Se tocó en el coche pensando en su ayudante
Damián se despidió de Nico con un gesto seco desde el asiento del conductor y esperó a verlo cruzar el portal antes de arrancar. En cuanto la puerta del edificio se cerró, soltó el aire que llevaba media hora reteniendo. Volvió a acelerar, pero apenas avanzó tres manzanas antes de meter el coche en una calle secundaria, entre dos furgonetas mal aparcadas, y apagar las luces. La presión del pantalón se estaba volviendo insoportable.
Llevaba semanas así. Desde que el chaval había entrado en el estudio como diseñador junior —veintisiete años, mirada tranquila, esa manera de escuchar sin interrumpir—, cada tarde en la agencia se le hacía eterna. Esa noche, después de la cena con los clientes, Nico se había subido a su coche riendo por algo que había dicho el director de arte, y Damián había pasado los últimos veinte minutos apretando el volante con las dos manos para no mirarle los muslos por debajo de la mesita del salpicadero.
Ahora que estaba solo no había ninguna razón para seguir aguantándose.
Cerró los ojos y pasó la mano por encima del bulto marcado en la tela oscura. Ya estaba duro solo con recordar el olor de la colonia del chaval. Apretó despacio, arrastrando la palma hacia arriba, obligándose a respirar hondo. Todavía no. Quería que durara.
Abrió el botón, bajó la cremallera con dos dedos y coló la mano dentro. El frío de los dedos contra la polla caliente lo hizo bufar entre dientes. La sacó, se calentó las palmas frotándoselas contra los muslos y la volvió a agarrar, esta vez rodeándola entera. Empezó a mover el puño despacio, de arriba abajo, sin prisa, más como una caricia que como una paja de verdad.
La cabeza se le fue directa al chaval.
Lo imaginó como esa mañana lluviosa en la que había entrado empapado a la agencia, con la camisa blanca pegada al pecho y los vaqueros pitillo oscurecidos por el agua. Los abdominales marcándose bajo la tela mojada. El pelo castaño oscuro revuelto de intentar sacudírselo con las manos. Y esa piel tan pálida, esa piel de chico bueno en la que Damián deseaba dejar la marca de los dientes durante horas.
Solo con eso la polla se le puso más dura entre los dedos y una gota de líquido preseminal le brilló en la punta.
La otra mano se le fue hacia un lado, buscando por instinto una cabeza que no estaba ahí. El gesto lo devolvió al coche vacío por un segundo. Se rió solo, apoyó la nuca contra el reposacabezas y volvió a cerrar los ojos.
Esta vez el chaval estaba de rodillas en el suelo del coche, entre sus piernas abiertas. Todavía vestido, con los mismos vaqueros pitillo y la misma camisa empapada de la fantasía anterior. Se había quitado la sudadera fina que llevaba encima, esa que le daba un aire de chico bueno que a Damián lo mataba. Los labios los tenía brillantes de habérselos mordido.
Damián le agarró la cara con las dos manos y le acarició la mandíbula con los pulgares.
—Túmbate ahí y calla —le susurró en voz baja, disfrutando de escucharse a sí mismo dar la orden.
El Nico de su cabeza no dijo nada. Solo tragó saliva y se agachó más, hasta que la mejilla le rozó la polla que su jefe se estaba sacudiendo despacio. Damián le pasó el capullo por los labios, embadurnándoselos de líquido preseminal, sin dejar que abriera la boca todavía. Quería ver la cara que ponía cuando le hacía suplicar.
—Ábrela —le ordenó.
El chaval abrió la boca, sacó la lengua y esperó con los ojos clavados en los suyos. Damián le dejó apoyar la punta ahí un segundo antes de empujar, sin brusquedad, dejando que la cabeza de su polla entrara por primera vez en el calor húmedo de esa boca. El gemido que soltó lo escuchó él solo en el coche, con la mano subiéndole por el tronco al mismo ritmo que en la fantasía la boca del chaval bajaba.
—Joder… —murmuró entre dientes—. Así, con calma, sigue así.
En su cabeza Nico obedecía. Iba tragándole la polla poco a poco, ayudándose con la lengua, envolviendo la parte de abajo con el puño y masturbándosela a la vez que se la chupaba. Cada vez que llegaba a la mitad se ahogaba un poco y se apartaba para respirar, dejando entre sus labios y el glande un hilo espeso de saliva que se le rompía al bajar. Y Damián le dejaba que se apartara solo lo justo para pedirle más.
—No te vayas —le susurró—. Métetela otra vez.
El chaval bajó los ojos, lo miró desde abajo con esas pestañas espesas, y Damián casi se corre solo con esa imagen. Se apretó la base de la polla con dos dedos y esperó a que bajara la ola. En la fantasía Nico volvía a agacharse, esta vez lamiéndosela entera antes de metérsela, saboreándola de la punta hasta los huevos, chupándoselos uno a uno con los ojos cerrados y una expresión de gusto que a Damián le rompía el ritmo de la respiración.
Empezó a subir la velocidad del puño. Se pasaba el pulgar por el capullo cada dos o tres golpes, extendiendo el líquido pegajoso por todo el tronco, imaginando que era la lengua del chaval. El cristal del coche se estaba empañando y no le importaba una mierda. Fuera no pasaba nadie. Dentro solo se oían sus jadeos y el ruido húmedo de su propia mano.
La fantasía cambió de escena. Ya no era Nico chupándosela con calma. Era Nico ofreciéndosela, con la polla todavía metida hasta la mitad de la garganta, mirándolo con la cara sofocada.
—Fóllame la boca —le decía, con los labios rojos, hinchados y brillantes, sin soltarle el tronco de la mano—. Que no te importe si toso o me arcadeo. Métemela hasta el fondo.
Damián soltó un quejido apretado dentro del coche. Le tembló todo el cuerpo. Se agarró la polla más fuerte y empezó a masturbarse en serio, con la mano rápida y firme, apretando en el capullo cada vez que subía, imaginando la garganta del chaval cerrándose alrededor de su glande.
En la fantasía le agarraba la nuca con las dos manos y lo empujaba hasta que la nariz del chaval quedaba pegada a la mata de vello de su pubis. Nico se atragantaba, saltaba una arcada gruesa, la garganta se le apretaba entera contra la polla, y Damián se quedaba ahí un par de segundos más, sintiendo cómo el chaval convulsionaba alrededor de él antes de dejarlo respirar.
—Aguanta —le decía cuando volvía a hundírsela—. Aguántala, no te la saques.
Empezaba a follarle la boca como si no fuera una boca, sino un simple agujero. Con embestidas hondas, sin miramientos, escuchando cómo el chaval se ahogaba con cada empujón y le babeaba la polla y los huevos. La saliva se le colgaba de la barbilla en hilos gruesos y a Damián eso lo volvía loco. Le agarraba del pelo y lo obligaba a subir el mentón para que la boca quedase en línea recta con la garganta y le entrara hasta el fondo.
—Eso es. Ábrela más. Trágamela entera.
En el coche estaba jadeando con la boca abierta contra el reposacabezas. La mano subía y bajaba tan rápido que la muñeca le empezaba a doler y no le importaba. Con la otra mano se agarró los huevos, se los apretó un segundo y volvió a soltarlos, imaginando que era el chaval quien se los amasaba desde abajo, con esos dedos largos y finos de dibujante.
Los dientes de Nico le rozaban la polla de vez en cuando en la fantasía y Damián soltaba un quejido cada vez que pasaba. Se le puso la piel de gallina. Un escalofrío le bajó por la columna y le hizo temblar las piernas. Estaba ya al borde. Notaba la corrida cargándose en los huevos, subiendo por el tronco, buscando salida.
Era entonces cuando el Nico de su cabeza le pasaba la lengua por los huevos, se los chupaba enteros, uno primero y otro después, sin dejar de masturbársela con la mano libre, y volvía a subir por la polla hasta metérsela otra vez en la boca justo a tiempo.
Damián se corrió con un gruñido apretado entre los dientes. Fue un orgasmo largo, sacudido, que le vació los huevos en la mano cerrada alrededor de la polla y le manchó los dedos, la ingle y parte de la tela del pantalón. Siguió masturbándose despacio mientras salía todo, imaginando cómo la corrida le llenaba la boca al chaval, cómo Nico intentaba tragarla toda pero se le escapaba un chorro por la comisura, cómo se lo recogía después con el dedo y se lo volvía a meter en la boca sin dejar de mirarlo.
—Joder… —susurró contra el cristal empañado—. Joder, joder, joder.
Se dejó caer contra el asiento con la polla todavía en la mano, mojada y pegajosa. El coche olía a sexo y a colonia y a sudor. Los cristales estaban empañados por dentro. Fuera seguía sin pasar nadie, y el silencio de la calle contrastaba con el galope que todavía tenía en el pecho.
Abrió la guantera, sacó unos pañuelos y se limpió los dedos con calma. Se subió el bóxer, la cremallera, se abrochó el botón. Se miró en el retrovisor. Tenía las mejillas rojas, el pelo pegado por el sudor a las sienes y una mancha oscura de humedad en el pantalón que iba a tener que explicar si su mujer estaba despierta cuando llegara.
Sacó el móvil del bolsillo interior de la americana y miró la pantalla. Un mensaje de Nico. «Gracias por acercarme, jefe. Nos vemos mañana en la reunión». Sonrió despacio, se pasó la lengua por los labios secos y le contestó con un simple «Descansa» antes de arrancar el coche.
Aquella fantasía no había sido el único sitio en el que se había podido correr esa noche. Pero desde luego iba a seguir siendo, por ahora, el único al que se atrevía a llegar de verdad.
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