Lo que pasó con mi vecino en la piscina cerrada
Me llamo Adrián y tengo veintitrés años. No soy ningún figurín, pero me cuido: voy al gimnasio cuatro días por semana y trato de no perder la forma que tanto me costó conseguir. Lo cuento solo para que se entienda lo que vino después, porque hasta ese verano yo creía saber exactamente lo que quería.
Trabajaba de socorrista para pagarme los últimos meses de carrera. Aquel iba a ser mi último año en la silla, así que elegí una urbanización tranquila en la costa cantábrica, lejos de las playas masificadas. En el norte el verano es traicionero: muchos días grises, lluvia fina, y unas piscinas comunitarias que casi nunca se llenaban. La mayoría de las tardes las pasaba solo, vigilando un agua quieta que nadie pisaba.
Una de esas tardes plomizas, casi al final de mi turno, lo vi entrar. Era un vecino al que había cruzado varias veces por el portal, pero con el que jamás había cambiado una palabra. Cuarenta y tantos, moreno, el pelo cortado casi al ras como un militar. Grande, de espaldas anchas, con esa estructura de hombre que fue deportista y que no piensa dejar de serlo. Llevaba uno de esos bañadores cortos de nadador y, debajo, todo se le marcaba de una forma que me obligó a apartar la vista por pudor.
Salí a sentarme en la silla de vigilancia fingiendo que controlaba la lámina de agua. La verdad es que no controlaba nada. Él levantó la mano para saludar —algo que nunca había hecho— y se tiró de cabeza.
La piscina era semiolímpica, lo bastante larga para entrenar de verdad. Empezó con varias series a crol y después pasó a mariposa. Cada vez que sacaba el torso del agua, los hombros y la espalda se le tensaban como cuerdas, y yo notaba que se me secaba la boca. Me dije que era admiración deportiva. Mentí mal, incluso a mí mismo.
En uno de los descansos entre series me hizo una seña para que me acercara al borde.
—Hola, chaval. ¿Hoy no te metes? —preguntó, apoyando los brazos en el bordillo.
—Hoy no, hace algo de fresco —contesté.
—Venga, métete y entrena un rato conmigo. Nadar solo es un aburrimiento.
Dudé un segundo, o hice como que dudaba. Era una invitación demasiado tentadora para dejarla pasar. Me quité la sudadera y las chanclas y me lancé al agua. Estuvimos media hora largando, sin hablar apenas, persiguiendo el ritmo el uno del otro. En la última serie se frenó de golpe y se giró hacia mí con una sonrisa torcida.
—¿Lo ponemos un poco más interesante?
—¿Qué propones? —dije, recuperando el aliento.
—El que pierda este último sprint da una vuelta entera a la piscina corriendo. Desnudo.
Me quedé clavado. Pero ya había anochecido del todo, la iluminación del vaso llevaba semanas estropeada y aquello era una bañera negra donde no se distinguía nada a dos metros. Lo miré a los ojos, desafiante, y dije lo primero que me pidió el cuerpo.
—Ve quitándote el bañador.
No pensaba perder la oportunidad de ver qué guardaba ahí abajo.
Él soltó una carcajada grave. Nos colocamos en el borde, agarrados al canto. Preparados, listos, ya. Di el doscientos por ciento en aquel sprint, pero tenía el doble de músculo que yo y me ganó por medio cuerpo. Salió del agua escupiendo y riéndose.
—Qué lento eres, chaval —dijo entre risas—. Era broma, no hace falta que te desnudes.
—Ni hablar —respondí—. Una apuesta de hombres es una apuesta de hombres.
Salí del agua, me quité el bañador y lo dejé caer sobre las baldosas. Él no apartó la mirada de mi cuerpo en ningún momento, y yo lo dejé mirar. Eché a correr por el perímetro, sintiendo el aire fresco en la piel mojada, y cuando volví seguía allí, plantado, sin reírse ya.
—Eres un tío de palabra —dijo en voz baja, y fue a buscar su toalla.
Mientras me secaba y recogía mis cosas, se acercó con el pelo todavía goteando.
—Por cierto, ni me he presentado. Rubén.
—Adrián. Encantado.
—Si no tienes prisa, te invito a unas cervezas en casa. Por la paliza que te he dado en el agua.
Se me iluminó el cielo y acepté antes de pensarlo. De camino me contó su vida en pinceladas: cuarenta y seis años, mecánico en el parque de bomberos de la ciudad, antiguo jugador de rugby en una época en que casi llegó a profesional. Solté la pregunta como sin querer, si la familia le dejaba tiempo para entrenar, y me dijo que no había familia. Ni pareja ni hijos. Vivía solo.
***
Su piso olía a madera y a colonia barata, de esa que en él resultaba perfecta. Abrió dos cervezas, sacó algo de picar y me dijo que subía a cambiarse, que bajaba enseguida. Tardó cinco minutos. Volvió con una camiseta vieja y ancha y un pantalón de chándal gris, y el muy cabrón no se había puesto nada debajo, porque se le marcaba todo bajo la tela. A esas alturas yo ya tenía claro que no me había invitado solo por las cervezas. Así que decidí dejar de jugar a la defensiva.
Nos sentamos en el sofá y hablamos de tonterías un rato, el trabajo, el verano que se acababa. Entonces dejó la botella en la mesa y me miró de medio lado.
—Hay que tener un par de huevos para desnudarte así, sin pensarlo —dijo—. Y por lo que vi, los tienes bien puestos. No te deben faltar las novias.
Me reí, nervioso, y noté que el calor me subía por el cuello.
—Pensaba que no vendrías. Pudiendo estar con cualquier chica, prefieres venir a tomar algo con un viejo —siguió.
—Es que a mí las chicas no me van —solté, mirándolo a los ojos.
Algo cambió en su cara. Me miró como un animal que acaba de entender que la presa se quedó quieta a propósito, y se acomodó el bulto del pantalón sin disimulo.
—No me lo esperaba.
—¿Seguro? —contesté, y le puse la mano encima, sobre la tela.
Me sostuvo la mirada medio segundo y se abalanzó. Empezamos a besarnos con una urgencia que no daba tiempo a pensar, las manos por todas partes. Lo primero que hice fue arrancarle la camiseta: llevaba toda la tarde imaginando ese pecho ancho cubierto de vello, esos abdominales todavía marcados pese a los años. Su lengua se enredaba con la mía y yo no podía dejar de pensar en lo que vendría después.
Lo empujé suavemente para que se sentara en el sofá y fui bajando con la boca. Su cuello, la clavícula, ese pectoral donde me entretuve un rato largo, respirando su olor a hombre y a piscina, escuchándolo gruñir por lo bajo. Seguí bajando hasta el elástico del pantalón. Tiré hacia abajo y me encontré con una polla gruesa, dura, la punta brillante de tan excitada, y debajo unos huevos pesados que colgaban tensos. Me quedé un segundo mirándola, casi con respeto.
Saqué la lengua y empecé por la base, subiendo despacio por todo el tronco hasta llegar a la punta. Intenté metérmela entera de golpe y casi me ahogo, porque no me cabía. Así que me tomé mi tiempo. Le hice la mejor mamada que recuerdo haber hecho nunca, ensalivándolo entero, jugando con el ritmo, parando justo cuando lo notaba al límite. Él me agarraba la nuca, jadeando, soltando palabrotas entrecortadas. Estuve así un rato eterno hasta que noté cómo se le hinchaba todo y se corría dentro de mi boca con un gruñido ronco que le salió del pecho.
Iba a limpiarme cuando me cogió la cara con las dos manos y me besó con la lengua todavía sucia de él, mezclándolo todo, sin asco ninguno. Yo tenía la polla a punto de estallar y no me había tocado nadie. Él tenía otros planes. Me pasó un brazo por la cintura, otro por debajo de las piernas, y me levantó del sofá como si no pesara nada.
***
Me dejó caer sobre la cama y se quedó de pie al borde, recortado contra la poca luz que entraba del pasillo. Ese cuerpo de hombre, el pecho cubierto de vello y sudor, la polla colgando otra vez medio dura entre los muslos. Me desnudó de un tirón, me levantó las piernas y hundió la cara entre ellas. Empezó a comerme el culo de una forma que me hizo arquear la espalda; metía la lengua, la sacaba, subía a los huevos y volvía a bajar, y cada pasada me recorría un escalofrío de la nuca a los pies. Lo hizo durante un buen rato, sin prisa, hasta que empezó a meter los dedos, primero uno, luego dos, abriéndome con paciencia. Yo estaba a punto de correrme sin que me hubiera tocado.
Se incorporó, alcanzó un bote de lubricante de la mesilla y me lo repartió con dos dedos mientras yo lo miraba desde abajo. Su polla volvía a estar en su sitio, durísima. Me acerqué a humedecérsela con la boca para que entrara mejor, porque sabía lo que me esperaba.
—Ve despacio o me matas —le pedí, poniéndome a cuatro patas.
—Tranquilo —murmuró—. Marco yo el ritmo.
La fue metiendo poco a poco. Notaba cómo se abría paso, cómo cedía mi cuerpo centímetro a centímetro, y el placer y la quemazón se mezclaban hasta confundirse. Cuando llevaba media dentro empujé yo, hacia atrás, y me la tragué entera de golpe. Solté un quejido que era más bien un gemido. Él la sacó casi del todo y volvió a entrar despacio, una vez, otra, hasta que dejé de notar dónde acababa el dolor y empezaba el gusto. Giré la cabeza y lo busqué con la mirada.
—Fóllame ya.
Vi el fuego encendérsele en los ojos. Me agarró del pelo, sacó la polla entera y de una sola estocada me la clavó hasta el fondo. Cada embestida era un escalón más hacia un sitio del que no quería volver. Estuvo bombeando un rato largo, doblándome sobre la cama, hasta que me pidió cambiar de postura. Se tumbó boca arriba y dejó la polla apuntando al techo, tiesa como un mástil.
Me senté encima y me la metí entera yo mismo, controlando el ritmo, viéndolo retorcerse debajo de mí. Bastaron unas pocas subidas y bajadas para que me corriera sin tocarme, salpicándole el pecho, vaciándome encima de él, y me derrumbé sobre su torso jadeando. Me abrazó fuerte y empezó a embestir desde abajo a una velocidad que me hacía gemir contra su cuello. De repente lo noté acelerar, hincharse otra vez dentro de mí, y se vació con un bramido que retumbó en toda la habitación. Caí rendido sobre él, los dos pegados por el sudor.
Un rato después me despertó con una cerveza fría en la mano y esa sonrisa torcida que ya empezaba a conocer.
—Tienes buen aguante, chaval —dijo—. Ten, come algo. La noche va a ser larga.