La apuesta que Bruno perdió esa tarde de estudio
Hacía calor en Córdoba esa tarde de febrero, y el living de Nano olía a café frío y a apuntes recalentados por el sol que entraba sin piedad por la ventana. Bruno llevaba tres horas peleándose con la misma página de cálculo, el resaltador apretado entre los dedos como si la respuesta dependiera de la fuerza con que sostuviera el marcador. Era así de exigente con todo: delgado, ágil, con esas piernas largas de quien corrió atletismo cinco años en el secundario, y una manía de medir cada gesto como si lo vigilara una regla invisible.
Nano, en cambio, ocupaba medio sofá con su cuerpo de forward de rugby, hombros anchos y una calma que llenaba la habitación. Estudiaba economía sin demasiada angustia, y se reía de la cara de funeral que ponía su amigo frente a cada ecuación.
—Aflojá un poco —dijo, estirando una pierna sobre la mesa ratona—. Parece que estuvieras desactivando una bomba, no estudiando para un parcial.
Bruno suspiró y se acomodó los anteojos sobre la nariz.
—Si no me saco un diez me voy a odiar tres días. Ya me conocés.
Nano lo miró con una sonrisa que conocía bien: esa mezcla de paciencia y burla con la que siempre lograba sacarlo del pozo. Sabía que debajo de tanta rigidez había alguien que solo necesitaba que lo obligaran a respirar.
—Diez minutos de descanso. Te hace falta.
Encendió la consola antes de que Bruno pudiera negarse y puso el videojuego de fútbol que los dos defendían a muerte.
—Un partido rápido y volvés a tus números, prometido.
—Diez minutos —repitió Bruno, dudando, con una culpa absurda de estudiante crónico—. Después no me distraigas más.
***
El primer partido duró poco. El segundo, menos. Para el tercero ya se habían olvidado del reloj y del parcial. Nano festejaba cada gol con un grito y un golpe de hombro, y Bruno, que detestaba perder más que cualquier otra cosa en el mundo, le contestaba con chicanas cada vez menos contenidas.
—Eso fue pura suerte —protestó, empujándolo con el codo—. Esperá el próximo y vas a llorar.
Se reían fuerte, se empujaban, y la tensión de la tarde se transformaba en otra cosa, una adrenalina que cargaba el aire entre los dos. Sus brazos se rozaban en el sofá sin querer, y Bruno sentía un cosquilleo raro que prefería atribuir a los nervios del juego. No quería pensar de más. Nunca quería pensar de más.
Para el cuarto partido estaban transpirados y excitados por la competencia, riéndose de cada error tonto como si fueran chicos de nuevo.
—Subamos la apuesta —dijo Nano, envalentonado por su racha, con una sonrisa torcida—. El que pierde este se pone algo del cajón de mi hermana. Hay un top, una bombacha de encaje y una peluca de un disfraz viejo de Halloween. ¿Te animás, princesa?
Lo dijo en broma, sin una gota de maldad, el mismo bromista de siempre tratando de sacarlo de su caparazón. Bruno se puso colorado, pero confió en su habilidad.
—Estás re loco. Pero dale, acepto. Te voy a humillar.
El partido final fue un desastre tenso, lleno de errores por los nervios. Bruno jugó con el corazón en la boca hasta que, en el último minuto, un rebote estúpido entró solo en su arco y le regaló la victoria a Nano. El grandote saltó del sofá, lo abrazó por el cuello y lo zamarreó.
—¡Perdiste! Ahora a cumplir, campeón.
Bruno se rió con vergüenza, sintiendo un calor que le subía por el cuello y que no tenía nada que ver con el partido.
***
En el baño se desvistió con las manos temblando. El aire húmedo se le pegaba a la piel sudada, y el espejo le devolvía una cara que no terminaba de reconocer. El top quedó ajustado sobre su pecho, el género sintético raspando los pezones hasta endurecérselos con un cosquilleo eléctrico que le bajó directo al vientre. La bombacha de encaje se deslizó por sus piernas firmes y le apretó la entrepierna ya despierta con una presión humillante y deliciosa a la vez. Por último la peluca rubia, áspera como paja, le cayó sobre los hombros en ondas falsas que le rozaban el cuello.
Esto es una idiotez. Salí, hacelo rápido y terminamos.
Pero la cara le ardía cuando abrió la puerta, y no era solo por la vergüenza.
Salió al living cubriéndose con las manos, el piso de madera fresco bajo los pies descalzos.
—Me siento ridículo —murmuró, sin levantar la vista—. No me mires así. Esto es humillante.
Pero la voz le tembló, y los dos lo notaron.
Nano se rió fuerte al principio, una carcajada grave que vibró en el aire. Después dejó de reírse. Sus ojos recorrieron despacio el cuerpo de su amigo: las piernas que temblaban apenas, la curva del culo firme tensándose bajo el encaje, los pezones marcados contra el top ceñido. Algo en su cara cambió, y Bruno lo vio cambiar.
—No estás ridículo —dijo Nano, y la voz le salió más ronca de lo que esperaba—. Estás… bueno. En serio.
—No digas pelotudeces —contestó Bruno, pero no se movió.
Nano se levantó del sofá con una lentitud nueva, midiendo cada paso, y la broma se le había caído de la cara. Se paró delante de él, tan cerca que Bruno tuvo que levantar la cabeza para sostenerle la mirada.
—Date vuelta —dijo bajo—. Despacio. Dejame verte.
Bruno obedeció. No supo por qué obedeció, solo que el cuerpo le respondió antes que la cabeza. Giró sobre los talones con un movimiento torpe, el roce de la peluca contra la nuca mandándole un escalofrío por la espalda, el encaje frotándose entre las nalgas con cada paso.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, y la pregunta sonó más a ruego que a reproche—. Esto era un chiste, ¿no?
La mano de Nano le cayó en la cintura, grande y caliente, los dedos ásperos rozando la piel del vientre. Bruno se le escapó un gemido suave, involuntario, que lo avergonzó más que cualquier disfraz.
—Era un chiste hasta hace dos minutos —dijo Nano contra su oreja—. Ahora no sé qué es.
***
Lo dio vuelta de nuevo y lo besó. No hubo aviso, no hubo pregunta: solo la boca de Nano sobre la suya, ancha y voraz, y la lengua entrando como si reclamara algo que llevaba tiempo queriendo. Bruno se quedó quieto medio segundo, el cerebro corriéndole en todas direcciones, y después se rindió. Le devolvió el beso con una urgencia que no sabía que tenía, las manos cerrándose en los hombros enormes de su amigo.
—Pará, pará —jadeó, separándose apenas—. No podemos… vos y yo somos…
—Somos lo que quieras que seamos —dijo Nano, y volvió a besarlo.
Las manos del grandote bajaron por la espalda hasta cerrarse sobre el culo de Bruno por encima del encaje, apretando la carne firme con una presión que lo hizo arquearse contra él. Bruno sintió el bulto duro de Nano contra el vientre y un latido propio que le respondía desde la bombacha empapada.
—Me estás temblando —murmuró Nano, divertido y ronco a la vez—. ¿Es la primera vez que un tipo te toca así?
—Callate —dijo Bruno, con la voz quebrada—. No te agrandes.
Pero asintió, apenas, y a Nano se le oscureció la mirada.
Lo empujó contra la pared con cuidado y firmeza, una mano abierta sobre el pecho, y con la otra le frotó la entrepierna por encima de la tela mojada. Bruno gimió contra su hombro, las caderas buscando la mano sin que él se lo ordenara.
—Mirá cómo estás —dijo Nano, fascinado—. Toda esta pose de chico serio y mirá lo que escondías.
—No pares —fue lo único que pudo decir Bruno—. Por favor, no pares.
***
Volvieron al sofá tropezándose, el estudio definitivamente olvidado. Bruno se sentó a horcajadas sobre Nano, la peluca cayéndole sobre la cara como una cortina, y se besaron de nuevo, más lento esta vez, saboreando lo que recién empezaban a permitirse. Nano se sacó la remera de un tirón, el pecho ancho y sudado quedando caliente bajo las palmas de Bruno.
—Dejátelo puesto —pidió, cuando Bruno hizo el gesto de quitarse el top—. Me gusta verte así.
Se bajó el pantalón y la verga quedó libre, gruesa y dura contra el muslo de Bruno. El olor de Nano lo golpeó de cerca, sudor y piel, y Bruno se deslizó del regazo al piso sin que nadie se lo pidiera, las rodillas hundiéndose en la madera fresca.
—No tenés que hacerlo —dijo Nano, de pronto más suave—. Si querés paramos.
—Quiero —contestó Bruno, y lo tomó en la boca.
El sabor le explotó en la lengua, salado y caliente, y lo chupó despacio al principio, tanteando, escuchando cómo la respiración de Nano se entrecortaba arriba suyo. Una mano grande se le enredó en la peluca, sin tirar, solo acompañando, y Bruno se animó a tomarlo más profundo.
—Así, despacio —jadeó Nano, la cabeza echada hacia atrás—. Dios, Bruno, no tenés idea de cómo me ponés.
Bruno chupó con una entrega que lo sorprendió a él mismo, el ruido húmedo llenando el living, la vergüenza derritiéndose en algo mucho más intenso. Cuando levantó la vista y encontró los ojos de Nano clavados en él, sintió que se le aflojaba el último nudo que le quedaba adentro.
***
Nano lo levantó del piso como si no pesara nada y lo acostó boca abajo sobre el sofá, la peluca de costado, la respiración agitada. Le bajó la bombacha de encaje hasta los muslos sin apuro, besándole la espalda, la nuca, los hombros.
—Avisame si te duele —dijo, lamiéndose los dedos—. No quiero lastimarte.
—No vas a lastimarme —contestó Bruno, y empujó las caderas hacia atrás, ofreciéndose.
Nano lo preparó despacio, un dedo primero, después dos, abriéndose paso con una paciencia que no encajaba con su tamaño. Bruno gimió contra el cuero del sofá, una mezcla de molestia y placer que le nublaba la vista, las caderas moviéndose solas contra la mano de su amigo.
—Más —pidió, con la voz rota—. Estoy bien, te juro que estoy bien.
Cuando Nano se ubicó atrás y empujó por fin, despacio, centímetro a centímetro, Bruno contuvo la respiración. El estiramiento le ardía y lo abría al mismo tiempo, y soltó un gemido largo cuando lo sintió entero adentro.
—Quedate quieto un segundo —murmuró Nano, temblando por el esfuerzo de no moverse—. Avisame vos cuándo.
—Ahora —dijo Bruno—. Movete. Por favor.
Empezaron lento, el sofá crujiendo bajo los dos, y de a poco el ritmo se volvió hondo y constante. Nano lo tomaba de la cadera con una mano y le sostenía el hombro con la otra, inclinado sobre su espalda, el aliento caliente contra su nuca. Bruno se masturbaba con la mano libre, embarrado de sudor, perdido en una sensación que le subía desde el fondo del cuerpo.
—Me voy a venir —avisó, casi sin aire—. Nano, me voy a venir.
—Vení —contestó él, ronco contra su oído—. Quiero sentirte.
Bruno se vino primero, con un temblor que le sacudió las piernas, manchando el top arrugado y el cuero del sofá. La forma en que se apretó alrededor de Nano lo arrastró a él enseguida, y el grandote se hundió hasta el fondo con un gruñido ahogado, abrazándolo fuerte mientras se vaciaba.
***
Quedaron tirados en el sofá, pegoteados de sudor, la peluca olvidada en algún rincón. Afuera el sol ya bajaba y el living se había llenado de sombras anaranjadas. Ninguno hablaba; los dos respiraban fuerte, todavía enredados.
—Perdiste la apuesta —dijo Nano al fin, con una sonrisa que se le notaba en la voz.
—Perdí la apuesta —admitió Bruno, riéndose contra su pecho—. Y nunca gané tanto en mi vida.
Nano lo apretó un poco más fuerte. Sobre la mesa, los apuntes seguían abiertos en la misma página de cálculo, intactos, como un testigo mudo de que esa tarde nada había salido según el plan. Y por una vez, a Bruno no le importó haber roto su rutina perfecta.
—¿Seguimos estudiando? —preguntó Nano, fingiendo seriedad.
—Mañana —contestó Bruno, cerrando los ojos—. El parcial puede esperar. Vos no.