La mañana en que mi novio quiso que lo dominara
La noticia de que el primer hijo de Lucas venía en camino convirtió la cena familiar en una celebración que duró hasta el amanecer. El vino corrió sin medida, hubo brindis improvisados, bailes torpes en el patio y esas risas que solo aparecen cuando una familia entera se relaja al mismo tiempo. Nadie quería que terminara. Aguantamos hasta que el cielo empezó a aclararse y los primeros invitados se despidieron arrastrando los pies.
Bruno y yo fuimos de los últimos en marcharnos. Llamamos un taxi a las seis de la mañana, con el estómago revuelto de tanto alcohol y las piernas dormidas. Él iba apoyado contra la ventanilla, medio inconsciente, y cada bache lo hacía gruñir. Yo le sostenía la mano sobre el asiento, contando los semáforos que faltaban para llegar al departamento que compartíamos desde hacía apenas tres meses.
Cuando abrimos la puerta, el aroma a café recién hecho nos recibió desde la cocina. Esteban, el hermano del medio, estaba despierto, sirviéndose una taza con tres cucharadas de azúcar como si fueran las nueve de un día cualquiera.
—Hombre, la parejita de la temporada. ¿Un café? —ofreció, sin el menor rastro de cansancio.
Nos quedamos mirándolo, perplejos. Él se había ido de la celebración apenas se supo lo del embarazo de Lucas.
—¿Todavía estás despierto? —preguntó Bruno, frotándose los ojos.
—Sí, pero solo un rato. Pensaba ponerme a estudiar.
—¿Estudiar? Si estamos de vacaciones.
—Las oposiciones no entienden de estaciones, Bruno.
—Ya veo.
—Ustedes dos deberían aprovechar para dormir ahora que no hay nadie que les eche la bronca. Pero nada de cosas raras, ¿estamos? Que estas paredes son finas y yo lo escucho todo.
—¿Cosas raras? —me reí—. ¿Qué es lo que estás imaginando, cuñado?
—Nada en concreto. Solo les aviso para que tengan cuidado —explicó, ruborizado, cruzándose de brazos para aparentar una seriedad que no tenía.
—Relájate, erudito. Sabemos controlarnos.
—Bien. Pues me subo a mi cuarto. Que descansen —se despidió, y trepó las escaleras con la taza en la mano más rápido de lo que cualquiera habría esperado.
Bruno y yo nos miramos, extrañados por su nerviosismo, pero estábamos demasiado agotados para darle vueltas. La escalera hasta el dormitorio nos pareció una montaña esa madrugada, así que nos dejamos caer en el sofá del salón. Él se desplomó primero y me arrastró con él. Acabé con la cabeza apoyada en su hombro y su brazo rodeándome la cintura, y el susurro del viento contra las persianas terminó de arrastrarnos al sueño.
***
La boda de Lucas, meses atrás, había sido un punto de inflexión para nosotros. No por nada malo. Aquella noche, entre copas y confidencias, nos abrimos en canal el uno con el otro, y eso terminó afianzando los cimientos de algo que ya sentíamos inquebrantable.
Bruno me confesó entonces que no había perdido la virginidad conmigo, como yo creía, sino dos años antes, con un entrenador del club al que iba de adolescente, un hombre mayor y de manos pacientes que le enseñó más de lo que el deporte exigía. Yo, por mi parte, admití el lío que tuve con un profesor de la academia después de pillarlo a deshoras con su alumno preferido, y el revolcón en los vestuarios con un compañero de curso al que la mayoría de edad le había sentado de maravilla.
Lejos de incomodarnos, saber esas cosas nos encendió. El morbo de imaginar lo que cada uno había hecho a escondidas del otro nos regaló noches enteras de un calibre que no conocíamos. Y ahora que vivíamos solos, sin padres en el piso de arriba ni vecinos pegados a la pared, sencillamente no éramos capaces de salir de la cama a tiempo.
***
Esa mañana no fue distinta. Desperté pasadas las ocho con el cuerpo de Bruno enredado al mío y el dolor de cabeza ya disuelto. Lo habíamos arrastrado entre los dos hasta la habitación en algún momento, sin recordar cuándo.
—Bebé... vamos a llegar tarde otra vez —murmuró él contra mi pelo.
—Solo un ratito más —rogué, besándole el pecho.
—Todos los días dices lo mismo.
—Y tú aceptas todos los días.
No había mañana en que no apareciéramos en la academia con una hora de retraso, pero tampoco había mañana en que nos saltáramos el ritual. Bajé por su torso a base de besos cortos y húmedos, hasta desaparecer bajo el borde de la sábana. Le tomé el sexo todavía dormido con la boca, como cada día. Ese gesto le funcionaba mejor que el café de Esteban: lo despertaba entero, le daba combustible para encarar la jornada.
Pero hoy era uno de esos días raros. Bruno casi siempre llevaba las riendas; no era propio de él rechazar la idea de tenerme bajo su control, de marcar el ritmo, de dejarme claro quién mandaba. Sin embargo, cuando se quedaba quieto y callado como ahora, yo sabía qué papel me tocaba. El activo.
Él gimió bajo, dejándose hacer, y su erección creció rápido en mi boca, prueba evidente de que la idea le gustaba más de lo que admitiría en voz alta. Besé el tronco varias veces, me recreé sin prisa, recogí con la lengua sus primeros fluidos.
—Así, sigue así —susurró, con una voz que no le conocía a esas horas.
Yo conocía cada una de sus debilidades. Llevé la mano hasta sus testículos, los sostuve con calma y empecé a masajearlos mientras mantenía el vaivén, dejando que la saliva se acumulara y cayera, mojándolo todo. Con la otra mano me daba placer a mí mismo, y eso lo encendió aún más. Lo notaba conteniéndose, retrasando el final, porque aún quería algo más y le costaba pedirlo.
No hizo falta que lo dijera. Bruno abandonó su postura inerte, separó esas piernas fuertes que tantas veces me habían tenido inmovilizado y me miró desde abajo con una entrega que rara vez se permitía.
—Van dos veces esta semana —comenté—. No sabía que te gustaba tanto.
—¿No te gusta hacérmelo? —respondió él, medio en broma, medio en desafío.
—Me encanta.
Hundí la cara entre sus muslos antes de que terminara la frase. Él sostuvo las piernas abiertas con esfuerzo, temblando, mirándome anestesiado por el placer mientras yo trabajaba con la lengua, trazando círculos lentos, subiendo y bajando hasta hacerlo gemir sin pudor.
—No me cansaría de esto —dije, separándome apenas—, pero hoy estoy demasiado caliente. Quiero metértela ya.
—¿Me quedo así? —preguntó, refiriéndose a la postura.
—No. Hoy cambiamos. Ponte a cuatro.
Bruno obedeció sin discutir, deseoso, y se colocó en la posición más vulnerable que existe entre dos hombres. Me puse detrás de él, escupí en mi mano para humedecerme y también sobre su entrada. Esta vez no lo preparé con los dedos; los dos estábamos demasiado impacientes. Empujé despacio al principio, entrando hasta la mitad, disfrutando de cómo cedía para dejarme paso.
—Ah... mierda —gruñó, arqueando la espalda.
Yo nunca aguantaba demasiado cuando me tocaba este papel; era poco habitual y mi cuerpo no estaba acostumbrado. Pero lo que me faltaba en resistencia lo compensaba en intensidad. Cada embestida buscaba ese punto que lo hacía chillar, y cuando lo encontraba, Bruno apretaba las sábanas entre los puños y suplicaba por más. Le sujeté las caderas para mantenerlo donde lo quería.
Una estocada.
Y otra.
Y otra más.
Él aguantó así un buen rato, arañando el colchón, hasta que liberó una mano para darse placer a sí mismo. Su sexo había estado rígido todo este tiempo sin que nadie lo tocara, goteando ya antes del primer roce. Sentí que no iba a durar, y yo tampoco: la estrechez y el calor de su interior me tenían al límite.
—Me corro —jadeé.
Salí con cierta dificultad y terminé sobre su espalda, marcándole la piel. Verme así, jadeante, fue suficiente para que Bruno acabara también, gimiendo contra la almohada por el morbo de toda la escena.
Alcancé un pañuelo de la mesita y le limpié la espalda con cuidado. Él se sentó en la cama despacio, con un gesto de molestia, y los dos nos tomamos un momento para recuperar el aliento. No había mucho que decir. Era la rutina de siempre, una rutina que deseábamos eterna, aunque ninguno sabía si era buena para nuestras notas.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Las nueve y cuarto.
—Otra vez tarde —se lamentó, dejándose caer de nuevo sobre el colchón.
—Anda, levanta. Si nos apuramos en la ducha llegamos a la segunda clase.
Le di un golpecito amistoso en la nuca que le sacó esa actitud aniñada que solo se permitía conmigo. Mientras buscaba ropa limpia y un par de toallas en el armario, lo escuché reírse solo.
—Bebé, creo que ya tengo claro lo que quiero para mi cumpleaños.
—¿Ah, sí? Dime.
—Un juego de sábanas nuevo. Para poder manchar todas las que queramos.
Me rodeó la cintura por detrás y me besó el cuello.
—Eres de lo que no hay —le dije.
—¿Eso significa que te arrepientes de haber acabado conmigo?
No lo preguntaba como reclamo, ni había ofensa en su voz, pero quise dejárselo claro otra vez.
—Nunca me arrepentiría de estar contigo, Bruno. Eres mi sol, y siempre lo serás.
Él se quedó callado un instante. Sabía lo que esas palabras significaban para alguien que durante años se había creído un error. El cuarto de seis hermanos, el que heredaba la ropa de los mayores, al que rara vez le festejaban el cumpleaños y casi nunca recibía más de un regalo en Navidad. Su madre, según me había contado, esperaba una niña cuando él llegó, y esa niña terminó naciendo dos años después y acaparando todo el cariño. Bruno había crecido convencido de que sobraba, de que no era especial en nada.
Yo me había propuesto desmentir esa idea cada día que pasáramos juntos. Demostrarle que valía, que merecía amor y deseo como cualquiera, que era profundamente querible.
—Y tú jamás dejarás de ser mi luna —respondió él, en voz baja—, la que ilumina el camino cuando todo se pone oscuro.
Selló la frase con un beso lento, de esos que no tienen prisa por terminar. Seguíamos siendo, en el fondo, los dos chicos torpes que se habían conocido años atrás en el primer día de clases, sin sospechar entonces lo que llegarían a ser el uno para el otro. Y, como suele decirse, lo que se une bien es muy difícil de romper.