Trío con mi madrastra y el dealer del parque
Siempre supe que me gustaban los hombres. En mi casa nunca fue un drama, y eso hizo más llevaderos los años más pesados, sobre todo después de la muerte de mi madre. Mi padre se apagó durante un tiempo, y yo también. Cuando por fin volvió a salir con alguien, apareció una mujer que le dio vuelta a todo.
Voy a llamarla Mara. Era alta, de cuerpo firme, culo grande, tetas medianas y una manera de caminar que hacía que todos se voltearan a verla. No era solo por los tatuajes ni por la ropa apretada; era por esa forma descarada de sostener la mirada como si disfrutara sentirse observada.
A mí me cayó mal desde el principio. No por celos ni por moral. Simplemente no me gustaba verla instalada en la vida de mi padre como si siempre hubiera pertenecido ahí. Él era callado, tranquilo, de movimientos lentos. Ella era ruido, humo, escote, risas altas y piernas cruzadas demasiado abiertas en el sofá de la sala.
En esa época yo ya fumaba marihuana con frecuencia. Mi proveedor era Darío, un colombiano moreno, ancho de hombros, de brazos marcados y voz grave. No era precisamente guapo, pero tenía esa mezcla de barrio, seguridad y peligro que a mí me desarmaba por completo.
La primera vez que me llevó un pedido hasta la casa se quedó charlando más de la cuenta. La segunda entró a mi cuarto. La tercera me miró la boca mientras yo le pagaba, sonrió de medio lado y me dijo:
—Tenés cara de chupar rico.
Se me fue la sangre directo a la entrepierna. No contesté nada. Solo cerré la puerta del cuarto con seguro. Él se sentó en la silla, abrió las piernas y me hizo una seña con dos dedos.
—Vení, fresa.
Así empezó todo. De rodillas entre sus piernas, desabrochándole el pantalón con las manos torpes y sintiendo el olor a marihuana, sudor y calle pegado en su ropa. Cuando saqué su verga me quedé mirándola un segundo de más. Era gruesa, pesada, con la piel tirante y el glande ancho, ya medio dura antes de que la tocara bien.
—¿Qué pasó? —se burló—. ¿Te asustaste?
Negué con la cabeza y la pasé por mis labios. Él me agarró del pelo enseguida. No fuerte al principio, solo lo suficiente para marcar el ritmo. La chupé lento, húmedo, sintiendo cómo se endurecía del todo en mi boca. Su respiración se volvió más corta. Yo ya estaba caliente hasta dolerme.
Me la metió más hondo con la mano en mi nuca. Tuve arcadas y me salió saliva por la comisura, pero no me aparté. Al contrario. Abrí más la boca y dejé que me follara la cara mientras me decía guarradas en voz baja.
—Así, trágatela... eso, qué buena boquita... parecés una puta arrodillada.
Acabó en mi garganta esa primera vez. Me obligó a tragar hasta la última gota, me escupió en la lengua y me besó justo después, mezclando mi saliva con su corrida. Yo debería haber salido corriendo. En lugar de eso, empecé a esperarlo cada semana con más ganas.
Durante meses fue así. A veces solo mamadas rápidas antes de que siguiera su ruta. Otras, tardes completas fumando con la ventana abierta mientras yo terminaba de rodillas y él me usaba la boca hasta correrse. Luego vino la primera vez que me penetró.
Fue una noche en que me quedé solo. Apenas entró, me besó contra la pared, me bajó el pantalón y me metió dos dedos llenos de saliva sin ninguna suavidad. Yo gemí más fuerte de lo que esperaba, y eso le encantó.
—Relajá ese culo —ordenó—. O te lo voy a abrir igual.
Me lo abrió. Primero con los dedos, hurgando hasta encontrarme el punto exacto que me hacía temblar. Después con la punta de la verga, empujando despacio solo un momento, lo justo para que yo me confiara. En la siguiente embestida me la hundió casi toda y me arrancó un grito.
Me folló en la cama, luego inclinado sobre el escritorio, luego contra la puerta del baño. Me chupó el culo con una lengua áspera y hambrienta, me dio palmadas que me ardieron durante horas y me hizo correrme sin tocarme casi, solo con el golpe de sus caderas y la presión brutal de su verga entrando y saliendo.
Yo quedé enganchado. No me importaba que se acostara con mujeres, con otros tipos o con quien fuera. Cada vez que me escribía para decirme que pasaba cerca, yo ya estaba mojándome de ganas, aunque no tuviera coño sino un culo desesperado por volver a sentirlo.
Entonces Mara se instaló definitivamente en la casa.
Convivir con ella se volvió una tortura extraña. Yo era gay, sí, pero no ciego. Se paseaba con leggings tan ajustados que se le marcaba todo. Se inclinaba delante de mí con tops cortos, sin sostén, y fingía que no se daba cuenta de cómo se le movían las tetas. A veces me preguntaba cualquier tontería desde la cocina solo para quedarse apoyada en la encimera, una rodilla doblada, la boca entreabierta, fumando a escondidas.
Los rumores de que engañaba a mi padre no tardaron en aparecer. Yo no quise meterme. Bastante tenía con esconder mis propios encuentros con Darío. Pero una tarde ella me preguntó de golpe si yo fumaba. Se lo dije sin rodeos. En vez de enfadarse, se rio y me contó cómo disimular el olor para que mi padre no lo notara.
Ahí entendí que también fumaba a escondidas. Días después encontré un porro a medio usar en su mesa de noche. No dije nada. Solo la miré de otra manera. Como a alguien que llevaba una vida paralela dentro de la misma casa.
La noche en que descubrí con quién se acostaba, todo encajó de la peor forma.
Se me habían acabado los porros y fui al parque donde Darío solía moverse. No estaba en su sitio de siempre. Caminé hasta una zona más oscura, cerca de unos árboles, donde a veces cerraba ventas rápidas o follaba con alguien. Al principio solo vi una espalda masculina moviéndose con violencia. Luego escuché los gemidos.
No necesité ver la cara para reconocer la voz de Mara.
Ella estaba inclinada contra un muro bajo, la falda levantada hasta la cintura y las manos apoyadas como podía mientras Darío se la metía por detrás con embestidas secas. La estaba follando sin ternura, sujetándola de la cadera con una mano y del pelo con la otra. Cada golpe sonaba húmedo, claro, animal.
—Más duro... sí... así, así... —jadeaba ella.
Yo me quedé paralizado. No sé cuánto tiempo la miré. Quizá un minuto, quizá diez. Vi cómo él la sacaba un segundo, se escupía la mano y se lo restregaba entre las nalgas antes de volver a meterla. Vi cómo ella se retorcía y le pedía más verga como si estuviera hambrienta.
Cuando terminaron, ella se acomodó la ropa y salió casi corriendo. Pasó cerca de mí sin verme. Yo seguía escondido entre sombras, con la polla dura dentro del pantalón, respirando como un imbécil.
Darío sí me vio.
Se acercó sonriendo, todavía con la verga medio afuera mientras se cerraba el pantalón, y me dio un golpe suave en la frente.
—¿Mirando, fresa? —dijo—. Qué vicio tenés.
No contesté. Me tomó de la mandíbula y me obligó a arrodillarme ahí mismo, detrás del muro. Todavía olía a ella. A marihuana, sudor y sexo fresco. Le bajé el cierre, saqué la verga y sentí en la lengua el sabor mezclado de su piel y el coño de Mara.
Eso fue lo que más me descolocó. Saber perfectamente de dónde venía ese gusto y, aun así, chupar con hambre. Lo lamí desde la base hasta la punta, recogiendo humedad, saliva y el resto de ella. Darío me sostuvo del pelo y empezó a metérmela hasta el fondo, sin dejarme tomar aire del todo.
—Eso, tragá... si te gusta mirar, también te va a gustar limpiar.
Me folló la boca con brusquedad. Yo babeaba, tosía, volvía a abrir más. Cuando se corrió me lo vació directo en la garganta y me hizo tragar con la palma apretada bajo mi barbilla. Después me ayudó a ponerme de pie y me pasó un porro como si nada.
Nos sentamos en una banca, fumando en silencio. Yo le pregunté quién era esa mujer. Él se encogió de hombros.
—Una casada bien puta. Vive cerca. Le gusta que la traten mal, pero después se asusta.
Yo no le dije que vivía conmigo. No esa noche.
***
La semana siguiente llegué a casa antes de lo previsto. Mi padre estaba trabajando fuera y yo venía de ver a un hombre con el que me había acostado por compromiso más que por ganas. Entré todavía con el cuerpo tibio y la cabeza colocada. Apenas abrí la puerta sentí el olor a porro flotando en la sala.
También escuché un golpe rítmico contra el sofá.
Me acerqué en silencio y los vi.
Mara estaba boca arriba sobre el sillón, completamente desnuda salvo por una camiseta recogida bajo las tetas. Tenía las piernas abiertas de par en par y Darío estaba entre ellas, clavándosela con furia. La tomaba de detrás de las rodillas para empujarle las piernas hacia el pecho mientras le metía la verga hasta el fondo.
Los gemidos de ella llenaban la sala. No eran elegantes ni suaves. Eran gritos rotos, roncos, de mujer bien follada.
—Ay, mierda... sí... no pares... no pares, cabrón...
Yo me escondí detrás de un mueble, incapaz de irme. Desde ahí los veía perfectos. Las tetas de ella rebotando con cada embestida. El sudor bajándole por el vientre. El culo resbalando en el cuero del sofá. La espalda de él tensa, los brazos duros, las nalgas contrayéndose cada vez que la hundía más.
Darío le soltó una bofetada en la cara. El sonido seco me recorrió entero.
—Bajá la voz.
Mara gimió más bajo, mordida por la excitación y la obediencia. Se chupó los labios, le agarró una muñeca y abrió más las piernas como una perra ansiosa. Él entonces le escupió entre los muslos y metió dos dedos junto con la verga, ensanchándola, haciendo un ruido húmedo que me puso a temblar.
Yo ya me estaba pajeando detrás del mueble. Lentamente al principio, con la vista clavada en cómo la follaba. Sentía celos, morbo, rabia y un deseo brutal de estar ahí abajo, de ser yo el que recibiera esa verga o el que lo chupara mientras él se la metía a ella.
Darío cambió de postura. Le puso los tobillos en sus hombros y empezó a embestirla más hondo. Mara arqueó la espalda, apretó los dientes y dejó escapar gemidos más agudos. Él la miraba como si quisiera romperla.
—¿Te gusta así, vieja puta?
—Sí... sí... me encanta... más... dame más...
La sacó de golpe. Su coño brillaba abierto, enrojecido, temblando. Le metió tres dedos y empezó a follárselo con la mano, rápido, brutal, mientras con el pulgar le apretaba el clítoris. Mara chilló, se retorció sobre el sofá y empezó a correrse. No fue un simple gemido. Fue un espasmo entero. El cuerpo se le tensó y le salió líquido a chorros, mojándole la mano a él y el asiento.
Yo me estremecí al verlo. Nunca había presenciado de tan cerca a una mujer corriéndose así. Darío sonrió con arrogancia, se chupó los dedos y se volvió a colocar entre sus piernas.
Esta vez la giró sin cuidado. La puso a cuatro patas sobre el sofá, le separó las nalgas y le metió la verga de una sola embestida. Mara soltó un grito de dolor y placer mezclados.
—Despacio... un poco... ah, mierda...
Él no aflojó. La agarró de la cintura y empezó a azotarla contra su pubis, golpeando tan duro que el sofá se movía. Le dejó la espalda marcada con los dedos, luego una nalga roja de una palmada, luego la otra. Ella acabó empujando hacia atrás, buscando más, convertida por completo en la misma clase de puta desesperada que yo era con él.
Mi mano ya iba rápido sobre mi polla. Metí dos dedos en mi culo mientras miraba. El recuerdo de Darío follándome se mezcló con la imagen de Mara recibiéndolo, y eso me volvió loco. Quería correrme ahí mismo, escondido, viendo a la mujer de mi padre tragarse entera la verga del tipo que también me había cogido a mí.
Entonces él levantó la cabeza y me vio.
No se detuvo. Solo sonrió.
Durante unos segundos siguió follándola mientras mantenía la mirada fija en mí. Después salió de ella, le dio una palmada en el culo y dijo:
—No te hagás el fantasma, fresa. Salí de ahí.
Mara se volvió de golpe, confundida. Yo salí con la polla dura marcada bajo el pantalón y la cara ardiéndome. Ella palideció al reconocerme. Buscó taparse con la camiseta arrugada, pero Darío se la arrancó de las manos.
—Dejalo —dijo riéndose—. Ya te vio todo.
—No... no es lo que parece... —balbuceó ella.
—Parece exactamente lo que es —respondí, sin apartar la vista de su cuerpo desnudo.
Darío se acercó a mí también desnudo, con la verga todavía dura y brillante. Me agarró de la nuca y me besó delante de ella, metiéndome la lengua en la boca con una seguridad insultante. Yo intenté resistirme un segundo, apenas un reflejo, pero en cuanto sentí su mano apretándome el culo me aflojé.
—No le vas a decir nada a tu viejo, ¿verdad? —murmuró contra mis labios.
Me llevó la mano hasta su verga. La cerré alrededor de ella casi sin pensar.
—No —contesté.
Los ojos de Mara se abrieron más. Miraba mi mano, luego mi cara, luego a él. Estaba en shock, sí, pero también excitada. Se le notaba en la respiración, en las piernas todavía separadas, en cómo se humedecía otra vez mientras entendía lo que estaba viendo.
Darío la señaló con la barbilla.
—Vení. Arrodillate al lado de él.
—¿Estás loco? —dijo ella, pero no sonó ofendida. Sonó asustada de lo mucho que quería hacerlo.
—Arrodillate.
Ella obedeció.
Se puso a mi lado frente a él, desnuda, despeinada, con las mejillas rojas y la garganta todavía marcada por el esfuerzo. Darío nos agarró del pelo a los dos y acercó su verga a nuestras bocas.
—Quiero ver cómo la chupan. Los dos.
La primera en lamer fui yo. Pasé la lengua por la punta y luego por el costado húmedo. Mara me imitó con torpeza, rozándolo apenas. Darío le dio un tirón de pelo.
—No la besés. Chupala.
Ella abrió más la boca y tomó la mitad del glande. Yo agarré la base y empecé a lamer desde abajo, sintiendo cómo su polla se endurecía todavía más entre nuestras bocas. La escena era tan absurda y tan caliente que me costaba respirar. Estaba compartiendo la verga de mi amante con la madrastra que había aprendido a odiar.
—Así sí —gruñó él—. La flaquita sabe. Miralo y aprendé.
Me metí más, dejé que me rozara la garganta y empecé a hacer el movimiento que sabía que le gustaba. Mara lo intentó después, pero se atragantó. Él le escupió en la cara y la bofeteó suave, más humillante que doloroso.
—Te hacés la puta y no sabés chupar.
Ella me miró, avergonzada y excitada a la vez. Entonces yo mismo le sostuve el mentón.
—Relajá la garganta —le dije—. Dejá que entre.
Ella obedeció. Darío aprovechó y le empujó la verga más adentro. Mara soltó una arcada, lágrimas en los ojos, pero no se apartó. Yo seguí lamiendo la base, sus huevos, la piel tensa que subía y bajaba con cada embestida de su boca. Él empezó a follarla ahí mismo, sujetándole la cabeza mientras yo lo ayudaba chupando lo que quedaba afuera.
Verla así me calentó de una forma nueva. Ya no era solo la mujer de mi padre; era una adulta necesitada, usada, temblando de deseo frente a mí. Cuando Darío la soltó, ella tosió y se limpió la saliva de la barbilla. Él me señaló el sofá.
—Sentate. Quiero tu boca y su coño al mismo tiempo.
Me senté con las piernas abiertas. Darío me metió la verga en la boca de inmediato, profunda, posesiva. Mara se subió sobre él de espaldas, guiándose la polla hacia su coño abierto. Cuando la sintió entrar soltó un gemido grave y empezó a subir y bajar despacio, montándolo mientras yo lo chupaba desde abajo.
La imagen desde ahí era una locura. Sus nalgas subiendo y cayendo sobre su pelvis, su coño tragándose esa verga que segundos antes yo tenía entera en la garganta, y yo con la boca abierta recibiendo lo que quedaba de sus embestidas, saliva cayéndome por la barbilla.
Darío nos usó a los dos sin piedad. Me sacaba la polla de la boca para obligarme a respirar y volvía a metérmela hasta el fondo mientras a ella le marcaba las caderas con las manos y la hacía rebotar más rápido.
—Eso... cómela con el coño mientras él me chupa... qué par de putos viciosos.
Mara estaba perdida. Se frotaba el clítoris mientras cabalgaba, la cabeza echada hacia atrás, las tetas saltando. Yo no podía dejar de mirar. Darío me agarró la cara y me obligó a verla también.
—Mirá cómo se abre para mí.
La saqué un momento de mi boca para contestar con un gemido ahogado. Él me dio una palmada en la mejilla y se rio.
Después nos cambió de lugar otra vez. Me puso de pie, me bajó el pantalón y me hizo inclinarme sobre el brazo del sofá. Sentí a Mara detrás de mí un instante, dubitativa. Darío le ordenó:
—Abrile el culo con los dedos.
Tragué saliva. Sus dedos me tocaron torpes al principio, luego más seguros al notar lo húmedo y ansioso que estaba. Me separó las nalgas y me metió uno, luego dos, mientras Darío se colocaba detrás de ella.
—Así que esto también te gusta —susurró Mara, incrédula.
—No pares —le pedí.
Darío la penetró por detrás en ese momento. Ella jadeó y sus dedos se hundieron más en mí por reflejo. Quedamos los tres encajados en una cadena obscena: yo inclinado y abierto, ella en medio recibiendo la verga mientras me metía los dedos, y él detrás, gobernándolo todo.
El ritmo creció rápido. Cada embestida que él le daba hacía que sus dedos entraran y salieran de mi culo. Yo gemía contra el sofá, empujando hacia atrás. Entonces Darío la sacó de mí, me apartó con una mano y me dijo:
—Ahora te toca de verdad.
Me escupió entre las nalgas, me rozó con la punta y me la metió de una sola vez. El grito que solté se mezcló con el de Mara. Ella se arrodilló frente a mí y me metió dos dedos en la boca para que los chupara mientras él me follaba desde atrás.
Era brutal. La verga de Darío me abría a cada envión, pesada, dura, entrando hasta sacarme el aire. Yo me agarré al sofá con fuerza y empecé a recibirlo mejor, más hambriento, más suelto. Mara me miraba fascinada mientras me masturbaba con la mano mojada de saliva.
—Míralo cómo disfruta —dijo Darío, jadeando—. Este sí sabe coger.
Me golpeó la cadera con cada embestida hasta que la piel me ardió. Luego me agarró del cuello, me levantó un poco y me folló más profundo todavía. Yo ya no podía articular nada. Solo gemidos graves, saliva, lágrimas de placer y una necesidad absurda de que no parara jamás.
Mara se abrió las piernas junto al sofá y empezó a tocarse viendo cómo él me rompía el culo. Metía dos dedos en su coño, se pellizcaba un pezón con la otra mano y me miraba como si yo fuera parte del espectáculo que no sabía que quería ver.
Darío la llamó con un gesto.
—Vení acá.
Ella se acercó. Él siguió dentro de mí y, sin salir, le ordenó que se arrodillara para chuparme. Mara me tomó la polla con cuidado y empezó a lamerla. Yo casi me vengo en su boca del puro impacto de la escena: mi madrastra chupándome mientras su amante me follaba duro por detrás.
—Así... no pares... —gemí.
Darío aceleró. Me di cuenta por la tensión de su cuerpo de que estaba por correrse. Sacó la verga de mi culo en el último segundo y se masturbó rápido sobre mí y sobre Mara. La corrida nos cayó caliente encima: en mi espalda baja, en su pecho, en su cara, en mi mano temblorosa.
Mara abrió la boca y yo pasé un dedo por su labio para meterle parte de la corrida adentro. Lo chupó sin apartar los ojos de mí. Después me besó. Fue un beso sucio, húmedo, con sabor a semen compartido.
Darío respiraba agitado detrás de nosotros. Nos miró cubiertos de su leche y soltó una risa satisfecha.
—Ahora sí parecen familia.
Ninguno de los dos respondió. Mara seguía besándome, esta vez con menos miedo. Yo le agarré una teta, la apreté, sentí el peso caliente en la palma y ella gimió contra mi boca. La tensión absurda que siempre había habido entre nosotros se convirtió en otra cosa en ese instante: no ternura, no exactamente complicidad, pero sí un pacto sucio.
Darío nos separó y me puso una mano en la nuca.
—Esto se queda acá —dijo.
—Sí —contestamos los dos casi al mismo tiempo.
Nos quedamos un rato más en la sala, fumando desnudos, oliendo a sexo. Mi padre llegaría horas después y encontraría la casa en orden, como siempre. Nadie iba a sospechar que en ese mismo sofá su mujer había acabado a gritos, yo había sido follado hasta temblar y los tres habíamos cruzado una línea que ya no tenía vuelta atrás.
Lo peor, o lo mejor, es que mientras veía a Mara chupar la punta del porro con la misma boca con la que había chupado mi polla y la de Darío, supe que aquello no iba a quedarse en una sola tarde.
Ya no después de haber probado los tres el mismo secreto.



