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Relatos Ardientes

Mi subordinado me sometió en el vestuario del gimnasio

El aire acondicionado convertía mi despacho en una burbuja artificial, sellada contra el calor húmedo del trópico. Aun así, la humedad encontraba la forma de infiltrarse: en la madera, en los papeles, en la piel. Afuera, las palmeras del recinto se mecían con una lentitud perezosa. Adentro todo estaba controlado. Ordenado. Domado.

Yo también. O eso creía.

Repasaba una nota para Bruselas cuando llamaron a la puerta.

—Adelante.

Apareció Sokha, mi asistente. Joven, impecable, discreto. Una presencia eficiente, casi invisible.

—Señor embajador —dijo con una leve inclinación—. El nuevo Tercer Secretario ha llegado. Está esperando.

Asentí sin levantarme.

—Hágalo pasar.

Respiré hondo. Me ajusté la chaqueta y enderecé la corbata. Cuarenta y siete años. Embajador de la Unión Europea, jefe de todos en este pequeño ecosistema diplomático. Joven para el cargo, decían. Bien conservado. Aún atractivo, murmuraban algunos. Pero la palabra atractivo ya no me pertenecía como antes.

La puerta se abrió de nuevo y entró… él.

Había leído el expediente. Sabía que era belga, veintisiete años. Al verlo comprobé que era alto, más que yo, espalda recta, hombros amplios sin exceso, un cuerpo trabajado con discreción. No musculoso en exceso: preciso, como si cada centímetro hubiese sido calibrado. El traje claro se le ajustaba con una naturalidad ofensiva. La camisa, abierta un botón, dejaba ver un triángulo de piel limpia. Pelo castaño oscuro, ligeramente ondulado, aún húmedo por el calor. Mandíbula definida. Labios carnosos. Ojos grises, atentos, con una calma peligrosa.

Demasiado joven. Demasiado seguro. Demasiado todo.

Avanzó y me tendió la mano.

—Damien Lefèvre, señor.

Me levanté.

—Esteban Cisneros —me presenté, estrechándola—. Bienvenido a la Delegación.

Su mano era firme, cálida, segura. La mía también lo fue. Pero sentí, con una lucidez humillante, que la suya mandaba más.

—Es un honor, monsieur l'Ambassadeur —añadió en francés, con una sonrisa leve.

—Habla usted español, supongo —respondí, automático.

—Perfectamente —dijo ahora en español, con una entonación casi impecable—. Mi madre es valenciana. Me crié entre Ginebra y Valencia.

Hasta su mezcla cultural parecía diseñada para provocarme. Le ofrecí asiento. Se sentó con una elegancia limpia, ocupando el espacio sin pedir permiso. Yo volví al mío, notando sin querer la diferencia entre su postura y la mía. Él: cuello largo, cuerpo en tensión relajada. Yo: digno, todavía presentable, pero más disciplina que frescura, más control que potencia.

Y de pronto me sentí inferior. Ridículo, pero real.

—Me han asignado el bungalow seis —dijo—. Justo al lado del suyo, según entiendo.

—Así es.

—Curioso. Seremos vecinos… y los únicos hispanohablantes nativos del recinto. Parece que nos tocará cierta complicidad.

La palabra complicidad se me clavó en la piel. Lo observé con más detalle del apropiado: los antebrazos firmes bajo la manga, la nuez al tragar saliva, el leve relieve de los pectorales bajo la tela fina. Pensé, sin querer, en qué tipo de ropa interior llevaría. Algo ajustado. Algo que atrapara el sudor. Algo que pudiera imaginar entre mis dedos.

Contrólate.

Bajé la mirada a los papeles.

—Su cartera incluye seguimiento político y derechos humanos. Tendremos reuniones semanales, Bruselas exige informes concisos. Y aquí mucha disciplina. Este país parece amable, pero no lo es tanto. No quiero que piensen que le doy trato de favor.

Estaba hablando demasiado.

—Por supuesto —respondió, sin bajar los ojos—. Me gusta trabajar bajo presión. Y el trato… sé que será justo. Ni más, ni menos. El que merezco.

Me sostuvo la mirada. No con desafío. Con algo peor: seguridad.

—¿Necesita algo más de mí hoy, Esteban? —añadió, usando mi nombre con una naturalidad peligrosa.

—En el trabajo —corregí—, prefiero Embajador.

Una pausa mínima. Luego, una sonrisa controlada.

—Entendido, monsieur l'ambassadeur.

De algún modo, la respuesta sonó casi a burla. Se levantó, yo también. Durante un instante estuvimos demasiado cerca. Noté el calor de su cuerpo, el rastro de colonia, la cercanía de su pecho a mi hombro.

—Estoy seguro de que aprenderé mucho… de usted.

Se fue. La puerta se cerró tras él y me quedé de pie, inmóvil, con el zumbido del aire acondicionado y el eco de su presencia aún pegado al cuerpo. Soy su jefe. Tengo el poder. Y una parte de mí ya ha empezado a preguntarse cómo sería obedecerle.

***

El gimnasio del recinto era uno de mis pocos santuarios. Pequeño, funcional, sin pretensiones. Dos cintas, tres máquinas, algunos bancos y una barra olímpica oxidada. A las seis de la tarde solía estar vacío. Por eso me desconcertó ver la luz encendida. Empujé la puerta de cristal. Y ahí estaba él.

Damien, sobre la máquina de remo, tirando con ritmo perfecto, la espalda tensa, los muslos marcados por cada empuje. Llevaba una camiseta sin mangas blanca, mojada y pegada al torso como una segunda piel. El pantalón corto, oscuro y suelto, dejaba ver el borde de un slip gris que se ajustaba como una promesa.

Tragué saliva.

—Embajador —dijo, sin dejar de remar—. Qué sorpresa. ¿Suele entrenar a esta hora?

—Cuando puedo —respondí, secamente.

Me cambié rápido en el vestuario, evitando el espejo. Camiseta vieja, shorts azul marino, un slip blanco debajo que ya empezaba a humedecerse. Cuando salí, Damien hacía dominadas. Su camiseta colgaba ahora del respaldo de un banco, sudada, brillante. Su torso desnudo era perfecto: esculpido, con la cantidad justa de vello. Cada vez que subía el torso, el paquete se marcaba más bajo el pantalón.

No mires. Haz tu serie. Ignóralo.

Me coloqué en la máquina de pecho con la vista desviada. Pero el olor era inconfundible: sudor fresco, masculino, de un cuerpo joven en tensión. Llenaba el aire. La sangre me latía en los oídos. Y no solo en los oídos.

Damien se sentó en el banco. Se inclinó, los codos sobre las rodillas, y dejó que el short se abriera ligeramente. Vi el slip entero. Gris claro. Pegado al pubis. Sudado. La tela mojada le marcaba el contorno completo del sexo. Tuve que detener la serie. Las manos me temblaban.

—¿Todo bien, monsieur l'ambassadeur?

—Sí. Solo… el calor.

Se rio y se levantó.

—Yo ya terminé. Voy a ducharme.

Lo seguí un par de minutos después, con la cabeza baja, sin pensar realmente lo que hacía. El vestuario olía a humedad y colonia. Él ya se desnudaba. Me giré hacia mi taquilla para darle intimidad. Lo oí quitarse los shorts, después el slip. Entró en la ducha sin decir nada. El sonido del agua llenó el espacio.

Y el slip estaba allí. A un metro. Doblado. Sudado. Caliente aún.

Mi cuerpo actuó antes que mi mente. Me senté junto a él. No lo toqué, pero acerqué la cara y respiré. Olía a piel. A humedad. A algo íntimo y perfecto. Cerré los ojos. Me empalmé al instante.

No lo toques. No seas eso.

Cuando cerró la llave, fingí revisar el móvil. Damien salió desnudo. Completamente. Sin toalla, sin vergüenza, sin pausa. Caminó hacia su banco como si yo no estuviera allí, el cuerpo húmedo, depilado por completo, una piel clara y tersa. Y en el centro, su polla. Grande, gruesa, descansando pesada sobre el muslo, brillante por el vapor.

Se detuvo justo delante de mí. La polla quedó a la altura de mi cara, a treinta centímetros. No pude evitarlo. La miré.

—Si vamos a entrenar a la misma hora, podríamos hacerlo juntos —dijo, sin mirar—. Me vendría bien alguien que me ayude con los pesos.

—Claro —respondí, la voz más ronca de lo que quería.

—Y yo puedo darle algunos consejos, embajador. Una rutina más estricta. Más exigente. —Se agachó a recoger el slip gris—. Estirar también es importante. Abrirse bien. Es la única forma de que no duela.

Me humedecí los labios.

—No me asusta un poco de dolor.

Él sonrió, abiertamente por primera vez.

—¿Quién dijo que fuera un poco?

Se vistió sin prisa. Slip limpio, short negro. Metió la camiseta sudada en la mochila… pero dejó el slip gris doblado sobre el banco, exactamente donde lo había puesto al desnudarse. No fue un descuido. O, si lo fue, no quise creerlo.

Merci pour la compagnie, embajador. À demain.

Y se fue. El vestuario quedó en silencio. Solo el goteo residual de la ducha y el slip gris, doblado, sudado, esperándome sobre el banco.

No. No cruces esta línea.

Me levanté de todos modos. Me detuve frente al banco. Lo tomé. Solo un instante. Me lo acerqué al rostro y aspiré. El olor me atravesó: limpio, masculino, demasiado íntimo. Una mezcla de jabón, piel caliente y algo más denso, más privado.

—Joder… —susurré—. Joder, joder…

Lo doblé con cuidado excesivo y lo guardé en la mochila, entre documentos oficiales con el membrete de la Unión Europea. Antes de salir me miré en el espejo agrietado. Un embajador. Dignidad intacta por fuera. Y por dentro, la certeza incómoda de que ya no había marcha atrás.

***

A la mañana siguiente, en el segundo cajón de mi escritorio, bajo una carpeta, escondía una bolsa opaca con el slip de Damien. Intentaba concentrarme en un informe cuando llamaron a la puerta.

Damien entró con una carpeta azul. Camisa blanca, manga doblada hasta los codos. Impecable.

—Mi primer informe, embajador. Sobre la reforma judicial.

Lo leí en silencio. Un desastre. Desorganizado, superficial, plagado de errores y de faltas de ortografía en inglés. Un becario de primero habría hecho algo más decente. Sentí el impulso de corregirlo yo mismo, cubrirlo, justificarlo. Pero no podía permitirme perder la cabeza por un culo perfecto y una sonrisa arrogante.

—Esto hay que mejorarlo —dije, señalando con el bolígrafo—. Los datos están mal contextualizados. Esta parte es un copia-pega sin fuente. Y no hay conclusión ni propuesta clara. Por favor, trabájalo y tráemelo de nuevo.

—Con mucho gusto, embajador.

Volvió media hora más tarde. Se quedó de pie, frente al escritorio, mientras yo leía. No se movía, no se sentaba, no me dejaba respirar. Y el informe era brillante. Sintético, profundo, con fuentes contrastadas y estructura impecable. El mejor que había leído en años.

—Esto es extraordinario —admití—. No tengo palabras.

Merci, embajador.

—Pero no lo entiendo. Si eres capaz de esto, ¿por qué el primero…?

Me miró fijamente, los ojos claros sin sombra.

—Quería ponerle a prueba. Y la ha superado.

Me quedé mudo. Tosí.

—Puedes retirarte si quieres.

Pero él no se movió.

—Por cierto, creo que me dejé algo ayer en el gimnasio. ¿No lo habrá recogido usted por casualidad?

La sangre se me congeló y luego me subió a la cara como un incendio. Abrí el cajón. Saqué la bolsa.

—Estaba… aquí.

Se acercó. La abrió. Sacó el slip, lo observó un segundo, lo olió con naturalidad y me lo entregó en la mano, sin bolsa.

—Pensándolo bien, embajador… ¿le importaría dármelo esta noche? En el gimnasio. A las seis. No se retrase.

Y se fue con la bolsa vacía. Yo me quedé con su slip en la mano. Gris. Sudado. Caliente otra vez. Sin aire. Con la certeza de que ya no era yo quien mandaba en mi propia embajada.

***

A las seis en punto, como una sentencia, se abrió la puerta del gimnasio. Damien venía de deporte: camiseta gris pegada al pecho, short blanco más corto que el mío, piel brillante, la misma sonrisa.

—Veo que se ha comprado ropa nueva —dijo, evaluando mi camiseta ajustada como quien revisa un uniforme—. ¿Y qué ropa interior lleva?

La pregunta me golpeó sin aviso.

—¿Perdón?

—Que qué lleva debajo.

—Unos slips —tragué saliva—. Armani.

—¿A ver?

El aire se volvió espeso. Me bajé los pantalones cortos lo justo para que viera la cintura, el contorno, y cómo mi polla empezaba a endurecerse.

—No. Esos no son para entrenar —negó con la cabeza—. ¿Por qué no se prueba el mío? El que me olvidé ayer. Me lo ha traído, ¿verdad?

Asentí. Saqué el slip gris del neceser. Doblado. Sudado.

—Pero está usado…

—Mejor así, ¿no?

Me giré de espaldas. Me bajé el mío. Me sentí vulnerable, la erección palpitando con cada movimiento. Me puse el suyo. La tela estaba húmeda, fría, íntima.

—No, no —dijo Damien—. Dese la vuelta. Quiero ver cómo le queda.

Me giré. Lento. Humillado. Empalmado. Mi polla era una tienda bajo la tela ajena. Él lo vio todo y sonrió.

—Así es perfecto. Vamos a entrenar.

Calentamos con mancuernas. Me colocó las muñecas, me bajó los codos, se acercó por detrás. Su cuerpo rozó el mío sin necesidad de tocarme.

—La clave está en mantener el control —susurró cerca de mi oído—. No lo que se ve. Lo que se aguanta.

Después me tumbó en el banco plano y se puso detrás de mi cabeza, las piernas abiertas, una a cada lado. Desde allí tenía vista directa a su slip ceñido a mi cuerpo, tenso por la erección que ya no disimulaba.

—Uno… dos… tres… Muy bien, embajador. Me gusta que se entregue.

Luego, los estiramientos. Boca arriba, piernas abiertas. Tomó mis tobillos con firmeza y los forzó hacia el suelo.

—Tiene que aprender a abrirse —dijo con tono clínico—. Respirar hondo. Relajarse.

Sus manos se deslizaban por mis piernas, de tobillo a rodilla, de rodilla al muslo interior. La tela del slip crujió cuando rozó la base de mi erección con la punta de los dedos.

—Al final siempre duele un poco. Pero es parte del proceso.

Estoy empapado. Estoy empalmado. Estoy entregado.

Me incorporé jadeando. Damien también sudaba; una fina capa le perlaba el pecho. Sin una palabra, se quitó la camiseta gris y me la tendió.

—Tome, embajador. Para que se seque.

Me la ofrecía como quien marca territorio. La agarré sin pensar. Estaba empapada, caliente, impregnada de su cuerpo. La pasé por mi frente, por la nuca. Olía a él. A piel joven. A esfuerzo.

—¿Y bien? ¿Se ajusta el slip?

—Sí… se nota que es bueno.

—Se nota que es mío. —Me observó de arriba abajo—. Lo que uno lleva dentro siempre se nota por fuera.

Miré el reloj. Las seis y veinte.

—Tengo que irme. A las siete hay una recepción. Fiesta nacional en la Embajada de Noruega.

—Perfecto, le acompaño.

—No hace falta. Iré como jefe de misión.

—Precisamente por eso. Así sabrán todos que yo estoy con usted. Además, tiene usted mi slip. —Mi polla palpitó dentro de la tela; él lo notó—. Para esta noche se lo dejo. ¿Sabía que el sudor contiene feromonas activas incluso cuarenta y ocho horas después? A usted le vendría bien despedir un poco de las mías, ¿no le parece?

—Damien…

—A las siete menos cuarto paso por su residencia. Vístase para impresionarme, monsieur l'ambassadeur.

Y se fue. Me quedé solo con su sudor entre mis piernas y mi dignidad goteando por el suelo.

***

El coche oficial se detuvo frente a mi residencia con Damien al volante. No era su función, pero nadie se lo había preguntado. Traje oscuro sin corbata, camisa abierta hasta el segundo botón. Nada fuera de lugar y, sin embargo, todo en él era provocación. Me senté de copiloto, rompiendo el protocolo, incapaz de estar tan lejos de él.

En el primer semáforo se inclinó sobre el asiento. Su nariz rozó mi cuello. Aspiró profundamente, como quien prueba un vino caro.

—Perfecto. Ya empieza a hacer efecto.

—¿El qué?

—Mis feromonas, embajador. —Volvió a sentarse recto—. Ahora huélame usted.

—¿Cómo?

—Huélame. No tenga miedo. Le doy permiso. —Me tomó suavemente por la nuca, la mano firme, caliente, inevitable, y me acercó a su entrepierna. No fue brusco. Fue mucho peor: fue natural.

La tela olía a cuerpo, a sudor seco, a ropa interior usada desde la mañana. El mismo olor que ahora yo llevaba bajo el traje. Aspiré. Involuntariamente. Profundamente.

—¿Y bien? —preguntó, como un profesor a su alumno.

—Me gusta… —solté, sin pensar.

—Ya sé que le gusta. Eso ha quedado claro.

***

Los jardines de la embajada de Noruega estaban decorados con sobriedad nórdica: faroles blancos, manteles de lino, copas alineadas con precisión. Un cuarteto de cuerda tocaba algo de Grieg. Descendí del coche con el gesto sereno que me había convertido en uno de los embajadores más jóvenes del Servicio Exterior. Traje azul oscuro. Y debajo, el slip sudado de Damien, todavía húmedo, rozándome el glande con cada paso.

Damien caminaba medio paso detrás de mí. No saludaba a nadie. Solo me seguía. Como una sombra que manda.

—Embajador Cisneros —saludó el anfitrión noruego—, encantado de verle.

Cruzamos frases sobre cooperación regional. Yo sonreía, articulaba, cumplía. Y entonces Damien se acercó por detrás y susurró al oído:

—¿Ve cómo le tratan? Son mis feromonas. Usted huele distinto. Proyecta otra cosa. Más seguro. Conmigo cerca se parece usted más a un macho alfa.

Y yo, que nunca había querido parecerlo, de pronto necesitaba serlo desesperadamente. O fingirlo. O lo que fuera que él quisiera que yo fuera.

Una colega búlgara se acercó a saludar. Damien no se retiró. Entró en mi espacio, demasiado cerca para un acto oficial, y con un gesto casi cariñoso me limpió una gota de vino de la comisura del labio con el pulgar.

—Se le iba a escapar, embajador —murmuró—. Yo no dejo que nada suyo se pierda.

Para la colega fue cortesía. Para mí, una marca.

—Relájese —añadió, retirando la mano con lentitud—. ¿Nota cómo le ceden el espacio? Cómo bajan la voz cuando usted habla. Me necesita. Y lo sabe.

Y me dejó allí, rodeado de diplomáticos, sonriendo por fuera mientras por dentro me ardían el orgullo, la vergüenza y un deseo imposible de confesar.

***

Volvimos al recinto en silencio. Las luces pasaban como reflejos sobre el parabrisas.

—¿Sabe qué fue lo mejor de esta noche, embajador? —preguntó de pronto—. Que no tuve que darle instrucciones. Usted me entendió. Y obedeció. No hay vergüenza en necesitar a alguien. La vergüenza está en negarlo. Por eso quiero que se quede con mi slip esta noche. Está claro que lo necesita.

Detuvo el motor frente a mi residencia. Yo bajé un pie, temblando.

—Una cosa más, embajador.

—¿Sí?

—Está terminantemente prohibido pensar en mí mientras… ya sabe. Mientras se toca. Sería muy inapropiado. Y lo que ocurre entre nosotros nunca debería ser inapropiado, ¿verdad?

El muy cabrón me lo decía para provocarme. Y funcionó. Cada frase era una orden disfrazada de advertencia. Subí las escaleras con la erección dura, la dignidad colgando de un hilo y su slip pegado a mi piel como un secreto que ya no podía quitarme.

No encendí la luz. Me quité el traje con una torpeza febril. Me quedé en ropa interior. No en la mía: en la suya. El slip estaba húmedo de nuevo, esta vez por mí. Me lo quité y me lo llevé al rostro. Todavía conservaba su olor: sudor seco, cuerpo joven, poder. Aspiré profundamente.

Y entonces me rendí. Toqué mi polla, dura como un mármol caliente. La acaricié desde la base, temblando, gimiendo bajito, con el olor de Damien tapándome la cara como un adolescente desesperado. Y entonces el teléfono vibró.

«¿No estará pensando en mí, verdad, embajador?»

Mi polla saltó en mi mano. Nuevo mensaje.

«¿Dónde está mi slip ahora mismo?»

Respondí sin pensar. «En mi cara.»

Tres puntos. Pausa.

«Déjese llevar.»

No necesitaba más. Saqué el lubricante que escondía en la caja de puros, como un secreto diplomático, y un pequeño plug de acero del cajón de la mesilla. Me tumbé boca arriba, las piernas abiertas de par en par. Me unté los dedos. Primero uno. Luego dos.

«Si pudiera pedirme algo… ¿qué sería?», escribió.

«Que me folles», contesté al instante.

«Ya le gustaría. Seguro que tiene algún juguete por ahí. Úselo.»

Apoyé el plug contra mi entrada. Frío. Pulido. Pesado. Empujé despacio hasta que entró. Mi cuerpo se arqueó, no de dolor sino de reconocimiento. «Está dentro», escribí.

«Hágalo. Póngase mi slip en la cara. Pero no se corra hasta que yo lo diga.»

Me senté sobre la cama, moviendo las caderas para que el plug bailara dentro de mí. Con una mano me apretaba el slip contra la cara; con la otra me machacaba la polla. El móvil encendido, encima de la cama.

«Ahora.»

No aguanté ni un segundo. El orgasmo me cruzó como una descarga eléctrica. Me corrí con un gemido contenido, empapando la mano, el slip, la noche. Temblaba. Respiraba a trompicones, con la prenda pegada a la cara como un trofeo. Como una orden cumplida.

«Ya», escribí.

Minutos después, mientras me limpiaba el abdomen, llegó el último mensaje.

«Buen chico. Hasta mañana, monsieur l'ambassadeur

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Comentarios (6)

DanteNoche

Que relato, dios mio. Me lo leí de un tirón sin parar. Mas así por favor!!

PabloBaires

Buen relato, esperando la segunda parte. Quede con ganas de saber qué pasa después entre los dos.

MattC_lector

Me encanto la dinamica que planteas, muy creíble. Sigue publicando!

LoboSolitario7

Jajaja tremendo, no me lo esperaba para nada. Muy bueno!

MisterFede

Lo del vestuario le da un toque de tensión que me gustó mucho. Bravo.

RolandoXX

Me recordó a una situacion que viví en el trabajo, esas jerarquías que se invierten de golpe... buenisimo como lo describís.

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