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Relatos Ardientes

Mi amigo me llevó al sauna y solo pude mirar

El bochorno de la tarde se pegaba a la piel mientras Eduardo y Marcos cruzaban las calles del Eixample barcelonés, ya cerca de su destino. Eduardo, con el pelo blanco despeinado y una sonrisa pícara que delataba sus intenciones, llevaba una camiseta de algodón ceñida que marcaba el contorno de un torso aún firme pese a rondar los sesenta. A su lado, Marcos, siempre impecable con el pelo negro peinado hacia atrás y una camisa de lino que le caía con elegancia sobre los hombros, jugueteaba con la correa del reloj con un gesto nervioso.

—¿Estás seguro de esto, Eduardo? —preguntó Marcos, bajando la voz como si alguien pudiera oírlos entre el ruido de la ciudad—. No es que me asuste, pero… joder, nunca he pisado un sitio así.

Eduardo se rio y le dio un codazo cómplice.

—Tranquilo, hombre. No es la primera vez que vengo. Aquí cada uno va a lo suyo, y si no quieres tocar, nadie te toca a ti. Eso sí —hizo una pausa, los ojos brillando con malicia—, si se te pone dura, no te cortes. Para eso hemos venido, ¿no? Para subir un poco el listón del morbo.

Marcos resopló, pero no pudo evitar que una sonrisa le asomara a los labios. Llevaban años compartiendo fantasías con sus mujeres por internet, intercambiando fotos y vídeos, contándose lo que ninguno se atrevía a decir en voz alta. Pero esto era otra cosa. El corazón le latía más rápido solo de imaginarlo.

El local no tenía un cartel llamativo. Apenas una discreta placa de metal con el nombre Vapor Neptuno junto a un timbre. Eduardo lo pulsó y, tras un breve zumbido, la puerta se abrió. Un hombre joven, con el torso desnudo y un pantalón de deporte ceñido, los recibió con una sonrisa profesional.

—Bienvenidos. ¿Primera vez? —preguntó, aunque su mirada se posó en Eduardo con reconocimiento.

—No, pero él sí —Eduardo señaló a Marcos con un gesto—. Dos entradas.

El chico asintió, cobró y les tendió dos toallas blancas, gruesas y suaves al tacto. El olor a eucalipto y a cloro se mezclaba con algo más primitivo: sudor de hombre, jabón barato y el aroma dulzón del lubricante. Marcos tragó saliva, notando cómo su entrepierna empezaba a despertar solo con el ambiente.

***

Los vestuarios eran amplios, con taquillas de metal y bancos de madera. Algunos hombres se cambiaban sin prisa, sin pudor. Había cuerpos de todas las edades y formas: desde jóvenes musculosos hasta tipos maduros como ellos, con barrigas incipientes y canas en el vello del pecho. Eduardo se desnudó sin inmutarse y se anudó la toalla a la cintura con la naturalidad de quien lo ha hecho cien veces. Marcos, menos atrevido, siguió su ejemplo, sintiendo el aire cálido acariciarle la piel desnuda. La toalla apenas disimulaba su excitación creciente.

—Ven, te enseño esto —dijo Eduardo, guiándolo hacia el interior.

El jacuzzi burbujeaba en un rincón, con tres hombres sumergidos hasta los hombros, las miradas perdidas entre el vapor y el deseo. Más allá, la pequeña piscina interior reflejaba las luces tenues del techo, y un par de tipos nadaban con lentitud, los cuerpos rozándose de vez en cuando bajo el agua. Pero lo que de verdad atrapó la atención de Marcos fue la sala de vapor. Una nube densa escapaba por la puerta entreabierta, y de dentro llegaban risas ahogadas, gemidos contenidos.

—¿Entramos? —susurró Eduardo, acercándose a su oído—. Aquí cada uno marca su ritmo. Tú mira lo que quieras y para cuando quieras.

Solo mirar. Eso me dije al salir de casa.

Entraron. El calor era sofocante, el aire espeso y blanco. Bancos de madera curvados rodeaban la estancia, y en el centro se alzaba una plataforma baja donde un par de hombres se recostaban, sudorosos, con las piernas abiertas. Marcos se sentó en un banco pegado a la pared, intentando disimular cómo la polla se le endurecía bajo la toalla. Eduardo, en cambio, se acomodó en el centro, estiró las piernas y dejó que la tela se abriera lo justo para mostrar su entrepierna sin tapujos.

No tardó en aparecerle compañía. Un hombre robusto, de pelo castaño corto y barba de varios días, se acercó con paso firme. Llevaba la toalla anudada a la cintura, pero el bulto bajo el tejido dejaba claro que estaba más que dispuesto. Sus dedos, gruesos y con callos en las yemas, se posaron primero en el hombro de Eduardo y luego bajaron con una lentitud deliberada.

—¿Te importa? —preguntó el desconocido, con una voz grave que Marcos sintió retumbar en su propio pecho.

Eduardo sonrió y negó con la cabeza.

—Para nada.

El hombre no perdió el tiempo. Sus manos ásperas recorrieron la espalda de Eduardo, amasaron los músculos de los hombros y bajaron hasta las nalgas. Marcos contuvo el aliento al ver cómo aquellos dedos se hundían en la carne, separando el culo de su amigo con un gesto posesivo. Eduardo gimió bajito y arqueó la espalda para ofrecerse mejor.

—Joder, qué buen culo tienes —murmuró el desconocido, y sin más preámbulos uno de sus dedos se deslizó entre los glúteos, buscando la entrada.

Marcos sintió cómo su propia polla daba un salto bajo la toalla. No podía apartar la vista. El dedo del hombre se hundió con facilidad, como si Eduardo llevara toda la tarde esperándolo. Un gemido ahogado escapó de los labios de su amigo, y el desconocido, satisfecho, añadió un segundo dedo, estirándolo con movimientos circulares.

—¿Te gusta, eh? —susurró el hombre, mientras con la otra mano buscaba los pezones de Eduardo y los pellizcaba hasta dejarlos duros como piedras.

—Sí, coño, sí —jadeó Eduardo, empujando las caderas hacia atrás para tomar más.

Marcos ya no pudo resistirse. Con disimulo, apartó un poco la toalla y se tomó la polla en la mano. La tenía dura como el acero, la punta brillando con un hilo de líquido transparente. Empezó a masturbarse despacio, al compás de los gemidos de Eduardo y de los gruñidos del desconocido. No iba a tocar a nadie. Eso me había prometido. Tocarme a mí no contaba.

***

El hombre robusto no se detuvo ahí. Con una sonrisa lasciva, soltó los pezones de Eduardo y bajó la mano hasta su entrepierna, donde la polla, ya completamente erecta, palpitaba contra su vientre. La agarró con fuerza y movió el puño de arriba abajo con un ritmo que hizo que Eduardo se aferrara a los muslos del desconocido, jadeando.

—Me vas a hacer correr así, cabrón —protestó Eduardo, aunque su voz sonaba más a súplica que a queja.

—Eso es lo que quiero —el hombre escupió en la palma y volvió a deslizarla por la polla de Eduardo, acelerando—. Que te corras delante de tu amigo, para que se le grabe.

Marcos apretó los dientes y aceleró el movimiento de su mano. Ver a Eduardo tan entregado, tan necesitado, lo estaba volviendo loco. El desconocido, notando la mirada fija de Marcos, le lanzó una sonrisa cómplice antes de inclinar a Eduardo hacia delante, dejando el culo todavía más expuesto. Con un gesto firme añadió un tercer dedo y lo estiró sin contemplaciones.

—Hostia, hostia… —maldijo Eduardo entre dientes, los nudillos blancos por la fuerza con que se agarraba a sus propias rodillas.

El hombre robusto, sin soltar la polla de Eduardo, empezó a masturbarse con la otra mano. Su verga emergió de debajo de la toalla, roja e hinchada, con la punta ya goteando. Marcos no pudo evitar fijarse en cómo el prepucio se deslizaba sobre el glande con cada movimiento, en cómo las venas palpitaban bajo la piel tensa. El vapor lo cubría todo de una bruma irreal, y entre aquella niebla los tres parecían los únicos hombres del mundo.

—Vamos, corréos —ordenó el desconocido, la voz ronca por la excitación—. Quiero veros vaciar a los dos.

Eduardo no necesitó más. Con un grito ahogado, el cuerpo se le tensó de la cabeza a los pies y un grueso chorro de semen brotó de su polla, salpicando las baldosas del suelo. El desconocido gimió y siguió su ejemplo: la mano se le movió con furia sobre su propia verga y, en segundos, su orgasmo estalló y pintó el culo de Eduardo con dos cuerdas espesas y calientes.

Marcos no aguantó más. Con un gemido gutural, su polla escupió la carga, las gotas blancas resbalando entre sus dedos y manchando el banco de madera. Se quedó jadeando, el cuerpo tembloroso, mientras observaba cómo el desconocido se limpiaba las manos en la toalla de Eduardo, le daba una palmada en el culo y se alejaba con una sonrisa satisfecha, perdiéndose otra vez en el vapor.

***

Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Solo se oía el siseo del vapor y el goteo lejano de una ducha. Eduardo se giró hacia Marcos, con los ojos brillantes y el pecho todavía agitado.

—¿Qué tal el espectáculo, eh? —preguntó, limpiándose con descaro el vientre con el dorso de la mano.

Marcos solo pudo reír, sacudiendo la cabeza, todavía con la respiración entrecortada.

—Joder, Eduardo… esto sí que es morbo de verdad.

—Te dije que solo veníamos a mirar —respondió Eduardo, guiñándole un ojo—. Y mira tú lo bien que se te da.

Marcos se recostó contra la pared de madera, sintiendo cómo el sudor le resbalaba por las sienes y el corazón le iba recuperando el ritmo. Pensó en las charlas a medianoche, en las fotos enviadas a escondidas, en todas las fantasías que durante años se habían quedado a este lado de la pantalla. Y resulta que solo hacía falta cruzar una puerta.

—¿La próxima vez? —preguntó, sin terminar la frase, sin necesitar terminarla.

Eduardo soltó una carcajada grave y le pasó el brazo por el hombro, empujándolo de nuevo hacia el corazón del vapor.

—La próxima vez —dijo— a lo mejor el que mira soy yo.

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Comentarios (5)

MikelMX

buenisimo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo en esta pagina

Rodrigo_MX

Por favor segui con una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues. Grande el relato!

GabrielCba33

Me encanto como narraste esa tension de estar ahi mirando sin poder hacer nada. Se siente muy autentico, felicitaciones.

NicoRosario

jaja el titulo ya me atrapo. tremendo relato, muy bueno

MatiasLP77

Muy bien escrito, transmite toda la emocion del momento sin ser burdo. Sigue así!

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