Lo que probé del ex de mi novia esa noche
Hola otra vez a todos los que me siguen. Me dio gusto leer que el relato anterior les gustó tanto, porque la verdad me costó animarme a contarlo. Esta es la segunda parte, así que para entender bien de qué hablo conviene haber leído lo de antes.
Después de aquella noche en la que Carla me cumplió la fantasía, no pude sacarme la escena de la cabeza. Nuestras noches juntos seguían siendo intensas, pero cada vez que ella me la chupaba yo cerraba los ojos y me iba sin querer a aquel cuarto, a aquel momento que habíamos compartido los tres.
Lo raro era lo que me daba más vueltas. No era ella. Era él. Era el recuerdo de Bruno, su ex de la prepa, sentado en aquel sillón con esa cosa enorme que yo no podía dejar de mirar. Me daba un poco de vergüenza admitirlo, incluso conmigo mismo.
Una noche, masturbándome solo en casa, me di cuenta de que solo podía terminar si me lo imaginaba a él. A Bruno recostado, todavía húmedo, con esa mirada de superioridad que tenía. Nunca en mi vida había sentido curiosidad por otro hombre, y de repente no podía pensar en otra cosa.
¿A qué sabría? ¿Sería como me lo imaginaba?
Me decía que era una tontería, un calentón pasajero. Pero el calentón no se iba. Crecía.
***
Pasaron un par de semanas hasta que el destino, o lo que sea, decidió meterse. Había salido con mis amigos a una fiesta enorme cerca de la costa, de esas que arrancan temprano y no se sabe a qué hora terminan. Andaba ya con varias cervezas encima cuando lo vi a pocos metros, apoyado en la barra.
Bruno.
Nos saludamos como si nada y empezamos a platicar. Me contó de su nueva novia, de lo enamorado que estaba, de su trabajo. Yo asentía y respondía, pero por dentro tenía el estómago hecho un nudo. Cada tanto bajaba la vista sin querer hacia su pantalón y me obligaba a subirla de nuevo.
El alcohol fue soltando la conversación. En un momento, ya los dos medio ebrios, me preguntó por ella.
—¿Y cómo anda Carla? —dijo con una sonrisa de lado.
—Bien, en casa seguro —contesté.
—Salúdamela. Hace mucho que no hablamos.
—Va a estar feliz de saber de ti —dije, y enseguida me arrepentí de haberlo dicho así.
—¿En serio? Pensé que ya ni se acordaba de mí.
—Yo creí que hasta se mandaban fotos a escondidas —solté, medio en broma.
Nos reímos como dos idiotas. La risa nos dio confianza, y la confianza me dio valor para seguir por un terreno peligroso.
—En serio, seguro se acuerda bien de ti —insistí—. Me contó que en la prepa hacían sus cosas en el salón de cómputo.
Bruno levantó las cejas, sorprendido de que yo supiera tanto. Eso me prendió todavía más, escucharlo hablar de lo que mi novia le había hecho años atrás, como si fuera algo natural entre nosotros.
—La verdad —dije bajando un poco la voz— entiendo por qué le gustaba tanto. Ella es buena en eso. Y tú no estás nada mal dotado.
Lo dije y sentí que el corazón se me iba a salir. Bruno me miró fijo, como midiendo si hablaba en serio o solo eran las cervezas.
—¿Eso crees? —preguntó, sin reírse esta vez.
—Lo vi, ¿no? —respondí—. No sé cómo le hacía ella para con algo así.
Hubo un silencio raro. De esos que se estiran más de la cuenta. Los dos sabíamos que la plática había cambiado de tono y que ninguno quería cortarla.
—¿Te gustaría tocarla? —dijo de pronto, casi en un murmullo.
Me quedé helado. No sabía si era una broma para ponerme a prueba o si lo decía de verdad. Lo miré buscando la sonrisa burlona de antes, pero no estaba.
—Aquí no se puede —contesté, y con esa respuesta le confesé sin querer que sí quería.
—Entonces vámonos —dijo, dejando su vaso en la barra.
Algo dentro de mí, una parte que no reconocía del todo, se levantó antes de que la razón pudiera frenarla.
***
A nuestros amigos les dijimos que íbamos a buscar a unas chicas. Mentira completa. Subimos a su camioneta y arrancamos hacia la playa, la que queda apartada, donde a esa hora no hay un alma.
En el camino casi no hablamos. Yo miraba la carretera oscura y de reojo notaba cómo a él se le marcaba todo en el pantalón. No me lo podía creer. Estaba sobrio de golpe y borracho de ganas al mismo tiempo.
El momento pudo más que yo. Me acerqué un poco y empecé a soltarle el cinturón. Él levantó la cadera para ayudarme, sin decir nada, con la vista clavada en el frente. Cuando por fin lo liberé, me quedé embobado, igual que en mis noches imaginándolo. Era tal cual lo recordaba: grueso, pesado, con la piel tensa y caliente bajo mis dedos. Lo acaricié despacio mientras él manejaba, sintiendo cómo iba endureciéndose todavía más en mi mano. Apenas me cabía en la palma. Así estuvimos hasta que las luces de la calle desaparecieron y el ruido del motor dio paso al del mar.
Llegamos. La playa estaba completamente vacía, solo la luna y una lámpara lejana de un puesto cerrado. Bruno se bajó, sacó unas sillas plegables de la cajuela y, sin pudor alguno, se quitó el pantalón.
Ahí estaba, parado frente a mí, con todo al aire y una seguridad que me intimidaba y me excitaba a partes iguales. Tenía buen cuerpo, espalda ancha, y hasta eso me gustó, cosa que jamás pensé que diría de otro hombre. Su verga colgaba dura, húmeda en la punta, temblando un poco con el aire salado. Yo no podía dejar de mirarla.
—Ven, ponte aquí —dijo, sentándose y abriendo las piernas.
Me arrodillé en la arena fría. Con una mano lo acariciaba y con la otra sostenía mi cerveza, como buscando una excusa para que aquello pareciera menos serio de lo que era. Platicamos un rato así, de sexo, de tonterías, mientras yo no dejaba de tocarlo. Le corría el prepucio con el pulgar, le sobaba los huevos, sentía la piel suave y tirante bajo la yema de los dedos. Cada vez que me miraba, se me secaba la boca de puro morbo.
—No entiendo cómo le hacía Carla para meterse todo esto en la boca —dije, casi para mí.
Bruno dejó su cerveza a un lado. Me tomó de la nuca con una mano y con la otra empezó a pasarme la punta por los labios. Saqué la lengua, dudando, y lo probé. Tenía un sabor extraño, salado, pesado, difícil de explicar, intenso. La cabeza me latía.
Entonces abrí la boca y metí la cabeza. Y por algún motivo que todavía no entiendo, me supo a gloria. Era justo lo que había imaginado tantas noches, solo que mil veces más real. La sentí rozarme la lengua, pegarme en el paladar, llenarme toda la boca de esa carne firme y palpitante. Bajé más, despacio, hasta que me obligó a respirar por la nariz.
***
Me sorprendí a mí mismo disfrutándolo. Bruno me sujetaba la cabeza y marcaba el ritmo a su antojo. En un momento empujó hasta el fondo y lo sentí golpear contra la garganta. Lo dejó ahí unos segundos y luego lo sacó de golpe. Tosí, me dieron arcadas, los ojos se me llenaron de agua.
Así que esto es lo que sienten las mujeres cuando lo hacemos sin medir.
Lejos de molestarme, me dieron más ganas. Lo intenté de nuevo, y otra vez, dejándome usar, mientras él respiraba como un toro cansado. El sonido de su jadeo me rebotaba en la cara. Yo le chupaba la punta, le lamía la base, le pasaba la lengua por debajo, sintiendo cómo se ponía todavía más duro cada vez que lo tragaba.
—Lámeme los huevos —me ordenó, levantando un poco las piernas.
Le hice caso sin pensarlo. Estaba completamente perdido en aquello, prendido de una forma que nunca antes había sentido. Los lamía con ganas, los sentía pesados, calientes, como si fueran a reventar. Me metí uno en la boca, lo chupé despacio, luego el otro, mientras él se acomodaba en la silla y soltaba un gemido corto, casi avergonzado de lo mucho que le gustaba.
Con la otra mano me fue empujando suavemente hacia abajo. Yo sabía lo que quería. Carla me había contado que a él le encantaba que le hicieran eso, que se lo lamieran ahí atrás, y el muy descarado quería sentir mi lengua en el mismo lugar.
Dudé. Pensé en frenar, en que eso ya era demasiado. Pero la curiosidad volvió a ganarme. Bajé poco a poco, lamiendo todo a mi paso, hasta llegar a donde él pedía. Bruno soltó un gruñido largo. Olía fuerte, sabía raro, salado y ácido a la vez, una experiencia que no se parecía a nada que hubiera vivido. Le separé las nalgas con las manos, le hundí la lengua despacio, explorando esa entrada estrecha y caliente mientras él se tensaba entero sobre la silla.
Y sin embargo me gustaba. Estuvimos así un buen rato, yo entregado, él disfrutando como si fuera lo más natural del mundo. Me movía la cabeza con la mano, me marcaba el ritmo, y yo obedecía. Le lamía más fuerte cuando me apretaba el cabello, más suave cuando se relajaba. La arena se me pegaba en las rodillas, pero ya no sentía nada fuera de esa boca, ese culo, ese cuerpo encima de mí.
***
De repente se puso de pie. Me dijo que estaba a punto de terminar y que quería hacerlo en mi lengua. Me puso de rodillas frente a él, me sujetó del pelo y empezó a masturbarse a centímetros de mi cara mientras yo le lamía debajo. Vi cómo se le endurecía todo el cuerpo, cómo le temblaban los muslos, cómo se le marcaban las venas en la verga mientras la movía con golpes cortos y rápidos. Yo abrí más la boca, le saqué la lengua, esperando.
Cuando llegó el momento, cerré los labios sobre la punta, casi por instinto. Sentí un chorro caliente llenándome la boca. Era más de lo que esperaba, espeso, abundante, con un sabor dulce y salado que se me escapaba por las comisuras. Me llenó la lengua, la garganta, me obligó a tragar a tragos cortos mientras él seguía soltando más, temblando frente a mí.
Tragué. Fue una sensación rara, parecida a comerse una ostra de un sorbo. Desde abajo lo veía retorcerse, con la cabeza echada hacia atrás y una sonrisa que entendí enseguida. Le excitaba el morbo de tener al novio de su ex de rodillas, haciéndole lo mismo que ella le hacía años atrás. Yo me limpié con el pulgar, le chupé la punta para no desperdiciar ni una gota, y él soltó otro gemido, más bajo, más roto.
Aun así seguí unos minutos más, lamiendo despacio hasta que se quedó quieto. Su polla seguía latiendo entre mis dedos, pegajosa, mientras yo me dedicaba a ordeñarla con la mano y a pasarle la lengua por toda la base, sacando el resto del semen de la piel.
—¿Te lo tragaste? —preguntó, mirándome con una ceja levantada.
—Sí —contesté con una sonrisa pícara—. Y me gustó.
Se subió el pantalón sin decir mucho. Yo le di un par de tragos a la cerveza para quitarme el sabor de la boca, aunque la verdad ya ni me molestaba. Después nos subimos a la camioneta y volvimos a la fiesta como si nada hubiera pasado.
Llegamos con los amigos, saludamos, seguimos la noche. Nadie sospechó nada. Pero yo ya no era el mismo de hacía dos horas.
***
Esa madrugada no pude dormir. No dejaba de pensar en él, en lo que había hecho, en lo mucho que había disfrutado algo que jamás creí posible. Quería repetirlo, y eso me asustaba tanto como me prendía.
Y ahí estaba el otro problema, el de verdad. ¿Cómo le contaba a Carla lo que había pasado con su ex? ¿Se enojaría? ¿O le daría tanto morbo como a él?
Por ahora me despido. Les seguiré contando, porque esto apenas empieza y todavía falta lo mejor. Cuídense, y nos leemos pronto.





