoyó en mi cintura, firme, sin pedir permiso pero sin brusquedad, y una voz baja me habló muy cerca del oído.

—Viniste.

Me giré. Era más alto que yo, de hombros anchos bajo una camisa oscura. Llevaba una máscara veneciana que le tapaba la frente y los pómulos, dejando libre solo la boca y el mentón cubierto por una barba corta. No lo reconocí. Y, sin embargo, algo en él me resultó familiar, como un nombre en la punta de la lengua.

—¿Eres tú? —pregunté—. ¿El de la nota?

—Llevo meses queriéndote decir muchas cosas —respondió—. Esta noche no hace falta hablar.

Tendría que haber tenido miedo. Tendría que haberle exigido un nombre, una cara, una explicación. Pero la mano seguía en mi cintura y su pulgar trazaba un círculo lento sobre la tela de mi camisa, y eso bastó para que todo el discurso prudente que me habían enseñado se quedara mudo.

—Llévame a un sitio más tranquilo —dije, y no reconocí mi propia voz.

***

Subimos por una escalera lateral hasta una habitación al fondo del pasillo, lejos del bajo de la música. Él cerró la puerta con el pie. La luz entraba apenas, naranja, desde una farola de la calle, y dibujaba la silueta de su mandíbula bajo la máscara.

—Puedes quitártela —dije, señalando su rostro.

—Todavía no. Quiero que primero te quedes por lo que sientes, no por lo que veas.

Se acercó. Me quitó la máscara a mí con cuidado, deslizándola hacia arriba, y la dejó caer sobre la cama. Cuando sus dedos me rozaron las mejillas desnudas, cerré los ojos. Hacía tanto que nadie me tocaba sin querer corregirme.

Su boca encontró la mía despacio, pero solo durante un segundo. Luego me mordió el labio inferior, tirando de él hasta que solté un jadeo, y aprovechó ese instante para meterme la lengua hasta el fondo. Me sujetó la nuca con una mano y con la otra me estrujó el culo por encima del pantalón, atrayéndome contra su cadera hasta que noté, dura, la forma inconfundible de su polla presionando contra la mía a través de la tela. Sentí el roce áspero de su barba, el calor de su pecho contra el mío, su lengua enredada en la mía sin ningún pudor. Solté un sonido que no pretendía soltar.

—Eso —murmuró contra mis labios—. Así te quería oír. Se te va a olvidar hasta tu nombre esta noche.

Me desabrochó la capa y la dejó resbalar al suelo. Luego los botones de la camisa, uno a uno, sin prisa, mirándome a los ojos como si cada centímetro de piel que descubría fuera una respuesta a una pregunta que llevaba meses haciéndose. Cuando me la abrió del todo, agachó la cabeza y me lamió el cuello desde la clavícula hasta la oreja, chupándome la piel con fuerza suficiente para dejarme marca. Bajó por el pecho, cerró la boca sobre uno de mis pezones y lo mordió con la punta de los dientes hasta arrancarme un gemido. Yo me agarré a sus hombros para no perder el equilibrio.

—Nunca había hecho esto —confesé, y la voz me tembló.

Levantó la cabeza.

—¿Con un hombre?

—Con nadie.

Algo cambió en su forma de tocarme. Se volvió más atento, más lento, como si de pronto cargara con algo valioso. Me llevó hasta la cama y me sentó en el borde, arrodillándose frente a mí para quedar a mi altura.

—Entonces dime que pare cuando quieras —dijo—. Una palabra y paro. Pero si no la dices, te juro que te voy a chupar la polla hasta que te tiemblen las piernas.

Negué con la cabeza. No quería que parara. Llevaba toda la vida queriendo que alguien empezara.

***

Me desabrochó el cinturón y el pantalón con dedos firmes, y yo levanté las caderas para ayudarlo a bajármelos junto con la ropa interior hasta las rodillas. Mi polla saltó dura contra mi vientre, tan hinchada que me daba vergüenza mirarla. La vergüenza me ardía en la cara, pero su mirada —lo poco que veía de ella tras la máscara— no tenía nada de burla. La recorrió entera, lento, como quien se relame antes de comer, y ese solo repaso me arrancó un temblor.

—Joder —susurró—. Mírate. Estás empapado ya.

Cuando me la tomó con la mano, despacio, cerrando el puño alrededor y arrastrando la piel hacia abajo hasta descubrirme el glande brillante de líquido, todo el cuerpo se me tensó como una cuerda. Con el pulgar me esparció esa gota que se me escapaba de la punta y me la untó por todo el capullo, mientras con la otra mano me sopesaba los huevos como si estuviera midiéndome.

—Respira —dijo—. No tienes que demostrar nada. Ábreme más las piernas.

Obedecí. Cerré los ojos y las abrí para él sin pensarlo. Su mano se movía con una paciencia que me deshacía, arriba y abajo, apretando en la base y aflojando cerca de la punta, conociéndome más rápido de lo que yo me conocía a mí mismo. Cuando bajó la cabeza y sustituyó la mano por la boca, tragándome la polla entera de una sola vez hasta que sentí la garganta cerrarse en torno al glande, el sonido que se me escapó fue casi un grito que ahogué mordiéndome el dorso de la mano.

—No te tapes —murmuró, sacándomela un instante—. Quiero oírte. Grita si te sale.

Y volvió a bajar. Me chupó despacio, con la lengua enroscada alrededor del tronco, subiendo hasta la punta para lamerme la ranura y bajando otra vez hasta el fondo. Yo miraba, incapaz de apartar los ojos, cómo mi polla desaparecía entre sus labios brillantes de saliva, cómo sus mejillas se hundían cada vez que apretaba la succión. Se sacó los dedos de la boca ya empapados y me los deslizó por detrás, entre las nalgas, acariciándome ese sitio que nadie había tocado nunca. La punta de un dedo me presionó apenas, sin llegar a entrar, y esa sola promesa me hizo empujar contra su mano.

—Quieto —me dijo con la polla aún dentro de la boca, riéndose bajo—. Vas a correrte en menos de un minuto si te dejo.

Aprendí esa noche que el placer también podía ser una conversación: él escuchaba mi respiración, mis temblores, la forma en que mis dedos se enredaban en su pelo, y respondía a cada señal. Subía el ritmo cuando yo me arqueaba, lo bajaba cuando estaba a punto de perder el control, apretándome la base de la polla con los dedos cada vez que notaba que estaba a punto de correrme, como si quisiera estirar la noche todo lo posible. Me tuvo así, al borde, durante lo que me parecieron horas: sacándome la polla de la boca justo antes del final, soplando aire frío sobre la piel mojada, y volviendo a tragarme cuando el pulso se me calmaba un grado.

—Espera —jadeé—. Quiero verte. Quiero tocarte yo también. Quiero chupártela.

Se incorporó. Por un instante pensé que me diría que no, pero se quitó la camisa por encima de la cabeza y se quedó allí, de rodillas, con el torso desnudo recortado contra la luz naranja de la ventana. Alargué la mano y le recorrí el pecho, el vientre, la línea de vello que bajaba hasta la cinturilla, hasta desabrocharle el pantalón con torpeza de principiante. Se lo bajé junto con el bóxer y su polla saltó fuera, dura, larga, con las venas marcadas y una gota espesa colgando de la punta. Me quedé mirándola un segundo, sin saber muy bien qué hacer, y él me dejó hacer, sin corregirme, dejando escapar un suspiro grave cuando por fin la rodeé con la mano.

—Más despacio —me guió, cubriendo mi mano con la suya—. Así. Aprieta más en la base. Eso es. Ahora sube. Sí, joder, así.

Obedecí, y noté cómo se estremecía bajo mis dedos. Su polla me pesaba en la mano, caliente, palpitando cada vez que apretaba. Me incliné, con el corazón golpeándome contra las costillas, y saqué la lengua para probarla. El sabor me sorprendió: salado, denso, íntimo. La lamí desde la base hasta la punta, siguiendo una vena gruesa, y él soltó un gruñido que me erizó la piel. Me envalentoné. Abrí la boca y me la metí, no toda, solo la cabeza al principio, aprendiendo cómo cabía, cómo sabía, cómo se movía contra mi lengua. Él me puso una mano en el pelo, no empujando, solo guiándome.

—Con la lengua debajo, cariño. Eso. Ahora chupa. Suave, sin dientes… así, perfecto.

Había algo embriagador en descubrir el efecto que tenía sobre él, en notar el pulso acelerado bajo su piel caliente, en oírlo maldecir por lo bajo cada vez que hundía más la boca. Tosí una vez, se me escaparon las lágrimas de intentar tragarlo entero, pero no paré. Toda la timidez que arrastraba desde la fiesta empezó a disolverse, reemplazada por una curiosidad voraz que no sabía que llevaba dentro. Me la saqué de la boca solo para escupir sobre ella y volver a bajar, esta vez usando también la mano, siguiendo con el puño lo que no me cabía entre los labios.

—Para —jadeó, tirándome del pelo hacia atrás—. Para o me corro en tu boca y todavía no he acabado contigo.

Me tumbó en la cama de espaldas y se echó encima de mí, aplastándome con su peso, colocando su polla junto a la mía. Las juntó a las dos con una mano y empezó a frotarlas, piel contra piel, resbaladizas de saliva y de mi líquido y el suyo. La fricción me arrancó un gemido largo. Nos besamos así, sucios, con sabor a los dos, mientras él movía las caderas contra las mías en un simulacro de embestida que me volvía loco. Su otra mano seguía bajando por mi cuerpo, apretándome el culo, separándome las nalgas, jugando con ese sitio prohibido con la yema mojada del dedo hasta que se me escapó un «sí» que ni siquiera sabía que iba a decir.

Aprender su cuerpo me dio un poder que no esperaba. Verlo cerrar los ojos, oírlo respirar más hondo por algo que yo hacía, fue casi tan intenso como lo que él me había hecho a mí. Nos tumbamos de lado, enredados, piel contra piel, cara a cara, y él siguió meciendo las dos pollas juntas entre nuestros vientres con la mano cerrada sobre las dos. Las máscaras olvidadas, dejamos de medir quién daba y quién recibía. Yo alargué la mano y le acaricié los huevos, apretándolos con cuidado, y él soltó un jadeo ronco contra mi boca.

—Córrete —me pidió al oído, apretando el puño con más fuerza alrededor de las dos—. Córrete conmigo, Adrián. Quiero sentirlo.

El final me alcanzó de golpe, más rápido de lo que quise, con su mano y su voz murmurándome al oído que no me contuviera. Me estremecí entero contra él, agarrado a su espalda, clavándole las uñas, y noté cómo mi corrida salía a chorros calientes entre nuestros vientres, manchándonos a los dos. Él me siguió apenas unos segundos después, hundiendo la cara en mi cuello para amortiguar su propio gruñido, y sentí su semen brotar caliente sobre mi piel, mezclándose con el mío en un charco espeso entre nosotros. Se quedó apretado contra mí hasta la última sacudida, temblando, respirando en mi oído como un animal.

***

Nos quedamos quietos un buen rato, la respiración aún acelerada, el techo girando despacio sobre nosotros, la mezcla pegajosa enfriándose entre nuestros vientres. La música seguía sonando abajo, ajena a todo.

—Ya puedes quitártela —dije al fin, señalando la máscara veneciana que aún le cruzaba la frente.

Dudó. Luego se la subió.

Era Iván. El chico callado del último pupitre, el que me prestaba apuntes sin pedir nada a cambio, el que se sonrojaba cada vez que yo le dirigía la palabra y al que, por estúpido que ahora me pareciera, nunca había mirado dos veces. Llevaba meses dejándome notas, regalándome libros que sabía que me gustaban, observándome desde una distancia que yo había confundido con timidez.

—Tenía miedo de que, si veías mi cara, salieras corriendo —dijo, sin atreverse a mirarme.

Le tomé el rostro entre las manos, ese rostro que había tenido delante todo el año sin verlo de verdad.

—El que salía corriendo era yo —respondí—. De mí mismo.

***

Han pasado muchos años desde aquella noche. Mis padres terminaron por escribir un futuro que nunca fue el mío, y yo aprendí, tarde pero a tiempo, a desobedecer ese plano perfecto que habían dibujado para mí. No siempre fue fácil. Hubo silencios, distancias, una larga conversación que tardé demasiado en tener con ellos.

Pero a veces, cuando cierro los ojos, vuelvo a esa habitación naranja, a una máscara que cae sobre una cama y a un chico que esperó meses para enseñarme que el deseo no necesita permiso para existir. Que a veces la persona correcta lleva tiempo a tu lado, escondida tras una cara que no supiste leer.

Y entonces entiendo que la nota nunca fue una trampa. Fue la primera vez que alguien me vio entero y, en lugar de salir corriendo, me tendió la mano.

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Comentarios(8)

FedericoBA

Que buen relato!!! me enganche desde la primera linea y no pude parar

NocheEnBlanco_7

La nota anonima al principio fue un detalle que me fascino. Muy bien logrado.

LucianoC

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace tiempo... esa mezcla de miedo y emocion que describis se siente muy real. Felicitaciones

DiegoCba_87

Increible como capturaste esa tension. Uno de los mejores que lei por aca, sin exagerar

rodrigo_pam

Por favor una segunda parte, no nos dejes asi!!!

Alexei

muy bueno :)

SombraDelBosque

Me gusto el recurso de la mascara, le da un toque de misterio que la mayoria de los relatos no tiene. Sigue escribiendo

PatricioVH

Buenisimo, se hizo corto. Quiero saber como sigue la historia entre los dos

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