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Relatos Ardientes

Interrumpió la boda por los dos hombres que amaba

Habían pasado seis meses desde aquella semana que lo cambió todo, y la tarde de la boda olía a flores blancas y a hierba recién cortada. El jardín de la finca quedaba en las afueras, lejos del ruido de la ciudad, con guirnaldas de luces colgando entre los árboles como si alguien hubiera bajado un puñado de estrellas a la altura de las manos. Aitor había imaginado ese momento muchas veces. Lo que no había imaginado era el peso que sentiría en el pecho al llegar.

Diego lo había elegido todo con un cuidado conmovedor. Las sillas, la música suave, el arco de jazmín bajo el que iban a jurarse el resto de sus vidas. Desde que se conocieron en aquella playa nudista de Cala Serena, su relación había avanzado con una intensidad que parecía imparable. Diego tenía el carisma de quien no necesita esforzarse para gustar, un cuerpo trabajado de nadador y una manera de mirar que hacía sentir a Aitor el centro del mundo.

Y aun así, había un eco que no se apagaba.

En una de las filas traseras, vestidos con trajes oscuros que parecían cortados sobre sus cuerpos, estaban Hugo y Bruno. Habían aceptado la invitación con una mezcla de cariño y resignación, conscientes de que asistir sería a la vez un gesto de amor y un recordatorio de lo que habían perdido. Hugo llevaba el pelo algo más largo que la última vez y conservaba el bronceado de aquellos días al sol. Bruno, más callado, mantenía una mano sobre el muslo de Hugo, un ancla discreta en medio de la marea.

La ceremonia avanzaba. El oficiante hablaba de promesas, de futuro, de las cosas que se construyen entre dos. Diego sostenía las manos de Aitor con sus ojos verdes encendidos de certeza. Aitor sonreía, pero detrás de la sonrisa había una sombra, un titubeo mínimo que ni Hugo ni Bruno dejaron pasar.

—Si alguien tiene algo que decir, que hable ahora —dijo el oficiante, casi como una formalidad.

Aitor levantó la mano. Le temblaba.

—Esperen un momento.

El silencio cayó sobre el jardín como una manta húmeda. Diego lo miró sin entender. Aitor giró el cuerpo hacia los invitados, buscando con la mirada los dos rostros que llevaba meses tratando de borrar y no podía.

—No puedo hacer esto sin decirlo —empezó, y la voz se le quebró en la primera frase—. Los amo. A los dos. No he dejado de pensar en ustedes, en lo que tuvimos, en lo que éramos. No sé si esto que estoy haciendo está bien, pero necesito que lo sepan antes de seguir.

Un murmullo recorrió las sillas. Para Hugo y Bruno, en cambio, el mundo entero se redujo a esas palabras. El corazón les latía con una mezcla de esperanza y dolor que casi no cabía en el pecho. Diego, todavía con las manos de Aitor entre las suyas, frunció el ceño. No había rabia en su cara. Solo una comprensión silenciosa, como si en el fondo lo hubiera sabido desde el principio.

—Aitor… —dijo, y se detuvo.

—No es que no te quiera, Diego. Te quiero. Pero ellos también son parte de mí. Siempre lo van a ser. —Las lágrimas le brillaban en los ojos.

El silencio se alargó hasta que Hugo se puso de pie. Bruno lo siguió un segundo después.

—Ven con nosotros —dijo Hugo, con la voz firme a pesar de todo lo que lo atravesaba—. Hablemos. Los tres.

Diego asintió despacio y soltó las manos de Aitor.

—Ve —murmuró—. Lo necesitas. Y yo no quiero a alguien que esté aquí pensando en otro lado.

Había una generosidad en esas palabras que sorprendió hasta a los invitados. Algunos confundidos, otros conmovidos, todos vieron cómo Aitor, Hugo y Bruno se alejaban entre las sillas y dejaban atrás una boda que nunca llegaría a celebrarse.

***

El loft de Bruno era el refugio más cercano. Un espacio amplio de techos altos, con ventanales que daban a la ciudad, ahora teñida por la luz dorada del atardecer. El trayecto en coche había sido casi mudo, los tres apretados en el asiento, las manos de Aitor enredadas con las de los otros dos en un gesto que decía más que cualquier discurso.

Al entrar, el aire ya estaba cargado. No era una tensión nueva: era la misma de siempre, pero ahora con el peso de meses de distancia, de palabras tragadas, de deseo guardado bajo llave.

Bruno fue el primero en romper el silencio.

—No me puedo creer que lo hayas hecho —dijo con su voz grave, mientras se quitaba la chaqueta del traje. Debajo, la camisa marcaba cada línea de su torso. Tenía los ojos oscuros clavados en Aitor, entre el reproche y el alivio.

—No podía seguir callándomelo —respondió Aitor, deshaciéndose también de la chaqueta. Se había quitado los zapatos en la puerta y el traje azul claro le colgaba algo arrugado, pero su belleza seguía siendo de las que detienen una conversación—. Los extrañé cada día. Diego es increíble, de verdad. Pero ustedes son mi casa.

Hugo, que había permanecido en silencio, dio un paso y le tomó la cara con las dos manos.

—Nosotros también te extrañamos —susurró, y lo besó.

Fue un beso lento, hondo, cargado de todo lo que no se habían dicho en medio año. Las bocas se reconocieron enseguida, con una urgencia que trataban de contener y no podían del todo. Bruno los observaba desde un paso atrás, la respiración cada vez más pesada, hasta que ya no aguantó la distancia.

Tiró de Aitor hacia él con una fuerza casi posesiva. Sus labios chocaron en un beso distinto, más bruto, dientes rozando, lenguas peleando por llevar el mando. Hugo deslizó las manos bajo la camisa de Bruno y sintió el calor de su piel, los músculos tensos bajo los dedos. La ropa empezó a caer entre los tres: botones que se abrían a tirones, cinturones que cedían, telas que terminaban en el suelo de madera. Eran cuerpos que se conocían de memoria y que, sin embargo, volvían a sentirse nuevos, como si la separación les hubiera afilado el hambre.

Aitor quedó desnudo el primero. Tenía la piel morena brillando con una capa fina de sudor y la erección ya evidente, dura contra el vientre. Hugo y Bruno se frenaron un segundo solo para mirarlo, y sus propios cuerpos respondieron al instante.

Bruno tomó la delantera. Empujó a Aitor con suavidad firme contra el respaldo del sofá de cuero y dejó que sus manos grandes recorrieran cada centímetro de esa piel que tanto había echado de menos.

—No tienes idea de cuántas veces te imaginé así —murmuró contra su pecho, bajando con la boca, mordiendo despacio uno de los pezones hasta arrancarle un gemido que rebotó en las paredes del loft.

Hugo se arrodilló frente a Aitor. Le acarició los muslos con las palmas abiertas antes de bajar la cabeza y tomarlo en la boca. El sabor era familiar y al mismo tiempo eléctrico, como redescubrir un placer que creía perdido. Aitor jadeó y le hundió los dedos en el pelo, marcándole el ritmo entre la desesperación y la ternura. Detrás, Bruno se colocó a espaldas de Hugo y empezó a recorrerlo con paciencia, los dedos abriendo camino con una calma que contrastaba con su respiración entrecortada.

—Quiero sentirte —le dijo al oído, mientras alcanzaba un preservativo y el lubricante del cajón de la mesa baja.

Preparó a Hugo con la destreza de quien lo conoce desde hace años, los dedos moviéndose con una precisión que hizo que Hugo arqueara la espalda y gimiera sin soltar a Aitor. Cuando Bruno entró en él, lento pero sin pausa, Hugo dejó escapar un grito ahogado. El placer lo desbordaba y aun así seguía atendiendo a Aitor, sus movimientos sincronizándose poco a poco con las embestidas de Bruno, como si los tres respondieran a un mismo pulso.

Aitor estaba en el centro, perdido. Sus ojos oscuros se encontraron con los de Hugo y había en ellos tanto amor que dolía mirarlo de frente.

—Los amo —jadeó, justo antes de notar que el cuerpo se le tensaba y el final se acercaba sin aviso.

Hugo aceleró, llevándolo al borde, mientras Bruno detrás imponía un ritmo que los ataba a los tres en una sola cadencia. El primero en rendirse fue Aitor: su cuerpo tembló de pies a cabeza y se derramó con un gemido largo que llenó la habitación. Hugo lo siguió de inmediato, empujado más allá del límite por Bruno dentro de él, y sus gritos se mezclaron. Bruno, siempre el último, se dejó ir con un gruñido hondo, las manos clavadas en las caderas de Hugo mientras se desplomaba sobre su espalda.

***

Pero no terminó ahí.

Agotados y a la vez insaciables, se trasladaron al dormitorio. Era una habitación amplia, con una cama enorme cubierta de sábanas grises que olían a Bruno. La noche se transformó en una maratón de deseo en la que cada uno tomó y fue tomado por turnos, explorando rincones del otro que la distancia no había logrado borrar.

Aitor, con una energía que parecía nacida de los meses de espera, tomó a Hugo con movimientos suaves pero profundos, mientras Bruno los miraba acariciándolos a ambos, presente como un ancla en medio del desorden. Más tarde Hugo le devolvió el gesto a Aitor, con embestidas marcadas por una urgencia que hablaba de todo lo que se habían perdido, y Bruno se sumó alternando manos y boca entre los dos, sin dejar nunca un cuerpo solo demasiado tiempo.

Hubo risas en algún momento, y silencios, y miradas que valían más que cualquier promesa pronunciada delante de invitados. El placer se volvió otra cosa, algo más lento, más hondo, una manera de decirse sin palabras que no querían volver a separarse.

Cuando el amanecer empezó a colarse por los ventanales, los tres estaban tumbados con los cuerpos enredados y el sudor secándose despacio sobre la piel. Aitor tenía la cabeza apoyada en el pecho de Bruno y dibujaba círculos perezosos con la yema del dedo. Hugo, al otro lado, le entrelazaba los dedos de la mano libre.

El silencio era cómodo. Pero había una verdad pendiente que pedía ser dicha.

—No sé cómo se hace esto —dijo Aitor en voz baja, aunque firme—. No sé qué va a decir la gente, ni cómo lo vamos a organizar. Pero no quiero volver a estar sin ustedes. Diego fue importante, lo fue de verdad. Ustedes son otra cosa. Son mi vida.

Hugo le apretó la mano con los ojos brillantes de lágrimas contenidas.

—Nosotros tampoco queremos estar sin ti. Ya encontraremos la manera. Los tres.

Bruno, siempre el más práctico, asintió despacio contra la almohada.

—No va a ser fácil —dijo—. Pero nada que valga la pena lo es. Somos más fuertes que el miedo.

Se besaron, un beso compartido entre los tres que era a la vez promesa y reconciliación. Afuera, la ciudad despertaba con sus ruidos de siempre. Adentro, en ese loft de techos altos y luz dorada, tres hombres habían vuelto a encontrar un hogar que la distancia no había logrado destruir, y que ahora, por fin, estaban dispuestos a defender.

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Comentarios (4)

RubenJl

increible, me dejo sin palabras!!

CarolinaM_91

Necesito saber como termina eso, por favor continua!!

MarcosLP

Me encanto el giro que le diste, no me lo esperaba para nada. Muy bien escrito

Nico_GBA

Se nota que esta escrito con sentimiento, se siente autentico y no forzado. Sigue asi!

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